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lunes, 22 de abril de 2019

Regreso al Edén




Un reproche que a menudo se le hace al Dharma en Occidente es que, según dicen, solo se ocupa de la mente y la “salvación” individual, sin ningún compromiso para aliviar el sufrimiento colectivo. Eso es injusto y equivocado.

En general, usar la propia vara de medir para evaluar dimensiones ajenas da pie a todo tipo de errores y malentendidos. Cada fenómeno o cultura debe valorarse buscando su propia coherencia interna, porque así podemos sacar a la luz la estructura profunda, y casi siempre oculta, que la mantiene en pie. (Me viene a la mente la catedral de Nôtre Dame, ahora en peligro de colapso porque ha perdido la techumbre que, aparte de proveer una cubierta muy bella, también ejercía una función sorda de atirantar los muros, impidiendo su desplome).

Entonces, se me ocurre esta manera de explicar mediante una analogía el Buda-Dharma a un cristiano o a un judío, para que entiendan en sus propios términos (puesto que ambos comparten el Antiguo Testamento como libro sagrado) cuál es su naturaleza y sentido profundos.

El capítulo 3 del Génesis narra así la expulsión de Adán y Eva del paraíso después del pecado original:

3:22 Y dijo Jehová Dios: “He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre”.
3:23 Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.
3:24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.

Llama la atención la motivación tan defensiva, incluso mezquina, de ese Dios patriarcal que se resiste a compartir sus privilegios. Pero esa es la tradición aceptada, y de hecho refleja la experiencia de tantísima gente para la que el mundo está lejos de ser un paraíso: sufrimos un exilio forzoso, desterrados a un mundo hostil sin más ayuda que nuestros propios recursos, a menudo insuficientes. De ahí que parte de la tradición cristiana haya asumido la tarea de reducir el sufrimiento mundano implicándose directamente mediante las obras de caridad. Es algo que encaja bien con nuestra tendencia como occidentales a la actividad y el “realismo”.

Se trata de una noble aspiración, sin duda, compartida por muchas personas y tradiciones no cristianas, incluidas algunas budistas. Es más, hay budistas occidentales que han creado una nueva corriente que llaman “budismo comprometido” para darle salida a esa inquietud por el activismo social, aunque a mí me cuesta ver qué hay de específicamente budista en esa escuela.

Volviendo a la analogía del jardín del Edén, el Dharma tal como yo lo he aprendido también habla de algo parecido al “pecado original” que provocó la expulsión del paraíso: se les llama los “tres venenos” o las “tres raíces malsanas” y son la confusión, la codicia y la aversión. Aunque puedan parecer nociones arbitrarias, designan operaciones concretas y directamente relacionadas a nivel fisiológico con el proceso aferente, mediante el cual el organismo humano recibe los estímulos del exterior. Cada persona tiene los tres venenos, aunque hay uno que predomina y marca su temperamento. Al igual que el pecado original cristiano, estos venenos también se transmiten de padres a hijos.

La gran diferencia entre budismo y catolicismo, a mi entender, es que en el Dharma ofrece una vía de regreso a ese paraíso de armonía y equilibrio con todos los seres vivos, representado por el jardín del Edén para cristianos y judíos. Eso, a grandes rasgos, es el Despertar o nirvana. ¿Será casualidad que el Buda (literalmente, “el Despertado”) a menudo describiera ese estado supremo como la superación de la muerte? Casi parece una alusión directa al árbol de la vida que Dios guardaba tan celosamente... Pero ese Edén es un estado interno potencial con un correlato externo, no una utopía social o política que se deba conseguir interviniendo en las cosas del César, por citar a otra fuente judeocristiana. 

Este Despertar no se trata de una infantilización narcisista, como alegan algunos detractores; requiere un trabajo arduo, que se tiene que realizar individualmente pero en beneficio de todos los seres. El “regreso a casa” del nirvana tampoco es una retirada egoísta a un paraíso privado; está más cerca de la idea cristiana (S. Lucas 21:17) de que el Reino de Dios está dentro de cada uno, aunque nadie lo ve. Eso sí, para recuperarlo a veces hace falta retirarse un tiempo, pero el viaje solo se completa si uno vuelve para enseñar el camino a otros que lo quieran conocer, sin presión en ningún sentido.

Entonces, podemos ver a Buda como alguien que llegó hasta el “oriente del huerto de Edén” y expulsó de la entrada a la espada encendida y a los querubines que impedían el paso. Porque la “buena nueva” del Dharma es precisamente que el regreso al Edén está disponible para cada uno mediante su experiencia directa, sin intermediarios, aunque con la guía de las enseñanzas. Así lo dijo Buda tras su Despertar cuando, tras algunas dudas iniciales por la sutileza y profundidad de su reciente descubrimiento, se decidió por fin a mostrar el camino a otros: “Abiertas están las puertas a lo imperecedero para los que tengan oídos”. El árbol de la vida está a nuestro alcance. Podemos acabar con el sufrimiento, primero en nosotros mismos, y luego en otros. Eso incluye el sufrimiento de la muerte. Eso es la vuelta al paraíso.

Si llevamos un poco más allá la analogía, incluso podríamos decir que cualquier religión que haya entrado en pactos con el poder político, asegurándose una relación de apoyo y protección mutua a cambio de renunciar a su potencial trascendental, está en peligro de convertirse precisamente en esa espada encendida y esos querubines que impiden el regreso a nuestra verdadera naturaleza... Qué ironía, qué paradoja... Naturalmente, eso vale tanto para el cristianismo como para el budismo que se practica como religión oficial en varios países de Asia.

Por eso, visto desde esta perspectiva panorámica, es tan importante que el Dharma sobreviva con su potencial intacto: estamos hablando nada más y nada menos que de la posibilidad de borrar el pecado original –algo que va mucho más allá de la suerte de este o aquel individuo. Si el Dharma se pierde, si un día no queda nadie que lo pueda enseñar tras haberlo recorrido del todo, llegando él o ella misma al Despertar, la puerta del Edén se volverá a cerrar para todos. Entonces todos estaremos condenados sin remedio al exilio del paraíso, ayudándonos mutuamente con caridad cristiana en el mejor de los casos, pero sufriendo la pérdida del “paraíso interior” que es nuestra verdadera naturaleza... a menos que aparezca otro Despertado. Es algo de una escala que podríamos llamar cósmica, porque atañe al destino mismo de la especie humana. Ese es, por así decirlo, el terreno de juego propio del Dharma de Buda cuando se entiende y practica en toda su hondura.

Visto así, el activismo social, por bienintencionado que sea, no pasa de poner parches al sufrimiento individual o general, pero se limita al campo de la experiencia del exilio aquí y ahora, sin recuperar el Reino de Dios potencial en todos, que es la meta del Dharma verdadero. Una insistencia excesiva en las obras de caridad puede incluso acabar por consolidar la visión “realista-materialista” del mundo que perpetúa el sufrimiento del exilio, al atacar sus síntomas pero no su causa, que el Dharma identifica como una profunda distorsión en nuestra manera de experimentar eso que llamamos “realidad”.

Esa transformación de nuestra experiencia, comparable a despertar de un mal sueño, es el potencial del Dharma. Quien ha despertado no puede evitar ayudar a los demás, pero lo hace de manera muy diferente a quien lo intenta desde su propio sufrimiento, porque lo ve todo con el bienestar, el humor, la alegría, la sabiduría y la compasión propias de nuestra condición natural. Cada ayuda suya es una prueba de que ese jardín del Edén sigue existiendo y nos brinda un impulso en nuestro camino de vuelta a casa.

sábado, 1 de mayo de 2010

Las negras nieves del Annapurna


Las identidades, esas fuerzas oscuras que el Buda llamó los tres venenos (confusión, codicia y aversión), siguen su marcha inexorable, como un vertido de petróleo que se extiende sin remedio. Su viscoso chapapote ha alcanzado ya las nieves perpetuas de las cumbres más altas del planeta, que están tomando un tono decididamente negruzco...

Leed si no os lo creéis esta reflexión sobre la última muerte de un alpinista ocurrida en el Annapurna, a la que ha seguido una cruda explosión de reproches que huele a ajuste de cuentas pendientes, con identidades personales y nacionales por medio:

http://www.elpais.com/articulo/deportes/circo/montana/elpepidep/20100501elpepidep_5/Tes

Parece que incluso en este aparente santuario alejado del mundanal ruido se están olvidando algunos valores que se habían preservado, como si fueran delicadas flores de invernadero, entre el colectivo de los alpinistas.

Pero esta lamentable noticia no es algo que concierna sólo a los montañeros. El que la identidad empiece a tener rienda suelta en condiciones tan adversas da una idea del poder que está acumulando, como una infección resistente a los antibióticos, en este mundo desquiciado.

Desde una perspectiva evolutiva, las condiciones de vida extremas en que se desarrolló nuestra especie quizá expliquen por qué la solidaridad y el compañerismo han sido siempre tan valiosos en el comportamiento humano; de otra manera, sin esa primitiva solidaridad tribal, el homo sapiens igual no habría superado tantas calamidades para acabar triunfando como lo ha hecho. Y es que el ser humano, tomado individualmente, es una criatura débil, sobre todo cuando se enfrenta a la naturaleza; su fuerza está en la unión.

Aún hoy, en situaciones de vida o muerte, el egoísmo individual -esencia de la identidad- cede a menudo en beneficio de la supervivencia del grupo. Quizá eso explique en parte por qué algunos sienten la llamada de la montaña como algo digamos "espiritual", aparte de deportivo -un reducto donde aún pueden experimentar los vestigios de un comportamiento humano noble que tanto escasea en nuestras ciudades y pueblos.

Es triste sin duda que la gente pierda la vida de esta manera; es preocupante que la identidad empiece a asomar su sucia cabeza e invadir terrenos que antes le estaban vedados; e incluso es un poco tonto que la gente tenga que organizar expediciones carísimas y complejísimas a países lejanos y poner su vida en riesgo para recuperar un poco de la nobleza de la vida humana.

Afortunadamente, esa misma nobleza está al alcance de todos con sólo volverse hacia dentro y dedicarse con sinceridad e integridad al camino de la auto-transformación. No hace falta arriesgar tu vida; no hace falta gastarse dinero ni buscarse patrocinadores; no hace falta competir contra otros; y desde luego que no hay que darle pie a las identidades.

La cumbre está dentro de cada uno; pero, por suerte, es la misma para todos, de modo que las cuerdas que puso Buda hace siglos y que han renovado incontables maestros desde entonces también valen para ti. Pero cada uno tiene que hacer el esfuerzo por sí mismo, no buscando la gloria personal, sino llevando a todos en el corazón, con el propósito de despejar las antiguas rutas que el tiempo desdibuja sin cesar para que los que vengan detrás también puedan ascender a la cumbre.

lunes, 26 de abril de 2010

El Génesis budista


A veces, los mitos de las religiones pueden servir para ilustrar aspectos del Dharma natural si no nos quedamos en la literalidad de las palabras y miramos entre líneas. Es el caso del Génesis judeo-cristiano, que incluye una narración fundamental sobre las relaciones entre los humanos y los demás seres vivos. Si dejamos de lado la noción de un dios creador y la sustituimos por la fuerza impersonal de la evolución, el relato resulta sorprendentemente claro y concorde con el Dharma.

A menudo las supuestas palabras de “Dios” al primer hombre se esgrimen como justificación del trato muchas veces inhumano que les damos a los animales: Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos. Llenad la tierra; sojuzgadla y tened dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se desplazan sobre la tierra”.


Sin contar con el aspecto digamos “moral” del asunto, hay por lo menos tres problemas con esa interpretación.


El primero es técnico y tiene que ver con la traducción del término hebreo que figura como “sojuzgar y tener dominio” en la versión anterior y que, para algunos, implica más bien la idea de tutelar y gobernar como un soberano justo.


El segundo problema es que, antes de que apareciera el ser humano, “Dios” le había dado la misma instrucción a los animales: Entonces dijo Dios: “Produzcan las aguas innumerables seres vivientes, y haya aves que vuelen sobre la tierra, en la bóveda del cielo”. Y creó Dios los grandes animales acuáticos, todos los seres vivientes que se desplazan y que las aguas produjeron, según su especie, y toda ave alada según su especie. Vio Dios que esto era bueno, y los bendijo Dios diciendo: “Sed fecundos y multiplicaos. Llenad las aguas de los mares; y multiplíquense las aves en la tierra”. Es decir, toda especie viva, desde la ameba hasta el rinoceronte, tiene el mismo “mandato” interno de asegurar su propia supervivencia. El conflicto entre los programas de distintas formas de vida se ha dirimido desde la noche de los tiempos mediante el mecanismo que Darwin llamó la supervivencia de los más adaptados, que ha asegurado la perpetuación de la vida en múltiples formas hasta hoy.


Pero es el tercer problema el que me parece más interesante, porque nunca he visto que nadie repare en ello ni lo mencione.


El mandato de “Dios” de crecer en número y gobernar sobre todas las demás formas de vida se le dio a un ser humano muy distinto del que somos hoy día –y de hecho venimos siendo desde hace miles de años. Quien lo recibió era un humano que vivía en unidad con todas las cosas, antes de la “caída” o, en términos cristianos, antes del pecado original.


¿Qué pasó entonces? Que, según el relato bíblico, Adán y Eva comieron del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal –en términos budistas, entraron en la dualidad, es decir, la experiencia de que todo lo que existe son cosas separadas, sustanciales e independientes. Antes de eso, como dice el Génesis, estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban; pero luego, tras comer, fueron abiertos los ojos de ambos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron ceñidores. Desnudos o vestidos: eso ya es la dualidad. Luego vinieron todas las demás.


Este hombre caído no es el mismo al que “Dios” le dio el mandato de crecer y multiplicarse y gobernar con justicia sobre todas las criaturas. En su mano, el programa original que apuntaba a una armonía y equilibrio entre todos se convirtió en un arma de destrucción masiva. Lo honrado hubiera sido que el hombre dual se diese cuenta de su nueva condición y abdicase de su privilegio, ahora inmerecido; pero todos sabemos que, en vez de eso, hizo justo lo contrario. Los resultados están a la vista por todas partes: la sobrepoblación de un ser desconectado de la unidad que, después de exterminar numerosas especies animales y vegetales, amenaza ya la supervivencia de la vida misma en el planeta.


Volviendo al relato bíblico, ¿qué pasó después? Que, contrariado por su desobediencia, y para evitar que Adán comiera también del árbol de la vida y se volviera inmortal, Jehovah Dios lo arrojó del jardín de Edén, para que labrase la tierra de la que fue tomado. Expulsó, pues, al hombre y puso querubines al oriente del jardín de Edén, y una espada incandescente que se movía en toda dirección, para guardar el camino al árbol de la vida.


Así lo relata el Génesis en términos míticos. El Dharma lo explica de forma más práctica: no hay “Dios” sino evolución impersonal, los querubines que vigilan la entrada al jardín del Edén no son tales sino tres identidades o venenos –Raga (la apetencia sensual), Tanha (la codicia) y Arati (la aversión)– y esa espada incandescente que se mueve en toda dirección no está fuera sino dentro de nosotros, porque no es otra cosa que la mente dual que aflige a los seres humanos desde hace milenios con la plaga del sufrimiento (dukkha).


¿Veis qué bien encaja? Al final va a ser que los antiguos patriarcas judíos sabían más de lo que nos imaginábamos, aunque lo ocultaran tras un lenguaje alegórico...


Así pues, ésa es la propuesta del Dharma: darnos cuenta de que estamos fuera de nuestra condición correcta y natural, ver que no hay agentes externos sobrenaturales que nos impidan regresar a él sino únicamente inercias internas, formidables pero vencibles, que nos mantienen alejados de nuestra propia naturaleza de unidad con todo lo que es… y echar a andar en el camino de volver a casa.


PD: De esta interpretación se desprenden dos corolarios que me gustaría destacar. Primero, que a diferencia del ser humano, las plantas y los animales nunca salieron del jardín del Edén; siguen ahí, esperando nuestro regreso sin reproches a pesar de todas las barbaridades que hemos cometido contra ellos. Segundo, que la misión del Dharma no es mitigar las aflicciones físicas o de identidad de unos y otros en su exilio de la unidad; es indicar el camino de vuelta. Ayudar sí es natural, pero no a costa de dejar el regreso en segundo plano a cambio de una beneficencia social que mitiga los síntomas del sufrimiento sin atacar su causa.

viernes, 30 de octubre de 2009

¿Cuál es el papel del budismo?

Respondo aquí a uno de los comentarios enviados a la entrada "¿Café para todos?" porque plantea cuestiones de gran interés sobre el budismo:

Hola a todos. A mí sí me parecen interesantes algunas las cuestiones planteadas.

Si me permitís, yo lo que me pregunto es: ¿para ser budista es necesario el retiro, alejarse de la vida común para meditar? Si es así, no veo cómo puede ayudar más allá de uno mismo, pues para una verdadera revolución sería necesario llegar a todo el mundo, para que pudiéramos realmente transformar nuestro mundo.

De hecho, la experiencia nos dice que hay budistas y budismo desde hace muchísimos siglos y el mundo sigue igual (o peor).

Parece una pregunta jactanciosa, pero ¿en qué ayuda el budismo a la mejora de nuestro mundo?

¿Qué importancia tiene la iluminación personal si la gente sigue muriéndose de hambre?

¿La solución es hacernos todos monjes? ¿Cúal es el papel del budismo?


Son buenas preguntas. Te contesto sólo según mi opinión, basada en mi experiencia, que es de primera mano pero incompleta.

Para empezar, una corrección. Dices: “De hecho, la experiencia nos dice que hay budistas y budismo desde hace muchísimos siglos y el mundo sigue igual (o peor)”. Creo que podrías afirmar exactamente lo mismo sobre, por ejemplo, la medicina. No hay duda de que, en términos absolutos, en el mundo hay más enfermedades, mortandad y miseria hoy que nunca; pero… ¿es eso consecuencia directa de la medicina? En ambos casos, me parece un argumento falaz e insostenible.

No es imprescindible retirarse para ser budista; de hecho, la mayoría de los budistas del mundo son laicos, no monjes. Pero aquí, como en todo, la respuesta depende de qué entiendas por “ser budista”. El Buda histórico sí dejó atrás la vida mundana y así lo hicieron también la mayoría de los que abrazaron a fondo sus enseñanzas. Así que me imagino que no es 100% imposible completar el camino budista en un entorno mundano; sólo es muchísimo más difícil. De todas formas, también hay un lugar digno en el budismo para los que no quieren o no pueden recorrer el camino íntegramente. Hacerse monje no es la única opción; lo que cuenta es hacer las cosas bien y con sinceridad, tanto si eres monje como si eres laico.

La tarea del budismo, y ésta es una postura polémica, no es remediar las injusticias del mundo, provocadas por la codicia, la confusión y la aversión; es eliminar esas raíces malsanas, junto con la ignorancia (no cognitiva), primero en uno mismo y luego en aquellos que quieran seguir ese camino. Sé que en Occidente ha surgido un activismo budista orientado a la beneficencia –el llamado “budismo comprometido”– pero, a mi entender, el Dharma de Buda no se centra en los síntomas y manifestaciones del sufrimiento (dukkha), sino en sus causas. Eso, por supuesto, no impide que tú actúes personalmente para remediar las injusticias y sufrimiento que se crucen en tu camino, si ése es tu impulso noble; pero no es la batalla principal, que se libra contra lo que llamamos las identidades y la dualidad (ignorancia).

Por otra parte, es obvio que, si todas las personas abrazaran de verdad el Dharma y eliminaran de su mente los “tres venenos” de la codicia, la confusión y la aversión, el mundo se transformaría por sí solo, de dentro a fuera. En ese sentido, el budismo no es un camino personal, que uno haga sólo para sí mismo; es algo que uno hace en beneficio de todos los seres. No hay iluminación personal; lo que hay es un regreso a la armonía y equilibrio con todo lo natural.

Pero tampoco somos ingenuos sobre las perspectivas reales de que eso vaya a ocurrir a escala suficiente como para remediar los males del mundo. La senda budista (como práctica real, no como tradición religiosa) no es algo que se le pueda imponer a nadie y por tanto ha sido y sigue siendo cosa de pocos. Ahora mismo, para mí la cuestión no es si seremos capaces de cambiar el mundo, sino si podremos salvaguardar para las generaciones venideras el Dharma genuino –amenazado no sólo desde fuera por la indiferencia y hostilidad de un mundo enloquecido, sino desde dentro por personas que lo enseñan sin verdadera comprensión. Por eso, estar en el camino con sinceridad hoy supone, además de la práctica diaria digamos que “personal”, mantener viva la llama del Dharma natural para que el día de mañana esté disponible para los que quieran acercarse a él. Si esa llama –la presencia, la guía y el ejemplo de los que han despertado de verdad– se apaga, nos va a tocar volver a descubrir el fuego, exactamente igual que tuvo que hacer Siddhartha Gautama hace miles de años.

Espero que esto conteste tus preguntas.

jueves, 13 de marzo de 2008

Las deidades tántricas o yiddam

Las divinidades de meditación tántricas son uno de los aspectos más coloristas y atractivos del budismo tibetano, también llamado el “vehículo del diamante” o Vajrayana. No se sabe con certeza cuándo absorbió el budismo este sistema tántrico; parece claro que el Buda mismo nunca lo usó pero es probable que ya en una época temprana, cuando el budismo aún no se había expandido más allá de la India, algunos de sus seguidores se dedicaran a diseñarlo adaptando prácticas hinduistas al margen tanto de los grupos nómadas que predicaban el Dharma como de los monasterios que les servían como refugio durante los monzones. Como sus mismos nombres indican, estas divinidades o yiddam son de origen indio, no tibetano.

Avalokiteshvara, Tara, Vajrasattva no son seres sobrenaturales a los que se les atribuye una existencia y capacidad de intervención reales, como los ángeles y los santos del catolicismo, sino personificaciones de fuerzas inherentes en la mente humana que se nos han quedado veladas por los avatares de la existencia pero que se pueden despertar y reactivar mediante meditaciones específicas. Son unas herramientas magníficas si se sabe cómo trabajar correctamente con ellas, y un desastre si nos dejamos llevar por varios atajos seductores que acechan a diestra y siniestra en este camino.

En primer lugar, conviene desterrar desde el principio cualquier idea de que estas divinidades, a pesar de las representaciones aparentemente eróticas de algunas pinturas y estatuas, tengan nada que ver en su origen con el sexo tal como lo entendemos y practicamos en nuestra civilización de consumo. Por decirlo en pocas palabras, Vajrayoguini no es una modelo sacada de un calendario Pirelli tibetano y lo que busca el tantra auténtico es algo muy diferente de la liberación del orgasmo fisiológico; otra cosa es lo que ofrezcan sus sucedáneos occidentales.

Por otra parte, conviene tener cuidado con el orgullo que lleva a confundir el exotismo o la exclusividad de una práctica con su pretendida superioridad sobre otros métodos. Es verdad que las prácticas con yiddam pueden resultar muy tentadoras por el aura de misterio que las rodea, las cualificaciones que se presume que debe reunir el practicante y la cercanía al maestro que requieren, lo cual parece implicar una cierta confianza por su parte en la capacidad del practicante para realizarlas; pero no hay que olvidar que el camino tántrico es una vía gradual, indicada para ciertos temperamentos pero totalmente inadecuada para otros. Alguien que puede avanzar bien con estas meditaciones podría pasarlo fatal y perder el tiempo miserablemente si se le pone a trabajar con koanes y viceversa, sin que una ni otra circunstancia digan nada del mérito intrínseco de ambas vías ni del practicante, sino sólo del acierto, la honradez y el discernimiento del maestro que las recomienda. Bien visto, en último término todas las prácticas no son más que muletas. No tiene sentido alardear de que las tuyas están tuneadas en platino con diamantes engastados y alerones aerodinámicos; lo que cuenta es que te ayuden a caminar.

Dejando de lado estas tentaciones de calibre grueso, digamos, hay también un riesgo más sutil de apegarse a estas prácticas por lo gratificante que puede resultar su estética espectacular. Estas meditaciones o sadhanas han sido secretas, o por lo menos discretas, durante muchísimos años. Personalmente no creo demasiado que eso se deba a los potenciales efectos nocivos que puedan provocar si se emplean incorrectamente –tal como se suele afirmar, reforzando así su halo mágico– sino a que realmente ofrecen innumerables oportunidades para perderse por jardines varios y bastante tontorrones si uno no cuenta con la supervisión atenta de alguien que las conozca y entienda bien y pueda ahorrarnos los tropezones más habituales con sus consejos; y desde luego que el apego a las formas es uno de ellos. Ha sido sólo a partir del exilio tibetano, y del influjo de maestros Vajrayana en Occidente a partir de los años sesenta, cuando estas sadhanas se han divulgado a una escala que hace imposible la supervisión y el apoyo que requieren, aprovechando su tirón folclórico sobre un público muy susceptible a la seducción visual, como bien saben los especialistas en mercadeo. Pero el éxito numérico no implica profundidad de comprensión. Como suele ocurrir, tampoco aquí nos podemos quedar en las meras formas; hay que ir más allá o las prácticas pierden su eficacia.

Una derivada quizá inevitable de esta tendencia a divulgar las sadhanas a gran escala es el relajo correspondiente en su orientación. En previsión de posibles extravíos, al menos esto debería quedar bien claro: las meditaciones tántricas budistas no están pensadas para conseguir cosas en beneficio propio. Avalokiteshavara no nos va a ayudar a encontrar novio; Tara no está ahí para que encontremos un piso de alquiler; Vajrasattva no va a aparecer detrás de una nube cada vez que nuestro jefe intente acosarnos. Por desgracia, tampoco es que los occidentales seamos pioneros en esta insensatez: aberraciones de esta ralea sólo suponen la adaptación a nuestro entorno del uso bastardo del budismo mezclado con superstición popular en los Himalayas, donde a Tara –la deidad que promueve el desarrollo de intenciones correctas– se la invoca en ocasiones como fuerza protectora de los yaks para evitar que se pierdan cabezas de ganado. Y es que hay algunos entre nosotros que se ríen de las estampitas de santos y las devociones marianas pero pierden la cabeza cuando alguien practica exactamente lo mismo entonando salmodias guturales y ataviado con los coloristas atuendos procedentes del “techo del mundo”.

Bueno, diréis, y si no sirven para nada de lo anterior, ¿de qué valen estas deidades tan esquivas? Muy sencillo. Son herramientas para enfrentarse a las tres raíces malsanas, las tres identidades de confusión, codicia y aversión, como trabajo preliminar, indispensable antes de acometer otras fases más avanzadas de meditación. A mí me gusta pensar en estos yiddam como si fueran los TEDAX budistas, listos para aplicarse a la desactivación de explosivos que las identidades han ido plantando en la mente a lo largo de nuestra vida. Como todos los métodos, se usan y luego se dejan atrás; después, algunos podrán seguir en el camino tántrico con otras prácticas y otros podrán derivarse hacia vías paralelas. No son, por tanto, motivo para el orgullo, la fascinación o el apego, pero sí una muestra más de la variedad de recursos que emplea el Dharma y de lo absolutamente esencial que resulta para el camino el trabajo de limpieza y neutralización de los venenos acumulados en la mente. Una vez nos hayamos desembarazado de esa pesada carga, sin caer en ninguna de las trampas antes mencionadas, estaremos en condiciones de acometer la escalada de cimas más altas.

jueves, 10 de enero de 2008

Amnistía natural

Al final de esta entrada hay un enlace en el que se glosa la vida de Peter Benenson, el fundador de Amnistía Internacional, fallecido hace ya casi tres años.

En ese texto, Benenson alude a un proverbio chino, el sabio no grita a la oscuridad, sino que enciende una vela, para explicar el impulso de su vida.

Como se ve, mutatis mutandis y salvando las distancias, no hace falta mucho más que una voluntad firme para obtener resultados sorprendentes; pero tiene que ser nada menos que una voluntad firme.

Era el año 1961. Un abogado británico de unos cuarenta años lee el periódico en el metro de Londres. Le llama poderosamente la atención un artículo. En él se cuenta la tragedia de dos estudiantes portugueses encarcelados. Su delito: brindar por la libertad en un céntrico restaurante de Lisboa. Siete años de prisión fue su pena en el Portugal del dictador Salazar. Benenson no cabía en sí de cólera. Salió del metro y entró en la iglesia Saint Martin in the Fields. Allí rezó “a todos los dioses de todos los mundos”. Y llegó a una triste conclusión: “La lucha de un solo hombre no vale nada”. Meses después llegaba el artículo en The Observer. Fue la primera campaña de Amnistía Internacional. En palabras del propio Benenson, Amnistía era la iniciativa en Londres de un grupo de abogados, escritores y editores que compartía “la convicción expresada por Voltaire: Detesto tus ideas, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a expresarlas”. Fue entonces cuando se abrió la puerta al activismo de los derechos humanos.

Cuando se cumplía el 25º aniversario de AI, Benenson tuvo una idea. Encendió –de nuevo recurre a Saint Martin in the Fields– una vela con alambre de espino enroscado. Fue un símbolo que se convertiría en el logotipo de la organización. “La vela”, dijo entonces Benenson, “no arde para nosotros, sino para quienes no hemos podido rescatar de prisión, para quienes fueron tiroteados de camino a la cárcel, para quienes fueron torturados, para quienes fueron secuestrados, para quienes desaparecieron. Para ellos es esta vela”.

Amnistía Internacional ha combatido las violaciones de los derechos humanos en todos los rincones del mundo, tarea reconocida con la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1977. “La primera vez que encendí la vela”, relató Benenson, “tenía en mente el viejo proverbio chino: Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

La actitud de este hombre de hacer algo movido por sus convicciones más profundas y nobles en favor de la dignidad de los demás seres es la misma del bodhisattva que decide entrar en el Samsara y trabajar en beneficio de la unidad de toda la vida.

Y, bien visto, ¿no está el Dharma genuino implicado en un proyecto similar? Claro que sí. Se llama “Amnistía Natural”: la lucha por la libertad de la propia naturaleza de todos los seres respecto de las trampas y violaciones de Mara (la personificación budista de los tres venenos), cuidando de la luz que hay dentro de cada aparente individuo.

Si la vemos con ojos budistas, esa misma vela que figura en el logo rodeada del alambre de espino de las injusticias y abusos políticos representa para nosotros la luz de nuestra propia naturaleza, aprisionada por las garras de Mara en quienes aún no la hemos liberado; sólo que, en vez de ser un homenaje a los caídos y derrotados, esa vela arde con la esperanza de que, algún día, todos seremos libres.

Encendamos cada uno nuestra vela y ayudemos a los demás a encender la suya, pues en el fondo son una y la misma.

Ánimo, cachorros de bodhisattva.


Texto completo:

http://www.elpais.com/articulo/agenda/Peter/Benenson/fundador/
Amnistia/Internacional/elpepigen/
20050227elpepiage_2/Tes

lunes, 7 de enero de 2008

Un catecismo consumista

La ilustración que preside esta entrada es un grabado antiguo de la nave de los locos: una vieja metáfora que describe certeramente adónde hemos llegado a estas alturas de nuestra evolución como especie dominante del tercer planeta del sistema solar. Ahí están retratadas la abulia e indiferencia de la mayoría espectadora, la violencia de unos sobre otros, la ineptitud doctoral y presuntuosa de quienes quieren gobernar la nave desde la popa (llevando al barco literalmente de culo, por lo que sugieren las ondas que va creando su timón) y el desistimiento entre cínico y egoísta de quienes, alienados por el caos, buscan la anestesia de satisfacer sin más sus apetitos sensuales. La escena entera es un despropósito. Sólo un individuo, destacado en la proa, parece volverse hacia sus compañeros de singladura para sugerir, con más voluntad que éxito: “Esto… ¿no deberíamos estar yendo para allá?”. No vemos hacia dónde retrocede la nave, pero el desconcierto reinante sugiere que no debe de ser el mejor de los rumbos posibles.

¿Acaso siempre ha sido igual? ¿Es ese verdaderamente el estado natural y por tanto el destino inevitable del ser humano, como afirman algunos? Para el Dharma de Buda la respuesta es que no, de ninguna manera; categóricamente No. Todo lo que se ve en esa imagen es sufrimiento. El sufrimiento, tal como lo entiende el Dharma, no es natural sino condicionado; y todo lo que se ha condicionado se puede des-condicionar.

No es que el Dharma defienda una imagen idílica y naïf de la vida humana en la que no hay espacio para los conflictos ni las tensiones. Hay y siempre habrá lucha por la supervivencia, todo lo conflictiva y azarosa que se quiera, pero natural en esencia: no en vano es la fuerza que nos ha moldeado como especie. Lo que no tiene por qué haber es una pugna constante entre las tres identidades –o las tres raíces malsanas– alojadas en la mente de cada ser humano, ni tampoco las batallas y guerras que esa división interna traslada al mundo externo, puesto que lo exterior es en gran medida un espejo de lo interior.

Gran parte de la fuerza del argumento de que las cosas siempre han sido así se diluye cuando descubrimos indicios de que, en realidad, algunos extremos de esta situación no son del todo accidentales sino que se han programado consciente y deliberadamente a lo largo del tiempo, por mucho que hoy hayamos olvidado el origen artificial de esas instrucciones. No es cuestión de arrojarse ahora a formular teorías sobre conspiraciones de grupos de interés diversos, ya que se trata en gran medida de un proceso ciego y colectivo; pero tampoco debemos cerrar los ojos a la realidad de que, por mucho que se pretenda que es algo natural, esta deshumanización subrepticia avanza a base de vueltas de tuerca identificables. Sería muy largo e innecesario aquí investigar todas las líneas de código viciado (por usar un símil informático) que se han ido introduciendo en nuestras mentes a lo largo de siglos, o incluso milenios. Sin embargo, a veces uno encuentra perlas elocuentes como la que sigue, escrita hace más o menos medio siglo, que cobra toda su actualidad en estos días que estamos emergiendo de la apoteosis del consumo en que se ha convertido la celebración de la Navidad cristiana:

“Nuestra economía enormemente productiva (…) exige que hagamos del consumo nuestro modo de vida, que convirtamos la compra y el uso de bienes en ritual, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción de nuestro ego, en el consumo (…) Necesitamos que las cosas se consuman, se quemen, se reemplacen y se desechen a un ritmo cada vez mayor”.

Asombroso, ¿no? Se puede decir más alto, pero no más claro ni con menos vergüenza. Por sorprendente que parezca, este catecismo del consumo no es una parodia salida de un panfleto satírico o revolucionario anti-sistema. Es la opinión de un experto analista de márketing de los años 50 que señalaba el rumbo a seguir por la sociedad norteamericana para garantizar la salud del American way of life (Victor Lebow, The Journal of Retailing, primavera de 1955, p. 7, citado por Michael Jacobson, Marketing Madness, 1995, p. 191). Increíble, pero cierto. Suena a desvarío de un megalómano suicida pero, por desgracia, ésa es la opción que ha secundado casi unánimemente el mundo occidental, y el camino de los ladrillos falsamente dorados por el que suspiran las sociedades de lo que antes se llamaba el segundo y el tercer mundo.

Pensémoslo bien: ¿qué cosecha nos espera si seguimos plantando estas semillas?

¿Quo vas, o navis stultorum?

martes, 1 de enero de 2008

Lo que nadie quiere oír

Sakka, el señor de los devas, le preguntó al Bendito: “Los seres quieren vivir sin odio, daño, hostilidad, o enemistad; quieren vivir en paz. Sin embargo, viven en el odio, haciéndose daño unos a otros, hostiles y como enemigos. ¿Qué cadenas los sujetan, señor, para que vivan de esta manera?”

Es una pregunta clave. Cuántas veces nos hemos visto arrastrados por una oleada irracional y hemos dicho o hecho cosas de las que nos hemos arrepentido después, casi como si dentro de nosotros alentara algo escurridizo pero potente que milita contra nuestros propios intereses y los de quienes nos rodean. ¿Por qué?

En los sutras, en respuesta a esa pregunta y a otras similares, Buda suele presentar secuencias algo variables de factores psicológicos, pero en la base de todas ellas están siempre las mismas causas: las “tres raíces malsanas” de la naturaleza humana contaminada, que a veces se denominan, de manera gráfica pero poco exacta, codicia, aversión y confusión. Buda es, por tanto, como el médico que da las malas noticias que nadie quiere oír; pero también da la buena noticia que nadie más sabe. Ambas van de la mano. Por desgracia, muchos quieren matar al mensajero de las malas nuevas, como si así esas noticias fueran a desaparecer, y en consecuencia se quedan sin enterarse de la buena y sin apreciar en su plenitud el hecho de que hay una luz natural esplendorosa al final del túnel.

Bien, vayamos paso a paso. El punto de partida es que la naturaleza humana está viciada; mientras no elimine esa lacra, poco puede avanzar uno en el camino de la liberación. En términos científicos, diríamos que en cada individuo hay un impedimento doble a la luz del Dharma: genético por un lado, con base en la evolución de la especie durante los últimos milenios, y social por otro, en función de los aprendizajes incorrectos de todo tipo que esa persona ha ido acumulando desde su nacimiento. El principal resultado de todo ello es el sufrimiento, que siempre existe aunque no sea de forma consciente. Estas tendencias y aprendizajes asumidos como propios constituyen una servidumbre de la que es dificilísimo desprenderse sin un esfuerzo deliberado y sistemático –de ahí el variado arsenal de prácticas que las distintas escuelas budistas han elaborado para los diferentes temperamentos y circunstancias. La mancha es resistente y no se quita leyendo o escuchando charlas nada más; hay que tocar y movilizar las capas más profundas de la mente para lograrlo.

La buena noticia, en cambio, es que nada de eso forma parte de la verdadera naturaleza que es propia del ser humano; es un condicionamiento que se ha impuesto sobre ella, como si fuera un vertido de petróleo que sofoca su expresión natural. Afortunadamente, lo que ha sido condicionado puede ser des-condicionado. Ahí está la gran aportación del Dharma de Buda: un método integral para limpiar el sistema de las adherencias nocivas acumuladas en el tiempo y devolverlo al equilibrio y la armonía con su entorno –con uno mismo, con los demás, y con la naturaleza en el sentido más amplio del término.

Esta es, en definitiva, la explicación de las Cuatro Nobles Verdades:

  1. Que hay una enfermedad;
  2. Que esa enfermedad tiene una causa (está condicionada);
  3. Que hay una manera de curar esa enfermedad (se puede des-condicionar);
  4. Que la cura es el Noble Óctuple Sendero.

Todas están íntimamente ligadas entre sí y no se pueden entender por separado. Tampoco se puede saltar de una a la otra o escoger sólo las que más nos apetecen, como si estuviéramos en un buffet. Si lo piensas un poco, verás que tiene cierta lógica.

Buda a menudo comparaba el Dharma con la medicina. No prometía maravillosas experiencias místicas ni un futuro despejado y libre de cualquier problema en el que todos fuéramos a vivir como superhombres en la tierra. Como un buen médico, simplemente estableció el diagnóstico, identificó sus causas, vio que eran reversibles, y recetó la solución para volver al equilibrio natural propio del ser humano. Hay otros métodos que minimizan los problemas a la vez que prometen mucho más, pero cuidado con los charlatanes. Evidentemente, sus palabras resultan más lisonjeras a nuestros oídos que cualquier mención del sufrimiento; pero, como dijo un sabio, “por sus frutos los conoceréis”. ¿Qué pasa una vez se ha desvanecido la música de sus promesas?

No es diferente de cuando llevamos el coche al taller o viene el fontanero a casa a arreglar una gotera: pocos preferimos el que nos asegura que no pasa nada y hace una chapuza cosmética que sólo camufla el problema para que reaparezca más tarde, aumentado por la demora en atajarlo, una vez que él ya ha cobrado y se ha ido. El camino del Dharma no es una cirugía estética; implica una transformación total de nuestra manera de experimentar la realidad. Pocos se atreven con una empresa de tal magnitud: principalmente, claro, los que están de acuerdo con el diagnóstico del médico. Por eso es tan importante en el Dharma entender bien qué es el sufrimiento y hasta qué punto ese chapapote viscoso y tóxico contamina no sólo nuestra vida sino la de todos los demás también. Sin esa urgencia interior que implica a todos, nuestra motivación puede flaquear. Como dijo Buda:

¿Por qué hay risas, por qué alborozo, cuando el mundo está en llamas? Cuando vives en la oscuridad, ¿por qué no buscas una luz?

viernes, 28 de septiembre de 2007

La importancia de entender

Hace algún tiempo cayó en mis manos una hoja que anunciaba la conferencia de un maestro de visita en Madrid desde otro país. En una cara figuraba una ilustración de la rueda de la vida, una imagen tradicional budista en cuyo centro tres animales –un cerdo, una serpiente y una paloma (otras veces es un gallo)– parecen perseguirse uno al otro en una noria interminable; en la otra, un texto explicaba la ilustración afirmando que cada uno de esos animales representaba uno de los llamados tres venenos o impedimentos –las tendencias atávicas y subliminales que determinan, sin que lo sepamos, nuestra visión del mundo y con ello nuestra conducta. Pero luego, en un alarde de penetración psicológica, el texto venía a decir que el cerdo representa la ignorancia porque en realidad los cerdos no saben gran cosa, la serpiente la ira porque reacciona con enojo, y la paloma la codicia porque muestra gran codicia en sus acciones; de esta manera, cerraba con sorprendente complacencia un razonamiento que en realidad era exactamente igual de circular que la rueda de la vida que pretendía explicar.

Chanzas aparte, ¿cuál es el problema en todo ello? Hay dos muy claros. El primero, que se le priva al público de entender de verdad qué es lo que se representa en la ilustración. Los tres animales no están ahí como ejemplos de conducta censurable, sino porque representan las tres maneras posibles de reaccionar ante una amenaza en potencia: huir (la paloma), atacar (la serpiente) o quedarse quieto esperando pasar desapercibido o para obtener más información antes de actuar (el cerdo, que en realidad es más bien un jabalí). Son las tres respuestas que son comunes a todo el reino animal y, por tanto, también al ser humano (la conocida fórmula de la triple "f" en inglés: fight, flight, or freeze). Si hacéis memoria, seguramente podréis encontrar ejemplos de las tres reacciones entre vuestras experiencias; pero son algo que concierne estrictamente al campo de la fisiología y la psicología, si bien es cierto que son la base a partir de la cual se generan en el ser humano la aversión, la codicia y la confusión motivadas por la presencia de la identidad –la impresión subconsciente de que uno mismo es algo separado e independiente de todo lo demás.

El segundo problema es que, si nos conformamos con esta explicación superficial, es fácil deslizarnos a una visión simplista de las cosas en la que compensamos nuestra falta de comprensión profunda (de la que por desgracia no solemos andar sobrados) con una carga moral reprobatoria (que, por influencia de nuestro condicionamiento cultural, a menudo asociamos inconscientemente con los asuntos "espirituales"): "Ah, no hay que enfadarse cuando nos amenazan para no parecernos a la vil serpiente, ni tampoco está bien ser codiciosos como las palomas, que siempre dan los picotazos de dos en dos en vez de conformarse con uno solo…"; y así, podemos seguir en línea recta y sin que nadie nos frene hasta el desastre. La imagen habla de fisiología y nosotros la malinterpretamos y acabamos en la moralina. ¿Se aprecia lo fácil que es desvirtuar una enseñanza incluso con las mejores intenciones? Claro, si ahora miráis una imagen completa de la rueda de la vida con toda su complejidad, os podréis imaginar hasta dónde se puede multiplicar el despropósito si se parte de una interpretación tan equivocada como base.

Por eso no se puede hacer demasiado énfasis en la conveniencia de preguntar cuando no se entiende. Tener acceso a un maestro es una rara oportunidad; no hay muchos, y entre ellos son menos aún los que de verdad merecen ese nombre. Si tienes uno a mano y hay algo que no ves claro, pregunta, pregunta y pregunta... una y otra vez, todo lo que haga falta, aunque parezcas tonto y pesado, hasta el aburrimiento si es necesario; mientras no entiendas, pregunta. Recuerda que en el camino del Dharma es esencial la investigación libre y crítica. Que no te dé miedo ni vergüenza parecer corto de entendederas; cada uno tiene su ritmo de aprendizaje y no hay demérito en ir despacio pero seguro; pero que tampoco te dé miedo ni vergüenza ponerle en un aprieto al supuesto maestro. Si ese maestro te contesta con evasivas, mala cosa; si te responde con explicaciones aún más enrevesadas, es posible que o bien él mismo no entienda la verdad o bien por algún motivo no te la quiera contar; si se niega de plano a contestarte, mejor que cojas tu petate y te busques otro maestro. No hay ningún problema en ello; Buda mismo tuvo dos maestros con los que estudió hasta que comprobó que seguía insatisfecho a pesar de haber entendido y practicado a fondo sus enseñanzas. Cuando el primero le anunció que no tenía nada más que enseñarle, lo dejó y encontró al segundo; cuando el segundo le confesó lo mismo, se puso en marcha y siguió su camino en solitario hasta encontrar el despertar. Como dejó dicho en el Dhammapada:

Si encuentras un amigo que sea bueno, sabio y benévolo,
recorre el camino entero con él y supera todos los peligros.
Pero si no eres capaz de encontrar un amigo que sea bueno, sabio y benévolo,
camina solo, como un rey que ha renunciado a su reino
o un elefante que deambula a su antojo por la jungla.

Pero cuidado: capta bien cómo ocurrieron las cosas. Es fácil fijarse sólo en la parte de ir por libre pasando por alto el hecho de que el propio Buda tuvo dos maestros; de ahí, no hay más que un pasito a pensar que uno es como un rey o un elefante (¡por supuesto!), que no necesita ayuda de nadie porque es suficientemente listo como para valerse por sí mismo (¿cómo iba a ser de otra manera?), y acabar caminando en círculos como un rey por la jungla o arrasando el ajuar real mientras trota despreocupadamente por las estancias del palacio y recurre a trompa, patas y colmillos para manejar la preciosa vajilla de la corte.