martes, 23 de octubre de 2007

Mi reino sí es de este mundo

El pasado día 17 de octubre, el Congreso de los EE UU le impuso al Dalai Lama su Medalla de Oro –la misma que José María Aznar se quedó en ciernes de obtener después de un considerable desembolso de fondos en pro de su concesión. Vaya por delante, ya que nos internamos aquí en un campo plagado de minas, que no soy un agente chino encubierto ni le tengo ninguna antipatía al Dalai Lama en el plano personal ni político. Al contrario, si todos los políticos profesionales abogaran como él por emplear medios pacíficos como método para la resolución de conflictos, probablemente habría menos violencia declarada en el mundo. Quizá la habría de otro tipo, pero esa ya es otra cuestión.

Hablo del Dalai Lama porque en Occidente mucha gente lo vincula irreflexivamente con el budismo de manera paralela a como asocian al Papa con el catolicismo, y eso es una distorsión muy poco afortunada. Dejando fuera la espinosa cuestión de la relación entre el budismo actual y el Dharma original de Buda, esto por lo menos debe quedar claro: el Dalai Lama no sólo no es el representante universal de todos los budistas; es que ni siquiera lo es de todos los budistas tibetanos. Es el líder espiritual de la escuela Guelugpa, una de las cuatro principales de la tradición tibetana, y, como tal, ejerce también como líder político del gobierno tibetano, establecido desde 1959 en el exilio indio de Dharamsala. No hay un “Papa” budista.

Gran parte de la actividad pública del Dalai Lama tiene objetivos políticos y mediáticos para promover la causa del Tíbet en la escena internacional y, sobre todo, en Occidente, que es donde hoy se concentra el dinero y el poder. Por eso es lamentable que tantas personas encuentren su primer contacto con el budismo a través de su figura, porque su estilo de presentación –así como su interpretación del budismo– responde en alto grado a esos intereses estratégicos. En efecto, no es raro verle arropado por personajes famosos en cada país que visita, dando conferencias a las que sólo se accede previo pago y a veces de cantidades más que generosas, mediante el formato de “cena benéfica” con el cubierto por las nubes (hasta 750 dólares), en las que no obstante se repiten mensajes sobre la tolerancia y la compasión de una inanidad sorprendente. Este Dalai Lama se ha convertido en una marca –una búsqueda de sus libros en la base de datos del ISBN español arroja un total de… ¡96 títulos!– y se ha lanzado de lleno al circuito comercial como máximo exponente del budismo para occidentales; pero todo parece indicar que, con vistas a llegar a una audiencia lo más amplia posible y recabar cuantos más apoyos para su causa, ha optado por diluir en proporciones homeopáticas el contenido de sus enseñanzas. No sé cuánto bien le puede hacer eso al gobierno tibetano o a la escuela Guelugpa, pero desde luego al budismo le hace un flaco favor –y no digamos ya al Dharma.

Resumiendo: igual que el Dalai Lama no es el representante único de los budistas, ni siquiera de los tibetanos, tampoco sus enseñanzas representan más que una adaptación para el público general de ciertos conceptos básicos del budismo, seleccionados entre los que recuerdan más a los sermones que sus oyentes occidentales podrían escuchar –probablemente sin gran interés o entusiasmo– cualquier domingo en sus parroquias más cercanas.

¿Es legítimo hacer eso? En cierta medida sí, claro, siempre que hablemos exclusivamente de la causa política; al fin y al cabo, no sé de nadie al que le hayan puesto una pistola en la sien para asistir a esos encuentros ni tampoco para recaudar su contribución. Ahora bien, desde el punto de vista de las enseñanzas, ya no estoy tan seguro de que sea legítimo rebajarlas sin complejos hasta hacerlas irreconocibles por insípidas y facilonas: ¿cuánta agua se le puede echar a un vino de Rioja antes de que deje de ser un vino de Rioja? Hay mucho margen en el Dharma para que cada maestro enseñe a su manera, aprovechando sus experiencias y habilidades personales, pero siempre que sea sin desvirtuar las enseñanzas. En boca del Dalai Lama, sin embargo, a veces parece como si el rugido del león del Buda y los grandes maestros del pasado se convirtiera en el maullido de un gatito que pide que lo cojas en brazos y lo acaricies.

En cuanto a la causa política del “Tíbet libre”, qué duda cabe que es un eslogan magnético que suscita adhesiones sinceras y bienintencionadas, aunque no todos los que lo abrazan tengan una idea clara de cuál es la historia del conflicto en esa parte del planeta, cargada de tensiones entre la India y China, las dos grandes potencias de la región. “Libertad” es una palabra hermosa en cualquier idioma y todo lema que la incorpore es eficaz ipso facto. Pero la libertad siempre es libertad de algo. ¿Tíbet libre? Claro, hombre, ¡faltaría más!; pero... ¿de qué? ¿Sólo de los chinos? Bien pensado, a este lema se le podría dar la vuelta y aplicar con igual razón no contra la ocupación china sino contra el sistema retrógado y corrupto del lamaísmo que ha imperado en la región durante siglos de miseria y subdesarrollo. Es más que posible que la ocupación china esté llevando a cabo un genocidio cultural, como se denuncia a menudo; pero no lo es menos que el régimen anterior operara como una teocracia feudal y oscurantista más preocupada por eternizarse en el poder que por el bienestar de sus súbditos. ¿No debería aplicarse ese “Tíbet libre” a ambas lacras por igual? ¿Qué garantías daría una hipotética reinstauración del Dalai Lama como máximo líder político de un Tíbet independiente de que ciertos derechos humanos no volverían al nivel medieval del que disfrutaban anteriormente?

Para quien crea que el Tíbet antes de la ocupación china era el paraíso terrenal de Shangri-La, recomiendo la lectura atenta del libro de Tashi Tsering, Autobiogafía de un tibetano (Ed. Amaranto). He aquí un retrato cándido de un muchacho inquieto y con ganas de conocer mundo durante su infancia en una aldea y en la capital Lhasa, pasando por su exilio en la India y los EE UU y su viaje y cautividad en China, hasta su regreso desengañado, ya como adulto, a su patria. Es un buen antídoto para visiones sesgadas y arrebatos idealistas sobre la cuestión tibetana, porque presenta un cuadro lleno de luces y sombras sobre cómo era el Tíbet antes y durante los primeros años de la intervención china –y hay que reseñar que es imparcial en la medida en que nadie sale bien parado de la narración: ni los lamas, ni las autoridades chinas, ni siquiera el propio autor, víctima de una ingenuidad que le acaba saliendo muy cara. Es una sana advertencia contra los peligros del entusiasmo apresurado y falto de espíritu crítico del que se nutren algunos lobos con piel de cordero.

Y, para concluir en positivo, hay buenas noticias para quienes ya se hayan aficionado al budismo que divulga el Dalai Lama: más adelante en el camino las cosas se vuelven mucho mejores. No son enseñanzas evidentes en el gran mercado, pero existen, y su calidad es tan superior al budismo popular como lo es un vino noble de gran reserva respecto de las mezclas dulzonas de vino de batalla rebajado con gaseosa con que los padres iniciaban a sus hijos en el consumo de alcohol hace años.

martes, 16 de octubre de 2007

¿Son iguales todos los caminos?

Uno de los aspectos que más llaman la atención cuando se leen los antiguos sutras budistas es la cantidad de ocasiones en que personas de diversa índole, muchos de ellos ajenos a su comunidad (la sangha), visitan al Buda para debatir, cuestionar, refutar o pedir aclaraciones sobre algún extremo de sus enseñanzas. Lo relevante al caso no es cuántos se convencen y acaban “convirtiéndose” al Dharma (algo siempre sospechoso de manejos partidistas), sino la impresión de fondo que se desprende de esas escenas repetidas.

Ahí intuimos entre líneas una cultura donde un rico fermento de ideas espirituales alimentaba a un hervidero de maestros y buscadores sinceros de la verdad, que no sólo que estaban dispuestos a peregrinar para encontrarla sino también a tomarse el trabajo de entenderla, analizarla, contrastarla y ponerla en práctica para comprobar sus efectos. A esa verdad que supuestamente transmitían los maestros se le atribuía un carácter objetivo y, en consecuencia, también competitivo: cuál de las diversas “verdades”, a menudo incompatibles entre sí, presentadas por unos y otros era la más verdadera constituía algo que había que comprobar mediante el diálogo, el debate y la experimentación. Uno no suscribía los postulados de un maestro igual que hoy es hincha de los colores de su equipo, “manque pierda”. Eran más bien como hipótesis de trabajo; si se demostraba que había otra alternativa mejor, se las abandonaba sin miramientos. No es diferente en la ciencia occidental desde hace siglos.

Lo que sí parece distinto, y bastante menos inquisitivo, es el ambiente que nos rodea hoy en día. A estas alturas, cuando la conversación gira hacia cuestiones espirituales, es común oír en cuanto empiezan a surgir las primeras disensiones la frase apaciguadora de que “en el fondo todos los caminos son iguales”. Indudablemente es algo que se dice para restaurar un ambiente de tolerancia y buenas maneras entre todos, en el que nadie se sienta juzgado ni menoscabado en sus convicciones íntimas, y como tal hay que entenderlo. Pero la consecuencia desgraciada es que a menudo se mata con ello el más leve aliento de debate que pueda enriquecer las perspectivas de unos y otros. Así, se firma una paz apresurada y superficial –que en realidad es más bien un pacto de no-agresión, ya que la paz sólo puede ser sincera a base de explorar y resolver las diferencias– a cambio de la posibilidad de romper moldes demasiado cómodos y abrir nuevas vías que no se habían contemplado antes, incluso si eso puede soliviantar a los más susceptibles.

¿Valen lo mismo todos los caminos? Sin entrar en valoraciones morales ni erigirme en juez de nadie, yo no me creo que todos los caminos que se emprenden sean válidos ni tampoco que lleven al mismo sitio. Para empezar, es evidente, en cuanto lo piensas un poco, que no puede ser lo mismo un camino que teóricamente lleva a la unión con Dios, como por ejemplo el misticismo cristiano, que el de Laozi o Buda, que llevan a una realidad última más allá de Dios en la que supuestamente se ve que ese Dios no es más que una creación de la mente humana –la más noble si quieres, pero una ficción al fin y al cabo. Y también me parece obvio que no todas las motivaciones para echarse a ese camino supuestamente único son igual de legítimas, y que tampoco todo el que lo emprende lo sigue con igual grado de integridad. ¿Quiere eso decir que son malas personas? En absoluto; pero no hay que confundir el hecho de que todas las personas son intrínsecamente igual de respetables con la idea de que, por eso mismo, las opiniones y acciones de todos merezcan indistintamente la misma valoración, sean las que sean.

Al contrario de lo que puede sugerir la variada oferta actual, un camino espiritual no es algo que hagas para sentirte bien; es posible incluso que a ratos te lo haga pasar regular, porque es algo que te saca de tu cómodo caparazón de sensaciones, emociones e ideas habituales y te lleva a una verdad ajena a tu mundo acostumbrado aunque, si hemos de creer a los sabios, infinitamente superior. En ese sentido, el enfoque subjetivo es incompatible con el objetivo, filosófico, científico, o como prefieras llamarlo, porque hablan de cosas totalmente diferentes. A modo de analogía, es innegable que pasar las vacaciones en Almería no es intrínsecamente mejor ni peor que pasarlas en Finisterre. Ahora bien, si hablamos de cosas más serias, como un cáncer por ejemplo, no es lo mismo aconsejarle a alguien que se lo trate con cristales de cuarzo que recomendarle que vaya al oncólogo. Esos caminos sí que no son iguales.

En parte esta confusión surge de un error conceptual muy extendido, como es la asimilación del camino espiritual a una terapia para encontrar mejor acomodo en el mundo. En el fondo –y así lo proclaman los que lo han recorrido– el camino es algo que te saca de ti mismo y de tu estrecho mundo privado para lanzarte en busca de una realidad más plena, solo y a la intemperie, sí, pero con la compañía de las huellas de todas las personas que lo han enriquecido con sus aportaciones y descubrimientos. No es una aventura de bucear en tu pasado y redecorar tu mundo subjetivo, sino un esfuerzo en el que uno se proyecta, por así decirlo, a la escala de la especie. La cuestión entonces ya no es cómo yo mismo puedo estar mejor, sufrir menos, o “iluminarme”, sino qué significa ser un ser humano –cuál es nuestro lugar en el mundo, por qué hay tanto sufrimiento a nuestro alrededor y en nosotros mismos, y qué hay más allá (si es que hay algo) de los valores y modelos de vida convencionales de nuestra sociedad. Como dijo un famoso científico sin filiación religiosa conocida:

El ser humano es parte del todo que llamamos el universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y emociones, como si fueran algo separado del resto –una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es una cárcel para nosotros, que nos reduce a nuestros deseos personales y al afecto sólo para las pocas personas que nos son cercanas. Nuestra tarea debe ser la de liberarnos a nosotros mismos de esta cárcel ampliando la esfera de nuestra compasión hasta abrazar a todos los seres vivos y a la naturaleza entera en toda su belleza.

Bien visto, sí se puede afirmar sólo hay un camino: el de convertirse en un verdadero ser humano, con todas las de la ley. En ese sentido sí es verdad que todos los caminos son uno; más allá de sus diversas formas posibles, no importan las etiquetas que le queramos aplicar siempre que la persona lo haga con honradez e integridad. Hay gente que jamás ha oído hablar del misticismo, la meditación, o la iluminación y sin embargo les podrían dar sopas con honda a otros que se saben la jerigonza de rigor y presumen de tener maestros de gran renombre o de alcanzar habitualmente elevados estados espirituales. Por eso mismo no hay camino –reconocidamente espiritual o no– que sea tan modesto que, si se hace con sabiduría y compasión, no le pueda llevar al caminante a la nobleza de ser más genuinamente humano. Pero no por ello es menos cierto que, si confiamos en los maestros del Dharma y el Tao, sólo hay uno que lleva a la plena comprensión mediante la experiencia directa que está más allá de “ser humano”.

lunes, 1 de octubre de 2007

A vueltas con el esfuerzo

Uno de los mitos más comunes en ciertos círculos, basado en una comprensión incompleta de doctrinas hinduistas de popularidad creciente en Occidente, advierte sobre las supuestas contraindicaciones del esfuerzo para la búsqueda espiritual. En cierto sentido no es motivo de asombro, sino un reflejo de estos tiempos en los que el péndulo de los valores ha oscilado a favor de ideas como la espontaneidad y la creatividad a expensas del esfuerzo y la memoria, a los que ahora se les atribuye un tinte casi fascista. A pesar de que parece más natural en este ambiente, sigue siendo sorprendente lo fácil y provechoso que resulta tergiversar las enseñanzas tradicionales a base de extraer de ellas sólo lo que nos interesa e ignorar todo lo demás, y lo rápidamente que estas medias verdades, siempre que estén bien empaquetadas y promocionadas, se extienden entre un coro de voces que las ensalzan, vitorean y devoran como si fueran una nueva fórmula para la paz interior, la felicidad y la iluminación personal.

Es muy evidente que el camino espiritual está lleno de aparentes contradicciones que hacen de él algo sumamente paradójico. Y es cierto también que ante la cuestión del esfuerzo –como ante tantas otras– hay que hilar muy fino: si todo el camino espiritual culmina en la conciencia de que no hay individuos y que nuestra separación aparente es una ilusión, ¿quién es el que hace el esfuerzo, y quién el que llega a esa conciencia? Por eso, por ejemplo, el Dharma a menudo se describe a sí mismo como un camino sobre el que se camina, pero sin que en realidad haya nadie que esté caminando. Como en tantos otros casos, la enseñanza sobre el esfuerzo individual también es una moneda de dos caras; falseamos la realidad si no las incluimos ambas en la receta. A la hora de ilustrar esa paradoja no conozco nada más pertinente que el dicho sufí que trata de la iluminación: “Esta cosa de la que hablamos no se puede encontrar mediante la búsqueda, pero sólo los buscadores la encuentran”. Muchos proclaman lo primero y olvidan lo segundo, pero esa verdad a medias es más engañosa que un embuste con todas las de la ley.

Es algo que harían bien en recordar quienes abrazan esta filosofía del no-esfuerzo, tan seductora en su versión comercial para nuestro estilo de vida apresurado, interesado siempre en la gratificación inmediata de deseos y apetencias a cambio de la mínima inversión posible. Si todo está bien tal como es y nunca hay que hacer ningún esfuerzo porque el esfuerzo mismo es lo que nos impide experimentar esa pretendida perfección de la realidad, ¿qué mejor licencia para continuar con nuestras vidas como hasta ahora sin preocuparnos de cambiar ni hacer nada que pueda importunarnos (o que pueda ayudar a los demás)? En el fondo, en el camino espiritual todos queremos apuntarnos al salto con pértiga que nos catapulte desde donde estamos ahora directamente a la iluminación, sin pasar por el arduo y exigente proceso de limpiar y desactivar el equipaje que hemos ido acumulando a lo largo de los años.

Ah... pero hay un problema con el planazo este de la perfección infusa. El problema es que, por mucho que lo afirmen las voces más reputadas de Oriente y Occidente, y por muchos libros que leamos o charlas que escuchemos, las cosas rara vez son así de perfectas en nuestra experiencia: una mirada despejada a nuestro alrededor o a nosotros mismos pasada la euforia inicial nos lo dejará bien claro si es que teníamos dudas. Y, si somos sinceros, reconoceremos que no hay palabras suficientes en el mundo para convertir esa idea de la supuesta perfección de la realidad en experiencia directa propia, de primera mano, sin sombra de duda. Por suerte o por desgracia, la mera información no transforma nuestra manera de experimentar la vida. Es algo parecido a dejar un hábito adictivo como fumar: es verdad que los libros y los talleres te pueden ayudar hasta cierto punto, pero en algún momento del proceso hace falta que intervenga algo más que pertenece a un orden inaccesible a la mente cognitiva. La mente se aplica para generar unas condiciones en las que se puede producir ese encaje de lucidez, convicción y firmeza; pero, en grado variable según las circunstancias de cada cual, ese encaje es algo que nunca se puede forzar deliberadamente ni controlar del todo.

Volviendo al esfuerzo, quizá sea útil leer las palabras de otro sabio indio sobre este asunto, en las que traza un boceto de Siddhartha Gautama de camino a convertirse en el Buda, “el despertado”. Es algo más florido que los relatos tradicionales, desde luego, aunque se trata de una licencia tolerable en la medida en que describe perfectamente unos mecanismos sólo adumbrados en el terso dicho sufí, pero que resultan tan comunes y extensibles a cualquier empresa humana que prácticamente tienen validez universal:

“El camino de la meditación es arduo y muy contradictorio. No hay nada que puedas encontrar más contradictorio que la meditación. Es contradictoria porque tiene que comenzar como esfuerzo y debe terminar como ausencia de esfuerzo. Pero así es como es. Quizá no seas capaz de captar con la lógica cómo ocurre, pero en la práctica sucede. Llega un día en el que simplemente te hartas de tu esfuerzo y éste se desprende.

“Así le ocurrió a Buda. Durante seis años realizó todos los esfuerzos posibles. Ningún ser humano ha tenido una obsesión semejante por llegar a la iluminación. Hacía todo lo que podía. Iba de un maestro a otro, y todo lo que se le enseñaba, lo hacía perfectamente. Ése era el problema, porque ningún maestro podía decirle, “No lo estás haciendo bien, y por eso no obtienes resultados”. Eso era imposible. Practicaba mejor que cualquier maestro, así que los maestros tenían que confesar, “Esto es todo lo que tenemos que enseñar. No sabemos nada más que esto. Busca en otro sitio”.

“Era un discípulo peligroso, y sólo los discípulos peligrosos tienen éxito. Estudiaba todo lo que podía. Cualquier cosa que se le dijera, la hacía, exactamente tal como se lo habían dicho. Luego iba al maestro y le decía, “Lo he hecho, pero no ha ocurrido nada. Y ahora, ¿qué?”

“Los maestros le decían, “Hay un maestro en los Himalayas, ve ahí”. O, “Hay un maestro en tal bosque, ve ahí. No sabemos nada más que esto.”

“Durante seis años dio vueltas y más vueltas. Hizo todo lo factible, todo lo humanamente posible, y entonces se hartó. La empresa entera parecía inútil, estéril, sin sentido. Una noche relajó todos sus esfuerzos. Estaba sentado bajo el árbol del bodhi y dijo, “Ahora todo se ha acabado. No tengo nada que hacer en el mundo. Todo se ha acabado. No sólo en este mundo, sino en el siguiente también”.

“De repente, todos los esfuerzos se desprendieron. Estaba vacío, porque cuando no hay nada que hacer, la mente no puede moverse. La mente se mueve sólo porque hay algo que hacer, alguna motivación, alguna meta. La mente se mueve porque algo es posible, hay algo que se puede conseguir, si no hoy, entonces mañana. Si existe la posibilidad de conseguir algo, la mente se mueve.

“Esa noche Buda llegó a un punto muerto. En realidad, murió en ese preciso instante porque no había futuro. No había nada que conseguir, ni nada que pudiera conseguirse. “Lo he hecho todo. El mundo entero es inútil y toda esta existencia es una pesadilla”. No sólo se le antojó fútil el mundo material, sino el espiritual también. Se relajó. No es que hiciera nada para relajarse. Esta es la cuestión que hay que entender: no había nada que le provocara tensión, por tanto se relajó. No hubo esfuerzo alguno por su parte para relajarse.

“No es que intentara relajarse bajo el árbol del bodhi. No había nada que hacer, nada por lo cual estar tenso, nada que desear, ningún futuro, ninguna esperanza. Esa noche su desesperanza era total. La relajación ocurrió. No puedes relajarte si queda algo que conseguir que sigue dando vueltas en tu mente. Le das vueltas y vueltas y más vueltas. Pero esa noche, las vueltas pararon de repente, la rueda se paró. Buda se relajó y se durmió. Cuando se despertó por la mañana, la última estrella se estaba poniendo. Vio cómo desaparecía la última estrella, y con esa estrella él desapareció por completo, se convirtió en un ser iluminado.

“Entonces la gente empezó a preguntarle, “¿Cómo lo has conseguido? ¿Cuál ha sido tu método?” Podéis comprender la dificultad de Buda. Si decía que lo había logrado usando algún método, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había método. Si decía que lo había logrado a través del esfuerzo, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había esfuerzo. Pero si decía, “No hagáis esfuerzo alguno y lo lograréis”, también sería un error, porque esos seis años de esfuerzo eran el telón de fondo de su ausencia de esfuerzo. Sin esos seis años de intenso esfuerzo, no se podría haber logrado este estado de no-esfuerzo. Sólo a causa de ese denodado esfuerzo llegó a la cumbre. Luego, cuando ya no tenía adonde ir, se relajó y cayó al valle.

“Hay que recordar esto por varias razones. El esfuerzo espiritual es el más contradictorio de los fenómenos. Hay que hacer el esfuerzo, con plena conciencia de que nada puede lograrse a través del esfuerzo. Hay que realizar el esfuerzo únicamente para alcanzar el no-esfuerzo, porque si te relajas, nunca llegarás a la relajación que le vino a Buda. Sigues haciendo todos los esfuerzos, hasta que de forma automática llega un momento en el que a base de puro esfuerzo llegas a un punto en el que te ocurre la relajación.”

Como dijo otro sabio: quien tenga oídos, que oiga.