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miércoles, 28 de junio de 2017

"Mindfulness" por aquí, "mindfulness" por allá

Últimamente es difícil mirar alrededor en el mercadillo psicológico-espiritual y no ver ofertas de mindfulness en cursos y talleres de las disciplinas más variopintas. Como casi todo, esta proliferación tiene por lo menos dos caras. Sus ventajas y beneficios potenciales ya se proclaman más que suficiente a diestro y siniestro, pero nadie parece querer hablar de lo que se pierde por el camino...

Impulsada desde los EEUU por un grupo de meditadores adiestrados en la escuela Theravada, la mindfulness o "atención plena" está en auge, en parte gracias al respaldo científico obtenido una vez se ha visto que su práctica está correlacionada con cierta actividad cerebral (ya sabemos que, para la ciencia, lo que no se puede medir no existe). Así pues, aunque esta disciplina lleva existiendo miles de años en contextos espirituales, ahora se la presenta como si fuese una novedad, una panacea multiusos apta para todos los públicos y aplicable a todos los ámbitos de la vida laica: empaquetada con una etiqueta pintona, promocionada con el aliciente de diplomas y certificados de capacitación profesional, y avalada por parte de la comunidad científica, que empieza a abrirle las puertas de la medicina institucional.

Pero esta mindfulness no es un brote nuevo; es más bien una rama desgajada de un árbol muy antiguo, con el que mantenía una relación orgánica que fácilmente se pierde de vista en esta versión mundana.

En efecto, la atención plena (samma-sati en pali) es uno de los elementos del Noble Óctuple Sendero, que Siddhartha Gautama enunció hace por lo menos 2.500 años; como tal, guarda una relación de dependencia mutua con los demás elementos de ese sendero, como si fuesen los radios de una rueda. Extraer la mindfulness de su contexto original no le afecta al Dharma, puesto que samma-sati sigue disponible para quienes quieran practicarla como parte del Óctuple Sendero. En cambio, cuando nos proponen practicarla de manera aislada, olvidando a sus siete hermanas, cabe preguntarse: ¿para qué vale un radio suelto, aparte de la rueda que contribuía a sostener?

La cuestión se entiende mejor cuando vemos que el Noble Óctuple Sendero abarca tres apartados: la ética (sila), que comprende la recta acción, recta palabra y recto modo de ganarse la vida; la meditación (samadhi), que incluye la recta atención (samma-sati), la recta energía y la recta concentración; y la sabiduría (prajña), representada por la recta actitud y la recta comprensión. Como vemos, la mindfulness es un factor de la meditación, pero no es un fin en sí misma; requiere como base una conducta ética y contribuye a la sabiduría que cultiva el budismo -que tampoco es cualquier saber mundano de andar por casa.

Supongamos entonces que la mindfulness proporciona todos los beneficios que se le atribuyen, tales como mejorar la capacidad de concentración, la memoria, la agudeza mental, etc. ¿Qué pasa si, por ejemplo, le ayuda efectivamente al ludópata a jugar mejor sus cartas o al gestor de un fondo buitre a exprimir a unos accionistas minoritarios? ¿Qué clase de sabiduría podemos esperar que posea un político que ha aplicado con éxito la mindfulness para refinar sus corruptelas sin levantar sospechas? Y tampoco se puede pasar por alto la posibilidad de que algunos practicantes noveles de esta atención se encuentren con que en el proceso afloran aspectos de su vida o recuerdos con los que no están preparados para lidiar. A little knowledge is a dangerous thing: el conocimiento incompleto tiene sus riesgos.

Es curioso ver cómo en Occidente nos apropiamos de enseñanzas ancestrales de otras culturas, poniéndolas de moda como si fuesen lo último una vez las hemos maquillado a nuestro gusto con el barniz de la modernidad laica y del progreso científico. Y no es solo cuestión de arrogancia cultural; en este caso, esa apropiación conlleva otra maniobra de consecuencias más serias.

Más allá de sus formas externas, estas prácticas forman parte de un enfoque integral y están diseñadas para propiciar un cambio de rumbo en nuestra vida, a base de refrenar y disolver nuestro ego y sus manifestaciones. Si en vez de eso, solo usamos la mindfulness como una técnica autosuficiente para afinar la puntería y conseguir mejor nuestros objetivos egoicos, sin cuestionar nuestro comportamiento ni el valor ético de lo que deseamos, podemos acabar yendo en dirección opuesta. En ese caso, simplemente habremos perfeccionado una manera de obedecer a los impulsos de nuestra confusión, codicia y aversión de forma más eficiente.

Es lo mismo que ocurre cuando se adopta la meditación simplemente como técnica de relajación: convertimos un antídoto del comportamiento egocéntrico en un simple paliativo de sus efectos menos deseables, que de hecho puede favorecer que continúen esas conductas malsanas al calmar sus síntomas, haciéndolos más llevaderos, sin atacar su causa más profunda.

Sí, es sorprendente la habilidad que tiene nuestra sociedad para asimilar y domesticar, dar la vuelta y regurgitar en forma de objeto de consumo incluso aquellos movimientos de ruptura que más podrían amenazar sus cimientos, ya sea la figura del Ché en chapas y camisetas baratas, la música pop adocenada en que ha derivado la rebelión contracultural de los '50 y '60, la industria de la pornografía a lomos de la liberación sexual... o la meditación mindfulness convenientemente descafeinada para todos, sin rastro de su "retrógrado" contexto espiritual.

sábado, 9 de enero de 2016

Magia Potagia



Recuerdo cómo hace años un amigo que había acudido a Can Catarí a recibir instrucciones sobre cómo meditar replicó sorprendido ante las explicaciones que le daba Shanjian Dashi: “¡Pero eso es una manipulación de la mente!”. Al decir eso, no solo estaba denunciando una maniobra ilegítima; la premisa implícita era que en nuestro estado habitual la mente está libre y limpia de manipulaciones. Pero la neurociencia demuestra que nada está más lejos de la verdad…

En su libro Sleights of Mind: What the Neuroscience of Magic Reveals About Our Everyday Deceptions (“Trucos de la mente. Lo que la neurociencia de la magia revela sobre nuestros engaños cotidianos”), Stephen L. Macknik y Susana Martínez-Conde ilustran sus conocimientos técnicos sobre el cerebro humano y la percepción sensorial con las prácticas de varios magos profesionales que, por pura intuición y sin formación científica alguna, son capaces de aplicar estos principios de forma brillante y espectacular. En realidad, no hay magia como tal: hay destreza manual, sugestión psicológica, recursos dramáticos, etc., y en la medida que eso se oculta o disimula hay misterio, pero en el fondo son las limitaciones y deficiencias de nuestros procesos de percepción sensorial y cognitiva, bien explotadas por el mago, las que hacen posibles esos trucos asombrosos. Por si eso fuera poco, algunas de las conclusiones de este estudio encajan formidablemente bien con la comprensión budista de los procesos de la mente. ¡Qué pena que Shanjian no llegara a conocerlo, porque seguro que lo habría disfrutado una barbaridad! 

La verdad inquietante es que tu cerebro genera la realidad, sea visual o de otro tipo. Lo que ves, oyes, sientes y piensas se basa en lo que esperas ver, oír, sentir y pensar. A su vez, tus expectativas se basan en todas tus experiencias previas y recuerdos. Lo que ves en el “aquí y ahora” es lo que te fue útil en el pasado (…). En lo esencial, eres una máquina de predecir, y predices sin esfuerzo y correctamente casi todos los acontecimientos que van a ocurrir en tu vida. (…) El hecho de que la conciencia dé la impresión de ser una transcripción de la realidad sólida, robusta y repleta de hechos no es más que una de las ilusiones que tu mente se crea para sí misma (…) En realidad no “ves” nada; más bien procesas patrones relativos a objetos, personas, escenas y acontecimientos para generar representaciones del mundo.

Lo cierto es que todos tenemos algo de mago, nos guste o no, por el mero hecho de estar percibiendo sensorialmente este mundo, aunque demasiado a menudo caigamos en una especie de “magia negra” involuntaria e inconsciente cuyos principales perjudicados somos nosotros mismos. El Dharma reconoce que no podemos evitar hacer magia (es decir, percibir ilusiones), ya que nuestros limitados sentidos siempre crean representaciones aproximadas de la “realidad”, pero sí favorece que practiquemos una magia natural e inofensiva en vez de su contraparte dañina. Algo parecido, visto desde otro ángulo, es lo que dijo Einstein en una cita clásica:

El ser humano es parte del todo que llamamos el universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y emociones, como si fueran algo separado del resto –una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es una cárcel para nosotros, que nos reduce a nuestros deseos personales y al afecto sólo para las pocas personas que nos son cercanas. Nuestra tarea debe ser la de liberarnos a nosotros mismos de esta cárcel ampliando la esfera de nuestra compasión hasta abrazar a todos los seres vivos y a la naturaleza entera en toda su belleza.

Si alguno no cree en las auto-manipulaciones inconscientes de la mente, que compruebe cómo somos capaces de engañarnos a nosotros mismos si las condiciones del entorno lo recomiendan por cualquier motivo. ¡Es muy divertido! … y al mismo tiempo, también explica multitud de comportamientos y actitudes ridículas que adoptamos los humanos. 


En otra época, habría pensado que gentes como esta son pérfidos mentirosos, perfectamente conscientes de la falsedad que están proclamando, y aun así mintiendo como bellacos. Sin embargo, ahora me inclino a aceptar otro punto de vista más comprensivo: que como nuestras ideas y razones resultan más eficaces y persuasivas cuanto más creemos en ellas, la mente tiende a hacernos creer lo que nos conviene en cada momento, según sus propios cálculos (inconscientes pero férreos en defensa del interés propio). Se trata por tanto de una variante más de la disonancia cognitiva, o, si se quiere, otro truco más de magia con el que nos engañamos cuando hay alguna ventaja en ello. 

Bien: tenemos cinco sentidos limitados en su alcance y precisión, una mente que crea sin control “la realidad” y además la interpreta erróneamente, fuerzas internas y externas que influyen decisivamente en nuestra percepción sensorial, llegando a inventarse sabores y olores inexistentes en reacción a presiones sociales o psicológicas (y no hablamos de psicópatas; son fenómenos cotidianos de gente considerada “normal”) …

En resumen: ¿puede haber mejor recomendación para no tomarnos las cosas demasiado a pecho ni a nosotros mismos demasiado en serio? La exactitud de nuestra visión del mundo es un caso perdido, pero la magia y el Dharma nos enseñan que el mundo de las ilusiones puede ser maravilloso y de gran belleza si lo vivimos con la distancia justa. ¿Para qué enrocarnos en la realidad y trascendencia de nuestros delirios, como simios borrachos convencidos de su propia importancia?

PD: Aquí va un enlace a la Magia Potagia del genial Juan Tamariz –la vía por la que muchos nos aficionamos a este arte: 



(Mala calidad de imagen al principio, luego se corrige).

domingo, 14 de julio de 2013

El gran camino



Somos un relato. Quien creemos y sentimos que somos es básicamente un cuento chino que hemos ido elaborando y refinando desde que tenemos conciencia, condicionado y refrendado infinitas veces por nuestra familia, amigos y entorno. Y ese cuento, como todos los que hemos oído o leído desde pequeños, debe tener un sentido también, ¿no? Porque si no... ¿cuál sería el propósito del cuento?

También hemos crecido en una sociedad donde la noción de “persona” es fundamental, desde los derechos humanos hasta la libertad del consumidor y del votante soberano. Por todas partes se nos refuerza la impresión de que hay que ser “alguien” en la vida, un individuo fuerte, capaz y autónomo, dotado de autoestima, que triunfe y deje huella. Y así seguimos añadiendo capítulos al relato, diseñando su nudo argumental, sus complicaciones y su desenlace, esperando que la vida confirme y corrobore nuestra gloriosa narración.

Luego algunos encontramos el budismo y la meditación, y aunque las enseñanzas del Dharma nos invitan constantemente a experimentar lo insustancial y pasajero que es eso que llamamos “yo”, afirmando que así es la verdadera naturaleza de las cosas, nos aferramos a nuestro sentido como si nos fuera la vida en ello –y en cierto modo así es: no la vida en sí, sino solo la identidad que nos hemos inventado, que valoramos como nuestra posesión más preciada. Queremos la liberación del sufrimiento, pero no a cualquier precio.

El Wumenguan, la colección clásica china de koans, empieza con este preámbulo:

大道無門
千差有路
透得此關
乾坤獨歩
“El gran camino (Dào) no tiene verja,
mil senderos llevan a él;
una vez franqueas esa frontera,
deambulas sin trabas por el universo”.

Ese puesto de control o paso fronterizo (關, guān) que hay que atravesar tiene mucho que ver con soltar y dejar atrás los pesados fardos que tomamos por nuestro “yo”. No es un trance fácil ni seguro; al contrario, es un umbral que despierta temores atávicos y gran resistencia por parte de nuestra identidad, que recula ante la posibilidad de desaparecer por miedo al vacío: si pierdo mi identidad, ¿qué será de mí? ¿Me convertiré en un cascarón hueco e inerte, como un zombi? ¿Caeré en un espacio sin fin, sin referencias ni asideros? Pero esa es la voz del miedo, no de nuestra naturaleza más profunda, que anhela deambular sin trabas por el mundo.

He tenido la suerte de conocer a dos personas que han cruzado ese umbral, y desde luego eran cualquier cosa menos zombis. Al contrario, en su presencia éramos los demás los que parecíamos zombis, o al menos humanos incompletos; en comparación, ellos eran como flores abiertas. Esas vivencias me han quitado para siempre la duda sobre si el budismo puede ser una mera especulación intelectual sin base real ni aplicación posible y son para mí un recordatorio permanente del magnífico potencial que llevamos dentro, esperando a brotar.

El gran camino no tiene más verjas que las trabas ilusorias que le ponemos con nuestra propia mente. Ahí está el intríngulis, porque no hay obstáculo más ilusorio ni tampoco más escurridizo. La mente es el auténtico poder en la sombra. Este koan Chan nos desnuda de toda excusa y nos deja en la encrucijada, a la intemperie de nuestra propia mente, flotando entre la vida y la muerte. 

¿Qué será?

jueves, 22 de diciembre de 2011

?o¿*!x¡?


Hay poderosas razones por las que la comprensión del proceso de la disonancia cognitiva, junto con las prácticas curativas que lo acompañan, debería formar parte de las primeras etapas de cualquier camino espiritual que aspire a ser sano y estable.

Como quizá ya sepas, la psicología budista habla de tres grupos principales de complejos de recuerdos relacionados con nuestros centros visceral, emocional y mental. Debido a que son subconscientes, estas tendencias o “identidades” suelen pasarnos desapercibidas y solo se detectan una vez ya han ejercido su influencia –lo cual a menudo es demasiado tarde, dada su naturaleza distorsionada y egoísta. Por tanto es evidente que representan un obstáculo formidable para desarrollar y cultivar no solo el Recto Pensamiento, la Recta Palabra y la Recta Acción del Noble Óctuple Sendero sino también, a un nivel más básico, la mismísima atención plena que el Budadharma recomienda para la vida diaria.

Como dice el Dhammapada: “Las gentes insensatas e ignorantes se permiten llevar vidas descuidadas, mientras que el sabio mantiene su atención como su posesión más preciada. […] El monje que se complace en estar atento, y reconoce el peligro de la negligencia, progresa como un incendio forestal, consumiendo todos los obstáculos grandes o pequeños que haya en su camino. El monje que se complace en estar atento, y reconoce el peligro de la negligencia, es incapaz de dejarse caer”.

A no ser que se descubran y disuelvan (o al menos se reduzca su poder considerablemente), estas identidades subliminales se alimentan del descuido y de hecho gobiernan nuestras vidas desde los rincones oscuros de la mente mediante sus motivaciones manchadas, a menudo discrepantes entre sí. Su instrumento más eficaz a tal fin son las soluciones cognitivas fraudulentas pergeñadas por la disonancia cognitiva.

Darse cuenta de ello es algo sumamente relevante en un camino de liberación como el Budadharma, en donde es muy probable que los avances del estudiante en la comprensión, la meditación y sobre todo en la aplicación de sus descubrimientos a la vida diaria despierten la oposición tenaz aunque solapada de las identidades, y a veces una auténtica cacofonía de cantos de sirena destinados a desviarle de la transformación interna que tanto amenaza a su hegemonía.

La disonancia cognitiva es por tanto una de las enseñanzas más importantes que se pueden ofrecer si es que hemos de derrotar a las resoluciones de disonancia de la identidad. Como herramienta conceptual, este conocimiento deja bien clara la relevancia del Dharma en nuestras vidas diarias al desemascarar los trucos mentales que solemos hacernos cuando nos topamos con contradicciones y conflictos entre nuestras creencias y nuestros actos. Como instrumento sobrio de introspección y comprensión que es, este enfoque realista nos baja de las nubes y marca un rumbo sano y sensato que lleva a una mayor conciencia de nuestra condición humana, su potencial y sus dificultades, en contraposición con fastuosas iluminaciones futuras que supuestamente vayan a eliminar todos nuestros problemas de una vez por todas como por arte de magia.

A medida que vayamos leyendo estas detalladas explicaciones, cada uno de nosotros que sea capaz de verse a sí mismo con suficiente honradez en la intimidad de su propia mente probablemente reconocerá ocasiones en las que se comportó con disonancia cognitiva o tuvo la tentación de hacerlo. Con un poco de suerte, se dará cuenta entonces de la necesidad absoluta de entender a fondo cómo funciona, para así neutralizar sus posibles efectos adversos sobre su desarrollo correcto y natural como ser humano en camino de liberarse de las cadenas del samsara manchado.

lunes, 12 de diciembre de 2011

¡Disfrutad, disfrutad, malditos!



Ayer, al salir del baño por la mañana, tuve una experiencia surrealista: fui asaltado por un mensaje impreso en una caja. Así, sin más, directo a la vista: ¡Paff!

Era la típica caja de madera de frutas y hortalizas, que por lo visto me acechaba junto a la puerta. Luego vi que traía judías verdes de Marruecos.

El mensaje en cuestión decía Goûtez la différence, es decir, “Pruebe la diferencia”, pero también “Disfrute la diferencia”.

Si no acabara de releer el Xinxinming (“Haz la más mínima distinción… y cielo y tierra se separan hasta el infinito”), igual me habría pasado desapercibido; pero con las advertencias de de Sengcan en el recuerdo, esa invitación mañanera a adentrarme en gustos y discriminaciones me pareció todo un manifiesto anti-Dharma en miniatura.

¿Exagero? Diría que no. Ningún punto de apoyo, por nimio que parezca, es despreciable para unas identidades volcadas en salirse con la suya para meter palanca y hacerse un hueco entre cielo y tierra. Ellas crecen y se multiplican entre los polos de la dualidad, y una de sus armas favoritas son los gustos y no-gustos. Y a nuestra mente pura, que le den dos duros.

Ahora todo esto me sugiere, ignoro por qué extraños recovecos de la memoria, un pasaje de los evangelios cristianos:

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan: sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (S. Mateo 6: 19-21).

Una visión más budista diría que es el corazón, o mente pura (xīn, 心), el que es nuestro tesoro. Eso sí que es relevante aquí y además encaja bien con algunas experiencias que he tenido.

Por ejemplo, durante las últimas semanas de vida de mi padre llegué a la convicción de que la atención es lo más valioso que podemos dar a otros, y por ende lo más valioso que tenemos. Parece una tontería, por insustancial y ordinaria, pero no es así; seguro que mucha gente que ha pasado por un trance similar sabe de qué hablo: que la atención humana puede ser benéfica, nutritiva y hasta curativa es algo que se capta muy bien tratando con enfermos y con niños pequeños. Lo asombroso es ver con qué alegría estamos dispuestos a desperdiciarla y entregarla al mejor postor. Es más, casi se diría que nos alivia que nos la quiten de encima.

Pues bien, hay muchos que están encantados de aliviarnos de ese peso. Políticos, mercaderes y publicistas saben que donde esté nuestra atención, allí también estará en potencia su tesoro –es decir, su beneficio. Por eso hay una competición tan desaforada por atraer nuestra atención en carteles, rótulos luminosos, sintonías, escaparates… Con las redes sociales y twitters uno aún puede mantenerse al margen, pero ya ni siquiera bajo tierra estás a salvo porque hasta en los andenes y vagones del metro han entrado las televisiones de circuito cerrado que te vomitan encima sus mensajes, quieras o no.

Es un acoso en toda regla, como si fueras un paciente ingresado a la fuerza en un hospital, al que le han colocado una vía con un tratamiento irritante que no has pedido ni tampoco te hace falta.

¿Y toda esta perorata, por una simple caja de judías verdes? Sí, pero es un ejemplo del tráfico de mensajes que nos rodean y bombardean a diario, sumergiéndonos en una marea de incitaciones centrífugas, alienantes y nada inocentes. Sus responsables no nos sacan directamente el cerebro y lo someten a un lavado integral porque aún no pueden.

A veces vislumbro un futuro de pesadilla donde, si seguimos así, estará prohibido meditar para liberar la mente de toda esta montaña de basura y hacerla inmune a sus insistentes cantos de sirena sacacuartos. O, peor aún, donde las únicas meditaciones disponibles serán placebos azucarados que solo sirvan para mantener sedada a la gente, mientras creen que lo están haciendo fenomenal. Diferenciaremos, discriminaremos y disfrutaremos de nuestros gustos como si la vida fuese eso (y barreremos el sufrimiento bajo la alfombra); pero en el fondo seremos autómatas consumistas, extraviados en la separación infinita de todas las cosas.

Quizá ese día no esté tan lejos… A lo mejor ya está aquí, llamando a la puerta… con una sonrisa deslumbrante y otro eslogan comercial en los labios, listo para disparar como si fuera un arpón.

viernes, 27 de agosto de 2010

El pensamiento como sistema y la mente que gira sobre sí misma

Me ha parecido interesante incluir aquí una respuesta, acompañada de una larga cita de David Bohm, que preparé hace poco para un amigo que me había escrito dos largas cartas, llenas de palabras, argumentos y justificaciones, sobre las relaciones entre hombres y mujeres en esta nueva era: unas relaciones que siguen arrastrando todas las complicaciones ancestrales derivadas de la asimetría de sus respectivos relojes biológicos, sólo que aumentadas ahora por los desajustes que han provocado los fluctuantes roles sociales de unos y otras tras la “emancipación” femenina, y aderezadas con generosas dosis de incomprensión y reproches provocados por ese desencuentro.

En una cosa estoy de acuerdo con esas mujeres reivindicativas de las que hablas: en que ya no hay hombres. Lo que pasa es que, al denunciarlo, se les olvida la otra cara de la moneda: que tampoco hay mujeres de verdad.

Antes no lo veía así, pero después de mi aprendizaje en el Dharma esto para mí está muy claro: que somos una sociedad de hombres y mujeres incompletos, mutilados, que no se entienden a sí mismos ni tampoco unos a otros, pero que de todas formas quieren seguir teniendo “relaciones satisfactorias”. ¡Qué locura!

Está claro lo que quieren las mujeres: un hombre que sea buena persona; inteligente; con buen físico; sensible; alto; culto y educado; maduro pero con espíritu juvenil; varonil; compañero fiel; atento y considerado pero capaz de tomar el mando cuando las circunstancias lo requieren; con sentido del humor; ‘manitas’ en casa pero dispuesto a ayudar con los niños y la cocina; y, sobre todo, que esté locamente enamorado para siempre de ellas –y sólo de ellas.

Eso me recuerda a otro sueño, esta vez típico de los hombres: un coche que sea a la vez todoterreno y descapotable, con la potencia de un Porsche pero que gaste poca gasolina y sea ecológico como un Prius, amplio como un Hummer pero que se aparque como un Smart, duro y resistente como un Jeep pero llamativo y elegante como un Jaguar… y, si es posible, con un grifo de cerveza bien fría incorporado en el salpicadero y atendido por una azafata guapísima, simpatiquísima y sumamente liberal.

Me parece que las probabilidades de unos y otras de encontrar el objeto de su fantasía son aproximadamente las mismas… o, si acaso, mayores para los hombres (por el coche, no por la azafata).

En definitiva, insistir en ese camino es apostar a caballo perdedor. Todos hemos sido condicionados desde el nacimiento, e incluso antes, de manera que estamos impregnados de ese condicionamiento incluso cuando creemos que nos rebelamos contra él. Es cuestión de capas: siempre hay otra más profunda y, al fondo, está la mente que lo controla y manipula todo lejos de nuestra vista. Vivimos en la mente, con la mente y para la mente. Y el gran combustible de esa mente son las palabras. Al respecto hay unas reflexiones de David Bohm, un físico estadounidense muy interesado en cuestiones de ésas que llamamos “espirituales”, que resultan bastante sugerentes:

Así pues, uno se empieza a preguntar qué le va a ocurrir a la especie humana. La tecnología sigue avanzando con poderes cada vez mayores, ya sean para el bien o para la destrucción. […] ¿Cuál es la fuente de todos estos problemas? Lo que estoy diciendo es que la fuente es básicamente el pensamiento. Mucha gente opinaría que esa afirmación es una insensatez, porque el pensamiento es lo único que tenemos para solucionar nuestros problemas. Eso es parte de nuestra tradición. Sin embargo, parece como si la cosa que empleamos para solucionar nuestros problemas fuese la fuente de nuestros problemas. Es como ir al médico y qué él te haga enfermar. De hecho, en el 20% de los casos clínicos parece que ocurre eso. Pero en el caso del pensamiento, es mucho más que el 20%.

[…] La presunción tácita general del pensamiento es que sólo te dice cómo son las cosas y no hace nada más –que “tú” estás ahí dentro, decidiendo qué hacer con la información. Pero tú no decides qué hacer con la información. El pensamiento te maneja. El pensamiento, sin embargo, te da la falsa información de que tú lo manejas a él, que tú eres el que controla al pensamiento, cuando, en realidad, es el pensamiento el que nos controla a cada uno de nosotros.

El pensamiento está creando divisiones a partir de sí mismo y luego diciendo que están ahí de manera natural. Ése es otro gran rasgo del pensamiento: el pensamiento no sabe que está haciendo algo, y luego se pelea contra lo que está haciendo. No quiere saber que lo está haciendo. Y el pensamiento se pelea con los resultados, intentando evitar esos resultados desagradables mientras que sigue adelante con esa manera de pensar. Eso es lo que llamo ‘incoherencia sostenida’.

[…] Lo que quiero decir por ‘pensamiento’ es todo –el pensamiento, el sentimiento, el cuerpo, la sociedad entera que comparte pensamientos –todo es un mismo proceso. Para mí es esencial no parcelarlo, porque todo es un solo proceso; los pensamientos de otra persona se convierten en mis pensamientos, y viceversa. Por tanto, sería erróneo y engañoso separarlo en mis pensamientos, tus pensamientos, mis sentimientos, estos sentimientos, aquellos sentimientos… Diría que el pensamiento crea lo que en idioma moderno a menudo se llama un sistema. Un sistema quiere decir un conjunto de cosas o partes conectadas. Pero, tal como la gente usa el término hoy en día, significa algo cuyas partes son todas interdependientes –no sólo para su acción mutua, sino también para su sentido y para su existencia. Una empresa se organiza como un sistema –tiene este departamento y ese departamento y aquél otro. No tienen sentido por sí solos; sólo pueden funcionar juntos. Y el cuerpo también es un sistema. En cierto sentido, la sociedad es un sistema. Etcétera.

De la misma manera, el pensamiento es un sistema. Ese sistema no sólo incluye los pensamientos, sentimientos y emociones, sino que incluye al estado del cuerpo; incluye a la sociedad entera –ya que el pensamiento se transmite de persona a persona en un proceso mediante el cual el pensamiento ha evolucionado desde la antigüedad. Todo sistema está constantemente sumido en un proceso de desarrollo, cambio, evolución y transición estructural… aunque hay ciertos rasgos del sistema que se vuelven relativamente fijos. A eso lo llamamos la estructura… El pensamiento ha estado en constante evolución y no podemos decir cuándo comenzó esa estructura. Pero con el crecimiento de la civilización se ha desarrollado considerablemente. Probablemente se trataba de un pensamiento muy sencillo antes de la civilización, y ahora se ha vuelto muy complejo y ramificado y contiene mucha más incoherencia que antes.

Ahora bien, lo que yo digo es que este sistema tiene un fallo dentro –un “fallo sistémico”. No es un fallo aquí, acá o allá, sino un fallo que existe por todo el sistema. ¿Puedes imaginarte eso? Está en todas partes y en ninguna. Puedes decir, “Veo un problema aquí, así que voy a aplicar mis pensamientos a este problema”. Pero “mi” pensamiento es parte del problema. Tiene el mismo fallo que el fallo que estoy intentando observar, o un fallo similar.

El pensamiento está constantemente creando problemas de esta manera y luego intentando resolverlos. Pero en cuanto intenta resolverlos los empeora, porque no se da cuenta de que los está creando y, cuanto más piensa, más problemas crea.

Aunque Bohm no lo diga abiertamente, que yo sepa, la conclusión que se desprende de lo que afirma es chocante y provocativa: que estamos viviendo una descomunal alucinación colectiva, programada en el seno de la sociedad de forma más o menos inconsciente y automática mediante condicionamientos explícitos (escolarización, religión, servicio militar) y velados (familia, amigos, vida social). Esa alucinación empieza por “olvidar” lo que somos y desde ahí contamina los demás aspectos de la experiencia de cada aparente individuo –relaciones, trabajo, vida familiar, todo.

Para el Dharma todo eso es un error, evidentemente; no lo dice exactamente igual, pero se acerca bastante. La buena noticia es que hay otra manera de vivir en la que las manchas de nuestra naturaleza visceral, emocional y mental se limpian y el pensamiento cognitivo pasa a ser una herramienta nada más y no el jefe; es decir, se disuelve el espejismo, o al menos la seducción paralizante que ejercía sobre nosotros. La forma de hacerlo es con prácticas que se adentran en la parte no cognitiva de la mente –con meditación, enseñanzas y observación. Nadie lo puede hacer por ti; cada uno lo tenemos que hacer nosotros mismos. No es de extrañar que a pocos les interese, porque no hay recompensas muy golosas ni evidentes… “sólo” la posibilidad de acceder a la verdadera naturaleza humana, que el pensamiento no puede tocar, y recuperar nuestra integridad como hombres y mujeres no separados, en unidad con todo lo que existe.

Por eso, si lo ves claro, llega un momento en que las palabras quedan atrás. No es que no las uses más; es que ya no confías en ellas ni en el pensamiento cognitivo como manera de transformar la realidad y tu experiencia de ella. Ése es el momento en el que das el salto a la práctica y empiezas a aprender otro “lenguaje” y a tener otro tipo de experiencias.

La puerta siempre está abierta, pero pocos son los llamados… y, como dice Shanjiàn, pocos se eligen a sí mismos.