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viernes, 1 de febrero de 2008

Rodin: el pensador



Dos perspectivas desde ángulos distintos de la escultura de Rodin llamada El pensador, mencionada en la entrada anterior (La liberación de la mente) como ilustración del pensamiento laborioso de la mente cognitiva.

Probablemente, un buen cliente en potencia
para masajistas y quiroprácticos...

miércoles, 30 de enero de 2008

La liberación de la mente

Uno de los factores que más dificultades genera entre los que se acercan al Dharma es el apego acrítico a la mente cognitiva, entendida como máxima expresión de la naturaleza humana y responsable por ende de todos los beneficios de nuestra civilización. Algunos, cuando se dan cuenta de que el Dharma no defiende la misma postura, reaccionan con vehemencia para reafirmar a la razón en su trono imperial, como si cualquier reto a la cognición abriera ipso facto la puerta al caos, el vacío y el sinsentido. “Si no usáramos la mente no seríamos nada ni nadie”, afirman: “meros zombis que vagarían de aquí para allá en estado vegetativo”. Por tanto, deducen con igual precipitación, si el Dharma no comparte esta adoración por la mente cognitiva, tiene que ser porque propugna la anulación de mente y conciencia en una especie de beatífico estado de coma; así, el nirvana no sería más que una lobotomía virtual. Naturalmente, ese panorama desolador no hace sino reforzar la supremacía de la cognición. “La mente nos permite hacer cosas; es lo que nos diferencia de las plantas, los animales y los pueblos primitivos; y nosotros somos mucho mejores, más avanzados y más importantes que todos ellos. Sí, decididamente, ¡la cognición es nuestra salvación!”

Por supuesto que estoy exagerando adrede para ilustrar lo absurdo de estos reproches, que sin embargo son más frecuentes de lo que se creería en principio. Por suerte, y como de costumbre, las cosas son un poco más sutiles y matizadas que todo eso.

¿Qué estamos haciendo en el fondo cuando repetimos estas aseveraciones? Algo bastante burdo, en realidad: primero creamos un becerro de oro al que adorar como criterio supremo de la verdad –por norma, nuestro progreso tecnológico, falsamente atribuido a la cognición en exclusiva– y luego aducimos ese cuestionable “progreso” como prueba concluyente de que, de no ser por la mente, estaríamos en peores condiciones. La circularidad del argumento es evidente; la mente primero decide cómo sucedieron las cosas y luego se apoya en su sesgada interpretación para decir, “¿Lo ves? Sin mí no hubiera sido posible.” En realidad, no se aporta ninguna prueba de que la cognición sea la responsable de tantas bendiciones de nuestra evolución como especie (¿qué hay, por ejemplo, de nuestro pulgar oponible?), ni tampoco de que las cosas no habrían sido posibles o incluso mejores de haber ocurrido de otra manera. Y resulta cuando menos curioso, por otra parte, que estas encendidas apologías de la mente no suelan atribuirle en cambio ninguna responsabilidad por los perjuicios de esa misma “civilización”, que son al menos tan evidentes como sus ventajas y ya amenazan a la vida del planeta entero.

Sea como fuere, una cosa debe quedar clara en definitiva: el Dharma nunca pretende aniquilar las funciones naturales del ser humano, y no cabe duda de que la cognición es una muy valiosa entre ellas. Así que, para reformular el debate en sus justos términos, de lo que se trata más bien es de reorientar la mente para que esa faceta deje de ser quien conduce nuestras vidas y pase a ocupar el lugar auxiliar que le corresponde –como un ayudante que sólo habla cuando se le pregunta, no como el típico copiloto que primero decide el rumbo y luego no para de hacer comentarios sobre cómo conduces o de darte instrucciones y corregirte sin que se lo hayas pedido. En realidad, la mente cognitiva no es más que un interfaz entre el sistema natural y el mundo externo: un fantástico colaborador, por tanto, pero un desastre al volante.

Porque lo cierto es que, más allá de la cognición, sigue habiendo mente; en términos fisiológicos, es la mente del hemisferio derecho del cerebro. Ahora bien, para que esa modalidad casi virgen se deje sentir en nuestra vida diaria, la mente agitada e hiperactiva que domina nuestros momentos de vigilia tiene que deponer en cierto grado su papel protagonista, y esa perspectiva es algo que por lo general causa mucha ansiedad en las personas: “¿Qué será de mí? ¿Me convertiré en un pelele, un tarado, un abducido?” Hasta cierto punto se entiende esta aprensión si nunca se ha visto a nadie que funcione con otro combustible que la cognición; por lo común, la mente es tan omnipresente en nuestras vidas que la única manera en que podemos concebir su ausencia relativa es durante el sueño, los trances de diverso tipo, o la muerte. No obstante, esa facultad existe y se puede aplicar en el día a día, en un sentido que va mucho más allá de los conceptos de autoayuda del estilo “aprenda a dibujar con el lado derecho del cerebro” y similares.

Quizá captes un poco mejor esta distinción entre modalidades de la mente si comparas, por ejemplo, la escultura de Rodin llamada El pensador con una estatua del Buda en meditación. Más allá de su respectiva calidad artística, enseguida apreciarás notables diferencias entre ambas imágenes. El Buda se sienta erguido, equilibrado, y muestra un rostro sereno en el que a veces flota una sutil sonrisa; toda la impresión que transmite es de relajación y facilidad, pero la suya es esa dificilísima y suprema “facilidad” propia de la maestría que se logra tras una práctica asidua, madurada con paciencia. El pensador, por el contrario, está inclinado hacia delante, con el mentón apoyado en su mano derecha, el codo derecho sobre la rodilla izquierda y, de resultas, toda la espalda arqueada y torcida; parece enormemente concentrado en sus pensamientos, pero no cuesta mucho imaginar que, en cuanto acabe la sesión y se incorpore, su musculoso cuerpo protestará enérgicamente por la postura tan asimétrica e incómoda que se le ha hecho adoptar entre tanto. La impresión que transmite la figura entera es de un esfuerzo y una tensión casi heroicos.

¿Por qué vienen a cuento estas imágenes? Porque, aparte de ilustrar cómo actúan ambos hemisferios, también ponen de manifiesto cómo se nos ha enseñado a creer que el único esfuerzo que merece ese nombre, el que de verdad consigue sus objetivos, es el que implica apretar los dientes y sudar la camiseta –incluso para tareas que no requieren fuerza física, como pensar. Irónicamente, eso es así a pesar de que gran parte de los inventos y creaciones que han hecho progresar nuestra civilización en realidad han llegado en momentos de intuición e inspiración que tienen mucho más que ver con el desprendimiento y la apertura de un Buda que con la brega febril o la contorsión del pensador de Rodin –lo cual no implica, claro está, que luego no se haya aplicado la cognición para desarrollarlos. En ese sentido, alguien dijo una vez que no se conquista por medio de la fuerza, sino por medio de la relajación; hay esfuerzo, sí, pero también soltura. Pero en vez de acceder a estos niveles de la mente, tal como enseñan el Dharma y el Tao, nuestro modelo de pensador se encoge, frunce el ceño, y se dispone a descerrajar el problema que le ocupa a golpe de certeros “mentazos”.

La misma enseñanza sobre este “esfuerzo esforzado” se aplica por extensión a nuestra vidas: se nos ha inculcado que para vivir a tope hay que estar activos, metidos en la refriega, tirando del carro. Hay que afanarse, preocuparse y seguir dando pedales siempre, porque de lo contrario la bicicleta se detendrá y nos quedaremos sin dinero, sin comida, sin casa, sin familia, sin amigos... y mil desgracias más. Incluso la felicidad misma depende de lo que consigamos, no de lo que somos; hay que trabajársela y ganársela a pulso. Tenemos que ser, ante todo, industriosos. Es un credo extraordinariamente apropiado para esclavos y para mantener en marcha la voraz locomotora de nuestra “civilización”, desde luego, pero ¿a qué precio? Mark Twain escribió unas palabras acertadas al respecto: “Mi vida ha estado llena de desgracias, la mayoría de las cuales nunca llegó a suceder”; claro que igual se dio cuenta demasiado tarde, cuando ya la había malgastado corriendo detrás de los espejismos o intentando ahuyentar a los fantasmas inventados por su fértil cognición.

Así es la ansiosa mente cognitiva, tan propensa a entonar seductores cantos de sirena como a montar escenografías pavorosas y de gran dramatismo mientras la verdadera vida natural discurre por otros cauces. Ella es quien manda cuando creemos que tenemos que estar siempre activos para mantenernos a flote, que nuestra felicidad sólo llega a cambio de un incesante afán, o que sin ella estamos perdidos. Para el Dharma, en cambio –y para los animales y las plantas, que son sus mejores exponentes–, lo natural es la inactividad, puntuada por episodios de acciones específicas y determinadas por una necesidad real; en ausencia de esta motivación, prima la economía en el gasto de energía. Desde luego que tales necesidades pueden y suelen requerir esfuerzo, tesón, entrega y sacrificio; pero todos ellos son medios para conseguir un fin, y nunca un fin en sí mismos. No se trata por tanto de justificar la indolencia, sino de reevaluar de manera no cognitiva qué es lo que hace falta de verdad para la supervivencia correcta del sistema natural propio, de la progenie, del grupo al que se pertenece y, por último, del entorno que nos mantiene a todos con vida.

Así que cuidado con la mente cognitiva: es muy útil, desde luego, pero también una gran charlatana capaz de inventarse todo tipo de “razones” para pasar por el alfa y omega del ser humano y así mantener la posición de privilegio que le ha usurpado a la propia naturaleza. Es un absurdo que se repite infinitas veces: creemos que la mente nos sirve para manejar mejor nuestra vida, pero luego nos sometemos a sus dictados subrepticios, reaccionando sin darnos cuenta a los cuadros inspiradores o terroríficos que nos pinta y, en suma, bailando al son que nos toca. Creemos que es nuestra mejor herramienta pero corremos el riesgo, si no abrimos los ojos, de convertirnos en su esclavo.

Piénsalo: en realidad, ¿quién cabalga a lomos de quién?

lunes, 1 de octubre de 2007

A vueltas con el esfuerzo

Uno de los mitos más comunes en ciertos círculos, basado en una comprensión incompleta de doctrinas hinduistas de popularidad creciente en Occidente, advierte sobre las supuestas contraindicaciones del esfuerzo para la búsqueda espiritual. En cierto sentido no es motivo de asombro, sino un reflejo de estos tiempos en los que el péndulo de los valores ha oscilado a favor de ideas como la espontaneidad y la creatividad a expensas del esfuerzo y la memoria, a los que ahora se les atribuye un tinte casi fascista. A pesar de que parece más natural en este ambiente, sigue siendo sorprendente lo fácil y provechoso que resulta tergiversar las enseñanzas tradicionales a base de extraer de ellas sólo lo que nos interesa e ignorar todo lo demás, y lo rápidamente que estas medias verdades, siempre que estén bien empaquetadas y promocionadas, se extienden entre un coro de voces que las ensalzan, vitorean y devoran como si fueran una nueva fórmula para la paz interior, la felicidad y la iluminación personal.
Es muy evidente que el camino espiritual está lleno de aparentes contradicciones que hacen de él algo sumamente paradójico. Y es cierto también que ante la cuestión del esfuerzo –como ante tantas otras– hay que hilar muy fino: si todo el camino espiritual culmina en la conciencia de que no hay individuos y que nuestra separación aparente es una ilusión, ¿quién es el que hace el esfuerzo, y quién el que llega a esa conciencia? Por eso, por ejemplo, el Dharma a menudo se describe a sí mismo como un camino sobre el que se camina, pero sin que en realidad haya nadie que esté caminando. Como en tantos otros casos, la enseñanza sobre el esfuerzo individual también es una moneda de dos caras; falseamos la realidad si no las incluimos ambas en la receta. A la hora de ilustrar esa paradoja no conozco nada más pertinente que el dicho sufí que trata de la iluminación: “Esta cosa de la que hablamos no se puede encontrar mediante la búsqueda, pero sólo los buscadores la encuentran”. Muchos proclaman lo primero y olvidan lo segundo, pero esa verdad a medias es más engañosa que un embuste con todas las de la ley.
Es algo que harían bien en recordar quienes abrazan esta filosofía del no-esfuerzo, tan seductora en su versión comercial para nuestro estilo de vida apresurado, interesado siempre en la gratificación inmediata de deseos y apetencias a cambio de la mínima inversión posible. Si todo está bien tal como es y nunca hay que hacer ningún esfuerzo porque el esfuerzo mismo es lo que nos impide experimentar esa pretendida perfección de la realidad, ¿qué mejor licencia para continuar con nuestras vidas como hasta ahora sin preocuparnos de cambiar ni hacer nada que pueda importunarnos (o que pueda ayudar a los demás)? En el fondo, en el camino espiritual todos queremos apuntarnos al salto con pértiga que nos catapulte desde donde estamos ahora directamente a la iluminación, sin pasar por el arduo y exigente proceso de limpiar y desactivar el equipaje que hemos ido acumulando a lo largo de los años.
Ah... pero hay un problema con el planazo este de la perfección infusa. El problema es que, por mucho que lo afirmen las voces más reputadas de Oriente y Occidente, y por muchos libros que leamos o charlas que escuchemos, las cosas rara vez son así de perfectas en nuestra experiencia: una mirada despejada a nuestro alrededor o a nosotros mismos pasada la euforia inicial nos lo dejará bien claro si es que teníamos dudas. Y, si somos sinceros, reconoceremos que no hay palabras suficientes en el mundo para convertir esa idea de la supuesta perfección de la realidad en experiencia directa propia, de primera mano, sin sombra de duda. Por suerte o por desgracia, la mera información no transforma nuestra manera de experimentar la vida. Es algo parecido a dejar un hábito adictivo como fumar: es verdad que los libros y los talleres te pueden ayudar hasta cierto punto, pero en algún momento del proceso hace falta que intervenga algo más que pertenece a un orden inaccesible a la mente cognitiva. La mente se aplica para generar unas condiciones en las que se puede producir ese encaje de lucidez, convicción y firmeza; pero, en grado variable según las circunstancias de cada cual, ese encaje es algo que nunca se puede forzar deliberadamente ni controlar del todo.
Volviendo al esfuerzo, quizá sea útil leer las palabras de otro sabio indio sobre este asunto, en las que traza un boceto de Siddhartha Gautama de camino a convertirse en el Buda, “el despertado”. Es algo más florido que los relatos tradicionales, desde luego, aunque se trata de una licencia tolerable en la medida en que describe perfectamente unos mecanismos sólo adumbrados en el terso dicho sufí, pero que resultan tan comunes y extensibles a cualquier empresa humana que prácticamente tienen validez universal:
“El camino de la meditación es arduo y muy contradictorio. No hay nada que puedas encontrar más contradictorio que la meditación. Es contradictoria porque tiene que comenzar como esfuerzo y debe terminar como ausencia de esfuerzo. Pero así es como es. Quizá no seas capaz de captar con la lógica cómo ocurre, pero en la práctica sucede. Llega un día en el que simplemente te hartas de tu esfuerzo y éste se desprende.
“Así le ocurrió a Buda. Durante seis años realizó todos los esfuerzos posibles. Ningún ser humano ha tenido una obsesión semejante por llegar a la iluminación. Hacía todo lo que podía. Iba de un maestro a otro, y todo lo que se le enseñaba, lo hacía perfectamente. Ése era el problema, porque ningún maestro podía decirle, “No lo estás haciendo bien, y por eso no obtienes resultados”. Eso era imposible. Practicaba mejor que cualquier maestro, así que los maestros tenían que confesar, “Esto es todo lo que tenemos que enseñar. No sabemos nada más que esto. Busca en otro sitio”.
“Era un discípulo peligroso, y sólo los discípulos peligrosos tienen éxito. Estudiaba todo lo que podía. Cualquier cosa que se le dijera, la hacía, exactamente tal como se lo habían dicho. Luego iba al maestro y le decía, “Lo he hecho, pero no ha ocurrido nada. Y ahora, ¿qué?”
“Los maestros le decían, “Hay un maestro en los Himalayas, ve ahí”. O, “Hay un maestro en tal bosque, ve ahí. No sabemos nada más que esto.”
“Durante seis años dio vueltas y más vueltas. Hizo todo lo factible, todo lo humanamente posible, y entonces se hartó. La empresa entera parecía inútil, estéril, sin sentido. Una noche relajó todos sus esfuerzos. Estaba sentado bajo el árbol del bodhi y dijo, “Ahora todo se ha acabado. No tengo nada que hacer en el mundo. Todo se ha acabado. No sólo en este mundo, sino en el siguiente también”.
“De repente, todos los esfuerzos se desprendieron. Estaba vacío, porque cuando no hay nada que hacer, la mente no puede moverse. La mente se mueve sólo porque hay algo que hacer, alguna motivación, alguna meta. La mente se mueve porque algo es posible, hay algo que se puede conseguir, si no hoy, entonces mañana. Si existe la posibilidad de conseguir algo, la mente se mueve.
“Esa noche Buda llegó a un punto muerto. En realidad, murió en ese preciso instante porque no había futuro. No había nada que conseguir, ni nada que pudiera conseguirse. “Lo he hecho todo. El mundo entero es inútil y toda esta existencia es una pesadilla”. No sólo se le antojó fútil el mundo material, sino el espiritual también. Se relajó. No es que hiciera nada para relajarse. Esta es la cuestión que hay que entender: no había nada que le provocara tensión, por tanto se relajó. No hubo esfuerzo alguno por su parte para relajarse.
“No es que intentara relajarse bajo el árbol del bodhi. No había nada que hacer, nada por lo cual estar tenso, nada que desear, ningún futuro, ninguna esperanza. Esa noche su desesperanza era total. La relajación ocurrió. No puedes relajarte si queda algo que conseguir que sigue dando vueltas en tu mente. Le das vueltas y vueltas y más vueltas. Pero esa noche, las vueltas pararon de repente, la rueda se paró. Buda se relajó y se durmió. Cuando se despertó por la mañana, la última estrella se estaba poniendo. Vio cómo desaparecía la última estrella, y con esa estrella él desapareció por completo, se convirtió en un ser iluminado.
“Entonces la gente empezó a preguntarle, “¿Cómo lo has conseguido? ¿Cuál ha sido tu método?” Podéis comprender la dificultad de Buda. Si decía que lo había logrado usando algún método, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había método. Si decía que lo había logrado a través del esfuerzo, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había esfuerzo. Pero si decía, “No hagáis esfuerzo alguno y lo lograréis”, también sería un error, porque esos seis años de esfuerzo eran el telón de fondo de su ausencia de esfuerzo. Sin esos seis años de intenso esfuerzo, no se podría haber logrado este estado de no-esfuerzo. Sólo a causa de ese denodado esfuerzo llegó a la cumbre. Luego, cuando ya no tenía adonde ir, se relajó y cayó al valle.
“Hay que recordar esto por varias razones. El esfuerzo espiritual es el más contradictorio de los fenómenos. Hay que hacer el esfuerzo, con plena conciencia de que nada puede lograrse a través del esfuerzo. Hay que realizar el esfuerzo únicamente para alcanzar el no-esfuerzo, porque si te relajas, nunca llegarás a la relajación que le vino a Buda. Sigues haciendo todos los esfuerzos, hasta que de forma automática llega un momento en el que a base de puro esfuerzo llegas a un punto en el que te ocurre la relajación.”
Como dijo otro sabio: quien tenga oídos, que oiga.