El Dharma es el Disolvente Universal. Lo aplicas a
cualquier cosa y estás en curso de que se deshaga entre tus dedos, que se evapore
o se sublime y acabe por desaparecer. Cuidado: ¿es eso lo que de verdad queremos?
Porque esa es la dirección y el impulso fundamental de la enseñanza del Buda.
Todo lo “bueno” y todo lo “malo” de la vida… ¡puf! Adiós.
La leyenda dice que la noche antes de su Despertar, Mara
lanzó un último ataque contra Shakyamuni en forma de sus tres seductoras hijas:
Raga (la apetencia), Arati (la aversión) y Tanha (la codicia).
Buda le contestó: “Te voy a desmenuzar hasta convertirte
en polvo que se lleva el viento”.
Bueno, en realidad no dijo eso; me lo he inventado. Pero lo
que sí dijo en relación con el deseo y apego, que son la raíz del sufrimiento,
fue esto:
“Imagínate, Ananda, que hubiese un gran
árbol y un hombre llegara con un hacha y una cesta y cortase ese árbol de raíz.
Después de cortarlo de raíz, que cavase una zanja y arrancase las raíces hasta
sus radículas y fibras. Luego, que cortase el árbol en troncos y que después
cortase los troncos y los convirtiese en astillas. Luego, que secara las
astillas al viento y al sol, las quemara al fuego, las reuniese en un montón de
ceniza, y que después aventase las cenizas a un viento fuerte o dejara que se
las llevara la veloz corriente de un río.
“Con seguridad
ese gran árbol cortado de raíz así se convertiría en algo como un tocón de
palmera, se volvería improductivo, incapaz de volver a brotar en el futuro.
“Así mismo,
Ananda, en aquel que mora contemplando la aflicción de todas las cosas que
contribuyen al apego… toda la masa de sufrimiento cesa”.
Siglos más tarde, Milarepa recibió la visita inesperada
de cinco demonios en su cueva de las montañas. Tras intentar contentarlos
amablemente sin recibir más que amenazas y burlas como respuesta, probó a
echarlos con rituales y luego a enseñarles el Dharma. Nada funcionó. Entonces
Milarepa cayó en la cuenta:
A través de la
compasión de Marpa [su maestro], ya me
he dado cuenta de que todos los seres y todos los fenómenos son [inventos] de la propia mente de uno. La mente misma
es una transparencia del Vacío. Entonces, ¿de qué vale todo esto? ¡Y qué bobo soy
al intentar ahuyentar estas manifestaciones físicamente!
Entonces entonó uno de sus cantos y los demonios se
retiraron, apesadumbrados y temblando de miedo al principio; luego, girando
como un vórtice, se fundieron en uno y desaparecieron.
¡Intenta encontrar hoy un Dharma de ese calibre! Hay
tanto maestrillo que ignora esta virtud básica del Dharma y acepta que las
cosas son reales, jugando en el campo de Mara y con sus reglas. Sin saberlo, o bien
movidos por intereses mundanos, estos falsos guías del budismo moderno ya han
entregado la cuchara antes de empezar. Qué vergüenza y qué desastre. ¿De qué
vale este Dharma eunuco? Es un parche nada más, en el mejor de los casos. Pero
la vida y la muerte no necesitan parches; nos piden una transformación.
Qué fieles somos a nuestra identidad, lo menos sano que
llevamos dentro, y qué poco reparamos en nuestra capacidad de dejarla atrás y
crecer, aunque sea en una dirección desconocida, sin la seguridad limitante de
nuestros viejos caparazones… hacia lo abierto.
Igual que los organismos vivos, el Dharma budista también tiene su
integridad y su carácter. Se aleja de toda violencia, pero eso no lo convierte
en una sarta de buenos propósitos mojigatos. Al contrario, reconoce que este es
un mundo de conflictos, ante los que despliega sus herramientas defensivas
internas –un elenco de figuras protectoras simbólicas, como los cuatro
guardianes y los dharmapalas, dedicados
a mantener intacta su virtud inherente y su potencia. Además, cualquiera que
haya leído historias de maestros como el Buda Shakyamuni, Yunmen o Milarepa,
por ejemplo, sabe que eran cualquier cosa menos mosquitas muertas.
Escribo esto porque acabo de realizar un pequeño descubrimiento que es
relevante al caso. La cuestión que me intrigaba era por qué sentía tanto rechazo
ante el mestizaje de Dharma y ciertas terapias modernas. Esto, que durante un
tiempo fue una inquietud sorda, se había convertido últimamente en una irritación
más acuciante.
La respuesta, tal como lo entiendo ahora, tiene que ver con lo que en
el Dharma se llaman los cuatro estados inconmensurables o brahmaviharas. Todos
aprendemos la lista de amor benevolente (metta)
+ compasión (karuna) + alegría (mudita) + ecuanimidad (upekkha) bastante pronto en el camino
budista, y con suerte practicamos las meditaciones correspondientes.
Lo que no todos saben es que cada uno de esos cuatro estados tiene un
antagonista. Así, el antagonista del amor benevolente es el odio o la ira (dosa); el enemigo de la compasión es la
crueldad (himsa, que a alguno os
sonará por la no-violencia de Gandhi, ahimsa);
el enemigo de la alegría son los celos (issa);
y el de la ecuanimidad, la inquietud (vicikiccha).
Hasta ahí, pocas sorpresas, porque son experiencias contrapuestas que se niegan
mutuamente.
Pero lo que aún menos personas saben es que cada estado
inconmensurable no tiene un solo enemigo en realidad, sino dos: el directo, que
acabamos de ver, y el indirecto.
Vaya, ¡esto se pone interesante...!
El enemigo indirecto del amor benevolente es el afecto personal (pema); el enemigo indirecto de la
compasión es la conmiseración o la pena personal (domanassa); el enemigo indirecto de la alegría es la exultación (pahasa); y el enemigo indirecto de la
ecuanimidad es la indiferencia.
¿Por qué se les considera enemigos? Porque cada uno presenta un
sucedáneo de la experiencia auténtica, y genera el efecto contrario al que
pretende el brahmavihara. Así, si por
ejemplo sentimos pena por el sufrimiento ajeno y nos identificamos con el afligido,
estamos reforzando sutilmente su identidad sufriente y dándole carta de
naturaleza, cuando en realidad la compasión budista se orienta a la naturaleza
pura de la aparente persona y le transmite la intención noble de que se libere
del sufrimiento y sus causas mediante su propia transformación interna. Por
eso, la compasión budista nunca es un sentimiento triste o compungido, sino una
energía positiva que se proyecta con alegría.
Si miráis la lista otra vez, veréis que todos estos enemigos tienen un
elemento en común, que es la creencia en la persona como realidad absoluta.
¿Por qué, aun siendo indirectos, se les sigue considerando perniciosos?
Porque son engañosos en potencia, en la medida en que se parecen al original y
por tanto son más insidiosos y difíciles de detectar. Nadie confundiría la
crueldad con la compasión, pero muchos sí que creen que conmiserarse con el que
sufre es lo correcto, incluso desde el punto de vista budista.
Así pues, cuando se intenta combinar el Dharma con terapias modernas suele
ocurrir lo mismo: que en realidad no se está ofreciendo el Dharma difícil y
profundo que enseñó Buda sino un sucedáneo que, bajo una aparente afinidad con
el Dharma –porque pisa terrenos similares–, de hecho lo desdibuja o incluso lo
socava.
Las terapias que usan el lenguaje y la mente cognitiva como
herramienta primaria quedan muy lejos de la sabiduría budista sobre la
naturaleza de la mente.
Las terapias que fortalecen la autoestima y el sentido de
individualidad, permanencia y sustancialidad del “yo” se oponen al camino del
Despertar que enseñó Buda, que muchos otros han seguido y corroborado por su
propia experiencia directa después de él.
Las terapias que ignoran o niegan la existencia de una propia
naturaleza pura de todos los seres son una vía segura para perpetuar el
sufrimiento y su fiel escudero, la falsa felicidad, cuya búsqueda y evitación
impulsan sin cesar la rueda del samsara.
Las terapias que simplemente buscan reinsertar al aparente individuo
en los engranajes de una sociedad enferma le dan la espalda a la Fuerza de la
Vida.
Entonces, estas terapias híbridas, a menudo presentadas como “lo
último” en talleres y retiros, ¿también son enemigas indirectas del Dharma?
La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento...
A continuación, unas palabras de otro maestro rugiente en la mejor tradición del Dharma: Drugpa Kunley, el naljorpa o loco divino, un “radical libre” de efectos rejuvenecedores que afirmaba seguir el Mahamudra en la línea de Milarepa y que, según los relatos que nos han llegado de él, provocó rechazo y admiración casi a partes iguales en sus andanzas como maestro del Dharma por los Himalayas del siglo XV.
Si me volviera un Lama sería el esclavo de mis discípulos y acompañantes, y perdería mi libertad de acción. Si me hiciese un monje ordenado me obligarían a guardar la disciplina, y ¿quién puede guardar sus votos inquebrantablemente? Si me volviera un sabio debería comprometerme con el descubrimiento de la naturaleza de la mente –¡como si eso no fuera evidente de por sí! Que yo sea o no un mal ejemplo para alguien depende totalmente de la inteligencia del individuo en cuestión. Además, si un hombre está destinado a pasarse su tiempo en el infierno e imita a Buda, no se salvará; y si un hombre está destinado a la budeidad, el tipo de ropa que use es irrelevante y su actividad es natural y espontáneamente pura. Al desear una casa permanente, o al marcarse cualquier objetivo materialista, uno se desvía del camino porque fortalece la idea de “yo” y “mío”. En la medida en que se les rinde veneración a los monjes, su potencial para el apego emocional es tanto mayor que el del hombre común. Habitualmente es cierto que la motivación inicial para fundar un monasterio es el deseo de establecer un lugar donde los aspirantes puedan meditar. Eso es digno de elogio, pero cuando la necesidad de protección comunal da lugar a disputas en su seno y polémicas con su entorno, lo que en principio era un compañerismo sagrado se vuelve un cubil de ladrones porque todos sucumben a las motivaciones egoístas.
Es fácil celebrar y asumir como propias las palabras y acciones de este iconoclasta provocador y escandaloso por el ataque que suponen contra varias formas de rito, costumbre y creencia sancionadas por convención social y por la práctica budista; y es igual de fácil condenarlas y rechazarlas como episodios vergonzosos protagonizados por un gañán rijoso y sin escrúpulos. Pero, aparte del espíritu gozosamente libre que testimonian, es importante darse cuenta de que hay en ellas algo más que una provocación gratuita: una llamada a mirar más allá de superficie de las cosas, más allá de toda forma fosilizada por la rutina y la desidia, para recuperar la raíz viva que produjo esas formas en su día y cuya restauración actual puede exigir que se cuestionen y descarten aquellas que ya no sirvan, por muy venerables que parezcan.
Como de costumbre, los rugidos de estos maestros son llamadas a mantenernos bien despiertos y atentos a lo que hacemos –algo siempre saludable y especialmente bienvenido en tradiciones milenarias como el budismo, que ha desembarcado en Occidente hace relativamente poco, pero con una importante parafernalia acumulada a lo largo de siglos en culturas muy diferentes a la nuestra, lo cual nos exige en consecuencia un doble esfuerzo para entender bien cuál es la función y el propósito de cada ritual, cada ceremonia y cada práctica que propone.
Si no captas el espíritu de los Budas, ¿de qué sirve seguir las escrituras del Dharma? Sin un aprendizaje con un maestro competente, ¿de qué sirven el gran talento y la inteligencia? Si eres incapaz de amar a todos los seres como si fueran hijos tuyos, ¿de qué sirven la oración solemne y el ritual? Si ignoras el único propósito de los Tres Votos, ¿qué ganas quebrantándolos uno a uno? Si no comprendes que el Buda está dentro de uno mismo, ¿Qué realidad se puede encontrar fuera? Si eres incapaz de fluir naturalmente en la meditación, ¿Qué se puede ganar luchando con el pensamiento? Si eres incapaz de regular tu vida según las estaciones y el tiempo, ¿Quién eres sino un loco aturullado? Si no se capta intuitivamente una perspectiva iluminada, ¿Qué puede ganarse mediante la búsqueda sistemática? Si pierdes tiempo y energía, malgastando tu vida, ¿Quién reembolsará tus deudas en el futuro? Aunque lleve ropa tosca y escasa, soportando grandes penalidades, ¿Qué gana el asceta con sufrir los infiernos en esta vida? El aspirante que se esfuerza sin instrucción específica no logra nada, igual que una hormiga que trepa por un montón de arena. Recibir instrucción pero ignorar la meditación sobre la naturaleza de la mente es como pasar hambre cuando la despensa está llena. El sabio que se niega a enseñar o escribir Es tan inútil como la joya de la cabeza del Rey Serpiente. El loco que no sabe más que parlotear constantemente No hace más que proclamar su ignorancia a todos. Si entiendes la esencia de la Enseñanza, ¡ponla en práctica!
Así es. Entender es lo que cuenta, y luego practicar; pero primero hay que entender la esencia –que no es un resumen, sino el corazón– del Dharma. Una vez hayamos entendido esa esencia y la hayamos comprobado y llevado a su plena realización mediante la práctica, entonces sí seremos libres para hacer cualquier cosa, según las inclinaciones de nuestra propia naturaleza liberada –lo cual puede incluir aparentes atrocidades a los ojos píos de quienes siguen aprisionados por las formas, como en el caso de Drugpa Kunley. Pero antes hay que entender y practicar.
Así que si entiendes la esencia de la enseñanza, ponla en práctica; pero si no la entiendes todavía, ¡ponte a ello!
Hay una tradición en el Dharma de maestros fuertes, duros, y hasta brutales según los criterios del momento. Es la liga de maestros tántricos indios como Padmasambhava, Tilopa y Naropa, de los tibetanos Marpa y Milarepa, y de una larga lista de maestros Chan como Bodhidharma, Linji y Yunmen, que le imprimieron el poderoso sello de su temperamento a sus respectivas escuelas. Por desgracia, ese estilo les resulta muy atractivo a ciertos aspirantes a maestro y en ocasiones se ha convertido en un fin en sí mismo; pero cuando eso ocurre, es fácil que degenere y se fosilice en una estética severa, estirada y hueca si no se entiende cuál es su propósito ni se domina la flexibilidad con la que hay que aplicarlo. Imitar las formas externas de estos viejos tigres sin tener como base ese mismo carácter es como perseguir el fruto obviando la raíz: una impostura cuyo resultado no puede ser bueno –al menos, no para los estudiantes. Así que a cada uno le toca discernir quién ruge de verdad y quién sólo maúlla en voz alta; que no te den gato por tigre.
En una época como la nuestra, en que la enorme producción de cursos, libros y talleres infla y promociona los aspectos más amables y seductores de la espiritualidad, resulta cuando menos chocante encontrarse con el rugido de estos viejos maestros; pero, bien visto, tiene algo de refrescante también comprobar que a alguien, en algún momento, no le interesó lo más mínimo captar cuota de mercado budista. Las vías que ofrecían estos tigres eran claramente opciones minoritarias y su idea era “que me siga quien pueda”; pero con esta manera de separar el grano de la paja se aseguraban de que quienes se mantenían a su lado realmente lo hacían impulsados por algo más que la mera curiosidad.
Tampoco es que estos caminos exigentes sean intrínsecamente mejores que otras vías; son simplemente apropiados para ciertos temperamentos que no encajan en enfoques más amables o contemporizadores. La diferencia entre ambos está muy clara en las formas. Mira, por ejemplo, una de las recomendaciones procedentes del decálogo compuesto por un venerable y dulce lama tibetano ya fallecido, pero muy activo en Occidente durante el último cuarto del siglo pasado, diseñado para, en sus propias palabras, “contribuir a la paz y a la felicidad del mundo”:
Practica la simpatía y adquiere el hábito del contento a través de todas las circunstancias. Decídete a realizar el leve esfuerzo de prescindir de los pequeños defectos. Lucha con todas tus fuerzas contra la depresión, contra la tristeza, contra el tedio, contra el mal humor. Combate los métodos dominantes de acritud y grosería e imponte la condición de ser siempre y con todo el mundo amable.
Y ahora compárala con el exabrupto de Yunmen, uno de los maestros legendarios de la edad de oro del Chan en China –y recuerda que era un maestro budista, no un fanático talibán empeñado en obliterar las tradiciones de los infieles:
Como comentario a la leyenda del nacimiento de Buda, Yunmen dijo: “Inmediatamente después de nacer, el Buda señaló con una mano al cielo y con la otra a la tierra, dio siete pasos en círculo, miró a los cuatro puntos cardinales, y afirmó, “Sobre la tierra y bajo el cielo, sólo yo soy el Honrado por el mundo”.”
Yunmen prosiguió, declarando que “¡Si yo hubiese estado ahí, lo habría matado de un golpe y lo habría echado como comida a los perros para traer paz a la tierra!”
¿Es una provocación gratuita? En absoluto. Es la expresión genuina del temperamento fuerte de un maestro que, a pesar de haberse liberado de sus impedimentos, mantenía el estilo seco de su carácter y era capaz de emplearlo eficazmente para la instrucción de sus estudiantes –en este caso, para liberarlos de cualquier apego bobalicón a los mitos fundacionales a base de martillear sobre sus conciencias. No por nada es el mismo maestro que, cuando le preguntaron en una ocasión qué era el Buda, contestó: “Mierda seca en un palo”. Puede que lo encuentres insensible e hiriente; pero desde luego no le puedes acusar de andarse con medias tintas para seducir a la gente.
Ahora bien, con todo lo evidente que resulta, esta discrepancia formal no es la diferencia esencial entre ambas vías, sino que es una expresión externa de sus métodos respectivos: gradual y con muchos apoyos en un caso, directo y a palo seco en el otro. Cada una está diseñada para un tipo de mente distinta que requiere su propio acercamiento al Dharma; lo único que importa es que funcionen. Esa es la belleza del budismo, bien entendido más allá de las formas: que ambos enfoques, el dulce y el descarnado, tienen cabida y son igualmente válidos si se usan apropiadamente. A algunos el primer estilo les parecerá sublime y el segundo atroz; otros en cambio encuentran el primero empalagoso pero celebran la brutal franqueza del segundo. Tras leerlos, probablemente a ti también te resuene más uno que el otro, pero ambos son expresión de un mismo Dharma; la clave está en encontrar el estilo que le resulta natural a cada estudiante (para su naturaleza profunda, no para sus fantasías o apetencias). Por eso, y no por un interés folclórico, existe la gran panoplia de caminos aparentemente distintos dentro del Dharma. El “café para todos” no vale en el budismo; el criterio correcto es “a cada cual, según sus necesidades”.
¿Alguien se ha preguntado alguna vez cuál fue el linaje de Buda? ¿Por qué no habló nunca de ello –al menos, que sepamos? Porque lo cierto es que sí tuvo maestros (de hecho, dos) de los que aprendió ciertas técnicas de meditación que en último término le parecieron insuficientes –una insatisfacción que lo llevó a probar el camino del ascetismo extremo en primer lugar para luego rechazarlo asimismo, encontrar finalmente el despertar por su cuenta y formular los pilares del Dharma: las Cuatro Nobles Verdades y la vía media del Óctuple Sendero.
No parece que el linaje sea tan relevante como lo pintan, entonces. Pero, si no era ésta, ¿cuál era la fuente de autoridad para el Buda? Siempre fiel a su estilo sobrio y franco, lo que el Buda les recomendaba a los demás era lo mismo en lo que él había confiado hasta su despertar –y, afortunadamente, es algo que tanto tú como yo traemos de serie en nuestra equipación de homo sapiens sapiens:
“No os guiéis, Kalamas, por lo que oís ni por la tradición, ni por lo que se dice ni por la autoridad de los textos, ni por el simple razonamiento ni la sola inferencia ni la mera reflexión sobre las causas, ni por la aceptación sumisa de una teoría ni por su apariencia convincente, ni por pensar que quien la expone es vuestro maestro. Cuando vosotros, Kalamas, lleguéis por vuestros propios medios a reconocer que ciertas cosas son malas, criticables, censuradas por los que saben, y que esas cosas, si se realizan y llevan a cabo, redundan en mal y en sufrimiento, entonces, Kalamas, haréis bien en rechazarlas. (...) Cuando vosotros, Kalamas, lleguéis por vuestros propios medios a reconocer que ciertas cosas son buenas, no son criticables, merecen la aprobación de los que saben, y que estas cosas, al realizarlas y llevarlas a cabo, redundan en bien y en felicidad, entonces, Kalamas, haréis bien en vivir adhiriéndoos a ellas.”
Vaya... qué sorpresa: se diría que estas palabras socavan cualquier pretensión de que el linaje sea fuente última de autoridad, ¿no? Pero profundicemos un poco más; nunca hay que quedarse en la literalidad de las palabras del Dharma, porque siempre hay algo más allá. ¿Es la propia experiencia el criterio definitivo, como parece afirmarse aquí? Como tantas veces en budismo, la respuesta es Sí y No. ¿Por qué sí? Porque experimentar uno mismo es más memorable que aprender de segunda mano; ninguna lección se nos queda tan marcada como la que aprendemos en carne propia. En ese sentido, la vivencia personal es superior a cualquier dogma; es la manera que tenemos de establecer certezas o salir de dudas de manera definitiva. ¿Por qué no? Porque, con ser fundamental, la propia experiencia no siempre es suficiente ni nos lleva a conclusiones correctas y beneficiosas a corto plazo –y puede pasar mucho tiempo hasta que nos demos cuenta de nuestro extravío. Después de todo, ¿no nos dice nuestra experiencia que la Tierra es plana y que el sol sale y se pone por sus bordes? Y también es cierto que –ya sea por ignorancia, parcialidad o ineptitud– uno rara vez es el mejor juez acerca de qué es bueno para uno mismo por muy inmediata que sea su experiencia: ¿cuántas explicaciones aparentemente racionales es capaz de generar un ex-fumador en un nanosegundo por las que “total, por una caladita tampoco pasa nada”?
En ese sentido, la experiencia por sí sola no basta, sino que hay que contrastarla con otras fuentes: según el Buda, el propio juicio crítico (para calibrar el valor intrínseco de las cosas), el juicio de los que reconocemos como más expertos que nosotros (para beneficiarnos de la experiencia y sabiduría acumulada de la especie), y las consecuencias previsibles que nuestros actos y omisiones tendrán sobre nosotros y sobre los demás (para filtrar nuestras conclusiones por el tamiz de la visión de conjunto a largo plazo y prevenir el egoísmo de la satisfacción inmediata). ¿Cuál, si no éste, fue el camino del Buda Shakyamuni? Ése es el verdadero linaje del Dharma, y está en tu mano aquí y ahora. Es lo mismo que recalca una y otra vez con refrescante crudeza el Zen chino:
Un monje le rogó a Zhaozhou que le revelara el principio más importante del Chan. El maestro se excusó diciendo: “Tengo que ir a mear. Fíjate, incluso una tontería como ésta la tengo que hacer yo en persona.”
La conclusión parece clara: si ni siquiera podemos delegar en otros para las pequeñas servidumbres del día a día, ¿cómo vamos a hacerlo para las grandes cuestiones de la vida? Ni Buda, ni Huineng, ni Milarepa, ni ninguno de sus pretendidos depositarios nos van a sacar las castañas del fuego. Estamos solos, sí. Pero la nuestra es una gloriosa soledad, más aparente que real, en virtud de la cual estamos unidos de verdad con todos los demás miembros de nuestra especie –pasados, presentes y futuros– y con todos los seres sintientes del universo.