sábado, 24 de febrero de 2018

¿Una confirmación no buscada?


La charla de este neurocientífico de una universidad inglesa (con subtítulos en español) explora asuntos íntimamente ligados al Dharma natural, pero lamentablemente olvidados en muchas escuelas budistas de hoy, que han perdido de vista la orientación más profunda y, por así decir, ambiciosa de las enseñanzas y prácticas.

Como muestra el Sermón del fuego, una de las cuestiones a las que el Dharma original dedica más atención es a cómo entra la información del entorno en el cuerpo/mente humano, debido a su relación con el sufrimiento. La ciencia cuenta ahora con sofisticados medios de análisis y experimentación que han llevado a descubrimientos sorprendentes, como la idea de que la "realidad" no es más que una alucinación consensuada -lo que los hinduistas han llamado maya desde hace milenios. Eso mismo es lo que se desprende de la noción budista de la vacuidad o sunyata. Tanto nuestra conciencia como las experiencias que ahí aparecen no son más que "frágiles constructos", inventos de la mente.

Sin embargo, ni siquiera la instrumentación más sofisticada del mundo es capaz de superar los prejuicios de quienes la utilizan. Las afirmaciones de Anil Seth de que la vida y la conciencia están perdiendo su misterio al revelarse que responden a simples operaciones físicas, químicas y eléctricas reflejan esta limitación. Si tus herramientas de trabajo son físicas, químicas y eléctricas, ¿qué otra cosa esperas encontrar que no sea física, química o eléctrica? El rango del instrumento de búsqueda determina el rango de sus posibles hallazgos; que no capten nada más allá no quiere decir que no haya nada más allá.

Pero, dejando a un lado mis discrepancias con este enfoque, reconozco que plantea cuestiones fundamentales, que incluso minan algunos postulados del conferenciante. Si la mente es capaz de inventarlo todo, ¿deberíamos tomar como definitiva la separación entre el mundo externo y el interno? ¿No es eso también una ilusión? Sin duda es una herramienta útil, pero la diferencia entre ambos es más pragmática que real. La impresión de que somos islas sustanciales y permanentes de "yo" en un mundo de objetos ajenos e inanimados puede ayudarnos a interactuar mejor con el entorno con vistas a la supervivencia, pero debería ser una ilusión de usar y tirar -a cada microsegundo, una vez cumplida la tarea de que se trate. Esa es una aplicación superior de la famosa mindfulness.

En vez de eso, nos creemos la alucinación de que somos burbujas de "yo" separado de todo lo demás, nos sentimos tan solos y desamparados como Adán y Eva tras comer la manzana y buscamos el remedio a nuestra penosa situación fuera de nosotros, como si las cosas del mundo que estamos alucinando fuesen capaces de curar la ilusión escindida que nos aqueja. Pero los frutos de un espejismo nunca nos harán despertar del espejismo que los genera. Al contrario, mientras más persistamos en esa vía, más ahondaremos nuestro exilio de la unidad, convirtiéndonos en cómplices inconscientes e involuntarios de nuestro propio sufrimiento.

Nada es verdad; todo es Matrix. Pero puede ser una Matrix atroz, como la de la película (o la de tantas personas que sufren en este planeta), o bien la Tierra Pura de la que hablaban los maestros budistas. Darnos cuenta de cómo todos -quien más, quien menos- andamos corriendo detrás de las sombras de este teatro chinesco autogenerado, como si allí fuésemos a encontrar una felicidad y bienestar duraderos, podría provocar una risa digna de un espectáculo patético si no fuese por la evidencia del sufrimiento que se extiende por todas partes.

Por eso es tan prominente la enseñanza sobre el sufrimiento en el Dharma. No es por morbo. Es la constatación de la penosa condición humana en medio de esta alucinación colectiva con sabor a dukkha, en la que estamos sumidos como una conserva en salmuera, empapados en el sufrimiento de la separación en cada sensación, en cada emoción, en cada pensamiento que tenemos a cada microinstante de nuestra vida.

Ante esa evidencia, la respuesta de quien ha despertado su espíritu natural no es el desánimo sino una inmensa compasión, que ve lo dañino a la vez que lo ilusorio y superfluo del sufrimiento al que parecemos abonados desde que nacemos, sin necesidad alguna. Es una paradoja conmovedora. Pero la sabiduría de entender las raíces del sufrimiento no basta por sí sola para alzar el vuelo; es necesaria otra ala, la de la compasión, para despegar de verdad en la ruta que nos lleva de vuelta a nuestra propia naturaleza.

Esa naturaleza es una con la de todos los seres que sufren. porque es la misma; no son infinitas. Por eso mismo, la liberación de una sola conciencia las toca a todas. Así entiendo el camino del bodhisattva.

Pero eso -y aquí está la gracia del asunto- no deja de ser simplemente otra ilusión más, por muy sublime que parezca.

Como decía Shanjian, ¡qué divertido es el budismo!


martes, 26 de septiembre de 2017

Preparados, listos...

A menudo los poetas y artistas expresan ideas y experiencias que resuenan con el Dharma. Estas palabras de Mary Oliver se dirigen a los aspirantes a poeta, pero también se pueden aplicar perfectamente al camino de las meditaciones y prácticas budistas:




Si Romeo y Julieta se hubiesen citado en el huerto bañado por la luz de la luna, con todos los peligros y la dulzura de la conspiración, y luego la mayoría de las veces no se hubiesen encontrado –porque uno u otro se retrasara, o tuviese miedo, o estuviese ocupado en otra cosa– no habría habido romance, ni pasión, ni nada del drama por el que los recordamos y celebramos. Escribir un poema no es diferente –es como un amorío posible entre algo parecido al corazón (esa fábrica de emociones valiente pero tímida también) y las destrezas aprendidas de la mente consciente. Si ambos hacen citas entre ellos y las mantienen, algo empieza a ocurrir. O, por el contrario, si hacen citas pero se despreocupan y a menudo no las mantienen, puedes contar con que no va a suceder nada.

La parte de la psique que trabaja en concierto con la conciencia y suministra una parte necesaria del poema –el calor de la estrella, en contraposición a la forma de la estrella, por poner una imagen– existe en una zona misteriosa de la que no hay mapas: no es inconsciente, ni subconsciente, sino cautelosa. Rápidamente se da cuenta de qué tipo de cortejo va a ser. Supón que prometes sentarte a tu escritorio por las tardes, de siete a nueve. Ella espera y observa. Si estás ahí de manera fiable, empieza a mostrarse –pronto empieza a llegar cuando tú llegas. Pero si estás ahí solo de vez en cuando y a menudo te retrasas o te distraes, aparecerá fugazmente o no aparecerá en absoluto.

¿Y por qué iba a aparecer? Puede quedarse callada toda la vida. Y de todas formas, ¿quién sabe lo que es –esa parte nuestra salvaje y sedosa sin la cual ningún poema puede estar vivo? Pero esto sí que lo sabemos: si queremos que inicie una relación apasionada y le dé voz a lo que hay en su porción de tu mente, más vale que tu otra parte responsable y decidida sea como Romeo. No importa si hay riesgos en las inmediaciones –el riesgo siempre acecha en algún lugar. Pero no se involucrará a menos que haya perfecta seriedad.

Para el aspirante a escritor de poemas, esto es lo primero y más importante que debe entender. Va antes de cualquier otra cosa, incluso de la técnica.



miércoles, 28 de junio de 2017

"Mindfulness" por aquí, "mindfulness" por allá

Últimamente es difícil mirar alrededor en el mercadillo psicológico-espiritual y no ver ofertas de mindfulness en cursos y talleres de las disciplinas más variopintas. Como casi todo, esta proliferación tiene por lo menos dos caras. Sus ventajas y beneficios potenciales ya se proclaman más que suficiente a diestro y siniestro, pero nadie parece querer hablar de lo que se pierde por el camino...

Impulsada desde los EEUU por un grupo de meditadores adiestrados en la escuela Theravada, la mindfulness o "atención plena" está en auge, en parte gracias al respaldo científico obtenido una vez se ha visto que su práctica está correlacionada con cierta actividad cerebral (ya sabemos que, para la ciencia, lo que no se puede medir no existe). Así pues, aunque esta disciplina lleva existiendo miles de años en contextos espirituales, ahora se la presenta como si fuese una novedad, una panacea multiusos apta para todos los públicos y aplicable a todos los ámbitos de la vida laica: empaquetada con una etiqueta pintona, promocionada con el aliciente de diplomas y certificados de capacitación profesional, y avalada por parte de la comunidad científica, que empieza a abrirle las puertas de la medicina institucional.

Pero esta mindfulness no es un brote nuevo; es más bien una rama desgajada de un árbol muy antiguo, con el que mantenía una relación orgánica que fácilmente se pierde de vista en esta versión mundana.

En efecto, la atención plena (samma-sati en pali) es uno de los elementos del Noble Óctuple Sendero, que Siddhartha Gautama enunció hace por lo menos 2.500 años; como tal, guarda una relación de dependencia mutua con los demás elementos de ese sendero, como si fuesen los radios de una rueda. Extraer la mindfulness de su contexto original no le afecta al Dharma, puesto que samma-sati sigue disponible para quienes quieran practicarla como parte del Óctuple Sendero. En cambio, cuando nos proponen practicarla de manera aislada, olvidando a sus siete hermanas, cabe preguntarse: ¿para qué vale un radio suelto, aparte de la rueda que contribuía a sostener?

La cuestión se entiende mejor cuando vemos que el Noble Óctuple Sendero abarca tres apartados: la ética (sila), que comprende la recta acción, recta palabra y recto modo de ganarse la vida; la meditación (samadhi), que incluye la recta atención (samma-sati), la recta energía y la recta concentración; y la sabiduría (prajña), representada por la recta actitud y la recta comprensión. Como vemos, la mindfulness es un factor de la meditación, pero no es un fin en sí misma; requiere como base una conducta ética y contribuye a la sabiduría que cultiva el budismo -que tampoco es cualquier saber mundano de andar por casa.

Supongamos entonces que la mindfulness proporciona todos los beneficios que se le atribuyen, tales como mejorar la capacidad de concentración, la memoria, la agudeza mental, etc. ¿Qué pasa si, por ejemplo, le ayuda efectivamente al ludópata a jugar mejor sus cartas o al gestor de un fondo buitre a exprimir a unos accionistas minoritarios? ¿Qué clase de sabiduría podemos esperar que posea un político que ha aplicado con éxito la mindfulness para refinar sus corruptelas sin levantar sospechas? Y tampoco se puede pasar por alto la posibilidad de que algunos practicantes noveles de esta atención se encuentren con que en el proceso afloran aspectos de su vida o recuerdos con los que no están preparados para lidiar. A little knowledge is a dangerous thing: el conocimiento incompleto tiene sus riesgos.

Es curioso ver cómo en Occidente nos apropiamos de enseñanzas ancestrales de otras culturas, poniéndolas de moda como si fuesen lo último una vez las hemos maquillado a nuestro gusto con el barniz de la modernidad laica y del progreso científico. Y no es solo cuestión de arrogancia cultural; en este caso, esa apropiación conlleva otra maniobra de consecuencias más serias.

Más allá de sus formas externas, estas prácticas forman parte de un enfoque integral y están diseñadas para propiciar un cambio de rumbo en nuestra vida, a base de refrenar y disolver nuestro ego y sus manifestaciones. Si en vez de eso, solo usamos la mindfulness como una técnica autosuficiente para afinar la puntería y conseguir mejor nuestros objetivos egoicos, sin cuestionar nuestro comportamiento ni el valor ético de lo que deseamos, podemos acabar yendo en dirección opuesta. En ese caso, simplemente habremos perfeccionado una manera de obedecer a los impulsos de nuestra confusión, codicia y aversión de forma más eficiente.

Es lo mismo que ocurre cuando se adopta la meditación simplemente como técnica de relajación: convertimos un antídoto del comportamiento egocéntrico en un simple paliativo de sus efectos menos deseables, que de hecho puede favorecer que continúen esas conductas malsanas al calmar sus síntomas, haciéndolos más llevaderos, sin atacar su causa más profunda.

Sí, es sorprendente la habilidad que tiene nuestra sociedad para asimilar y domesticar, dar la vuelta y regurgitar en forma de objeto de consumo incluso aquellos movimientos de ruptura que más podrían amenazar sus cimientos, ya sea la figura del Ché en chapas y camisetas baratas, la música pop adocenada en que ha derivado la rebelión contracultural de los '50 y '60, la industria de la pornografía a lomos de la liberación sexual... o la meditación mindfulness convenientemente descafeinada para todos, sin rastro de su "retrógrado" contexto espiritual.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La destrucción creativa

Todo en este mundo está en perpetuo cambio y los equilibrios que percibimos en él son precarios. El clima cambia, los paisajes se transforman, las especies aparecen y se extinguen... En otro contexto, alguno ha llamado "destrucción creativa" a este proceso continuo. Esta evolución natural es lo que nos ha traído hasta aquí y nos ha hecho como somos.

Pero ahora los humanos vemos que esa evolución ya no es del todo natural, porque nosotros mismos  estamos interviniendo en ella de forma determinante. Entonces nos aplicamos al estudio de los ecosistemas y, desde nuestra nueva conciencia ecológica, entronizamos la biodiversidad como algo que hay que mantener a toda costa.

En España, por ejemplo, ahora se alimenta a los buitres de forma artificial para mantener sus poblaciones, ya que el abandono del campo ha hecho desaparecer los animales que les servían de pasto. Cada cierto tiempo se les echan cadáveres al comedero designado; ¡quién sabe si incluso les ponen mesa y mantel y los convocan al banquete con una campanilla! Lo mismo pasa con otras especies consideradas protegidas o en peligro de extinción.

Pero, mal que nos pese, la extinción de especies es lo más natural que hay. Ha sido una constante en la historia de la vida en la Tierra y la naturaleza siempre ha encontrado una manera de sobreponerse, desplegando unos recursos y una creatividad asombrosos. ¿Por qué insistimos nosotros en preservar especies cuando el ecosistema que las sustentaba ha desaparecido? No defiendo que se destroce la naturaleza alegremente y sin contemplaciones, pero ¿cuál es nuestra verdadera motivación al intentar conservar ciertas especies y no otras? Desde luego, no parece que tengamos mucha confianza en la Madre Naturaleza y su sabiduría ancestral...

Estamos en una era geológica que algunos llaman "antropoceno", en la que el ser humano se ha erigido en el máximo depredador de las demás especies y está dejando una huella sin precedentes en la Tierra. Es, desde luego, un status quo satisfactorio para nuestra identidad, porque por ahora ninguna otra especie parece amenazar nuestro dominio y control del planeta -solo nosotros mismos.

Por eso mismo, nuestro interés por preservar ciertas especies y ecosistemas también se puede ver de otra manera. Si la evolución natural es una película infinita, sin guion ni director conocido, el ciego conservacionismo equivaldría a congelar esa película (la constante evolución de las especies, con sus inevitables extinciones pero también con sus apariciones novedosas) en un solo fotograma, que se juzga valioso porque no supone un peligro para nuestra comodidad, seguridad ni dominio.

Entonces, este ecologismo superficial que insiste tozudamente en la biodiversidad, ¿es en realidad un amor desinteresado por la vida en sí o solo el egoísmo humano que pretende conservar un ecosistema que no nos amenace y nos proporcione cierto esparcimiento, adorno y compañía, incluso ahora que los humanos nos hemos convertido de hecho en la mayor amenaza para la biosfera? ¿Estamos trabajando a favor de la vida natural, en todo caos y su gloria, o más bien tratando a la naturaleza como si fuese un bonsai -un juguete domesticado a nuestra conveniencia?

Son preguntas que no hacen muchos amigos, pero que no puedo dejar de plantearme...

jueves, 15 de septiembre de 2016

Dejo que fluya, sin empujar con la mente

Una enseñanza de Shanjian -breve, pertinente y sobre todo útil, como siempre en él. Como en otros aspectos del Dharma, es fácil de leer y comprender intelectualmente, pero ¡qué distinto es llevarlo a la práctica! Aye, there's the rub... Solo la combinación de lectura, práctica y atención plena me puede ayudar a establecer el círculo virtuoso de retroalimentación que lo integre de verdad en mi vida como algo real, no fingido:

Siempre es difícil aprender algo cuando sobrevienen las dificultades o la pérdida. Pero es un error implicar al intelecto consciente en esa búsqueda. La razón es que el intelecto busca consuelo para su identidad y así los problemas no hacen más que racionalizarse.

En vez de eso, debemos aprender a confiar en la naturaleza, es decir, a escuchar a la voz interna de la Fuerza de la Vida y no a las voces de la identidad.

Esa voz interna no ofrece palabrería vana y consuelo, sino que provee experiencias que, cuando se traducen en la cognición, aportan una mayor confianza en la sabiduría natural de mente y cuerpo que:

1) no tiene apego y deseo, ni tampoco busca la permanencia en nada sino que admite que el cambio es la verdad eterna;

2) admite que no hay un “yo” real y que la verdad es que estamos conectados por un hilo natural e invisible a todos los seres vivos y que somos poco importantes en el esquema global de las cosas excepto para nuestra identidad viciada;

3) que la vida no tiene un sentido ulterior porque la naturaleza sólo necesita un impulso, que es simplemente mantener la Fuerza de la Vida con independencia de especies o individuos;

4) que la vida es conflicto, no paz, y que ese conflicto, cuando no es parte de la identidad, sirve al progreso natural de la evolución;

5) que el caos es el estado natural de todas las cosas, y que el orden que vemos es parte de nuestras herramientas naturales que ayudan a la Fuerza de la Vida a perpetuarse.

Así pues, cuando nos damos cuenta de que hay estrés, miedo, pánico, dificultades y todo tipo de problemas, así como impermanencia, ausencia de existencia real, ausencia de sentido, conflicto y caos constantes, entonces podemos entender que nuestra visión de la permanencia, la identidad, la búsqueda de paz y orden no es más que una reacción habitual para avanzar en la turbulencia creada por nuestras propias mentes. Cuando vemos que es así, quedamos libres de las cadenas de la mente y dejamos con ecuanimidad que la naturaleza tome el control de nuestras vidas, asistida por la mente como herramienta y divorciada de la identidad.

Bien, en estos momentos de zozobra la lección es observar con calma la verdad de la naturaleza y confiar en ella con ecuanimidad. No es fácil, es verdad, pero es correcto y natural y es lo mejor que puedes hacer, porque elimina toda ansiedad y miedo de la mente manchada humana.

Éste es el mensaje y la verdad que deberías aprender e intentar comunicar a todas las personas que están sufriendo en tu entorno en este momento. La identidad sufre, mientras que la verdad es la que libera a la mente encadenada. Tal como declaraban los antiguos Vedas indios, “La verdad te encontrará, no hace falta que la busques”.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La verdadera escucha

Un antiguo sabio del Dao dijo así: "La escucha que solo está en los oídos es una cosa. La escucha de la comprensión es otra. Pero la escucha del espíritu no se limita a ninguna facultad individual, al oído, o a la mente. Por tanto, requiere que estén vacías todas las facultades. Y cuando las facultades están vacías, entonces todo el ser escucha. Hay entonces una captación directa de lo que está ahí mismo, enfrente de ti, que nunca se puede oír con los oídos ni comprender con la mente".

Eso mismo, vivir con presencia total, lo podemos aplicar a cada uno de los demás sentidos y a la mente misma, tan propensa a viajes de fantasía por el pasado y el futuro... Pero sobre todo, lo podemos aplicar a nuestra vida en sí, a las impresiones que recibimos del mundo y también a las reacciones que tenemos ante ellas.

Es para eso para lo que nos entrena la práctica de la meditación: vivir con presencia, en la plenitud del ser, aquí y ahora -ese tesoro regalado que nos pertenece a cada uno pero que desperdiciamos con tanta alegría corriendo detrás de las quimeras de la mente o escapando de sus fantasmas.

Qué error es una vida gobernada por la mente...

sábado, 2 de julio de 2016

El grano y la paja

Qué profundo e inmenso es el Dharma... Realmente es inabarcable -igual que un océano, tal como decía Gautama.

¿Y nuestras vidas modernas, son igualmente profundas e inabarcables? El vistazo más superficial nos lo dejará claro, a poco honrados que seamos con nosotros mismos.

Pero la gente quiere algo más... Quiere algo que por lo menos suene y huela a mar, incluso si aún no están dispuestos a entrar al agua y aprender a nadar entre las olas.

Entonces surgen todo tipo de adaptaciones de lo inabarcable a lo accesible... Las hay de todos los colores, según sea la comprensión y la honradez de quienes las ofrecen.

El problema que siempre se plantea en estas adaptaciones es qué se incluye y qué se queda fuera.

En castellano se habla de separar el grano de la paja, lo esencial de lo accesorio. Hace falta mucha sabiduría para discernir una cosa de la otra.

Pero, dado que algo hay que desechar, aquí viene más a cuento el dicho inglés Don't throw out the baby with the bathwater (no tirar al bebé con el agua del baño).

El Dharma es al budismo como el bebé es al agua del baño.

domingo, 27 de marzo de 2016

Lo asombroso

Albert Einstein dijo una vez que lo más incomprensible del universo es que resulta comprensible. Como muestra de que su comprensión era correcta en gran medida, su hipótesis sobre las ondas gravitacionales ha recibido una confirmación espectacular hace pocas semanas, casi cien años después de que la formulara.

Para mí, hay aspectos del Dharma que resultan igualmente asombrosos.

Uno es que el despertar, la liberación, la experiencia íntima de la naturaleza de la mente que alcanzó Gautama, se pueda replicar en la experiencia de otros. Lo que parece más subjetivo, privado o incluso "egoísta" es lo que a la postre me saca de la prisión del ego y me abre a lo que hay. Para eso no hacen falta complejos y carísimos experimentos; cada uno es su propio laboratorio.

En paralelo a eso, siento otro misterio maravilloso: que descubrir y comprobar cómo funciona la mente en sus varias fases, tanto cognitivas como no, genere en la persona una revolución "moral" (a falta de un término mejor), no solo intelectual.

El Dharma, que desde fuera podría parecer frío y cerebral, cuenta con maestros radiantes de calidez humana. Como si fuesen estrellas, llegado cierto momento empiezan a irradiar la luz de la sabiduría y el calor de la compasión -señal de que han integrado el Dharma en su propia naturaleza, con sus principios femenino y masculino.

Los homo sapiens hemos sobrevivido durante miles de años sin saber nada de la relatividad, las ondas gravitacionales o la fusión nuclear que ocurre dentro de las estrellas. Pero me pregunto si habríamos durado tanto sin la presencia esporádica pero sostenida a lo largo de todo ese tiempo de estas luminarias humanas -el testimonio de que hay algo más allá de nuestra pacata y alicorta "realidad" cotidiana y la esperanza de que algún día nosotros también podremos alcanzarla- o nos habríamos hundido hace tiempo en la barbarie y la destrucción mutua.

viernes, 25 de marzo de 2016

Enseñanza de Shanjian sobre la injusticia (y 2)



La verdad es que la mayoría de nosotros somos incapaces de soportar sentirnos comunes y corrientes; casi preferiríamos ser especiales o morir. El principal culpable de esto, por supuesto, es nuestra identidad, a la que tratamos como nuestra posesión más preciada, permitiéndole que maneje nuestras vidas.

Estamos presos de un espejismo colosal, que sin embargo tiene terribles consecuencias prácticas para nuestro entorno y para las vidas que vivimos. Nos sometemos al imperio de la ley humana, que en realidad es ajena e ignorante de la Fuerza de la Vida. Violamos nuestra conexión con la naturaleza, le damos la espalda a nuestro potencial intrínseco, y nos topamos con toda suerte de problemas y conflictos no naturales en la red enmarañada de intereses de la identidad que gobierna nuestras vidas. No es ninguna sorpresa que suframos. Es más, somos propensos a gritar “¡Qué injusticia!” ante cualquier revés, cuando de hecho somos culpables de la primera y más grave ofensa.

Pero veamos algunos ejemplos concretos un momento.

Presentas una idea brillante y otro se apunta el mérito.

Alguien mete la pata y te toca arreglar los desperfectos que ha dejado tras de sí.

Confías en alguien y traiciona tu confianza, yéndose de la lengua con un tercero.

Te pasan por alto para una promoción que te mereces en el trabajo.

Son casos cotidianos en los que muy probablemente sientes tu dignidad ofendida por una injusticia que clama al Cielo. Pero esta reacción común evita el meollo de la cuestión, que es la injusticia máxima que hemos cometido para empezar: el daño que nos hemos hecho a nosotros mismos y a toda la vida al ponernos del lado de las identidades y arrojar a nuestra propia naturaleza a un ostracismo injustificado. Nuestra indignación solo refleja la mitad de la verdad.

Hay un vertido en alta mar y de repente tu televisión muestra imágenes de pelícanos cubiertos de viscoso y negro chapapote, aleteando impotentes para escapar del desastre volando.

Hay un incendio forestal porque algún individuo o empresa quiere urbanizar ese pedazo de suelo en concreto. Todo tipo de árboles, arbustos y animales, incapaces de escapar a la furia de las llamas, quedan reducidos a cenizas.

Ves un bonsai de una especie por lo demás majestuosa, encogido a tamaño pigmeo para satisfacer el engreimiento humano con todo tipo de trucos que impiden su crecimiento natural.

Lees sobre gansos a los que se ceba dolorosamente y se sacrifica para disfrute de unos pocos paladares exigentes.

Una vez más, tu sensación de agravio se enciende, esta vez en aparente defensa de la Fuerza de la Vida de los demás... pero también te quedas corto y yerras el tiro si no te incluyes a ti mismo en el cuadro. Porque nosotros también hemos cubierto nuestra propia naturaleza con el chapapote de nuestra confusión, la hemos quemado con el fuego de nuestros deseos, la hemos mutilado hasta someterla con las tijeras podadoras de nuestra aversión y hemos intentado cebarla con la comida basura de nuestra identidad.

¿No estás de acuerdo en que la mayoría de las veces este sentido de indignación por la injusticia que cometen los demás tiene un conveniente efecto narcótico sobre tu disposición a examinarte honradamente a ti mismo antes de tirar la primera piedra?

Pero volvamos a nuestra pregunta inicial. ¿Qué hacemos cuando nos cruzamos con una injusticia cometida contra nosotros o contra otros?

El primer paso, por supuesto, debe ser restaurar la justicia dentro de nosotros y hacer las paces con nuestra naturaleza distanciada. Solo entonces estaremos en posición de revisar la situación tranquilamente, con compasión, afecto benevolente y ecuanimidad, y hacernos esta pregunta: Esta aparente injusticia, ¿de verdad le está haciendo daño a la Fuerza de la Vida (es decir, a nuestro derecho o el de cualquier otro ser vivo a sobrevivir) o por el contrario le está haciendo daño a nuestra identidad o la suya?

Sabemos que las identidades no son naturales y por tanto no tienen nada que reclamar con respecto al derecho a sobrevivir de la Fuerza de la Vida; sin embargo, también sabemos qué bien imitan sus modos y maneras y usurpan sus prerrogativas. Debemos andarnos con mucho cuidado en nuestra evaluación.

Bodhidharma tenía algo interesante que decir sobre cuando sufrimos una injusticia:

Cuando los que buscan un camino se topan con una adversidad, deberían pensar para sí mismos: “En incontables edades pasadas le he dado la espalda a lo esencial para irme a lo trivial y he errado por todo tipo de existencias, a menudo airado sin causa y culpable de transgresiones sin número. Ahora, aunque no cometo mal alguno, se me castiga por mi pasado. Ni los dioses ni los hombres pueden prever cuándo dará fruto un acto malvado. Lo acepto con el corazón abierto y sin quejarme de la injusticia”. El sutra dice: “Cuando te cruzas con la adversidad no te enojes, porque tiene sentido”. Si mantienes esa comprensión, estás en armonía con la razón. Y al sufrir la injusticia entras en el camino.

Nos perdemos el mensaje esencial si interpretamos que esto se refiere a vidas pasadas o a otras fantasías de escaso valor práctico aquí y ahora. La verdad del asunto es que Bodhidharma está hablando del interminable ciclo de renacimientos de la identidad, en el que hemos estado enmarañados desde tiempos inmemoriales –esto es, desde el principio de nuestra vida, “dándole la espalda a lo esencial para irnos a lo trivial y errando por todo tipo de existencias, a menudo airados sin causa y culpables de transgresiones sin número”. Al seguir el tortuoso camino del deseo y apego de la identidad, hace tiempo que hemos olvidado nuestra verdadera naturaleza de seres humanos y nos hemos conformado con una imitación de tercera categoría. Esta es en sí misma la madre de todas las injusticias contra la Fuerza de la Vida –y allá donde vayamos, llevamos a cuestas sus semillas y de vez en cuando sus amargos frutos, mientras no nos zafemos de su trampa.

Es esto, un karma que hemos acumulado nosotros y nadie más, lo que distorsiona irremisiblemente nuestra experiencia de la injusticia. Mientras no nos enfrentemos a esa realidad, nuestra visión de lo que es justo e injusto será irremediablemente defectuosa. Tenemos que aceptar nuestra responsabilidad por esta escisión que hay en nuestro interior y comprometernos a repararla.

En cuanto admitimos la injusticia primordial que llevamos dentro, damos un primer paso crucial para remediarla, recobramos una perspectiva correcta sobre la vida y recuperamos nuestro lugar en el orden general del universo.

Al hacerlo, podemos encontrarle un buen uso a las ocasiones en las que sufrimos la injusticia –de hecho, el mejor uso posible: el que disuelve nuestro sufrimiento, desactiva las trampas de nuestra indignación llena de identidad, y nos deja en posición de asegurarnos que servimos a la Fuerza de la Vida en todas las circunstancias y lo mejor que podemos.

Solo entonces seremos capaces de “aceptarlo con el corazón abierto y sin quejarnos de la injusticia” –cuando el lodo del sufrimiento de la identidad produzca la flor de loto de la comprensión y la rectitud.