lunes, 12 de diciembre de 2011

¡Disfrutad, disfrutad, malditos!



Ayer, al salir del baño por la mañana, tuve una experiencia surrealista: fui asaltado por un mensaje impreso en una caja. Así, sin más, directo a la vista: ¡Paff!

Era la típica caja de madera de frutas y hortalizas, que por lo visto me acechaba junto a la puerta. Luego vi que traía judías verdes de Marruecos.

El mensaje en cuestión decía Goûtez la différence, es decir, “Pruebe la diferencia”, pero también “Disfrute la diferencia”.

Si no acabara de releer el Xinxinming (“Haz la más mínima distinción… y cielo y tierra se separan hasta el infinito”), igual me habría pasado desapercibido; pero con las advertencias de de Sengcan en el recuerdo, esa invitación mañanera a adentrarme en gustos y discriminaciones me pareció todo un manifiesto anti-Dharma en miniatura.

¿Exagero? Diría que no. Ningún punto de apoyo, por nimio que parezca, es despreciable para unas identidades volcadas en salirse con la suya para meter palanca y hacerse un hueco entre cielo y tierra. Ellas crecen y se multiplican entre los polos de la dualidad, y una de sus armas favoritas son los gustos y no-gustos. Y a nuestra mente pura, que le den dos duros.

Ahora todo esto me sugiere, ignoro por qué extraños recovecos de la memoria, un pasaje de los evangelios cristianos:

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan: sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (S. Mateo 6: 19-21).

Una visión más budista diría que es el corazón, o mente pura (xīn, ), el que es nuestro tesoro. Eso sí que es relevante aquí y además encaja bien con algunas experiencias que he tenido.

Por ejemplo, durante las últimas semanas de vida de mi padre llegué a la convicción de que la atención es lo más valioso que podemos dar a otros, y por ende lo más valioso que tenemos. Parece una tontería, por insustancial y ordinaria, pero no es así; seguro que mucha gente que ha pasado por un trance similar sabe de qué hablo: que la atención humana puede ser benéfica, nutritiva y hasta curativa es algo que se capta muy bien tratando con enfermos y con niños pequeños. Lo asombroso es ver con qué alegría estamos dispuestos a desperdiciarla y entregarla al mejor postor. Es más, casi se diría que nos alivia que nos la quiten de encima.

Pues bien, hay muchos que están encantados de aliviarnos de ese peso. Políticos, mercaderes y publicistas saben que donde esté nuestra atención, allí también estará en potencia su tesoro –es decir, su beneficio. Por eso hay una competición tan desaforada por atraer nuestra atención en carteles, rótulos luminosos, sintonías, escaparates… Con las redes sociales y twitters uno aún puede mantenerse al margen, pero ya ni siquiera bajo tierra estás a salvo porque hasta en los andenes y vagones del metro han entrado las televisiones de circuito cerrado que te vomitan encima sus mensajes, quieras o no.

Es un acoso en toda regla, como si fueras un paciente ingresado a la fuerza en un hospital, al que le han colocado una vía con un tratamiento irritante que no has pedido ni tampoco te hace falta.

¿Y toda esta perorata, por una simple caja de judías verdes? Sí, pero es un ejemplo del tráfico de mensajes que nos rodean y bombardean a diario, sumergiéndonos en una marea de incitaciones centrífugas, alienantes y nada inocentes. Sus responsables no nos sacan directamente el cerebro y lo someten a un lavado integral porque aún no pueden.

A veces vislumbro un futuro de pesadilla donde, si seguimos así, estará prohibido meditar para liberar la mente de toda esta montaña de basura y hacerla inmune a sus insistentes cantos de sirena sacacuartos. O, peor aún, donde las únicas meditaciones disponibles serán placebos azucarados que solo sirvan para mantener sedada a la gente, mientras creen que lo están haciendo fenomenal. Diferenciaremos, discriminaremos y disfrutaremos de nuestros gustos como si la vida fuese eso (y barreremos el sufrimiento bajo la alfombra); pero en el fondo seremos autómatas consumistas, extraviados en la separación infinita de todas las cosas.

Quizá ese día no esté tan lejos… A lo mejor ya está aquí, llamando a la puerta… con una sonrisa deslumbrante y otro eslogan comercial en los labios, listo para disparar como si fuera un arpón.

3 comentarios:

javuchi dijo...

No puedo creer que finalmente lea esto de tu teclado. :)
El siguiente paso será darte cuenta de que hay una asociación de gente infectada hasta el cuello de codicia, que está conspirando contra nuestra naturaleza, usando la identidad como arma.
Sin duda es una ilusión, pero también es un obstáculo. La razón última puede que sea la identidad y la dualidad, pero de mientras ellos hacen escuelas donde enseñan sus valores productivos esclavistas y consumistas, mientras por la tele te dicen como tienes que ser, que creer, y mientras te envenenan con drogas (medicinas, conservantes y edulcorantes).
El dharma no debería entrar en política... pero eso era en la época de Budha. Hoy los políticos, los mercados y los banqueros tienen tanto poder que se han convertido en la principal forma de promover la identidad y la dualidad, incluso aunque ellos no lo sepan.

Jué-shān 崫 山 dijo...

¡Eh, para, no tan deprisa! Dame al menos un par de años más… Es un paso bastante grande respecto de donde estoy ahora ;-)

javuchi dijo...

Vale, te espero. ;)