lunes, 1 de octubre de 2007

A vueltas con el esfuerzo

Uno de los mitos más comunes en ciertos círculos, basado en una comprensión incompleta de doctrinas hinduistas de popularidad creciente en Occidente, advierte sobre las supuestas contraindicaciones del esfuerzo para la búsqueda espiritual. En cierto sentido no es motivo de asombro, sino un reflejo de estos tiempos en los que el péndulo de los valores ha oscilado a favor de ideas como la espontaneidad y la creatividad a expensas del esfuerzo y la memoria, a los que ahora se les atribuye un tinte casi fascista. A pesar de que parece más natural en este ambiente, sigue siendo sorprendente lo fácil y provechoso que resulta tergiversar las enseñanzas tradicionales a base de extraer de ellas sólo lo que nos interesa e ignorar todo lo demás, y lo rápidamente que estas medias verdades, siempre que estén bien empaquetadas y promocionadas, se extienden entre un coro de voces que las ensalzan, vitorean y devoran como si fueran una nueva fórmula para la paz interior, la felicidad y la iluminación personal.

Es muy evidente que el camino espiritual está lleno de aparentes contradicciones que hacen de él algo sumamente paradójico. Y es cierto también que ante la cuestión del esfuerzo –como ante tantas otras– hay que hilar muy fino: si todo el camino espiritual culmina en la conciencia de que no hay individuos y que nuestra separación aparente es una ilusión, ¿quién es el que hace el esfuerzo, y quién el que llega a esa conciencia? Por eso, por ejemplo, el Dharma a menudo se describe a sí mismo como un camino sobre el que se camina, pero sin que en realidad haya nadie que esté caminando. Como en tantos otros casos, la enseñanza sobre el esfuerzo individual también es una moneda de dos caras; falseamos la realidad si no las incluimos ambas en la receta. A la hora de ilustrar esa paradoja no conozco nada más pertinente que el dicho sufí que trata de la iluminación: “Esta cosa de la que hablamos no se puede encontrar mediante la búsqueda, pero sólo los buscadores la encuentran”. Muchos proclaman lo primero y olvidan lo segundo, pero esa verdad a medias es más engañosa que un embuste con todas las de la ley.

Es algo que harían bien en recordar quienes abrazan esta filosofía del no-esfuerzo, tan seductora en su versión comercial para nuestro estilo de vida apresurado, interesado siempre en la gratificación inmediata de deseos y apetencias a cambio de la mínima inversión posible. Si todo está bien tal como es y nunca hay que hacer ningún esfuerzo porque el esfuerzo mismo es lo que nos impide experimentar esa pretendida perfección de la realidad, ¿qué mejor licencia para continuar con nuestras vidas como hasta ahora sin preocuparnos de cambiar ni hacer nada que pueda importunarnos (o que pueda ayudar a los demás)? En el fondo, en el camino espiritual todos queremos apuntarnos al salto con pértiga que nos catapulte desde donde estamos ahora directamente a la iluminación, sin pasar por el arduo y exigente proceso de limpiar y desactivar el equipaje que hemos ido acumulando a lo largo de los años.

Ah... pero hay un problema con el planazo este de la perfección infusa. El problema es que, por mucho que lo afirmen las voces más reputadas de Oriente y Occidente, y por muchos libros que leamos o charlas que escuchemos, las cosas rara vez son así de perfectas en nuestra experiencia: una mirada despejada a nuestro alrededor o a nosotros mismos pasada la euforia inicial nos lo dejará bien claro si es que teníamos dudas. Y, si somos sinceros, reconoceremos que no hay palabras suficientes en el mundo para convertir esa idea de la supuesta perfección de la realidad en experiencia directa propia, de primera mano, sin sombra de duda. Por suerte o por desgracia, la mera información no transforma nuestra manera de experimentar la vida. Es algo parecido a dejar un hábito adictivo como fumar: es verdad que los libros y los talleres te pueden ayudar hasta cierto punto, pero en algún momento del proceso hace falta que intervenga algo más que pertenece a un orden inaccesible a la mente cognitiva. La mente se aplica para generar unas condiciones en las que se puede producir ese encaje de lucidez, convicción y firmeza; pero, en grado variable según las circunstancias de cada cual, ese encaje es algo que nunca se puede forzar deliberadamente ni controlar del todo.

Volviendo al esfuerzo, quizá sea útil leer las palabras de otro sabio indio sobre este asunto, en las que traza un boceto de Siddhartha Gautama de camino a convertirse en el Buda, “el despertado”. Es algo más florido que los relatos tradicionales, desde luego, aunque se trata de una licencia tolerable en la medida en que describe perfectamente unos mecanismos sólo adumbrados en el terso dicho sufí, pero que resultan tan comunes y extensibles a cualquier empresa humana que prácticamente tienen validez universal:

“El camino de la meditación es arduo y muy contradictorio. No hay nada que puedas encontrar más contradictorio que la meditación. Es contradictoria porque tiene que comenzar como esfuerzo y debe terminar como ausencia de esfuerzo. Pero así es como es. Quizá no seas capaz de captar con la lógica cómo ocurre, pero en la práctica sucede. Llega un día en el que simplemente te hartas de tu esfuerzo y éste se desprende.

“Así le ocurrió a Buda. Durante seis años realizó todos los esfuerzos posibles. Ningún ser humano ha tenido una obsesión semejante por llegar a la iluminación. Hacía todo lo que podía. Iba de un maestro a otro, y todo lo que se le enseñaba, lo hacía perfectamente. Ése era el problema, porque ningún maestro podía decirle, “No lo estás haciendo bien, y por eso no obtienes resultados”. Eso era imposible. Practicaba mejor que cualquier maestro, así que los maestros tenían que confesar, “Esto es todo lo que tenemos que enseñar. No sabemos nada más que esto. Busca en otro sitio”.

“Era un discípulo peligroso, y sólo los discípulos peligrosos tienen éxito. Estudiaba todo lo que podía. Cualquier cosa que se le dijera, la hacía, exactamente tal como se lo habían dicho. Luego iba al maestro y le decía, “Lo he hecho, pero no ha ocurrido nada. Y ahora, ¿qué?”

“Los maestros le decían, “Hay un maestro en los Himalayas, ve ahí”. O, “Hay un maestro en tal bosque, ve ahí. No sabemos nada más que esto.”

“Durante seis años dio vueltas y más vueltas. Hizo todo lo factible, todo lo humanamente posible, y entonces se hartó. La empresa entera parecía inútil, estéril, sin sentido. Una noche relajó todos sus esfuerzos. Estaba sentado bajo el árbol del bodhi y dijo, “Ahora todo se ha acabado. No tengo nada que hacer en el mundo. Todo se ha acabado. No sólo en este mundo, sino en el siguiente también”.

“De repente, todos los esfuerzos se desprendieron. Estaba vacío, porque cuando no hay nada que hacer, la mente no puede moverse. La mente se mueve sólo porque hay algo que hacer, alguna motivación, alguna meta. La mente se mueve porque algo es posible, hay algo que se puede conseguir, si no hoy, entonces mañana. Si existe la posibilidad de conseguir algo, la mente se mueve.

“Esa noche Buda llegó a un punto muerto. En realidad, murió en ese preciso instante porque no había futuro. No había nada que conseguir, ni nada que pudiera conseguirse. “Lo he hecho todo. El mundo entero es inútil y toda esta existencia es una pesadilla”. No sólo se le antojó fútil el mundo material, sino el espiritual también. Se relajó. No es que hiciera nada para relajarse. Esta es la cuestión que hay que entender: no había nada que le provocara tensión, por tanto se relajó. No hubo esfuerzo alguno por su parte para relajarse.

“No es que intentara relajarse bajo el árbol del bodhi. No había nada que hacer, nada por lo cual estar tenso, nada que desear, ningún futuro, ninguna esperanza. Esa noche su desesperanza era total. La relajación ocurrió. No puedes relajarte si queda algo que conseguir que sigue dando vueltas en tu mente. Le das vueltas y vueltas y más vueltas. Pero esa noche, las vueltas pararon de repente, la rueda se paró. Buda se relajó y se durmió. Cuando se despertó por la mañana, la última estrella se estaba poniendo. Vio cómo desaparecía la última estrella, y con esa estrella él desapareció por completo, se convirtió en un ser iluminado.

“Entonces la gente empezó a preguntarle, “¿Cómo lo has conseguido? ¿Cuál ha sido tu método?” Podéis comprender la dificultad de Buda. Si decía que lo había logrado usando algún método, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había método. Si decía que lo había logrado a través del esfuerzo, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había esfuerzo. Pero si decía, “No hagáis esfuerzo alguno y lo lograréis”, también sería un error, porque esos seis años de esfuerzo eran el telón de fondo de su ausencia de esfuerzo. Sin esos seis años de intenso esfuerzo, no se podría haber logrado este estado de no-esfuerzo. Sólo a causa de ese denodado esfuerzo llegó a la cumbre. Luego, cuando ya no tenía adonde ir, se relajó y cayó al valle.

“Hay que recordar esto por varias razones. El esfuerzo espiritual es el más contradictorio de los fenómenos. Hay que hacer el esfuerzo, con plena conciencia de que nada puede lograrse a través del esfuerzo. Hay que realizar el esfuerzo únicamente para alcanzar el no-esfuerzo, porque si te relajas, nunca llegarás a la relajación que le vino a Buda. Sigues haciendo todos los esfuerzos, hasta que de forma automática llega un momento en el que a base de puro esfuerzo llegas a un punto en el que te ocurre la relajación.”

Como dijo otro sabio: quien tenga oídos, que oiga.

1 comentario:

Sherab Chodren dijo...

No sé si se han comentado este blog otros lectores, ni siquiera si ha habido otros lectores aún, ya que se trata de un jardín en la primavera de su infancia, pero deseo que la fragrancia de estas flores penetre en todo rincón dónde ecuentre una tierra rica y fértil y que perdure en cualquier forma que admita la impermanencia natural de la vida. Ku-xin Shan