miércoles, 4 de agosto de 2010

Trampas en el solitario


Ayer, leyendo un manual de Qigong, me crucé con una frase en la que el autor afirmaba que si esta gimnasia energética china es tan popular en todo el mundo, aun sin contar con el apoyo de las grandes compañías farmacéuticas ni del estamento médico internacional, es porque funciona.

Se me ocurre otra explicación posible, que se puede aplicar lo mismo al Qigong que a la astrología o –¿por qué no? – a los supuestos progresos espirituales de los que algunos alardean en público tras haber realizado un cursillo de meditación. Se trata de la disonancia cognitiva.

En esencia, lo que sostiene esta teoría, formulada por el psicólogo norteamericano Leon Festinger, es que los humanos buscamos la consonancia entre nuestras acciones y creencias pero que, cuando detectamos una discrepancia entre lo que creemos y lo que hacemos, somos mucho más propensos a cambiar nuestras creencias para ajustarlas a nuestras acciones que viceversa, como cabría esperar.

Un ejemplo ilustrativo de disonancia cognitiva es el siguiente experimento, que Festinger llevó a cabo en una universidad de EEUU.

Primero reunió a un grupo de estudiantes voluntarios, a los que pidió que acudieran al laboratorio cierto día para ayudarle a completar un estudio de gran importancia. De ese grupo, a una minoría les prometió una paga muy generosa (pongamos que 20 dólares) y, a la mayoría, otra más bien modesta (digamos que 2 dólares; las cantidades dan igual), pero eso sí, sin que nadie supiera lo que cobraban los demás.

Llegado el día, los estudiantes se presentaron en el laboratorio y Festinger los puso a cada uno a realizar por separado la tarea más infamemente aburrida que se le pudo ocurrir. Luego se marchó y los dejó solos.

Al cabo de unas buenas horas, volvió y se dirigió uno por uno a los estudiantes para explicarles que las cosas iban más despacio de lo que se había imaginado, que él se había movilizado para reclutar a otro grupo de voluntarios, y que ahora cada uno de ellos tenía que hablar con un voluntario para explicarle el trabajo y la necesidad imperiosa de completarlo a tiempo.

Poco después de incorporarse esta segunda tanda de participantes, Festinger dio por concluido el “estudio”; a continuación, entrevistó uno por uno a los ayudantes de refuerzo y recopiló de ellos las razones que les ofrecieron los estudiantes para convencerles. El resultado fue muy interesante: las justificaciones más entusiastas del experimento no procedían de los que cobraban 20 dólares, que en general hablaron fatal de su experiencia, sino de los que sólo cobraban 2.

¿Cuál fue la explicación de Festinger? Tiene que ver con las expectativas y las recompensas. Tanto los que cobraban $20 como los que cobraban $2 creían en principio que iban a participar en algo grande y muy estimulante; sin embargo, la realidad desmintió brutalmente sus expectativas. Ante esa decepción, los de $20 contaban con una recompensa material suficiente que les permitía ver la realidad tal como era (“Me he aburrido como una ostra durante 5 horas pero al menos me he sacado 20 pavos”); en cambio, los de $2 ni siquiera tenían esa opción. ¿Su solución? Para evitar la intolerable sensación de que habían desperdiciado tiempo y esfuerzo, no les quedaba otra que valorar altísimamente su labor, para así “cobrarse” en forma de mérito el déficit de justificación que suponía su escasa paga. Se trataba, en definitiva, de una racionalización.

Pongamos otro ejemplo. Es verano y has contratado en una agencia un viaje a Cancún con todo incluido por 657 €. Pero un día vas por la calle y te encuentras otra agencia que ofrece el mismo viaje por 499 €. Tu primera reacción es: “No puede ser, seguro que hay diferencias”. Aliviado por esa certeza conveniente pasas de largo, pero esa tarde ves el mismo anuncio en internet y lo investigas un poco. ¡Vaya chasco! Todo es idéntico: las fechas, la línea aérea, el hotel, la pensión completa… pero por 158 € menos.

Vaya… y ahora, ¡¿QUÉ?!

Según la teoría de la disonancia cognitiva, desde el momento de tu decepción, tu mente va a estar buscando por todos sitios razones que puedan justificar por qué en el fondo has hecho bien en contratar la oferta de 657 € en vez de la de 499 €: que si tienes mejor sitio en el avión, que si te dan mejor comida, que si la habitación del hotel tiene mejores vistas o está más lejos de la cocina… incluso puede aducir la tranquilidad de tener el viaje cerrado algunos días antes. La mente es así de tramposa… y nosotros podemos elegir cooperar con ella de buen grado si nos encaja. Esta viñeta de Dilbert lo caricaturiza, pero, si lo miras de forma imparcial, verás que esa maniobra está presente en toda nuestra vida cotidiana, al menos como tentación:



¿Cómo se aplica esto a la pervivencia de quiromantes, astrólogos y chalanes de feria surtidos que han existido en todas las culturas desde la noche de los tiempos? Muy fácil. Dejando al margen la posible precisión de sus tratamientos o predicciones –que en muchos casos se puede explicar por un buen manejo de la psicología humana por parte del “experto” (véase también el artículo sobre el efecto Forer en The Skeptic’s Dictionary, en la sección de enlaces del blog)–, simplemente por haber invertido su tiempo y su dinero el paciente ya tiene un interés directo en creer que la consulta o terapia es eficaz; y cuanto más extensa y costosa haya sido su inversión, más fuerte será su creencia. 


Esa circunstancia hace que proliferen por doquier tipos inconscientes o sin escrúpulos, dispuestos a vender a los incautos lo que tan afanosamente buscan. En esa relación, lo que el “experto” hace a menudo es “leer” al paciente, acompañarle y darle ingredientes seleccionados de su arsenal para que él mismo se construya su propia auto-convicción; y, aunque suene absurdo, cuanto más quiera creer el paciente, más estará dispuesto a pagar para que alguien le suministre los materiales para su fantasía. Quizá eso explique por qué, en la misma sesión de sauna india intensiva en la que hace poco murieron sofocadas tres personas en el desierto de Arizona, hubo quien afirmó haber alcanzado un “gran avance espiritual” –todo ello al módico precio de nueve mil y pico dólares (ver http://www.nytimes. com/2009/10/19/us/19lodge.html?scp=3&sq=death+sweat+lodge+ Arizona&st=nyt y también http://www.nytimes.com/2009/10/12/us/12lodge.html?scp=7&sq=death +sweat+lodge+Arizona&st=nyt).

También de esto, entre otras cosas, es de lo que trata el Dharma de Buda: de los engaños de la mente manchada por la identidad. Eso no quiere decir en absoluto que todas las disciplinas llamadas espirituales sean un engaño; pero desde luego en todas ellas, tanto en el Qigong como en el budismo, la mente siempre está presente, agazapada y al acecho, esperando un descuido para jugárnosla. Cuidado con ella. Es rápida, hábil y tan vieja como el mismo diablo, que, como se dice, sabe más por viejo que por diablo. 



Esta incómoda compañía es parte de nuestra herencia genética como especie –fruto de los “pecados de nuestros ancestros– y es otro de los motivos por los que es práctico contar con la guía de un buen maestro. Vista la inveterada propensión humana al auto-engaño, sobre todo si nos conviene, tener a alguien al lado que sea capaz de decirnos que “No” cuando hacemos trampa puede convertirse en una ayuda de valor incalculable.

Aun así, la responsabilidad última siempre recae sobre nuestros propios hombros.

2 comentarios:

javuchi dijo...

Imagino que la disonancia cognitiva funcionará más en unos individuos que en otros. En mi caso, el ejemplo de la viñeta hubiera generado confusión en primera instancia, y luego hubiera dejado el trabajo (lo sé con certeza porque ya me sucedió con algún trabajo), y en el ejemplo de los estudiantes hubiera dicho que es una mierda en cualquiera de los dos casos. Bien pensado, encuentro pocas veces en mi vida que me haya aferrado a algo hasta el punto de justificarla de esa manera. Pero imagino que por eso también soy un raro en esta sociedad.

Jué-shān 崫 山 dijo...

Así es: cada cual será más o menos proclive a usarla, pero será raro que alguien esté totalmente libre de ella.

Los dos ejemplos que mencionas son casos extremos -de hecho, uno es una caricatura. La disonancia puede funcionar en aspectos mucho más normales de la vida sin que nos demos cuenta.

Es simplemente un posible elemento más que considerar en el funcionamiento de la mente.