domingo, 11 de octubre de 2009

Temporada de caza

Fin de semana largo en Can Catarí... Cielos despejados y azules, temperatura cálida para estas alturas del año, aunque las noches ya refrescan. Todo en la naturaleza está a lo suyo, siguiendo su curso como siempre hace... las mariposas aletean entre las últimas flores del verano, los olmos y acacias empiezan a mostrar colores amarillos, anaranjados y pardos en su follaje, las ardillas recolectan almendras y nuestros perros sestean apaciblemente al sol de octubre entre graznidos ocasionales de alguna rapaz...

Eso es, hasta que suenan los primeros rugidos de quads y motos que anuncian la llegada del gran depredador: el ser humano, que este fin de semana desdobla sus funciones habituales de excursionista estruendoso para hacer además de cazador. No hay nada como esta invasión rutinaria que me haga sentir más vivamente qué fuera de lugar está el hombre moderno en la naturaleza, qué violencia y agresión trae consigo, qué ignorancia y desprecio de los ritmos naturales –que, paradójicamente, son también los suyos, por olvidados que los tenga. Y entonces suenan los primeros disparos...

Nunca entendí la afición a matar por matar. Las razones comunes que suelen ofrecer los que cazan me suenan más bien a racionalizaciones descaradas (porque pocos reconocen abiertamente que les mueve el placer de quitarle la vida a otros seres):

- Que si es para comerse lo que cazan; pero ¿no sacrificamos ya suficientes animales en nuestra industria alimenticia? Si esa industria realmente crea productos animales tan insalubres como dicen, ¿no deberían hacerse vegetarianos, irse de la ciudad al campo y montar su propia granja, o cazar todos los días? ¿Son de verdad tan escrupulosos siempre con todos los productos que comen?

- Que si es para reducir las poblaciones de algunas especies que amenazan el equilibrio natural; pero qué curioso que ese noble y desinteresado gesto sólo ocurra esporádicamente y en los momentos más convenientes para la agenda del cazador (otra cosa sería que realmente se preocuparan tanto del hábitat como para renunciar a lo demás y se dedicaran regularmente a restaurar la armonía natural –y no sólo a perdigonazos– aunque fuese a costa de sacrificios personales y sociales).

- Que si lo hacen porque les encanta la naturaleza; bueno, a mí me encanta el Museo del Prado y no se me ocurre ir a visitarlo con una escopeta para descerrajarle dos tiros al primero que vea de mis cuadros favoritos... ¿O es que no se puede disfrutar de la naturaleza sin tratarla a balazos?

Lo mire por donde lo mire, al final lo que oigo en todo ello son justificaciones de quita y pon, para aducir u olvidar a conveniencia, pero con un fondo común que no se suele confesar: a fin de cuentas, matan porque les gusta matar (o no les horroriza lo suficiente).

Y ahí es donde es relevante el Dharma. Como es bien sabido, uno de los cinco preceptos básicos del budismo es abstenerse de quitar la vida a otros seres. No es un mandamiento en el sentido judeo-cristiano; es una recomendación que refleja una intimidad con la fuerza de la vida que anima a todos los seres. Y esa fuerza es una sola: la misma para el conejo entre las viñas que para el orondo y bigotudo homo sapiens que se ha equipado para darle muerte como si fuera a combatir a Afganistán.

Es verdad que todo ser vivo se alimenta de otros seres vivos, pero sólo por estricta necesidad. A ese efecto, la propia fuerza de la vida siente una repugnancia intrínseca ante el acto de matar; es algo sutil, pero muy real si te permites escucharla.

Además, aunque no sea una reacción mental, si lo piensas también es lógico que sea así para evitar matanzas indiscriminadas y arbitrarias entre animales, que podrían llegar a amenazar la supervivencia de las especies. Eso es el reverso de esa ley del mínimo esfuerzo que lleva a los depredadores a no perseguir a los ejemplares más robustos entre sus presas sino a los más débiles, con lo cual además de alimentarse hacen sin saberlo el trabajo de la selección natural y potencian la aptitud global del grupo depredado. En general, entre animales se mata lo mínimo imprescindible y lo menos boyante; así opera el sistema integral de la naturaleza. En muchas culturas humanas ancestrales, se entendía además que esta necesidad común de matar plantas y animales para sobrevivir establecía un lazo sagrado con las presas, que tienen el mismo impulso y derecho que nosotros a seguir viviendo, y se las sacrificaba con dignidad, respeto y agradecimiento por el regalo precioso que hacían.

¡Cuánto y qué lamentablemente nos hemos alejado de la unidad con nuestras raíces naturales!

2 comentarios:

javuchi dijo...

Resulta curioso porque aquí, donde tenemos una casa en la montaña, sucede lo mismo con los cazadores, pero no con los animales depredadores.
Tenemos un conocido con el que hemos pasado unas cuantas tardes en el monte (él es cabrero) que nos ha contado historias terribles acerca de los lobos. Una pequeña manada de lobos, que solo necesitan un cordero para vivir durante días, cuando entran en un corral se dedican a matar una a una a todas las ovejas hasta que no queda ninguna. Estamos hablando de que son capaces de matar cientos de veces lo que necesitan.
Esto no parece tener mucho sentido bajo la lógica que has explicado.
Algo similar sucede con los zorros, que por cada gallina que se llevan, dejan otras 10 muertas a su alrededor.
Aun con esto está bien claro que estos depredadores están en perfecta armonía con la naturaleza... pero no tengo duda que, a nivel fisiológico (y por supuesto sin ninguna consciencia) sienten excitación cuando matan.
La repugnancia de la que hablas no es una cosa de nuestra naturaleza... es un hecho aprendido que está en concordancia con la naturaleza del ser humano en la mayoría de los casos, y que ayuda en nuestro camino, porque somos inteligentes y tenemos consciencia de nosotros mismos.
Sin embargo, estoy seguro que una persona liberada podría sentir, sin identidad, el equivalente al placer que una persona no liberada siente, si mata.
Incluso matar a otro ser humano puede causar bienestar (con ecuanimidad) en esas personas liberadas. Se me ocurre la historia del monje que tuvo que matar a un asesino en un barco... seguro que tú la sabes mejor que yo.
Evidentemente todos estos cazadores están completamente infectados y todo lo que digan es una excusa.
Pero no es ni que los animales maten "estrictamente lo que necesitan", ni que el hecho de matar tenga porque ser bueno o malo... es otra dualidad.

Saludos.

Jué-shān 崫 山 dijo...

Entiendo lo que dices, pero hay que tener cuidado de ser rigurosos con los análisis. Lo que cuentas de lobos y zorros se suele alegar como prueba de que son "asesinos natos" y por tanto hay que acabar con ellos. Pero se suele pasar por alto un dato importante, que es el papel del ser humano en todo esto. Aparte del interés obvio de los ganaderos por preservar sus rebaños, estas "masacres" no ocurren en plena naturaleza sino entre animales estabulados, en lugares cerrados en los que el miedo y pánico de las presas, incapaces de huir del ataque, fácilmente puede derivar en un frenesí que excite aún más o incluso asuste a sus depredadores y acabe en un baño de sangre. ¿Cuál es la causa (no la culpa): la naturaleza del lobo o la mano del hombre que encierra a las ovejas en corrales de los que no pueden escapar? ¿Habría pasado lo mismo si esas ovejas o gallinas estuvieran al aire libre?

En cuanto al acto de matar, es posible que en los animales produzca un estado de excitación no diferenciada, que en sí no es ni bueno ni malo.

La repugnancia a matar de la que hablo es más sutil de lo que puede sugerir el término "repugnancia". Tú dices que no es parte de nuestra naturaleza; yo creo que sí, porque concuerda con mi experiencia, porque veo su sentido en el esquema general de supervivencia de la fuerza de la vida, y porque encaja con las recomendaciones del propio Buda, que no entiendo como normas inventadas con la mente cognitiva sino como pautas de conducta que nos acercan al Dharma natural.

Para terminar, especular sobre qué pueda sentir alguien liberado que mata es algo tan alejado de mi experiencia que no le veo mucho sentido. Pero no creo que sea verdad que "incluso matar a otro ser humano puede causar bienestar"; en todo caso, el bienestar sería el estado constante en una persona liberada, que no se vería interrumpido por sus acciones siempre que estén en armonía y equilibrio con el Dharma.

Hay algo escrito sobre el monje al que te refieres en: http://directoaldharma.blogspot.com/2008/03/wuwei-la-no-accin-del-tao.html