sábado, 31 de agosto de 2013

Viñeta



Maestro y discípulo habían debatido sobre la mejor manera de hacer una reparación en la casa mientras seguían sentados a la mesa, recién acabado el desayuno. Una vez de acuerdo, se levantaron y se pusieron en marcha.

El maestro salió el primero por la puerta. Al ver el día soleado y el cielo azul, exclamó: “¡Ah, un buen día para trabajar!”.

El discípulo, que le seguía de cerca, salió tras él y respondió: “También es un buen día para no trabajar”.

El maestro se rió.

Luego se volvió a reír, esta vez más expansivamente, como saboreando a fondo el humor del momento.

Después los dos se pusieron manos a la obra, sin que hicieran falta más palabras entre ellos que las estrictamente relacionadas con la tarea que tenían delante.

lunes, 26 de agosto de 2013

Lascaux




Ahí estábamos, por fin... apretados en el estrecho espacio de la gruta, rodeados de niños inquietos, oyendo las explicaciones rutinarias de la guía, sabiendo que todo era solo una réplica de la cueva y las pinturas auténticas. 

Y sin embargo algo inesperado ocurrió: un contacto con algo misterioso y ajeno, a la vez que extrañamente familiar y reconfortante...

En ese espacio oscuro que se abría bajo la tierra me sentí acogido, protegido y conectado, como si hubiera regresado al útero primigenio común de nuestra especie. Y comprendí lo que estaba pasando.

En sus paredes vi con ojos limpios la magnificencia de la vida animal del planeta y también la magnificencia de la humanidad que tuvo el don de captarla y el impulso de comunicarla así, sin palabras, con una presencia rotunda, inapelable. De esos trazos y colores manaban a borbotones el asombro y la celebración de nuestra profunda hermandad con todos los seres, en la vida y en la muerte aparentes.

Quienquiera que hiciera esas representaciones me prestó también sus ojos, sus manos y su corazón para apreciarlas como él o ellos las sintieron. Vi la vida con los mismos ojos que Adán y Eva, antes de la expulsión del Jardín del Edén, y vibré con ella. Ese es también el milagro de Lascaux, para quien pueda y quiera abrirse a él. 

Salí de la cueva rebautizado en el Dharma natural, sintiendo que ser humano es algo sublime, en camino de vuelta a una “civilización” que parece empeñada en demostrarnos lo contrario día sí, día también.

Pero Lascaux sigue resonando dentro de mí. No conozco mayor templo budista que ese.

domingo, 14 de julio de 2013

El gran camino



Somos un relato. Quien creemos y sentimos que somos es básicamente un cuento chino que hemos ido elaborando y refinando desde que tenemos conciencia, condicionado y refrendado infinitas veces por nuestra familia, amigos y entorno. Y ese cuento, como todos los que hemos oído o leído desde pequeños, debe tener un sentido también, ¿no? Porque si no... ¿cuál sería el propósito del cuento?

También hemos crecido en una sociedad donde la noción de “persona” es fundamental, desde los derechos humanos hasta la libertad del consumidor y del votante soberano. Por todas partes se nos refuerza la impresión de que hay que ser “alguien” en la vida, un individuo fuerte, capaz y autónomo, dotado de autoestima, que triunfe y deje huella. Y así seguimos añadiendo capítulos al relato, diseñando su nudo argumental, sus complicaciones y su desenlace, esperando que la vida confirme y corrobore nuestra gloriosa narración.

Luego algunos encontramos el budismo y la meditación, y aunque las enseñanzas del Dharma nos invitan constantemente a experimentar lo insustancial y pasajero que es eso que llamamos “yo”, afirmando que así es la verdadera naturaleza de las cosas, nos aferramos a nuestro sentido como si nos fuera la vida en ello –y en cierto modo así es: no la vida en sí, sino solo la identidad que nos hemos inventado, que valoramos como nuestra posesión más preciada. Queremos la liberación del sufrimiento, pero no a cualquier precio.

El Wumenguan, la colección clásica china de koans, empieza con este preámbulo:

大道無門
千差有路
透得此關
乾坤獨歩
“El gran camino (Dào) no tiene verja,
mil senderos llevan a él;
una vez franqueas esa frontera,
deambulas sin trabas por el universo”.

Ese puesto de control o paso fronterizo (關, guān) que hay que atravesar tiene mucho que ver con soltar y dejar atrás los pesados fardos que tomamos por nuestro “yo”. No es un trance fácil ni seguro; al contrario, es un umbral que despierta temores atávicos y gran resistencia por parte de nuestra identidad, que recula ante la posibilidad de desaparecer por miedo al vacío: si pierdo mi identidad, ¿qué será de mí? ¿Me convertiré en un cascarón hueco e inerte, como un zombi? ¿Caeré en un espacio sin fin, sin referencias ni asideros? Pero esa es la voz del miedo, no de nuestra naturaleza más profunda, que anhela deambular sin trabas por el mundo.

He tenido la suerte de conocer a dos personas que han cruzado ese umbral, y desde luego eran cualquier cosa menos zombis. Al contrario, en su presencia éramos los demás los que parecíamos zombis, o al menos humanos incompletos; en comparación, ellos eran como flores abiertas. Esas vivencias me han quitado para siempre la duda sobre si el budismo puede ser una mera especulación intelectual sin base real ni aplicación posible y son para mí un recordatorio permanente del magnífico potencial que llevamos dentro, esperando a brotar.

El gran camino no tiene más verjas que las trabas ilusorias que le ponemos con nuestra propia mente. Ahí está el intríngulis, porque no hay obstáculo más ilusorio ni tampoco más escurridizo. La mente es el auténtico poder en la sombra. Este koan Chan nos desnuda de toda excusa y nos deja en la encrucijada, a la intemperie de nuestra propia mente, flotando entre la vida y la muerte. 

¿Qué será?

martes, 26 de marzo de 2013

Más allá de las palabras



El maestro Shanjian Dashi siempre nos recordaba que hay que mirar más allá de las palabras. “En el Dharma no puedes entender nada si no miras más allá de las palabras”, nos decía, o “las palabras son la primera de las diez puertas del Dharma”, etc.

El otro día, mi sobrina me trajo un regalo del colegio que había hecho especialmente para mí: una bola de barro seco envuelta en un kleenex arrugado.

Hace unos años, es posible que no me hubiera hecho ninguna ilusión recibir algo tan vulgar y aparentemente inútil.

Afortunadamente, la ocasión me pilló preparado para ver lo que me estaba regalando, más allá del barro y del kleenex. Y por si tuviera alguna duda, la sonrisa que me dedicó mientras me entregaba su regalo despejó cualquier posibilidad de malinterpretarlo.

Ella, una niña de seis años sin noción alguna del budismo, me volvió a enseñar una de las lecciones más importantes que me había inculcado un maestro realizado.

En cualquier hogar de los considerados “decentes”, ese regalo habría acabado con toda probabilidad en la papelera. Pero ahora, en vez de ir a la basura, esta humilde bola de barro forma parte de mi altar, como recordatorio elocuente de todo lo que se puede transmitir cuando uno no se queda en las formas ni en las etiquetas.

Una niña de seis años lo sabe…  

¿Y nosotros… con todo nuestro bagaje de adultos… lo sabemos también?

lunes, 18 de marzo de 2013

Los juegos de la memoria



Pocas facultades de la mente son tan importantes como la memoria a la hora de sentir que somos alguien individual y único. Solemos pensar que la memoria es una caja fuerte inviolable donde se guardan las piezas con las que hemos construido nuestra identidad –todas las experiencias y aprendizajes acumulados durante nuestra vida. De ahí que la perspectiva de perder nuestros recuerdos ante el embate de enfermedades como el Alzheimer resulte tan aterradora para muchos. No es solo el miedo a que un ladrón nos desvalije y nos prive de nuestras posesiones más queridas; es que supone la negación misma y disolución de lo que más valoramos, el propio “yo”. 

Sin embargo, parece que la memoria tiene unas fronteras mucho más porosas de lo que nos imaginamos, ya que alberga recuerdos propios junto con otros que simplemente nos hemos apropiado, muchas veces inconscientemente aunque casi siempre en beneficio propio. Eso al menos es lo que argumenta el neurólogo inglés Oliver Sacks, que ha publicado recientemente un artículo (“Speak, Memory”, NYRB, 21 febrero 2013) en el que describe algunas añagazas de la memoria y desmonta la idea de que los recuerdos sean siempre dignos de confianza, incluso cuando los evocamos vívidamente con la mejor de las voluntades y con tanta convicción que podríamos superar la prueba del polígrafo. 

Lo que está claro en todos estos casos –ya sean malos tratos imaginarios o reales en la infancia, recuerdos genuinos o implantados como experimento, testigos engañados o prisioneros sometidos a lavado de cerebro, plagios inconscientes o los falsos recuerdos que probablemente todos tenemos basados en atribuciones erróneas o en confusión sobre las fuentes– es que, a falta de confirmación externa, no hay manera fácil de distinguir entre un recuerdo o inspiración genuinos, que se sientan como tal, y los que se han tomado prestados o responden a la sugestión, entre lo que el psicoanalista Donald Spence llama la “verdad histórica” y la “verdad narrativa”.

Incluso si se pone al descubierto el mecanismo subyacente de un recuerdo falso, como yo fui capaz de hacer con ayuda de mi hermano en el incidente de la bomba incendiaria (…), es posible que esto no altere la sensación de experiencia auténtica o de realidad que tienen esos recuerdos. Y, ya puestos, tampoco las contradicciones o el absurdo obvios de algunos recuerdos alteran la sensación de convicción o creencia. En su mayoría, la gente que afirma que los alienígenas les han abducido no están mintiendo cuando cuentan cómo les llevaron a sus naves espaciales, ni son conscientes de que se han inventado una historia –algunos de verdad creen que eso es lo que ocurrió.

Una vez se elabora una historia o un recuerdo, acompañado de vívidas ilustraciones sensoriales y fuertes emociones, puede que no haya ninguna manera interna, psicológica de distinguir lo verdadero de lo falso –ni ninguna manera externa, neurológica. Los correlatos fisiológicos de esos recuerdos se pueden examinar empleando estudios de imágenes del cerebro (brain imaging), y esas imágenes muestran que los recuerdos vívidos producen una amplia activación en el cerebro que involucra las áreas sensoriales, emocionales (límbicas) y ejecutivas (lóbulo frontal) –un patrón que es virtualmente idéntico tanto si el “recuerdo” está basado en la experiencia como si no.

Si nuestra memoria es como el nido de una urraca, que combina elementos propios y ajenos, ¿es sabio identificarnos tanto con sus contenidos? ¿Quiénes somos, en realidad? Porque lo que parece claro es que lo que normalmente llamamos “memoria” no es un mero almacén inerte, sino un proceso que bebe de varias fuentes y además altera los elementos que absorbe, orientándolos en sentidos específicos según las circunstancias del momento, sin que seamos conscientes de ello. En resumen, nuestra memoria es muy capaz de jugárnosla. No deberíamos creernos a pies juntillas que somos quienes creemos que somos.

Un antiguo poeta griego lo puso así hace miles de años: “¿Qué es uno? ¿Qué no es? El humano es el sueño de una sombra”. Sueño porque es una ilusión, construida sobre bases imaginarias, y sombra porque es pasajero, como el vuelo de un cuervo bajo el sol. Además, hay algo más allá de la mente consciente que contribuye a esa “verdad narrativa” y sesga el relato de acuerdo con sus propios intereses, por mucho que habitualmente nos pase desapercibido. ¿Quién es ese “editor” que nos suministra su propia versión de lo que hemos vivido?

El Dharma ataca este embrollo con la meditación conocida como vipassana, que es mucho más profunda que la mera atención sin objeto que se suele enseñar bajo ese nombre hoy día. Al ir depurando los contenidos de la memoria, la vipassana disuelve las incrustaciones espurias que les hemos añadido y los deja expuestos en su desnudez; el resultado es que la identidad ficticia que hemos construido sobre ellos también se va depurando, de modo que se abre y esponja y deja menos resquicios para que el sufrimiento (dukkha) anide en ella. Es, en cierto sentido, una disolución de la “verdad narrativa”, de los relatos que nos contamos a nosotros mismos para reforzar nuestra sensación de ser Fulano o Mengana. 

¿Qué queda entonces? Nuestra mente dual impone que debe ser un vacío, ya que funciona por opuestos: si no hay identidad, ¿qué otra cosa podría haber excepto un gran cero? Y ante el miedo al vacío, solemos aferrarnos precisamente a aquello que nos hace sufrir, porque al menos eso preserva nuestra identidad: mejor ser “alguien” y sufrir que lo otro, sea lo que sea. Es muy lista la mente dual, que siempre nos conduce de vuelta al sufrimiento… 

Pero los que practican vipassana saben que hay “algo” (por decirlo de alguna manera comprensible en sentido convencional) que no desaparece con la identidad y, es más, que se fortalece y sana con esta práctica de desescombro mental, algo que sabe a alivio y liberación… aunque para probarlo hay que tener el valor de dejar la seguridad de la orilla y adentrarse en aguas desconocidas.

jueves, 14 de febrero de 2013

El ataque budista



La “rueda de la vida” es un elemento clásico del arte budista. En un círculo situado en su centro, una serpiente, una paloma y un cerdo se muerden la cola como si se persiguieran unos a otros, dando vueltas sin fin.

En otra entrada (http://directoaldharma.blogspot.com.es/2007/09/la-importancia-de-entender.html) ya expliqué que cada uno de estos tres animales representa una de las tres identidades o tendencias subconscientes malsanas que nos afligen a los humanos: la confusión, la codicia y la aversión.

A juzgar por su vida y sus enseñanzas, Siddhartha Gautama era claramente de disposición aversiva. Éste es el tipo que no retrocede ni se queda quieto ante una amenaza. Su respuesta primordial es el ataque.

Recuerdo una vez que mi padre, que era de este mismo temperamento, me reclutó para una tarea en la que nadie en casa quería ayudarle. Se había pillado un dedo y tenía la uña negra por un derrame, que le dolía por la sangre acumulada que palpitaba sin encontrar salida. Harto de la molestia, no iba a quedarse de brazos cruzados sin más. Su respuesta, cuyos detalles os ahorro, atacó el problema de raíz con ayuda de un taladro y algo de alcohol.

Las enseñanzas de Buda también se entienden mejor cuando se las ve como un ataque. Pero, ¿cuál era la amenaza latente a la que estaba respondiendo? No una, sino tres: la vejez, la enfermedad, la muerte. Aunque tras despertar Buda las entendió como variedades de un mismo sufrimiento, su camino arrancó como reacción a este triple azote.

Todas las personas y todas las culturas nos enfrentamos a ese problema de la condición humana. Hoy día, en nuestra moderna sociedad occidental, la ciencia y la industria farmacéutica dedican ingentes medios técnicos y económicos a encontrarle remedio a estas tres lacras. En algunos círculos, incluso hay esperanzas de alcanzar la inmortalidad por métodos puramente materiales y resolver así el dilema existencial.

Siddhartha Gautama no tenía esos medios a su alcance. ¿Los habría empleado si hubiese contado con ellos? Quién sabe, aunque lo dudo mucho. De todas formas, lo que importa es que para él la triple plaga estaba ahí, latiendo con la misma insistencia que un derrame doloroso debajo de la uña que no te permite funcionar con normalidad ni tampoco olvidarte de él.

¿Cuál fue su solución, nada convencional e increíblemente audaz, a la intolerable y persistente amenaza de estas tres plagas? Entender su origen y disolverlas –pero en la mente y mediante la mente.

Algunos quizá crean que todo esto son meros juegos de palabras o, como mucho, una autosugestión fraudulenta, una quimera.

Otros, que es un camino egoísta, preocupado solo por el propio sufrimiento.

Pero los que hemos tenido la suerte de conocer a alguien que ha recorrido ese camino sabemos que no hay nadie más generoso y dedicado a los demás, más auténtico y escrupuloso, que quien ha cruzado el río del sufrimiento y la dualidad y vuelve para mostrar a otros cómo se hace. Su presencia es solo un indicio, pero un indicio valiosísimo, de que las enseñanzas de Buda son fecundas y generan cambios reales en esta vida, aquí y ahora.

Ahora bien, volviendo al sufrimiento, es evidente que Buda mismo llegó a viejo (las crónicas afirman que llegó a los ochenta años, una edad probablemente muy avanzada para su época), enfermó por comer carne en mal estado, y por último murió. 

Está claro, por tanto, que el camino del Dharma no proporciona el elixir de la eterna juventud material sino otra cosa, más sutil. ¿Qué es?

Buda lo llamó “la liberación inquebrantable del corazón” (sabiendo que el corazón en la India y China representa la mente pura, no la sede de las emociones como en Occidente). Una de las consecuencias de esa liberación, según dicen los sabios, es que desaparece todo sufrimiento; pero es una consecuencia, no un objetivo en sí.

Así pues, tras haber renunciado al reino terrenal que su padre le ofrecía y a todos los placeres y privilegios asociados con su condición de príncipe heredero, Gautama encontró su propio reino en el despertar –un “espacio” en la mente libre de sufrimiento, donde no hay enfermedad, vejez ni muerte (ni tampoco reyes o súbditos, paradójicamente). 

Y como buen monarca, virtual pero generoso, sus enseñanzas invitan a todos a convertirnos en ciudadanos de ese reino, por así decirlo, y recuperar la libertad interior y el bienestar intrínsecos que son nuestra herencia natural como seres humanos.