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martes, 8 de noviembre de 2011

Pasenadi y los minutos basura



En deporte, se llama “minutos basura” al tiempo que queda en un partido cuando todo está decidido, que se suele aprovechar para darles una oportunidad a los jugadores más jóvenes para que se vayan fogueando sin que sus posibles errores de novato salgan demasiado caros.

Pienso en eso cada vez que oigo en conversaciones o capto en escritos una actitud común sobre la práctica espiritual, que la representa como un subidón continuo, una serie de momentos culminantes, de encuentros con gente desarrolladísima, de gestos llenos de significado y trascendencia, de grandes revelaciones y avances… Todo parece ocurrir en una suerte de realidad paralela, limitada únicamente por la fantasía de su creador.

Recuerdo una ocasión hace años en que asistí, invitado por un amigo, al retiro de un reputado maestro: había un gran local urbano acondicionado para el evento (con mesa de mezclas, trono y alfombra roja incluida), cientos de gentes venidas de Europa y América, mercadillo de abalorios espirituales, etc. Las enseñanzas no me resonaron demasiado y la supuesta iniciación que dispensó a la masa casi me pareció una parodia. Pero hubo gente que literalmente alucinó con la experiencia y en especial con la sabiduría y perspicacia que el maestro les había mostrado en los escasos instantes que había pasado con ellos –un poco al estilo de los Reyes Magos en Navidad, cuando reciben a los niños que han aguantado largas colas para sentarse un momento en su regazo, entregarles sus cartas y contarles lo buenos que han sido.

Al día siguiente, el maestro cogió un vuelo internacional para ir a su siguiente destino, donde posiblemente le aguardaban más estudiantes igual de solícitos y, para él, anónimos. Como dicen en márketing, ¡el tiempo es oro!

¿Cómo se puede ser maestro o discípulo de alguien al que apenas se conoce? No hay alternativa a pasar tiempo de verdad al lado de alguien para saber cómo es. Entonces, el roce hace que afloren las verdades ocultas y esos “minutos basura” que parecía que no contaban para nada, y en los que no parecía ocurrir nada de importancia, se convierten por el contrario en una piedra de toque valiosísima a la hora de separar el grano de la paja.

La verdad a menudo está en los pequeños detalles. Por ejemplo, para vislumbrar cuál es el temperamento de un estudiante, el Visuddhimagga, el gran tratado de Buddhaghosa, recomienda fijarse en cómo barre una habitación o se hace la cama; no es algo muy fácil de hacer si uno enseña y luego sale enseguida de camino al siguiente aeropuerto. También los antiguos maestros Chan eran dados a derribar cualquier ensoñación mística de sus seguidores. Como decía Yunmen sobre el despertar, “Hermanos, si hay alguien que lo ha alcanzado, pasa sus días de conformidad con lo común y corriente”. Y el famoso Mente Zen, mente de principiante de Shunryu Suzuki recalca la misma idea: “Pero a fin de cuentas no es lo que el maestro tiene de extraordinario lo que deja perplejo, intriga y hace más profundo al discípulo; es lo que tiene de completamente corriente”.

Nos engañamos si creemos que el camino espiritual tiene que ser un romance ininterrumpido. La cercanía continuada con un ser realizado puede resultar una perspectiva incómoda, incluso formidable; pero no conozco nada que la pueda sustituir, ni siquiera en esta época de prisas y pseudo-soluciones instantáneas a las necesidades más hondas de nuestra naturaleza humana. Como tantas veces, Buda también tiene algo que decir al respecto, con palabras que reúnen sabiduría, compasión y sentido común a partes iguales:

Una tarde, el Buda se levantó de su meditación y se sentó a las afueras de la puerta este del parque donde residía. Entonces, el rey Pasenadi, que llegaba de visita, saludó al Buda y tomó asiento a su lado. Justo en ese momento, no lejos de ahí, un gran grupo de ascetas errantes pasaba de largo. Con sus cuencos de limosna, algunos de estos ascetas llevaban el pelo largo y sucio, algunos iban desnudos, otros llevaban una túnica nada más y algunos eran vagabundos. Una vez habían pasado, el rey le preguntó al Buda: “¿Se puede pensar que alguno de esos ascetas sean arahats o que estén en camino de convertirse en arahats?”

El Buda le contestó: “Es al vivir una vida en común con una persona como descubrimos el carácter moral de esa persona; y eso sólo si, siendo perspicaces nosotros mismos, le hemos observado a esa persona largo tiempo. Es sólo en conversación con una persona como descubrimos la sabiduría de la persona y la claridad de su corazón; y eso sólo si, siendo perspicaces, hemos prestado atención largo tiempo. Es durante los tiempos revueltos cuando descubrimos la fortaleza de otros; y eso sólo si, siendo perspicaces, hemos prestado atención largo tiempo”.

martes, 26 de febrero de 2008

¿Qué es un bodhisattva? I

El Dharma está lleno de lecciones que demuestran cómo no podemos quedarnos en las etiquetas ni en la mera superficie de las cosas. Un ejemplo que viene a cuento aquí es la noción del bodhisattva. Explicado a menudo como el principal rasgo que distingue a la escuela del llamado “gran vehículo” o Mahayana de sus antecesoras (llamadas colectivamente, y con cierto matiz peyorativo, el “pequeño vehículo” o Hinayana, entre las que hoy sólo sobrevive la rama denominada Theravada), se supone que el bodhisattva es la persona que –al contrario que el ideal del arahat del Theravada, que supuestamente trabaja sólo por su propia liberación– dedica todo su esfuerzo a los demás y toma el voto de no pasar a la orilla del nirvana, aunque esté a tiro, mientras no haya ayudado a cruzar el río a todos los seres del universo antes que él. Muy bonito, ¿verdad?; incluso reconfortantemente cristiano, diríamos, por su aparente glorificación del sacrificio; pero ¿qué hay de verdad en todo ello? ¿Es el bodhisattva una especie de San Cristobalón, noble pero individual y separado, que opera a escala universal?

Para aclarar este extremo, volvamos un momento al final de la oración budista que cerraba la entrada anterior:

Igual que una madre protege con su vida
a su hijo, su único hijo, de todo daño,
así deja que crezca en ti
un amor sin límite por todas las criaturas.

¿De qué está hablando el Buda aquí? Pues, en el fondo, de nada más y nada menos que del espíritu del bodhisattva en su esencia más pura: la superación de las restricciones del aparente interés genético y el enlace con una motivación más profunda y altruista, alejada de los mecanismos que gobiernan nuestro funcionamiento diario pero más humana en el fondo: cuidar de toda la vida, por el mero hecho de estar viva. El bodhisattva es por tanto alguien que promueve y asiste al desarrollo correcto de la vida, con todo su caos y conflicto natural, sin hacer distingos en función de su interés personal.

A estas alturas ya no debería suponer ninguna sorpresa comprobar que el propio Darwin también apuntó en una dirección similar en las reflexiones morales y paliativas que ocuparon gran parte de su tiempo después del bombazo que supuso la publicación de su trabajo sobre el origen de las especies:

A medida que el ser humano avanza en su civilización, y las pequeñas tribus se unen para formar comunidades mayores, la razón más elemental le diría a cada individuo que debe extender sus instintos y simpatías sociales a todos los miembros de la misma nación, aunque no los conozca en persona. Una vez se ha llegado a este punto, no queda más que una barrera superficial como impedimento para que sus simpatías se extiendan a los hombres y mujeres de todas las naciones y razas.

Personalmente, reconozco que me hace gracia la tibieza de esta formulación tan sumamente lógica y razonable aplicada a un dilema moral de proporciones colosales –algo tan británico en su circunspección que a duras penas me resisto a caricaturizar a míster Darwin paseando con su mujer del brazo, cruzándose con un mendigo harapiento, muerto de hambre y frío, levantándose el bombín para saludar y diciendo con urbanidad exquisita “Le extiendo mis simpatías”, para después seguir su camino sin inmutarse y con una vaga satisfacción para sus adentros (aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que sympathy en inglés tiene un mayor contenido de empatía y afecto que su equivalente español). Sin embargo, es evidente que en este párrafo Darwin evoca un espíritu similar al que inspiró la oración del Buda, aunque sea desde otro ángulo: el naturalista aduce la autoridad de una razón casi evidente por sí misma que dicta lo que parece sensato y apela al sentido del deber que recomienda el curso de acción a todas luces más civilizado.

Ahí, pienso, están contenidas y retratadas la grandeza y miseria de la mente lógica: su potencial de desbrozar el camino a la verdad mediante la observación y el análisis inteligente, lastrado fatalmente por su incapacidad de impulsar el salto que nos ha de proyectar a esa verdad como vivencia. La proposición de Darwin no es, desde luego, un fogoso alegato que despierte entusiasmo ni encienda pasiones; sólo pone de relieve una vez más cómo, a grandes rasgos, su trayectoria intelectual lo llevó por una ruta puramente cognitiva a conclusiones morales en la misma línea que había establecido el Buda. Y tampoco es que sea el único; varios científicos y pensadores de categoría han llegado por otras vías a una comprensión similar del dilema y el reto que supone la condición humana. He aquí, por ejemplo, una formulación de la misma idea salida de la pluma de Einstein, incluida en una entrada anterior, y que, como corresponde a una visión matemática de la realidad, le atribuye a la ilusión del espacio-tiempo lo que Darwin concebía en términos de genética:

El ser humano es parte del todo que llamamos el universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y emociones, como si fueran algo separado del resto –una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es una cárcel para nosotros, que nos reduce a nuestros deseos personales y al afecto sólo para las pocas personas que nos son cercanas. Nuestra tarea debe ser la de liberarnos a nosotros mismos de esta cárcel ampliando la esfera de nuestra compasión hasta abrazar a todos los seres vivos y a la naturaleza entera en toda su belleza.

Así pues, parece que hay cierto consenso, al menos entre algunas de las mentes consideradas más avanzadas a través de los siglos, en cuanto a cuál es la gran cuestión que tiene planteada el ser humano. Otra cosa distinta, pero muy urgente, es determinar si la conveniencia vislumbrada mediante el cálculo racional, el humanitarismo común que se horroriza ante el sufrimiento del prójimo o incluso la curiosidad lúcida y llena de asombro ante ciertos fenómenos de la naturaleza constituyen un combustible suficientemente potente para efectuar esa transformación en el seno de cada aparente individuo, titánica por lo escurridiza, que el Dharma defiende como la vía suprema para convertirse en un ser auténticamente humano.