Qué profundo e inmenso es el Dharma... Realmente es inabarcable -igual que un océano, tal como decía Gautama.
¿Y nuestras vidas modernas, son igualmente profundas e inabarcables? El vistazo más superficial nos lo dejará claro, a poco honrados que seamos con nosotros mismos.
Pero la gente quiere algo más... Quiere algo que por lo menos suene y huela a mar, incluso si aún no están dispuestos a entrar al agua y aprender a nadar entre las olas.
Entonces surgen todo tipo de adaptaciones de lo inabarcable a lo accesible... Las hay de todos los colores, según sea la comprensión y la honradez de quienes las ofrecen.
El problema que siempre se plantea en estas adaptaciones es qué se incluye y qué se queda fuera.
En castellano se habla de separar el grano de la paja, lo esencial de lo accesorio. Hace falta mucha sabiduría para discernir una cosa de la otra.
Pero, dado que algo hay que desechar, aquí viene más a cuento el dicho inglés Don't throw out the baby with the bathwater (no tirar al bebé con el agua del baño).
El Dharma es al budismo como el bebé es al agua del baño.
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sábado, 2 de julio de 2016
domingo, 27 de marzo de 2016
Lo asombroso
Albert Einstein dijo una vez que lo más incomprensible del universo es que resulta comprensible. Como muestra de que su comprensión era correcta en gran medida, su hipótesis sobre las ondas gravitacionales ha recibido una confirmación espectacular hace pocas semanas, casi cien años después de que la formulara.
Para mí, hay aspectos del Dharma que resultan igualmente asombrosos.
Uno es que el despertar, la liberación, la experiencia íntima de la naturaleza de la mente que alcanzó Gautama, se pueda replicar en la experiencia de otros. Lo que parece más subjetivo, privado o incluso "egoísta" es lo que a la postre me saca de la prisión del ego y me abre a lo que hay. Para eso no hacen falta complejos y carísimos experimentos; cada uno es su propio laboratorio.
En paralelo a eso, siento otro misterio maravilloso: que descubrir y comprobar cómo funciona la mente en sus varias fases, tanto cognitivas como no, genere en la persona una revolución "moral" (a falta de un término mejor), no solo intelectual.
El Dharma, que desde fuera podría parecer frío y cerebral, cuenta con maestros radiantes de calidez humana. Como si fuesen estrellas, llegado cierto momento empiezan a irradiar la luz de la sabiduría y el calor de la compasión -señal de que han integrado el Dharma en su propia naturaleza, con sus principios femenino y masculino.
Los homo sapiens hemos sobrevivido durante miles de años sin saber nada de la relatividad, las ondas gravitacionales o la fusión nuclear que ocurre dentro de las estrellas. Pero me pregunto si habríamos durado tanto sin la presencia esporádica pero sostenida a lo largo de todo ese tiempo de estas luminarias humanas -el testimonio de que hay algo más allá de nuestra pacata y alicorta "realidad" cotidiana y la esperanza de que algún día nosotros también podremos alcanzarla- o nos habríamos hundido hace tiempo en la barbarie y la destrucción mutua.
Para mí, hay aspectos del Dharma que resultan igualmente asombrosos.
Uno es que el despertar, la liberación, la experiencia íntima de la naturaleza de la mente que alcanzó Gautama, se pueda replicar en la experiencia de otros. Lo que parece más subjetivo, privado o incluso "egoísta" es lo que a la postre me saca de la prisión del ego y me abre a lo que hay. Para eso no hacen falta complejos y carísimos experimentos; cada uno es su propio laboratorio.
En paralelo a eso, siento otro misterio maravilloso: que descubrir y comprobar cómo funciona la mente en sus varias fases, tanto cognitivas como no, genere en la persona una revolución "moral" (a falta de un término mejor), no solo intelectual.
El Dharma, que desde fuera podría parecer frío y cerebral, cuenta con maestros radiantes de calidez humana. Como si fuesen estrellas, llegado cierto momento empiezan a irradiar la luz de la sabiduría y el calor de la compasión -señal de que han integrado el Dharma en su propia naturaleza, con sus principios femenino y masculino.
Los homo sapiens hemos sobrevivido durante miles de años sin saber nada de la relatividad, las ondas gravitacionales o la fusión nuclear que ocurre dentro de las estrellas. Pero me pregunto si habríamos durado tanto sin la presencia esporádica pero sostenida a lo largo de todo ese tiempo de estas luminarias humanas -el testimonio de que hay algo más allá de nuestra pacata y alicorta "realidad" cotidiana y la esperanza de que algún día nosotros también podremos alcanzarla- o nos habríamos hundido hace tiempo en la barbarie y la destrucción mutua.
miércoles, 2 de julio de 2014
Dharma y psicoanálisis
El texto
anterior sobre las virtudes diferenciales del Dharma ha dado lugar a un
intercambio con un viejo amigo que conoce bien el psicoanálisis, y que publico
a continuación (con su permiso) por si puede ayudar a aclarar más qué es lo que
ofrece cada uno de estos caminos.
Yo lo veo así: el psicoanálisis libera el deseo como un anhelo
de recuperar una vivencia de satisfacción del pasado, pero mostrando a la vez
que ese deseo nunca puede satisfacerse; el Dharma enseña que aquella vivencia
de satisfacción era falsa y estaba condicionada por la identidad y así nos
libera del mismo deseo. En esa liberación va apareciendo y creciendo una
naturaleza sana no contaminada por las identidades.
Ok, gracias.
Si te parece, me gustaría ahondar un poco más en esta cuestión, a ver si
entiendo bien.
Dices que el
psicoanálisis “libera el deseo” y el Dharma “libera del deseo”. Tengo la
impresión de que al usar las mismas palabras estás postulando una semejanza que
en realidad no existe; evidentemente, no por que dos personas o escuelas hablen
de las mismas cosas están necesariamente diciendo lo mismo. Quizá la diferencia
se aprecia mejor desde el Dharma trascendental que el gradual, representado en
tu caso por la vipassana.
Según lo
expones, el psicoanálisis libera de un deseo concreto y específico: recuperar
una vivencia satisfactoria del pasado. ¿Es una sola vivencia y siempre la misma
para todos o son varias y distintas para cada uno? Y ¿de qué libera a ese deseo?
¿Qué lo aprisiona?
Parece como
si el deseo en el psicoanálisis fuese un genio no benévolo al que hay que sacar
de la botella para que deje de incordiar (causando sufrimiento) y luego domarlo
haciéndole ver que, aunque esté fuera de la botella, no todo el monte es
orégano.
No sé si
esto es una representación justa de las ideas del psicoanálisis; corrígeme si
no lo es.
El Dharma,
por contra, enseña esto:
* que la(s) vivencia(s) de satisfacción era(n) falsa(s) en origen; (la vipassana permite experimentar esto)
* que la(s) vivencia(s) de satisfacción era(n) falsa(s) en origen; (la vipassana permite experimentar esto)
* que las
vivencias de insatisfacción y neutralidad también son falsas –en esencia, todas las vivencias son falsas, es decir,
inventadas por la mente; (la vipassana permite experimentar esto)
* que la
recuperación de esa vivencia –y, de hecho, de cualquier vivencia– mediante la memoria es igualmente falsa; (la vipassana
permite experimentar esto)
* que el
deseo (gusto, no-gusto, indiferencia intelectual) es falso; (la vipassana
permite experimentar esto)
* que el
propio “deseante” también es falso –no hay un “yo” sustancial y permanente; (la vipassana permite experimentar esto)
* que cuando
se desvanecen todas las falsedades lo que emerge es algo calmo y simple, que el Dharma considera la propia naturaleza
benévola de cada aparente individuo, y que a pesar de su sencillez es suficiente
para vivir en el mundo en armonía y unidad con todo (para esto ya hace falta el Dharma
trascendental).
Por volver
al símil de la botella: para el budismo el genio es falso, la botella no
existe, no hay monte ni orégano, y la cohabitación con el deseo domesticado
mediante el desengaño está lejos de ser una condición sana –y mucho menos el
máximo al que podemos aspirar.
Sospecho que
una diferencia fundamental entre psicoanálisis y Dharma es el principio de
realidad que se usa como medida correctora en el primero y el “principio de
irrealidad”, podríamos llamarlo, que se usa como disolvente en el segundo. Un
enfoque es pactista, como corresponde al temperamento de codicia/discriminación
de su fundador, y el otro es de rompe y rasga, propio de la
aversión/inteligencia natural de Gautama. A mí me siguen pareciendo muy
distintos.
Comparto
esta conversación también con X. Creo que podría ser útil para aclarar
conceptos y asegurarnos que pisamos un terreno común.
Cuando digo que el psicoanálisis “libera el deseo” y el budismo “libera del
deseo” quería más bien contraponerlos, no asimilarlos. No sé si esa
contraposición está determinada por una visión del Dharma más como superación
del deseo que como superación de la dualidad (ignorancia).
Estoy de acuerdo en lo que dices en relación con el principio de
realidad-irrealidad, y es muy interesante. En el psicoanálisis el principio de
realidad es un postulado básico (y parece como algo dado e inmodificable)
frente al principio de placer-displacer, que dice que el aparato psíquico
tiende al nivel mínimo de excitación y que cualquier alteración produce un
displacer; el placer sería solo la supresión de ese displacer.
El deseo es un anhelo de recuperación de esa experiencia primera de
satisfacción que consistió en la supresión de un displacer y que tiene su forma
básica en la satisfacción del hambre del niño por el pecho de la madre. La
vivencia de satisfacción está unida en todos a los mismos objetos: pecho,
heces, genitales, aunque la forma de integrar esas experiencias varía en cada
individuo. El psicoanálisis libera el deseo de las represiones, la culpa,
del super-yo (en la concepción del psicoanálisis de esa instancia
psíquica).
También estoy de acuerdo en lo que dices de la vipassana. Pregunto:
¿Eso calmo y simple, la naturaleza budista, no puede emerger o vislumbrarse con
el mantra o la vipassana?
Muy bien,
creo que nos estamos entendiendo.
Ten en cuenta que la visión del Dharma como superación del deseo es una interpretación parcial y poco ilustrada, abrazada a menudo (al menos en Occidente) con intención de descalificar al Dharma como negación de la vida. Los que hayáis seguido el curso de vipassana deberíais saber que, incluso en su versión gradual, el Dharma va más allá (y los que hayáis conocido a Shanjian además deberíais albergar serias dudas de que el Dharma niegue la vida!).
La existencia de la identidad se explica por el ciclo de la originación dependiente; el deseo no es más que uno de los doce radios que sustentan esa rueda. Es verdad que el budismo Theravada lo ha elegido como su ángulo de ataque preferente, pero otras vías del Dharma apuntan en otra dirección. Es mucho más adecuado decir que el Dharma, tanto en su versión gradual como en la trascendental, ayuda a superar o disolver la identidad.
Ten en cuenta que la visión del Dharma como superación del deseo es una interpretación parcial y poco ilustrada, abrazada a menudo (al menos en Occidente) con intención de descalificar al Dharma como negación de la vida. Los que hayáis seguido el curso de vipassana deberíais saber que, incluso en su versión gradual, el Dharma va más allá (y los que hayáis conocido a Shanjian además deberíais albergar serias dudas de que el Dharma niegue la vida!).
La existencia de la identidad se explica por el ciclo de la originación dependiente; el deseo no es más que uno de los doce radios que sustentan esa rueda. Es verdad que el budismo Theravada lo ha elegido como su ángulo de ataque preferente, pero otras vías del Dharma apuntan en otra dirección. Es mucho más adecuado decir que el Dharma, tanto en su versión gradual como en la trascendental, ayuda a superar o disolver la identidad.
En cuanto a
lo que preguntas sobre la propia naturaleza, sospecho (aunque aún no lo puedo
confirmar por experiencia propia) que solo emerge cuando se han disuelto las
identidades y la dualidad. Otra cosa es que uno pueda sentir indicios o
vislumbres íntimos que apuntan a su presencia sutil; pero se supone que solo
tras el despertar se manifiesta por completo y se deja sentir en la vida diaria.
Mi impresión
personal es que cuando Shanjian escribió sobre el mantra tenía la idea de que
podía llevar hasta el despertar, pero luego cambió de opinión. Es algo que
intuyo al leer las diferencias entre los tres libros del comentario al Gran Mantra
y el breve Libro de Oraciones, que es
posterior.
Eso no quita para que tanto el mantra como la vipassana sean prácticas fantásticas.
Eso no quita para que tanto el mantra como la vipassana sean prácticas fantásticas.
Muy bien, gracias.
jueves, 8 de enero de 2009
¿El hombre más feliz del mundo?
Si se hiciera una encuesta entre las personas que han emprendido un camino espiritual sobre qué les impulsó a ello en primer lugar, probablemente las respuestas más comunes tendrían que ver con ponerle fin al sufrimiento, sacarle más partido a la vida o incluso alcanzar la iluminación. Me viene esto a la cabeza después de ver en internet la charla de Mathieu Ricard sobre el budismo tibetano donde parece apuntar una nueva estrategia de “vender” felicidad como señuelo para emprender el camino budista. En casos como éste, donde no conozco directamente a la persona y por tanto no sé cuánto de su imagen pública es de cosecha propia y cuánto es márketing ajeno, está más que justificado concederle el beneficio de la duda (sobre todo en cuanto a su dudosa distinción de “hombre más feliz del mundo”). Además, ¿para qué negarlo?, parece un tipo simpático y aprecio su esfuerzo por alejarse de la concepción tradicional de la felicidad para proponer en cambio otra según la cual esa felicidad no es placer –que depende de la ocasión, el lugar y los objetos– sino más bien bienestar: un hondo sentido de serenidad y plenitud que impregna y subyace a todos los estados emocionales, a todos los gozos y pesares que se cruzan en tu camino.
A la hora de explicar esta felicidad aparentemente disponible mediante la práctica budista, Ricard hace énfasis en la falta de control que tenemos sobre el mundo externo, en contraste con el mundo de la mente. Dado que en ese ámbito interno cada uno somos dueño y señor, podemos centrarnos en nuestra mente y cultivar en ella las condiciones para ser felices de acuerdo con las leyes de causa y efecto. En el mejor de los casos, esa práctica puede desembocar con el tiempo en una transformación total de nuestra forma de ser, pero en el corto plazo Ricard promociona más bien el control de nuestras emociones negativas mediante la aplicación de antídotos y el cultivo de estados mentales saludables mediante el entrenamiento de la meditación.
Todo eso está muy bien para empezar, excepto por una gran omisión que atañe a la esencia misma del camino del Dharma. No se puede entender el mensaje de Buda sin incluir su visión de la condición humana; igual que en el judaísmo y el cristianismo, la naturaleza humana está viciada, no porque haya “caído” al contravenir las órdenes de un Dios, sino porque se ha separado de la unidad de todas las cosas y ha generado los tres venenos o identidades llamados confusión, codicia y aversión. Éste quizá no sea un mensaje que vaya a llenar auditorios de gente en busca de buen rollo, pero no se puede escamotear. ¿Por qué? Porque esas tres identidades están funcionando en todos y cada uno de los oyentes y son capaces de filtrar y manipular cualquier mensaje para ajustarlo, como en el mito de Procrustes, a sus propios deseos. En esas condiciones, lo más probable es que, diga lo que diga Ricard, casi todos sus oyentes estén “traduciendo” sus palabras y vislumbrando un método aséptico y calculado con el que pueden operar sobre sus mentes desde fuera, como si se programaran a sí mismos, para así obtener más felicidad y, con ello, más calidad de vida.
En definitiva, tampoco esta motivación parece más noble que las anteriores. ¿Por qué? Porque, al igual que ellas, parte del “yo” como base: ese “yo” que algunos llaman “ego” y que reclama sin cesar menos sufrimiento, más comodidad, más dominio y control -y, ahora, más felicidad. La base malsana sigue intacta; lo único que hemos cambiado es ofrecerle una nueva esperanza vana a ese "yo" encapsulado, igualmente separado de todo excepto de su propio sufrimiento. Bien es cierto que es dificil captar la inspiración correcta desde el principio; incluso el relato tradicional de la conversión de Siddhartha Gautama al enfrentarse con la vejez, la enfermedad y la muerte muestra indicios de ese egoísmo primario. Pero si uno persevera en el camino, llega un momento en que su motivación original cambia naturalmente por sí sola: entonces uno ya no busca nada, porque deja de haber un “yo” que busque, y en su lugar colabora, por así decirlo, en el descubrimiento paulatino de la verdad –no una verdad superior revelada por algún ser espiritual, sino la pura evidencia de las cosas tal como son, incluso si esa verdad supone la bancarrota definitiva de todos nuestros deseos, ilusiones y expectativas. Ésa es la motivación genuina, por lo menos para el Dharma: descubrir la verdad, no importa cuál sea, y así ayudar a los demás.
(http://www.ted.com/index.php/talks/matthieu_ricard_on_the_habits_of_happiness.html).
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