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martes, 6 de enero de 2015

Palabras como ascuas


A veces hay quien denuncia la aparente contradicción de la idea budista de que las palabras no valen porque, obviamente, en el Dharma se valoran y respetan las palabras de los maestros de la tradición. ¿Hay algo más ahí, aparte de lo que se capta a simple vista?

En realidad, la vida y las experiencias de los maestros del Dharma son algo intangible para nosotros, como una danza que tuvo lugar y se desvaneció hace tiempo. Afortundamente, no todo se perdió; atrás han quedado algunas huellas, como los rescoldos de una hoguera moribunda.

Muchos de los que tuvieron experiencias como el despertar recurrieron a las palabras para comunicar lo que es, aunque todos afirman que no se puede poner en palabras. Es un dilema ineludible, que cada uno afronta y resuelve lo mejor posible.

Esas palabras no son valiosas en sí, como reliquias de un fuego apagado que debemos venerar como algo grandioso pero irrepetible; sería absurdo adorarlas con devoción ciega mientras van perdiendo calor hasta quedar convertidas en carbón inerte en nuestras manos. Son preciosas porque son como ascuas que conservan algo del fuego de la experiencia con el que ardieron; y ese fuego a su vez tampoco debe ser adorado en sí, porque lo que importa es la luz y el calor que irradia: la sabiduría y la compasión que se pueden despertar en nosotros, cada uno a nuestra manera, si hacemos buen uso de las ascuas-palabras de los maestros que han sobrevivido al paso de los siglos.

Así, lo que está más allá de las palabras es una puerta a lo que está más allá de las ascuas, ahí donde las experiencias de los maestros nos pueden tocar y encender con el mismo fuego que encendieron ellos, en beneficio de todos los seres.

Por eso enciendo una vela dentro de mí y rezo fervientemente por que se produzca este santo contagio que reviva en todos nuestra propia naturaleza de compasión y sabiduría.


miércoles, 15 de octubre de 2014

Un voto sonriente






Cuando explico el budismo a otras personas, uno de los retos más peliagudos es cómo afirmar lo que siento como cierto de toda certeza sin caer en el dogmatismo.

Parte de la dificultad viene de que vivimos en una cultura muy distinta de la antigua India, donde Gautama proclamó el Dharma por primera vez. Ahora, al menos en Occidente, nos movemos en un ambiente de democracia y relativismo, donde se da por sentado que cada cual tiene su opinión y que todas son igualmente respetables. Excepto en ciencia y tecnología, la noción de verdad objetiva ha cedido terreno frente a la tolerancia, la libertad personal y el rechazo de la ortodoxia religiosa.

El resto de la dificultad estriba en que en el budismo sí que hay un criterio de verdad, que es simple y llanamente la propia experiencia.

Ah, pero la propia experiencia... ¿no es por definición subjetiva? ¡He ahí el problema! ¿Cómo puede algo que se experimenta subjetivamente servir como criterio universal y válido para todos?

Nosotros, hijos involuntarios del Romanticismo, creemos que nada hay más personal, único e intransferible que la propia experiencia, que es lo que nos distingue de los demás. Todos sentimos que somos especiales de alguna manera u otra.

Para Buda, en cambio, y para muchos otros que siguieron sus pasos, hay experiencias que pueden ser comunes y compartidas; lo propio no tiene por qué ser exclusivo. Cada uno las vivirá a su manera, pero si realmente son importantes y dejan huella, dos personas que las hayan tenido podrán reconocerse entre sí igual que dos carteristas se reconocen al instante en una habitación llena de gente (me suena que Rumi usa esta imagen en algún poema –lo agradeceré si alguien me lo confirma).

La experiencia que sirve de piedra de toque en el Dharma se llama el Despertar (bodhi) y es la esencia del camino: el sol que no vemos directamente pero que proyecta las sombras que sí percibimos como la forma externa del budismo: las prácticas y enseñanzas.

Pero hay muchos budismos, se me dirá; tantos como culturas que lo albergan, escuelas que lo practican o incluso personas que lo profesan.

En cierto sentido, se puede ver así. Pero en otro más importante, solo hay un budismo: el que ha convalidado la sucesión de aparentes individuos que siguieron los pasos de Siddhartha Gautama y llegaron, como él, a la otra orilla, al Despertar.

En realidad, el término “budismo” equivale a “despertismo”, no a la adoración del personaje histórico llamado Buda. ¿Qué sentido tiene si no hay despertar? Más o menos el mismo que tendría un montañismo sin montañas.

El antiguo Chan está lleno de historias pintorescas de maestros siempre atentos para examinar a sus estudiantes, a veces con la intensidad de un duelo de esgrima, en busca de esto mismo: comprobar si de verdad habían despertado, cada uno a su manera pero más allá de la mente, con la certeza total de quien siente en carne propia la luz y el calor de ese sol que alumbra tras las enseñanzas y prácticas.

Por eso el Dharma budista es como un árbol milagroso que se extiende a través de los siglos entre la oscuridad y el bullicio de multitudes y de vez en cuando, muy de vez en cuando, da flores; no hay dos iguales en su forma, aroma o color, pero con un poco de sensibilidad se puede apreciar que todas son de la misma familia, porque hay una suerte de consistencia interna que las une a todas como hermanos que comparten rasgos comunes.

Una de las paradojas que me encuentro mientras sigo en el camino con sinceridad, pero sin haber llegado aún a la otra orilla, es que me siento mucho más capaz de intuir qué flores no son de la familia budista, por mucho que se presenten como tales, que de demostrar mi pertenencia a esa familia con el florecimiento de mi propia sabiduría y compasión. Ambas cosas parecen avanzar a distinta velocidad.

Pero mi propia certeza a la hora de descartar no significa, por supuesto, que otros tengan que aceptar mis intuiciones. En inglés hay un proverbio que dice the proof of the pudding is in the eating –en otras palabras, que no se sabe si algo es bueno hasta que se prueba. También hay un refrán español que dice: “Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”. El tiempo pondrá cada cosa en su sitio.

Así pues, hago votos por que un día todos los seres nos encontremos en la otra orilla, que no es un lugar, y podamos sonreír ante los esfuerzos que hicimos, cada uno a su manera, por llegar ahí.

Y, ya puestos, yo al menos también espero reírme abiertamente de mis errores y tropiezos por el camino, y por qué no, de la falsa importancia y la seriedad mal entendida con que me lo tomé a veces.

Como decía Shanjian más de una vez, “No te preocupes; todo es un gran chiste”.

¡Que así sea!

lunes, 26 de agosto de 2013

Lascaux




Ahí estábamos, por fin... apretados en el estrecho espacio de la gruta, rodeados de niños inquietos, oyendo las explicaciones rutinarias de la guía, sabiendo que todo era solo una réplica de la cueva y las pinturas auténticas. 

Y sin embargo algo inesperado ocurrió: un contacto con algo misterioso y ajeno, a la vez que extrañamente familiar y reconfortante...

En ese espacio oscuro que se abría bajo la tierra me sentí acogido, protegido y conectado, como si hubiera regresado al útero primigenio común de nuestra especie. Y comprendí lo que estaba pasando.

En sus paredes vi con ojos limpios la magnificencia de la vida animal del planeta y también la magnificencia de la humanidad que tuvo el don de captarla y el impulso de comunicarla así, sin palabras, con una presencia rotunda, inapelable. De esos trazos y colores manaban a borbotones el asombro y la celebración de nuestra profunda hermandad con todos los seres, en la vida y en la muerte aparentes.

Quienquiera que hiciera esas representaciones me prestó también sus ojos, sus manos y su corazón para apreciarlas como él o ellos las sintieron. Vi la vida con los mismos ojos que Adán y Eva, antes de la expulsión del Jardín del Edén, y vibré con ella. Ese es también el milagro de Lascaux, para quien pueda y quiera abrirse a él. 

Salí de la cueva rebautizado en el Dharma natural, sintiendo que ser humano es algo sublime, en camino de vuelta a una “civilización” que parece empeñada en demostrarnos lo contrario día sí, día también.

Pero Lascaux sigue resonando dentro de mí. No conozco mayor templo budista que ese.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Esperando la lluvia

“Una persona experta no se vuelve arrogante debido a perspectivas filosóficas o pensamientos, porque no es de ese tipo; no se deja guiar por las obras religiosas o por la tradición, no se deja llevar a ninguno de los lugares de descanso de la mente”.

Cuando Buda habla de estos lugares de descanso de la mente, ¿a qué se refiere?

Suena como si la mente tuviera que mantenerse en movimiento perpetuo, como algunos tipos de tiburón que nunca se detienen, ni siquiera para dormir; pero en realidad habla de esas ocasiones en que la mente se “desconecta” y pone el piloto automático, abdicando momentáneamente de su responsabilidad investigadora para abandonarse a una autoridad ajena, sea una creencia, una tradición o un hábito. Es algo que hacemos todo el tiempo, en cuanto nos despistamos.

Parece como si Buda nos estuviera diciendo: “Cuidado, no os caséis con ningún concepto fijo –¡ni siquiera con el budismo! Cualquier apego a patrones rígidos no es vuestra propia naturaleza sino una forma de fosilización mental”. Eso significa que no podemos definirnos ni adherirnos a ninguna posición fija, a ningún “-ismo”: ni creencias, ni ideologías, ni gustos, ni una identidad sólida. Somos agua que corre; si nos paramos a descansar en esos lugares de la mente, nos congelamos; estamos muertos. La calidad de la atención y presencia que eso exige es algo tremendo.

Quizá sorprenda ver aquí a Buda como adalid de la fluidez, como si eso fuese una virtud exclusiva de los sabios daoístas y los maestros de artes marciales; pero también el sufí Rumi, en un contexto muy diferente, se hizo eco del mismo sentimiento: 

Quienquiera que ame Tu actividad creadora está lleno de gloria.
Quienquiera que ame lo que has creado no es un verdadero creyente.

Solo que Buda le imprime a esa advertencia un giro idiosincrático y espectacular, que para mí lo aleja definitivamente de la esfera religiosa: no se trata de adorar la actividad de un Dios creador, por magnífica que sea, sino de evitar caer en la trampa de tomar por reales las “creaciones” del único “dios” que existe –la mente (no el cerebro, sino la hidra de treinta cabezas en llamas que Buda presentó en el Sutra del fuego).  

Ahora que lo pienso, las palabras de Buda tienen además una aplicación colectiva que nos atañe a todos los que seguimos su guía. Si nos miramos al espejo, siendo sinceros, ¿hay alguna escuela budista que no se considere superior a las demás de forma abierta o velada? Unas destacan su autenticidad y fidelidad a los orígenes, otras elogian su enfoque directo y súbito, otras se consideran reservadas para los de mayor capacidad… pero es una cantinela que se repite por igual entre gentes de casi todos los caminos, ya sean Mahayana, Vajrayana, o Dzogchen. Prácticamente nadie se da cuenta de que hay distintas vías porque hay temperamentos diferentes o reconoce que no todas las vías son aptas para todo el mundo. Curiosamente, todos ellos se sienten aristócratas del espíritu; se diría que en el Dharma se desató desde el inicio una carrera de armamentos de tecnología meditativa que, mira tú por dónde, ha acabado por dejarles a la cabeza del pelotón. Lo cómico es que se parezcan tanto precisamente en sentirse especiales y mejores que las demás. Más les valdría olvidarse de competiciones y recordar las enseñanzas del Tathagata:

“No te formes perspectivas en el mundo ya sea mediante el conocimiento, la conducta virtuosa o las prácticas religiosas; igualmente, evita pensar de ti mismo como superior, inferior o igual a los demás.

“Los sabios se desprenden del ‘yo’ y al estar libres de apegos no dependen del conocimiento. Tampoco disputan sobre opiniones ni se asientan en ninguna perspectiva.

“Para los que no tienen deseos de cualquiera de los extremos del devenir o el no-devenir, aquí o en otra existencia, no hay conflicto con las perspectivas que mantengan los demás.

“Ellos no se forman la más mínima noción con respecto a perspectivas que hayan visto, oído, o elucubrado. ¿Cómo se les podría influir a esos sabios que no se agarran a ninguna perspectiva?”

Los antiguos sutras y shastras budistas son un tesoro de sabiduría y compasión, aunque siempre hay que mirar más allá de lo que dicen literalmente. Es una pena que tantos budistas –a excepción quizá de los Theravada– los pasen por alto. En vez de disputar sobre los méritos y excelencias de cada camino del Budadharma, ¿no sería mejor reconocer nuestra raíz común y cultivarla como lugar de encuentro? 

 
常常访本源, cháng cháng fǎng ​běn yuán
Vuelve a menudo a la fuente

Una liberación a mano


A veces cuando me abruma la sensación de desierto, como ahora con mis lecturas, vuelvo a los orígenes, a las palabras de Buda, que para mí son fuente de sabiduría intemporal.

Releyendo sus enseñanzas, hoy me he encontrado con una de sus habituales andanadas a la línea de flotación de la identidad:

“Ahora declaro esto: tras investigar, no hay nada entre todas las doctrinas que alguien como yo abrazaría. Al ver la penuria de las perspectivas filosóficas, sin adoptar ninguna de ellas, buscando la verdad descubrí la paz interior.

“Ni por cualquier opinión filosófica, ni por tradición, ni por conocimiento, ni por la virtud y las obras religiosas puede nadie decir que la pureza existe; ni por la ausencia de opinión filosófica, ni por la ausencia de tradición, ni por la ausencia de conocimiento, ni por la ausencia de virtud y buenas obras tampoco; abandonándolas sin adoptar ninguna otra cosa, que uno, sereno e independiente, no desee ningún lugar de descanso.

“El que se cree igual a los demás, o superior, o inferior, disputa por esa misma razón; pero el que se mantiene impávido bajo esas tres condiciones, para esa persona las nociones de ‘igual’, ‘superior’ o ‘inferior’ no existen.

“El Sabio para el que no existen las nociones de ‘igual’ o ‘desigual’, ¿acaso diría ‘Esto es verdad’? ¿O con quién disputaría, diciendo ‘Eso es falso’? ¿Con quién iba a entrar en disputa?

“La persona experta no se vuelve arrogante debido a perspectivas filosóficas o pensamientos, porque no es de ese tipo; no se deja guiar por las obras religiosas o por la tradición, no se deja llevar a ninguno de los lugares de descanso de la mente.

“Para el que está libre de puntos de vista no hay ataduras, para el que se ha liberado mediante la comprensión no hay locuras; pero los que se agarran a los puntos de vista y las opiniones filosóficas, esos deambulan por el mundo irritando a la gente”.

Me encanta Buda, siempre tan frontal y directo.

¿Qué entiendo de sus palabras?

Que hay una verdad que se puede experimentar más allá de las disputas y las dicotomías mentales de “x” o “no-x”. Esa verdad es suprema y superior a toda disquisición filosófica.

Que solo los que la han experimentado pueden hablar legítimamente de esa verdad. Por tanto, hacer cábalas sobre lo que es o deja de ser no me va a acercar a ella. El mapa no es el territorio.

Que cualquier operación mental que haga para acceder a ella mediante atajos es una trampa; solo vale ir a su encuentro desnudo, sin aceptar ninguno de los sucedáneos que la mente, siempre tan perra, me ofrece sin cesar. No hay sustituto posible para la experiencia directa.

Que compararme con los demás refuerza la identidad (la creencia en mi propia existencia y la de los demás como entes separados) y es fuente de ansiedad, riñas y estrategias absurdas.

Que las discriminaciones mentales me separan de la experiencia de la verdad, que está al alcance de la mano.

Que tengo que estar constantemente vigilante para no dejarme llevar por la fuerza de la costumbre a esos rincones mentales donde me acomodo y descuido, dejándome llevar por la corriente de mis hábitos malsanos más inveterados.

Que la liberación pasa por librarme primero de mis propias ideas y opiniones, que son las cañas y barro con los que he construido mi endeble identidad intelectual, que tiene que desmoronarse por completo para dar paso a más luz. Afortunadamente, como reza el dicho, torres más altas han caído.

Claro que Buda tenía razón. Con este “programa de actividades” por delante… ¿a quién se le ocurriría ponerse a discutir con otros?

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Ni sí ni no, sino todo lo contrario

Hoy día es relativamente fácil encontrar textos de los antiguos maestros, incluso en español. La gente puede leer a Bodhidharma o Huineng y creer que con eso los entiende. El problema es que a menudo esos textos acaban por despistarnos en vez de orientarnos, según cómo los leamos; porque si nos quedamos en la letra sin entrar en su espíritu, cualquiera puede encontrar aparentes contradicciones entre ellos y, si no anda con cuidado, liarse a discutir con propios y extraños usando las palabras como armas arrojadizas.

Pero las palabras no son lo importante; son una ventana abierta a la mente de quien las usa, cierto, pero no son lo mismo que la experiencia que intenta expresar esa mente al usarlas. En el camino budista se atiende a todas las etapas que dan origen a las palabras. En primer lugar, hay una experiencia cruda; a su vez, esa experiencia genera una respuesta interna del sistema; la respuesta pasa luego a la cognición, donde se elabora; y sólo entonces se asocia con una o varias palabras. La secuencia, por tanto, es:

Experiencia > respuesta interna > “traducción” cognitiva > palabra(s)

Lamentablemente, nuestra cultura a menudo pasa por alto la serie completa para centrarse de manera preferente en su único resultado manifiesto, la palabra, que es lo que usa como moneda de cambio. Así, las experiencias desaparecen y las palabras ocupan su espacio, como si fuesen autónomas. Una similar idolatría formal ha llegado incluso a artes marciales como el Qigong o el Taiji, donde (al menos en mi experiencia) lo que se transmite no son las experiencias que dieron origen a las formas, sino la mera “cáscara” de las posturas corporales. Evidentemente, eso le roba toda la profundidad a la expresión de que se trate –ya sea taiji, música o haikus– y lo convierte en un producto adocenado, más fácil de vender pero también más pobre.

Para evitar la tentación de las disquisiciones teóricas y las disputas doctrinales sobre el budismo, nuestro viejo conocido, el maestro Dazhu Huihai, aporta algún buen antídoto que otro. Veamos qué tiene que decir al respecto.

La primera respuesta ocurre tras un intercambio con un huésped del monasterio, en el que Huihai le había aclarado las funciones de varias clases de maestros budistas (Vinaya, Dharma y Chan). Entonces, el huésped volvió a preguntarle:

“El confucionismo, el daoísmo y el budismo ¿vienen a ser una sola doctrina o tres?”
            Huihai: “Cuando los emplean los de gran capacidad, son lo mismo; cuando los entienden los de intelecto limitado, son diferentes. Todos ellos brotan del funcionamiento de la única propia naturaleza. Son los puntos de vista que siguen a la diferenciación los que los convierten en tres doctrinas. El que una persona siga inmersa en la delusión o alcance la iluminación depende de esa persona, no de las diferencias o la similitud de la doctrina”.

Parece claro que el criterio de verdad que maneja Huihai –y por extensión los maestros del Dharma– no se limita a lo que oyen los oídos o leen los ojos, sino que va más allá, a un ámbito que se empieza a divisar con la práctica sincera del Dharma. La verdad y el engaño son una circunstancia del individuo, según esté o no alineado con su propia naturaleza; no son propiedades intrínsecas de las palabras, sean sueltas o agrupadas.

El venerable Chih, que solía exponer el Sutra Avatamsaka, preguntó, “¿Por qué no admite que los bambús frescos y verdes son el Dharmakaya (la realidad última) y que los montones exuberantes de flores amarillas no son otra cosa que prajna (sabiduría trascendental)?”
            Huihai: “El Dharmakaya es inmaterial, pero se vale de los bambús verdes existentes para revelarse. Prajna no diferencia, sino que se vale de las flores amarillas para manifestarse. Estas flores amarillas y bambús no poseen ellos mismos prajna o el Dharmakaya. Por tanto se dice en un sutra: ‘El verdadero Dharmakaya de los Budas se asemeja a un vacío; se revela a sí mismo en respuesta a las necesidades de los seres vivos como la luna que se refleja en el agua’. Si las flores amarillas fueran prajna, entonces el prajna sería idéntico a los objetos inanimados; si los bambús verdes fueran el Dharmakaya, entonces serían capaces del funcionamiento responsivo del Dharmakaya. ¿Lo entiende, venerable señor?”
            Chih: “No, no lo entiendo”.
            Huihai: “Los que han percibido su propia naturaleza estarán en lo correcto ya digan que esas cosas son prajna y el Dharmakaya o que no lo son; porque cumplirán su función de acuerdo con las circunstancias imperantes sin verse obstaculizados por la concepción dual de ‘correcto’ e ‘incorrecto’. En cuanto a las personas que aún no han percibido su propia naturaleza, cuando hablan de bambús verdes forman un concepto rígido de bambús verdes como tales; y, cuando hablan de flores amarillas, forman el mismo tipo de concepto rígido. Además, cuando hablan del Dharmakaya eso se convierte en un impedimento para ellos, y hablan de prajna sin saber lo que es. Así pues, todo lo que dicen se queda en el nivel del debate teórico”.
            Chih se inclinó en señal de agradecimiento y se retiró.

La conclusión es clara: hay que ir a la esencia de las cosas, no quedarse atrapado en las formas seductoras ni dejarse enganchar en las zarzas de los interminables debates llenos de identidad. La vara de medir es la experiencia, no las palabras en sí. De hecho, las mismas palabras pueden ser una respuesta correcta en un caso e incorrecta en otro, según quién y en qué circunstancias las diga.

Esto choca de frente con nuestra mentalidad racional, tan dependiente de la lógica verbal, pero es esencial en el Chan. Entenderlo bien puede ahorrarnos años de extravío estéril.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Una visita inesperada

A veces un acontecimiento fortuito encierra enseñanzas más fecundas, si se saben ver, que cientos de volúmenes escritos por las plumas más ilustradas.

Juéshān: No te vas a creer lo que me acaba de ocurrir. Recién llegado de un largo paseo, me pareció que la silla que tenemos bajo el olivo me invitaba a una sesión de contemplación al aire libre.

Me senté y estaba empezando a disfrutar del placer de simplemente sentir, la mera experiencia de los canales abiertos y disponibles sin contenido alguno, cuando oí unas pisadas ligeras detrás de mí y a la derecha, que se acercaban a mí y luego se detenían.

Abro los ojos y ¿qué veo?

A nuestro amigo el zorro, plantado como a metro y medio de distancia y mirándome.

Así que le devolví la mirada.

No llevaba las gafas puestas, y no me las quería poner para no asustarlo, así que lo miré a través de la neblina de mi miopía.

Nos miramos el uno al otro unos segundos, y el tiempo se detuvo.

Todo tenía un aire tan natural que casi parecía como si fuera un viejo amigo que de repente aparece para hacer una visita y comprobar que todo marcha bien. O quizá se estuviera preguntando si yo sería un buen almuerzo.

Entonces echó a andar hacia nuestra huerta de escarolas, y me pareció que ya podía mover el brazo y ponerme las gafas.

En ese momento el zorro vio algo en el camino que baja a la derecha, y salió corriendo elegantemente hacia la masía vieja, arrastrando con gracia su oronda cola tras de sí hasta que lo perdí de vista.

¡Brindo por muchos años de vida y salud para ti, hermano zorro!

Shānjiàn: Mira a toda la naturaleza con los mismos ojos... Es la misma alegría y asombro... sólo que hay otros seres naturales que no salen corriendo.

Los vemos tan a menudo que olvidamos tratar a cada momento como si fuera el primero, y ése es nuestro problema. Ahora ve y contempla una brizna de hierba, un árbol, las nubes, con ojos primerizos... Ahí es donde está el Dharma, y el Tao.

lunes, 1 de octubre de 2007

A vueltas con el esfuerzo

Uno de los mitos más comunes en ciertos círculos, basado en una comprensión incompleta de doctrinas hinduistas de popularidad creciente en Occidente, advierte sobre las supuestas contraindicaciones del esfuerzo para la búsqueda espiritual. En cierto sentido no es motivo de asombro, sino un reflejo de estos tiempos en los que el péndulo de los valores ha oscilado a favor de ideas como la espontaneidad y la creatividad a expensas del esfuerzo y la memoria, a los que ahora se les atribuye un tinte casi fascista. A pesar de que parece más natural en este ambiente, sigue siendo sorprendente lo fácil y provechoso que resulta tergiversar las enseñanzas tradicionales a base de extraer de ellas sólo lo que nos interesa e ignorar todo lo demás, y lo rápidamente que estas medias verdades, siempre que estén bien empaquetadas y promocionadas, se extienden entre un coro de voces que las ensalzan, vitorean y devoran como si fueran una nueva fórmula para la paz interior, la felicidad y la iluminación personal.
Es muy evidente que el camino espiritual está lleno de aparentes contradicciones que hacen de él algo sumamente paradójico. Y es cierto también que ante la cuestión del esfuerzo –como ante tantas otras– hay que hilar muy fino: si todo el camino espiritual culmina en la conciencia de que no hay individuos y que nuestra separación aparente es una ilusión, ¿quién es el que hace el esfuerzo, y quién el que llega a esa conciencia? Por eso, por ejemplo, el Dharma a menudo se describe a sí mismo como un camino sobre el que se camina, pero sin que en realidad haya nadie que esté caminando. Como en tantos otros casos, la enseñanza sobre el esfuerzo individual también es una moneda de dos caras; falseamos la realidad si no las incluimos ambas en la receta. A la hora de ilustrar esa paradoja no conozco nada más pertinente que el dicho sufí que trata de la iluminación: “Esta cosa de la que hablamos no se puede encontrar mediante la búsqueda, pero sólo los buscadores la encuentran”. Muchos proclaman lo primero y olvidan lo segundo, pero esa verdad a medias es más engañosa que un embuste con todas las de la ley.
Es algo que harían bien en recordar quienes abrazan esta filosofía del no-esfuerzo, tan seductora en su versión comercial para nuestro estilo de vida apresurado, interesado siempre en la gratificación inmediata de deseos y apetencias a cambio de la mínima inversión posible. Si todo está bien tal como es y nunca hay que hacer ningún esfuerzo porque el esfuerzo mismo es lo que nos impide experimentar esa pretendida perfección de la realidad, ¿qué mejor licencia para continuar con nuestras vidas como hasta ahora sin preocuparnos de cambiar ni hacer nada que pueda importunarnos (o que pueda ayudar a los demás)? En el fondo, en el camino espiritual todos queremos apuntarnos al salto con pértiga que nos catapulte desde donde estamos ahora directamente a la iluminación, sin pasar por el arduo y exigente proceso de limpiar y desactivar el equipaje que hemos ido acumulando a lo largo de los años.
Ah... pero hay un problema con el planazo este de la perfección infusa. El problema es que, por mucho que lo afirmen las voces más reputadas de Oriente y Occidente, y por muchos libros que leamos o charlas que escuchemos, las cosas rara vez son así de perfectas en nuestra experiencia: una mirada despejada a nuestro alrededor o a nosotros mismos pasada la euforia inicial nos lo dejará bien claro si es que teníamos dudas. Y, si somos sinceros, reconoceremos que no hay palabras suficientes en el mundo para convertir esa idea de la supuesta perfección de la realidad en experiencia directa propia, de primera mano, sin sombra de duda. Por suerte o por desgracia, la mera información no transforma nuestra manera de experimentar la vida. Es algo parecido a dejar un hábito adictivo como fumar: es verdad que los libros y los talleres te pueden ayudar hasta cierto punto, pero en algún momento del proceso hace falta que intervenga algo más que pertenece a un orden inaccesible a la mente cognitiva. La mente se aplica para generar unas condiciones en las que se puede producir ese encaje de lucidez, convicción y firmeza; pero, en grado variable según las circunstancias de cada cual, ese encaje es algo que nunca se puede forzar deliberadamente ni controlar del todo.
Volviendo al esfuerzo, quizá sea útil leer las palabras de otro sabio indio sobre este asunto, en las que traza un boceto de Siddhartha Gautama de camino a convertirse en el Buda, “el despertado”. Es algo más florido que los relatos tradicionales, desde luego, aunque se trata de una licencia tolerable en la medida en que describe perfectamente unos mecanismos sólo adumbrados en el terso dicho sufí, pero que resultan tan comunes y extensibles a cualquier empresa humana que prácticamente tienen validez universal:
“El camino de la meditación es arduo y muy contradictorio. No hay nada que puedas encontrar más contradictorio que la meditación. Es contradictoria porque tiene que comenzar como esfuerzo y debe terminar como ausencia de esfuerzo. Pero así es como es. Quizá no seas capaz de captar con la lógica cómo ocurre, pero en la práctica sucede. Llega un día en el que simplemente te hartas de tu esfuerzo y éste se desprende.
“Así le ocurrió a Buda. Durante seis años realizó todos los esfuerzos posibles. Ningún ser humano ha tenido una obsesión semejante por llegar a la iluminación. Hacía todo lo que podía. Iba de un maestro a otro, y todo lo que se le enseñaba, lo hacía perfectamente. Ése era el problema, porque ningún maestro podía decirle, “No lo estás haciendo bien, y por eso no obtienes resultados”. Eso era imposible. Practicaba mejor que cualquier maestro, así que los maestros tenían que confesar, “Esto es todo lo que tenemos que enseñar. No sabemos nada más que esto. Busca en otro sitio”.
“Era un discípulo peligroso, y sólo los discípulos peligrosos tienen éxito. Estudiaba todo lo que podía. Cualquier cosa que se le dijera, la hacía, exactamente tal como se lo habían dicho. Luego iba al maestro y le decía, “Lo he hecho, pero no ha ocurrido nada. Y ahora, ¿qué?”
“Los maestros le decían, “Hay un maestro en los Himalayas, ve ahí”. O, “Hay un maestro en tal bosque, ve ahí. No sabemos nada más que esto.”
“Durante seis años dio vueltas y más vueltas. Hizo todo lo factible, todo lo humanamente posible, y entonces se hartó. La empresa entera parecía inútil, estéril, sin sentido. Una noche relajó todos sus esfuerzos. Estaba sentado bajo el árbol del bodhi y dijo, “Ahora todo se ha acabado. No tengo nada que hacer en el mundo. Todo se ha acabado. No sólo en este mundo, sino en el siguiente también”.
“De repente, todos los esfuerzos se desprendieron. Estaba vacío, porque cuando no hay nada que hacer, la mente no puede moverse. La mente se mueve sólo porque hay algo que hacer, alguna motivación, alguna meta. La mente se mueve porque algo es posible, hay algo que se puede conseguir, si no hoy, entonces mañana. Si existe la posibilidad de conseguir algo, la mente se mueve.
“Esa noche Buda llegó a un punto muerto. En realidad, murió en ese preciso instante porque no había futuro. No había nada que conseguir, ni nada que pudiera conseguirse. “Lo he hecho todo. El mundo entero es inútil y toda esta existencia es una pesadilla”. No sólo se le antojó fútil el mundo material, sino el espiritual también. Se relajó. No es que hiciera nada para relajarse. Esta es la cuestión que hay que entender: no había nada que le provocara tensión, por tanto se relajó. No hubo esfuerzo alguno por su parte para relajarse.
“No es que intentara relajarse bajo el árbol del bodhi. No había nada que hacer, nada por lo cual estar tenso, nada que desear, ningún futuro, ninguna esperanza. Esa noche su desesperanza era total. La relajación ocurrió. No puedes relajarte si queda algo que conseguir que sigue dando vueltas en tu mente. Le das vueltas y vueltas y más vueltas. Pero esa noche, las vueltas pararon de repente, la rueda se paró. Buda se relajó y se durmió. Cuando se despertó por la mañana, la última estrella se estaba poniendo. Vio cómo desaparecía la última estrella, y con esa estrella él desapareció por completo, se convirtió en un ser iluminado.
“Entonces la gente empezó a preguntarle, “¿Cómo lo has conseguido? ¿Cuál ha sido tu método?” Podéis comprender la dificultad de Buda. Si decía que lo había logrado usando algún método, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había método. Si decía que lo había logrado a través del esfuerzo, sería un error, porque lo logró sólo cuando no había esfuerzo. Pero si decía, “No hagáis esfuerzo alguno y lo lograréis”, también sería un error, porque esos seis años de esfuerzo eran el telón de fondo de su ausencia de esfuerzo. Sin esos seis años de intenso esfuerzo, no se podría haber logrado este estado de no-esfuerzo. Sólo a causa de ese denodado esfuerzo llegó a la cumbre. Luego, cuando ya no tenía adonde ir, se relajó y cayó al valle.
“Hay que recordar esto por varias razones. El esfuerzo espiritual es el más contradictorio de los fenómenos. Hay que hacer el esfuerzo, con plena conciencia de que nada puede lograrse a través del esfuerzo. Hay que realizar el esfuerzo únicamente para alcanzar el no-esfuerzo, porque si te relajas, nunca llegarás a la relajación que le vino a Buda. Sigues haciendo todos los esfuerzos, hasta que de forma automática llega un momento en el que a base de puro esfuerzo llegas a un punto en el que te ocurre la relajación.”
Como dijo otro sabio: quien tenga oídos, que oiga.