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domingo, 11 de julio de 2021

A vueltas con el juicio

 

He tenido un nuevo vislumbre en mi contubernio con el budismo popular en boga que me ayuda a entender mejor por qué lo encuentro tan facilón y engañoso.

La semana pasada hicimos una larga meditación en Sala Dana, con continuas instrucciones habladas sobre el cuerpo y la necesidad de ser amables y dar la bienvenida a cualquier cosa que surgiera en la práctica.

Cuando llegó el turno de comentar las experiencias, viendo que nadie se arrancaba, dije que había sentido somnolencia por la mascarilla y que deseaba fervientemente que llegara el día de volver a meditar sin ella. La instructora me corrigió diciendo que ese era un caso de aversión y que la meditación trata de ver qué está pasando en cada momento para ver cómo funciona la mente, no de cambiar nuestra experiencia.

Aunque no estaba de acuerdo, no contesté porque no le veo sentido a enzarzarse en debates y polémicas, sobre todo con gente que tiene una visión distinta del Dharma y están convencidos de su verdad, montados en la ola triunfal del mindfulness que amenaza con convertirse en el monocultivo del budismo popular.

Para mí hay una contradicción evidente entre la postura que adoptamos para meditar, con la espalda erguida para asegurar la respiración libre y una buena oxigenación de la sangre, y la mascarilla que nos hace inhalar una y otra vez el CO2 que exhalamos. Creo que mi somnolencia estaba directamente relacionada con eso, aunque tampoco me ocurre siempre que medito así.

Pero más allá del desacuerdo sobre los efectos de la mascarilla, y de que este movimiento basado en la Insight Meditation (que es como traducen vipassana) llame aversión a lo que nosotros consideramos “no-gusto”, para mí el nudo del asunto está en la afirmación de que meditar tiene que ver con observar sin juzgar para aprender cómo funciona la mente. Es una frase que ya me dijo otro instructor de la misma cuerda durante un retiro y refleja una idea de qué es la meditación tan extendida como alejada de la que hemos aprendido con Shanjian.

Para empezar, las meditaciones vipassana al estilo de la Insight Meditation anglosajona suelen ser guiadas y el constante recurso a las palabras hace que se mantengan firmemente ancladas en la mente cognitiva. No veo cómo eso puede llevar al Despertar o ni siquiera a eliminar las identidades (akusala-mula), pues ambos impedimentos se alojan en fases no cognitivas de la mente y por tanto para disolverlos hace falta algo que alcance más allá, hasta sus mismas raíces en la Ignorancia (avidya).

La consecuencia fundamental de esta instrucción de “observar sin juzgar para aprender cómo funciona la mente” es que ya no hay fracaso posible en la meditación, porque no hay ninguna meta u objetivo más allá; vale todo lo que surja en un mitificado “aquí y ahora” que supuestamente contiene todas las claves y cada individuo queda así democráticamente “empoderado” en su práctica por la inexistencia de cualquier evaluación. Incluso darse cuenta en el último minuto de que has estado distraído toda la sesión ya lo califican como un “despertar”. Personalmente, cuando me ofrecen este tipo de caramelos como premio y acicate siento que me están tratando como a un niño, pero a muchos parece que les funciona...

Si todo es igualmente válido solo porque es igualmente observable por la mente cognitiva, entonces ya no hay correcto ni incorrecto, éxito ni fracaso; lo que impera es un laissez-faire en el que las experiencias meditativas se convalidan por sí solas sin contrastarlas con cualquier criterio ajeno –basta con ser mindful de lo que haya, sea lo que sea. Las habituales llamadas a la amabilidad y el cariño hacia uno mismo y sus experiencias quizá generen cambios positivos en los practicantes, pero también esconden bajo un manto de empatía el arduo trabajo de transformación necesario para liberarnos de las identidades de confusión (moha), codicia (lobha) y aversión (dosa), con las que no conviene ser muy amable ni complaciente. Esa insistencia en lo verbal y emocional, junto con los mensajes reiterados de aliento y recompensa, es muy propia del temperamento de codicia, que no aguanta bien la severidad del aversivo ni la indefinición del confundido.

Sin embargo, la aparente comprensión mutua que esta actitud impone entre los practicantes tiene mucho de superficial; en el fondo, funciona como un pacto de no-agresión por el que nadie entra en la zona de confort de otros y así las identidades no se soliviantan. La meditación pasa entonces de ser una práctica con unos ingredientes (pre-programación), un proceso (concentración, absorción o contemplación) y un resultado (discernimientos) a una especie de papilla sin principio ni fin, con muchas papeletas para derivar en un bucle cognitivo-emocional que da vueltas sobre sí mismo.

Esta propensión se refuerza por el rechazo del juicio, del que ya escribí antes. Sospecho que en parte tiene que ver con una mala interpretación de la palabra judgement que usan las fuentes anglosajonas de la Insight Meditation. El OED incluye entre sus acepciones esta, que es reveladora (subrayo lo importante): The pronouncing of a deliberate (esp. adverse or critical) opinion on a person or a thing; an opinion so pronounced. En cambio, el María Moliner no registra ninguno de esos matices negativos: 1 Facultad de la mente que guía para juzgar y obrar./ Facultad de distinguir el bien del mal o apreciar las cualidades, la calidad, el valor o la belleza de las cosas./ Criterio./ Facultad de la mente que inspira a las personas para juzgar y obrar con prudencia y acierto; particularmente, refiriéndose a la madurez adquirida con la edad./ Conocimiento, cordura, razón, sensatez. 2 Idea que se forma o que se expresa acerca de cómo es una cosa, de lo que conviene hacer en un asunto, etc. 3 Operación de la mente que consiste en relacionar dos ideas, afirmando o negando la una de la otra. Queda claro que “juicio” en español no comparte los matices de condena o crítica que conlleva judgement en inglés (¿reflejo quizá del protestantismo?); al contrario, parece ser una facultad positiva, que distingue al adulto del niño y del adolescente y que convendría cultivar.

Si se da por bueno este trueque solapado, las enseñanzas correctas sobre la atención plena (samma sati) y el afecto benevolente (metta) que ofrece el Dharma corren el riesgo de operar paradójicamente en contra de su orientación fundamental (nirvana). Si la mindfulness rechaza cualquier elemento de contraste (léase “juicio”) para la experiencia de la meditación, y la amabilidad y el cariño hacia uno mismo nos protegen de cualquier evaluación (léase “juicio”) que pueda irritar a nuestras identidades, ¿qué posibilidad tiene esa práctica de disolver nuestros impedimentos y favorecer el despertar a nuestra propia naturaleza, libres de sufrimiento e Ignorancia?

Es cierto que hoy día no abundan los maestros de verdad que puedan y quieran servir de guía en la transformación interior que supone la práctica del Dharma –una ausencia muy grave porque son tan esenciales como el guía alpinista lo es para los escaladores novatos. O como dijo más gráficamente el propio Buda:


“Es imposible, Cunda, que uno que está hundido él mismo en el fango extraiga a otro que está hundido en el fango. Pero es posible, Cunda, que uno que no está hundido él mismo en el fango extraiga a otro que está hundido en el fango” (Sutta Sallekha, MN 8).

Ahora bien, cuando la dificultad de encontrar tales maestros se resuelve inventando un camino alternativo en el que cualquier autoridad resulte sospechosa y cualquier “juicio” que mire más allá de la mindfulness aquí y ahora sea improcedente... eso empieza a parecerse mucho a la disonancia cognitiva.

En efecto, si yo me adhiero al budismo en versión laica, apta para el consumo en Occidente; sigo algunas de sus enseñanzas y adopto algunas de sus prácticas, convenientemente despojadas de aspiraciones trascendentales; participo en un movimiento en auge que cuenta con multitud de instructores/maestros, publicaciones, podcasts, vídeos, centros de meditación y retiro; y aun así no despierto, a pesar de que el Despertar (de raíz sánscrita बुध् *budh-) es la esencia del budismo... ¿qué hago?

Se me ocurren cuatro resoluciones posibles para la disonancia:

1)      El Despertar existe pero las instrucciones que he seguido no valen

2)      El Despertar existe y las instrucciones que he seguido valen, pero mis instructores no las han aplicado bien

3)      El Despertar existe y las instrucciones valen, pero no las he seguido bien

4)      El Despertar no existe, solo es una metáfora; no hay trascendencia posible, todo está en el aquí y ahora

Las dos primeras son difíciles de aceptar para la identidad por la pérdida de tiempo, energía y quizá dinero que suponen; la tercera, en realidad la única sana y honrada, es aún más difícil de admitir porque me atribuye a mí la responsabilidad del fracaso, que es justo lo que la disonancia pretende evitar. Además, las tres me abocan a probar de otra forma si quiero seguir intentándolo y ya sabemos que, en caso de disonancia entre mis creencias y mis actos, lo más habitual es cambiar de creencias y no de actos, que exige más esfuerzo.

Solo la cuarta es aceptable para la identidad porque la justifica, dejándola incólume e incluso envalentonada, como en el experimento original de Leon Festinger en When Prophecy Fails (“Festinger also later described the increased conviction and proselytizing by cult members after disconfirmation as a specific instantiation of cognitive dissonance (i.e., increased proselytizing reduced dissonance by producing the knowledge that others also accepted their beliefs) and its application to understanding complex, mass phenomena”, en https://en.wikipedia.org/ wiki/Leon_Festinger#When_Prophecy_Fails).

Tristemente, esta resolución de disonancia es la que percibo a menudo en mis encuentros con el budismo popular de inspiración anglosajona tan difundido hoy.

¡Caveant meditatores!

sábado, 9 de enero de 2016

Magia Potagia



Recuerdo cómo hace años un amigo que había acudido a Can Catarí a recibir instrucciones sobre cómo meditar replicó sorprendido ante las explicaciones que le daba Shanjian Dashi: “¡Pero eso es una manipulación de la mente!”. Al decir eso, no solo estaba denunciando una maniobra ilegítima; la premisa implícita era que en nuestro estado habitual la mente está libre y limpia de manipulaciones. Pero la neurociencia demuestra que nada está más lejos de la verdad…

En su libro Sleights of Mind: What the Neuroscience of Magic Reveals About Our Everyday Deceptions (“Trucos de la mente. Lo que la neurociencia de la magia revela sobre nuestros engaños cotidianos”), Stephen L. Macknik y Susana Martínez-Conde ilustran sus conocimientos técnicos sobre el cerebro humano y la percepción sensorial con las prácticas de varios magos profesionales que, por pura intuición y sin formación científica alguna, son capaces de aplicar estos principios de forma brillante y espectacular. En realidad, no hay magia como tal: hay destreza manual, sugestión psicológica, recursos dramáticos, etc., y en la medida que eso se oculta o disimula hay misterio, pero en el fondo son las limitaciones y deficiencias de nuestros procesos de percepción sensorial y cognitiva, bien explotadas por el mago, las que hacen posibles esos trucos asombrosos. Por si eso fuera poco, algunas de las conclusiones de este estudio encajan formidablemente bien con la comprensión budista de los procesos de la mente. ¡Qué pena que Shanjian no llegara a conocerlo, porque seguro que lo habría disfrutado una barbaridad! 

La verdad inquietante es que tu cerebro genera la realidad, sea visual o de otro tipo. Lo que ves, oyes, sientes y piensas se basa en lo que esperas ver, oír, sentir y pensar. A su vez, tus expectativas se basan en todas tus experiencias previas y recuerdos. Lo que ves en el “aquí y ahora” es lo que te fue útil en el pasado (…). En lo esencial, eres una máquina de predecir, y predices sin esfuerzo y correctamente casi todos los acontecimientos que van a ocurrir en tu vida. (…) El hecho de que la conciencia dé la impresión de ser una transcripción de la realidad sólida, robusta y repleta de hechos no es más que una de las ilusiones que tu mente se crea para sí misma (…) En realidad no “ves” nada; más bien procesas patrones relativos a objetos, personas, escenas y acontecimientos para generar representaciones del mundo.

Lo cierto es que todos tenemos algo de mago, nos guste o no, por el mero hecho de estar percibiendo sensorialmente este mundo, aunque demasiado a menudo caigamos en una especie de “magia negra” involuntaria e inconsciente cuyos principales perjudicados somos nosotros mismos. El Dharma reconoce que no podemos evitar hacer magia (es decir, percibir ilusiones), ya que nuestros limitados sentidos siempre crean representaciones aproximadas de la “realidad”, pero sí favorece que practiquemos una magia natural e inofensiva en vez de su contraparte dañina. Algo parecido, visto desde otro ángulo, es lo que dijo Einstein en una cita clásica:

El ser humano es parte del todo que llamamos el universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y emociones, como si fueran algo separado del resto –una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es una cárcel para nosotros, que nos reduce a nuestros deseos personales y al afecto sólo para las pocas personas que nos son cercanas. Nuestra tarea debe ser la de liberarnos a nosotros mismos de esta cárcel ampliando la esfera de nuestra compasión hasta abrazar a todos los seres vivos y a la naturaleza entera en toda su belleza.

Si alguno no cree en las auto-manipulaciones inconscientes de la mente, que compruebe cómo somos capaces de engañarnos a nosotros mismos si las condiciones del entorno lo recomiendan por cualquier motivo. ¡Es muy divertido! … y al mismo tiempo, también explica multitud de comportamientos y actitudes ridículas que adoptamos los humanos. 


En otra época, habría pensado que gentes como esta son pérfidos mentirosos, perfectamente conscientes de la falsedad que están proclamando, y aun así mintiendo como bellacos. Sin embargo, ahora me inclino a aceptar otro punto de vista más comprensivo: que como nuestras ideas y razones resultan más eficaces y persuasivas cuanto más creemos en ellas, la mente tiende a hacernos creer lo que nos conviene en cada momento, según sus propios cálculos (inconscientes pero férreos en defensa del interés propio). Se trata por tanto de una variante más de la disonancia cognitiva, o, si se quiere, otro truco más de magia con el que nos engañamos cuando hay alguna ventaja en ello. 

Bien: tenemos cinco sentidos limitados en su alcance y precisión, una mente que crea sin control “la realidad” y además la interpreta erróneamente, fuerzas internas y externas que influyen decisivamente en nuestra percepción sensorial, llegando a inventarse sabores y olores inexistentes en reacción a presiones sociales o psicológicas (y no hablamos de psicópatas; son fenómenos cotidianos de gente considerada “normal”) …

En resumen: ¿puede haber mejor recomendación para no tomarnos las cosas demasiado a pecho ni a nosotros mismos demasiado en serio? La exactitud de nuestra visión del mundo es un caso perdido, pero la magia y el Dharma nos enseñan que el mundo de las ilusiones puede ser maravilloso y de gran belleza si lo vivimos con la distancia justa. ¿Para qué enrocarnos en la realidad y trascendencia de nuestros delirios, como simios borrachos convencidos de su propia importancia?

PD: Aquí va un enlace a la Magia Potagia del genial Juan Tamariz –la vía por la que muchos nos aficionamos a este arte: 



(Mala calidad de imagen al principio, luego se corrige).

viernes, 11 de diciembre de 2015

Seguimos en la jungla

Esto se ha publicado hoy en El País, supuestamente el diario más serio de España. Es una muestra clara de cómo una misma base (la teoría de la disonancia cognitiva de Leon Festinger) se puede presentar como ejemplo y advertencia de las trampas de la mente (la psicología del Dharma) o convertir en otra arma más para la identidad (la psicología mundana y el coaching):

Don’t worry… Be happy, la famosa canción de Bobby McFerrin, no se corresponde a la realidad, según Korb [Alex Korb, investigador de neurociencia en UCLA]. Preocuparse no es malo ni nos aleja de la felicidad. El neurocientífico explica cómo las emociones negativas activan zonas similares en el cerebro. Sentimientos tan dispares como el orgullo, la vergüenza o la culpa tienen consecuencias similares a nivel neurológico y, consecuentemente, anímico. No sucede así, en cambio, con la preocupación, cuyas consecuencias son menos perniciosas en la medida en que el cerebro entiende que estamos en el proceso de dar solución a nuestros problemas. Según el investigador, “preocuparse alivia el sistema límbico al aumentar la actividad de la corteza prefrontal y disminuir la de la amígdala; sentir esta ansiedad significa que estás haciendo algo al respecto, que es mejor que no hacer nada”. [Entiendo que aquí se refiere solo al efecto interno sobre el cerebro, porque hay ocasiones en que lo mejor es no hacer nada, sin duda, sobre todo si la alternativa es hacer algo catastrófico].

Desde la psicología social también se habla en este caso de resolver favorablemente una disonancia cognitiva. Según esta teoría, elaborada por el psicólogo Leon Festinger, aceptamos de buen grado una solución que a priori parece negativa para nosotros con tal de ser congruentes con nuestras propias decisiones: “El malestar de la preocupación lo convierto en una suerte de responsabilidad y autocontrol que me hace sentir bien”.


Esa "resolución favorable de la disonancia cognitiva" no es otra cosa que anteponer la propia comodidad (en forma de congruencia) a la realidad (la contradicción interna). Es justo lo contrario de lo que haría cualquier buscador sincero y honrado y está claro que esa actitud compromete seriamente cualquier posibilidad de crecimiento y progreso.

Lo alucinante es que en este artículo se defienden abiertamente estas maniobras porque "me hacen sentir bien" e incluso se enlaza a un blog en el que se ofrecen ejemplos de cómo racionalizar las conductas disonantes. Una herramienta de gran potencial liberador de las trampas de la mente se usa así para entrar más hondo en ellas con una sonrisa de autocomplacencia en los labios. ¿Cómo se puede llamar eso? Es casi una especie de homeopatía inversa, en la que el fármaco se aplica para fomentar la enfermedad...

Y, por supuesto, el potencial manipulador de este mecanismo psicológico no le ha pasado inadvertido a miles de personas muy inteligentes y preparadas que llevan décadas trabajando en los mundos de la publicidad, la política y los medios de comunicación, siempre listos para ofrecernos un calmante prefabricado a su conveniencia en forma de objeto de consumo u opinión reconfortante que elimine las disonancias (a menudo creadas por ellos mismos como anzuelo).

Como especie, hemos dejado atrás la jungla de alimañas y peligros naturales, pero estamos en otra de bits y bytes, en la que los depredadores ya no amenazan directamente nuestra vida física pero sí nuestra conducta y nuestra salud interna si sucumbimos a sus cantos de sirena.

Como decía el sargento Esterhaus en la serie Hill Street Blues al final de su charla de cada mañana a los patrulleros: "Tengan cuidado ahí fuera".

jueves, 22 de diciembre de 2011

?o¿*!x¡?


Hay poderosas razones por las que la comprensión del proceso de la disonancia cognitiva, junto con las prácticas curativas que lo acompañan, debería formar parte de las primeras etapas de cualquier camino espiritual que aspire a ser sano y estable.

Como quizá ya sepas, la psicología budista habla de tres grupos principales de complejos de recuerdos relacionados con nuestros centros visceral, emocional y mental. Debido a que son subconscientes, estas tendencias o “identidades” suelen pasarnos desapercibidas y solo se detectan una vez ya han ejercido su influencia –lo cual a menudo es demasiado tarde, dada su naturaleza distorsionada y egoísta. Por tanto es evidente que representan un obstáculo formidable para desarrollar y cultivar no solo el Recto Pensamiento, la Recta Palabra y la Recta Acción del Noble Óctuple Sendero sino también, a un nivel más básico, la mismísima atención plena que el Budadharma recomienda para la vida diaria.

Como dice el Dhammapada: “Las gentes insensatas e ignorantes se permiten llevar vidas descuidadas, mientras que el sabio mantiene su atención como su posesión más preciada. […] El monje que se complace en estar atento, y reconoce el peligro de la negligencia, progresa como un incendio forestal, consumiendo todos los obstáculos grandes o pequeños que haya en su camino. El monje que se complace en estar atento, y reconoce el peligro de la negligencia, es incapaz de dejarse caer”.

A no ser que se descubran y disuelvan (o al menos se reduzca su poder considerablemente), estas identidades subliminales se alimentan del descuido y de hecho gobiernan nuestras vidas desde los rincones oscuros de la mente mediante sus motivaciones manchadas, a menudo discrepantes entre sí. Su instrumento más eficaz a tal fin son las soluciones cognitivas fraudulentas pergeñadas por la disonancia cognitiva.

Darse cuenta de ello es algo sumamente relevante en un camino de liberación como el Budadharma, en donde es muy probable que los avances del estudiante en la comprensión, la meditación y sobre todo en la aplicación de sus descubrimientos a la vida diaria despierten la oposición tenaz aunque solapada de las identidades, y a veces una auténtica cacofonía de cantos de sirena destinados a desviarle de la transformación interna que tanto amenaza a su hegemonía.

La disonancia cognitiva es por tanto una de las enseñanzas más importantes que se pueden ofrecer si es que hemos de derrotar a las resoluciones de disonancia de la identidad. Como herramienta conceptual, este conocimiento deja bien clara la relevancia del Dharma en nuestras vidas diarias al desemascarar los trucos mentales que solemos hacernos cuando nos topamos con contradicciones y conflictos entre nuestras creencias y nuestros actos. Como instrumento sobrio de introspección y comprensión que es, este enfoque realista nos baja de las nubes y marca un rumbo sano y sensato que lleva a una mayor conciencia de nuestra condición humana, su potencial y sus dificultades, en contraposición con fastuosas iluminaciones futuras que supuestamente vayan a eliminar todos nuestros problemas de una vez por todas como por arte de magia.

A medida que vayamos leyendo estas detalladas explicaciones, cada uno de nosotros que sea capaz de verse a sí mismo con suficiente honradez en la intimidad de su propia mente probablemente reconocerá ocasiones en las que se comportó con disonancia cognitiva o tuvo la tentación de hacerlo. Con un poco de suerte, se dará cuenta entonces de la necesidad absoluta de entender a fondo cómo funciona, para así neutralizar sus posibles efectos adversos sobre su desarrollo correcto y natural como ser humano en camino de liberarse de las cadenas del samsara manchado.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Trampas en el solitario


Ayer, leyendo un manual de Qigong, me crucé con una frase en la que el autor afirmaba que si esta gimnasia energética china es tan popular en todo el mundo, aun sin contar con el apoyo de las grandes compañías farmacéuticas ni del estamento médico internacional, es porque funciona.

Se me ocurre otra explicación posible, que se puede aplicar lo mismo al Qigong que a la astrología o –¿por qué no? – a los supuestos progresos espirituales de los que algunos alardean en público tras haber realizado un cursillo de meditación. Se trata de la disonancia cognitiva.

En esencia, lo que sostiene esta teoría, formulada por el psicólogo norteamericano Leon Festinger, es que los humanos buscamos la consonancia entre nuestras acciones y creencias pero que, cuando detectamos una discrepancia entre lo que creemos y lo que hacemos, somos mucho más propensos a cambiar nuestras creencias para ajustarlas a nuestras acciones que viceversa, como cabría esperar.

Un ejemplo ilustrativo de disonancia cognitiva es el siguiente experimento, que Festinger llevó a cabo en una universidad de EEUU.

Primero reunió a un grupo de estudiantes voluntarios, a los que pidió que acudieran al laboratorio cierto día para ayudarle a completar un estudio de gran importancia. De ese grupo, a una minoría les prometió una paga muy generosa (pongamos que 20 dólares) y, a la mayoría, otra más bien modesta (digamos que 2 dólares; las cantidades dan igual), pero eso sí, sin que nadie supiera lo que cobraban los demás.

Llegado el día, los estudiantes se presentaron en el laboratorio y Festinger los puso a cada uno a realizar por separado la tarea más infamemente aburrida que se le pudo ocurrir. Luego se marchó y los dejó solos.

Al cabo de unas buenas horas, volvió y se dirigió uno por uno a los estudiantes para explicarles que las cosas iban más despacio de lo que se había imaginado, que él se había movilizado para reclutar a otro grupo de voluntarios, y que ahora cada uno de ellos tenía que hablar con un voluntario para explicarle el trabajo y la necesidad imperiosa de completarlo a tiempo.

Poco después de incorporarse esta segunda tanda de participantes, Festinger dio por concluido el “estudio”; a continuación, entrevistó uno por uno a los ayudantes de refuerzo y recopiló de ellos las razones que les ofrecieron los estudiantes para convencerles. El resultado fue muy interesante: las justificaciones más entusiastas del experimento no procedían de los que cobraban 20 dólares, que en general hablaron fatal de su experiencia, sino de los que sólo cobraban 2.

¿Cuál fue la explicación de Festinger? Tiene que ver con las expectativas y las recompensas. Tanto los que cobraban $20 como los que cobraban $2 creían en principio que iban a participar en algo grande y muy estimulante; sin embargo, la realidad desmintió brutalmente sus expectativas. Ante esa decepción, los de $20 contaban con una recompensa material suficiente que les permitía ver la realidad tal como era (“Me he aburrido como una ostra durante 5 horas pero al menos me he sacado 20 pavos”); en cambio, los de $2 ni siquiera tenían esa opción. ¿Su solución? Para evitar la intolerable sensación de que habían desperdiciado tiempo y esfuerzo, no les quedaba otra que valorar altísimamente su labor, para así “cobrarse” en forma de mérito el déficit de justificación que suponía su escasa paga. Se trataba, en definitiva, de una racionalización.

Pongamos otro ejemplo. Es verano y has contratado en una agencia un viaje a Cancún con todo incluido por 657 €. Pero un día vas por la calle y te encuentras otra agencia que ofrece el mismo viaje por 499 €. Tu primera reacción es: “No puede ser, seguro que hay diferencias”. Aliviado por esa certeza conveniente pasas de largo, pero esa tarde ves el mismo anuncio en internet y lo investigas un poco. ¡Vaya chasco! Todo es idéntico: las fechas, la línea aérea, el hotel, la pensión completa… pero por 158 € menos.

Vaya… y ahora, ¡¿QUÉ?!

Según la teoría de la disonancia cognitiva, desde el momento de tu decepción, tu mente va a estar buscando por todos sitios razones que puedan justificar por qué en el fondo has hecho bien en contratar la oferta de 657 € en vez de la de 499 €: que si tienes mejor sitio en el avión, que si te dan mejor comida, que si la habitación del hotel tiene mejores vistas o está más lejos de la cocina… incluso puede aducir la tranquilidad de tener el viaje cerrado algunos días antes. La mente es así de tramposa… y nosotros podemos elegir cooperar con ella de buen grado si nos encaja. Esta viñeta de Dilbert lo caricaturiza, pero, si lo miras de forma imparcial, verás que esa maniobra está presente en toda nuestra vida cotidiana, al menos como tentación:



¿Cómo se aplica esto a la pervivencia de quiromantes, astrólogos y chalanes de feria surtidos que han existido en todas las culturas desde la noche de los tiempos? Muy fácil. Dejando al margen la posible precisión de sus tratamientos o predicciones –que en muchos casos se puede explicar por un buen manejo de la psicología humana por parte del “experto” (véase también el artículo sobre el efecto Forer en The Skeptic’s Dictionary, en la sección de enlaces del blog)–, simplemente por haber invertido su tiempo y su dinero el paciente ya tiene un interés directo en creer que la consulta o terapia es eficaz; y cuanto más extensa y costosa haya sido su inversión, más fuerte será su creencia. 


Esa circunstancia hace que proliferen por doquier tipos inconscientes o sin escrúpulos, dispuestos a vender a los incautos lo que tan afanosamente buscan. En esa relación, lo que el “experto” hace a menudo es “leer” al paciente, acompañarle y darle ingredientes seleccionados de su arsenal para que él mismo se construya su propia auto-convicción; y, aunque suene absurdo, cuanto más quiera creer el paciente, más estará dispuesto a pagar para que alguien le suministre los materiales para su fantasía. Quizá eso explique por qué, en la misma sesión de sauna india intensiva en la que hace poco murieron sofocadas tres personas en el desierto de Arizona, hubo quien afirmó haber alcanzado un “gran avance espiritual” –todo ello al módico precio de nueve mil y pico dólares (ver http://www.nytimes. com/2009/10/19/us/19lodge.html?scp=3&sq=death+sweat+lodge+ Arizona&st=nyt y también http://www.nytimes.com/2009/10/12/us/12lodge.html?scp=7&sq=death +sweat+lodge+Arizona&st=nyt).

También de esto, entre otras cosas, es de lo que trata el Dharma de Buda: de los engaños de la mente manchada por la identidad. Eso no quiere decir en absoluto que todas las disciplinas llamadas espirituales sean un engaño; pero desde luego en todas ellas, tanto en el Qigong como en el budismo, la mente siempre está presente, agazapada y al acecho, esperando un descuido para jugárnosla. Cuidado con ella. Es rápida, hábil y tan vieja como el mismo diablo, que, como se dice, sabe más por viejo que por diablo. 



Esta incómoda compañía es parte de nuestra herencia genética como especie –fruto de los “pecados” de nuestros ancestros– y es otro de los motivos por los que es práctico contar con la guía de un buen maestro. Vista la inveterada propensión humana al auto-engaño, sobre todo si nos conviene, tener a alguien al lado que sea capaz de decirnos que “No” cuando hacemos trampa puede convertirse en una ayuda de valor incalculable.

Aun así, la responsabilidad última siempre recae sobre nuestros propios hombros.