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sábado, 29 de febrero de 2020

Los demonios


El Dharma es el Disolvente Universal. Lo aplicas a cualquier cosa y estás en curso de que se deshaga entre tus dedos, que se evapore o se sublime y acabe por desaparecer. Cuidado: ¿es eso lo que de verdad queremos? Porque esa es la dirección y el impulso fundamental de la enseñanza del Buda. Todo lo “bueno” y todo lo “malo” de la vida… ¡puf! Adiós.

La leyenda dice que la noche antes de su Despertar, Mara lanzó un último ataque contra Shakyamuni en forma de sus tres seductoras hijas: Raga (la apetencia), Arati (la aversión) y Tanha (la codicia).

Buda le contestó: “Te voy a desmenuzar hasta convertirte en polvo que se lleva el viento”.

Bueno, en realidad no dijo eso; me lo he inventado. Pero lo que sí dijo en relación con el deseo y apego, que son la raíz del sufrimiento, fue esto:

“Imagínate, Ananda, que hubiese un gran árbol y un hombre llegara con un hacha y una cesta y cortase ese árbol de raíz. Después de cortarlo de raíz, que cavase una zanja y arrancase las raíces hasta sus radículas y fibras. Luego, que cortase el árbol en troncos y que después cortase los troncos y los convirtiese en astillas. Luego, que secara las astillas al viento y al sol, las quemara al fuego, las reuniese en un montón de ceniza, y que después aventase las cenizas a un viento fuerte o dejara que se las llevara la veloz corriente de un río.

“Con seguridad ese gran árbol cortado de raíz así se convertiría en algo como un tocón de palmera, se volvería improductivo, incapaz de volver a brotar en el futuro.

“Así mismo, Ananda, en aquel que mora contemplando la aflicción de todas las cosas que contribuyen al apego… toda la masa de sufrimiento cesa”.

Siglos más tarde, Milarepa recibió la visita inesperada de cinco demonios en su cueva de las montañas. Tras intentar contentarlos amablemente sin recibir más que amenazas y burlas como respuesta, probó a echarlos con rituales y luego a enseñarles el Dharma. Nada funcionó. Entonces Milarepa cayó en la cuenta:

A través de la compasión de Marpa [su maestro], ya me he dado cuenta de que todos los seres y todos los fenómenos son [inventos] de la propia mente de uno. La mente misma es una transparencia del Vacío. Entonces, ¿de qué vale todo esto? ¡Y qué bobo soy al intentar ahuyentar estas manifestaciones físicamente!
 
Entonces entonó uno de sus cantos y los demonios se retiraron, apesadumbrados y temblando de miedo al principio; luego, girando como un vórtice, se fundieron en uno y desaparecieron.

¡Intenta encontrar hoy un Dharma de ese calibre! Hay tanto maestrillo que ignora esta virtud básica del Dharma y acepta que las cosas son reales, jugando en el campo de Mara y con sus reglas. Sin saberlo, o bien movidos por intereses mundanos, estos falsos guías del budismo moderno ya han entregado la cuchara antes de empezar. Qué vergüenza y qué desastre. ¿De qué vale este Dharma eunuco? Es un parche nada más, en el mejor de los casos. Pero la vida y la muerte no necesitan parches; nos piden una transformación.  

Qué fieles somos a nuestra identidad, lo menos sano que llevamos dentro, y qué poco reparamos en nuestra capacidad de dejarla atrás y crecer, aunque sea en una dirección desconocida, sin la seguridad limitante de nuestros viejos caparazones… hacia lo abierto.

martes, 5 de noviembre de 2019

Los preceptos en el Dharma

En el budismo tradicional, hay cinco preceptos que se ofrecen como guía para los estudiantes que quieran adoptarlos voluntariamente como parte de su entrenamiento. Son estos:
  • Abstenerse de matar
  • Abstenerse de tomar lo que no se nos ha dado
  • Abstenerse de mentir (y de chismorrear y usar palabras vanas o ásperas)
  • Abstenerse de tomar sustancias que nublen la mente
  • Abstenerse de tener relaciones sexuales inapropiadas
El sentido básico de no hacer daño a otros ni a nosotros mismos está claro. Pero es común tomarlos en sentido literal y además asimilarlos a la tradición cristiana que nos resulta familiar, con lo cual tienden a convertirse en mandamientos, con todo lo que eso implica: el premio por cumplirlos, el castigo por incumplirlos, y el juicio de algo o alguien externo a nosotros sobre nuestra culpa o mérito. Menuda empanada.

Pero los preceptos no son mandamientos, sino consejos. En esa línea, es mejor entenderlos como una sugerencia de refrenar ciertos comportamientos que como una máxima que se deba seguir a rajatabla, obedeciendo a la mente como si fuese un sargento implacable y con pocas luces. Y es que los preceptos, cuando se entienden bien, van más allá de la mente cotidiana. No se trata solo de qué es lo que hacemos; tienen que ver con desde dónde lo hacemos –la actitud y la intención que preceden a cualquier acción. Entonces, uno puede seguir en apariencia todos los preceptos externamente pero incumplirlos sistemáticamente por dentro, ya sea por negligencia o por falta de comprensión. Lo que más importa es lo que ocurre en nuestro fuero interno.

En el Dharma antiguo, se habla de “los tres venenos” o “las tres raíces malsanas”: la confusión (a veces llamada ignorancia), la codicia y la aversión u hostilidad. Shanjian las llamaba las tres identidades, y esa etiqueta certera apunta a que las llevamos dentro y están íntimamente ligadas a nuestro concepto (manchado) de quiénes somos. Una vez entendemos y aceptamos esa idea, si casa con nuestra experiencia, ya no vale echar balones fuera…

Ahora, mira qué interesante es lo que ocurre cuando enlazas el concepto de la “identidad” con los preceptos. Entonces,  “Abstenerse de matar, robar, mentir, etc.,” pasa a ser “Refrenar todo impulso de matar, robar, mentir, etc., con, por y para la identidad”. Eso ya es muy diferente, ¿no? Es el interés propio y antinatural de estas identidades el que mancha las acciones, no el acto en sí el que es pecaminoso (en sentido cristiano).

Pero hay más, porque estas identidades actúan en contra del interés natural de la Fuerza de la Vida, que es nuestra naturaleza budista. Entonces, si miramos un poco más profundo, vemos que, efectivamente, estas identidades están dañando a nuestra propia naturaleza: son como un quintacolumnista infiltrado en el sistema que está usurpando nuestra fuerza vital en beneficio propio.

Así es. Nuestras identidades están violando salvajemente todos los preceptos, uno por uno: tomando lo que no se les ha dado (la energía de la Fuerza de la Vida); mintiendo con disonancia cognitiva (ofreciendo todo tipo de excusas y justificaciones para comportarse a su gusto); nublando la mente con su confusión, codicia y aversión; y reproduciéndose continuamente mediante la Originación Dependiente. En suma, matando poco a poco a nuestra propia naturaleza.

¿No es algo tremendo cuando se ve así?

¿No es asombroso cómo el Dharma multiplica su profundidad en cuanto rascamos bajo la superficie de las palabras?

viernes, 25 de marzo de 2016

Enseñanza de Shanjian sobre la injusticia (y 2)



La verdad es que la mayoría de nosotros somos incapaces de soportar sentirnos comunes y corrientes; casi preferiríamos ser especiales o morir. El principal culpable de esto, por supuesto, es nuestra identidad, a la que tratamos como nuestra posesión más preciada, permitiéndole que maneje nuestras vidas.

Estamos presos de un espejismo colosal, que sin embargo tiene terribles consecuencias prácticas para nuestro entorno y para las vidas que vivimos. Nos sometemos al imperio de la ley humana, que en realidad es ajena e ignorante de la Fuerza de la Vida. Violamos nuestra conexión con la naturaleza, le damos la espalda a nuestro potencial intrínseco, y nos topamos con toda suerte de problemas y conflictos no naturales en la red enmarañada de intereses de la identidad que gobierna nuestras vidas. No es ninguna sorpresa que suframos. Es más, somos propensos a gritar “¡Qué injusticia!” ante cualquier revés, cuando de hecho somos culpables de la primera y más grave ofensa.

Pero veamos algunos ejemplos concretos un momento.

Presentas una idea brillante y otro se apunta el mérito.

Alguien mete la pata y te toca arreglar los desperfectos que ha dejado tras de sí.

Confías en alguien y traiciona tu confianza, yéndose de la lengua con un tercero.

Te pasan por alto para una promoción que te mereces en el trabajo.

Son casos cotidianos en los que muy probablemente sientes tu dignidad ofendida por una injusticia que clama al Cielo. Pero esta reacción común evita el meollo de la cuestión, que es la injusticia máxima que hemos cometido para empezar: el daño que nos hemos hecho a nosotros mismos y a toda la vida al ponernos del lado de las identidades y arrojar a nuestra propia naturaleza a un ostracismo injustificado. Nuestra indignación solo refleja la mitad de la verdad.

Hay un vertido en alta mar y de repente tu televisión muestra imágenes de pelícanos cubiertos de viscoso y negro chapapote, aleteando impotentes para escapar del desastre volando.

Hay un incendio forestal porque algún individuo o empresa quiere urbanizar ese pedazo de suelo en concreto. Todo tipo de árboles, arbustos y animales, incapaces de escapar a la furia de las llamas, quedan reducidos a cenizas.

Ves un bonsai de una especie por lo demás majestuosa, encogido a tamaño pigmeo para satisfacer el engreimiento humano con todo tipo de trucos que impiden su crecimiento natural.

Lees sobre gansos a los que se ceba dolorosamente y se sacrifica para disfrute de unos pocos paladares exigentes.

Una vez más, tu sensación de agravio se enciende, esta vez en aparente defensa de la Fuerza de la Vida de los demás... pero también te quedas corto y yerras el tiro si no te incluyes a ti mismo en el cuadro. Porque nosotros también hemos cubierto nuestra propia naturaleza con el chapapote de nuestra confusión, la hemos quemado con el fuego de nuestros deseos, la hemos mutilado hasta someterla con las tijeras podadoras de nuestra aversión y hemos intentado cebarla con la comida basura de nuestra identidad.

¿No estás de acuerdo en que la mayoría de las veces este sentido de indignación por la injusticia que cometen los demás tiene un conveniente efecto narcótico sobre tu disposición a examinarte honradamente a ti mismo antes de tirar la primera piedra?

Pero volvamos a nuestra pregunta inicial. ¿Qué hacemos cuando nos cruzamos con una injusticia cometida contra nosotros o contra otros?

El primer paso, por supuesto, debe ser restaurar la justicia dentro de nosotros y hacer las paces con nuestra naturaleza distanciada. Solo entonces estaremos en posición de revisar la situación tranquilamente, con compasión, afecto benevolente y ecuanimidad, y hacernos esta pregunta: Esta aparente injusticia, ¿de verdad le está haciendo daño a la Fuerza de la Vida (es decir, a nuestro derecho o el de cualquier otro ser vivo a sobrevivir) o por el contrario le está haciendo daño a nuestra identidad o la suya?

Sabemos que las identidades no son naturales y por tanto no tienen nada que reclamar con respecto al derecho a sobrevivir de la Fuerza de la Vida; sin embargo, también sabemos qué bien imitan sus modos y maneras y usurpan sus prerrogativas. Debemos andarnos con mucho cuidado en nuestra evaluación.

Bodhidharma tenía algo interesante que decir sobre cuando sufrimos una injusticia:

Cuando los que buscan un camino se topan con una adversidad, deberían pensar para sí mismos: “En incontables edades pasadas le he dado la espalda a lo esencial para irme a lo trivial y he errado por todo tipo de existencias, a menudo airado sin causa y culpable de transgresiones sin número. Ahora, aunque no cometo mal alguno, se me castiga por mi pasado. Ni los dioses ni los hombres pueden prever cuándo dará fruto un acto malvado. Lo acepto con el corazón abierto y sin quejarme de la injusticia”. El sutra dice: “Cuando te cruzas con la adversidad no te enojes, porque tiene sentido”. Si mantienes esa comprensión, estás en armonía con la razón. Y al sufrir la injusticia entras en el camino.

Nos perdemos el mensaje esencial si interpretamos que esto se refiere a vidas pasadas o a otras fantasías de escaso valor práctico aquí y ahora. La verdad del asunto es que Bodhidharma está hablando del interminable ciclo de renacimientos de la identidad, en el que hemos estado enmarañados desde tiempos inmemoriales –esto es, desde el principio de nuestra vida, “dándole la espalda a lo esencial para irnos a lo trivial y errando por todo tipo de existencias, a menudo airados sin causa y culpables de transgresiones sin número”. Al seguir el tortuoso camino del deseo y apego de la identidad, hace tiempo que hemos olvidado nuestra verdadera naturaleza de seres humanos y nos hemos conformado con una imitación de tercera categoría. Esta es en sí misma la madre de todas las injusticias contra la Fuerza de la Vida –y allá donde vayamos, llevamos a cuestas sus semillas y de vez en cuando sus amargos frutos, mientras no nos zafemos de su trampa.

Es esto, un karma que hemos acumulado nosotros y nadie más, lo que distorsiona irremisiblemente nuestra experiencia de la injusticia. Mientras no nos enfrentemos a esa realidad, nuestra visión de lo que es justo e injusto será irremediablemente defectuosa. Tenemos que aceptar nuestra responsabilidad por esta escisión que hay en nuestro interior y comprometernos a repararla.

En cuanto admitimos la injusticia primordial que llevamos dentro, damos un primer paso crucial para remediarla, recobramos una perspectiva correcta sobre la vida y recuperamos nuestro lugar en el orden general del universo.

Al hacerlo, podemos encontrarle un buen uso a las ocasiones en las que sufrimos la injusticia –de hecho, el mejor uso posible: el que disuelve nuestro sufrimiento, desactiva las trampas de nuestra indignación llena de identidad, y nos deja en posición de asegurarnos que servimos a la Fuerza de la Vida en todas las circunstancias y lo mejor que podemos.

Solo entonces seremos capaces de “aceptarlo con el corazón abierto y sin quejarnos de la injusticia” –cuando el lodo del sufrimiento de la identidad produzca la flor de loto de la comprensión y la rectitud.

jueves, 11 de febrero de 2016

Dharma y neurociencia (y 3)



Eh, a mí no me mires -¡yo estaba en contra del libre albedrío! 


A lo largo de varias páginas de su autobiografía, Oliver Sacks va exponiendo las tesis de Gerald Edelman, que presenta como revolucionarias. Dos ideas son fundamentales en su planteamiento:

1.      * Que las impresiones que recibimos del mundo mediante el proceso aferente no son algo pasivo que se registra o deposita, por así decirlo, en los sentidos sino una actividad creativa ininterrumpida a nivel neuronal que cada organismo realiza a su propia manera; y
2.      * Que esta representación del mundo está en constante cambio, en respuesta a circunstancias igualmente cambiantes.

Cuando se contempla en su conjunto, la visión de Edelman revela qué fatua es nuestra constante pretensión, plasmada en nuestro aspecto externo y comportamiento, de ser diferentes y especiales, cada uno como protagonista y centro del universo –al menos, en su propia experiencia. Pero, curiosamente, al tiempo que echa por tierra ese ídolo, sugiere una alternativa muy interesante: que cada uno somos individuales y únicos, pero a nivel neuronal y, por tanto, inconsciente.

¿Qué se desprende de todo esto? Que no hace falta esforzarse por ser diferente, especial o auténtico, porque ya lo somos; de hecho, no podemos evitarlo. Una vez más, los humanos nos equivocamos en dónde ponemos el foco. Somos como un copiloto engreído que se cree dueño del vehículo y héroe de un rally personal que transcurre en su imaginación: se cree, en suma, que la cosa va de él cuando en realidad solo es un espectador de primera fila con capacidad limitada para influir en el curso del vehículo. Al contrario de lo que se pudiera esperar, encuentro que esta interpretación no es pesimista sino extrañamente esperanzadora, aunque solo sea porque nos acerca algo más a la verdad de las cosas.

Para Edelman, la auténtica “maquinaria” funcional del cerebro la componen millones de grupos neuronales, organizados en unidades más grandes o “mapas”. Estos mapas, que continuamente se comunican siguiendo dibujos en constante cambio e inimaginablemente complejos, pero siempre significativos, pueden cambiar en cuestión de minutos o segundos. Uno recuerda la evocación poética del cerebro que hace C.S. Sherrington al calificarlo de “telar encantado”, en el que “millones de lanzaderas tejen a gran velocidad un dibujo que se disuelve, siempre un dibujo significativo, aunque nunca perdurable; una armonía cambiante de subdibujos”. (...)
A Edelman le gusta decir que, por lo que se refiere a la percepción de los objetos, el mundo no está “etiquetado”; no viene “ya clasificado en objetos”. Debemos llevar a cabo nuestras percepciones a través de nuestras propias categorizaciones. “Toda percepción es un acto de creación”, dice Edelman. A medida que nos movemos, nuestros órganos sensoriales toman muestras del mundo, y a partir de estas se crean los mapas del cerebro. Entonces, con la experiencia, tiene lugar un reforzamiento selectivo de esos mapas que se corresponden con las percepciones acertadas, en el sentido de que resultan más útiles y eficaces a la hora de construir “la realidad”. (...)
Edelman, que en una época se planteó se concertista de violín, también utiliza las metáforas musicales. En una entrevista emitida por la BBC, afirmó:

Piense: si tuviera cien mil cables que conectaran al azar a cuatro intérpretes de un cuarteto de cuerda, aun cuando estos no hablaran, las señales irían de un lado a otro de muchísimas maneras imperceptibles [como se puede ver generalmente mediante las sutiles interacciones no verbales entre los intérpretes] que conseguirían que toda la serie de sonidos formara un conjunto unificado. Así es como funcionan los mapas del cerebro mediante la reciprocidad.
Los intérpretes están conectados. Cada intérprete, al tocar la música de manera individual, se modula constantemente y es modulado por los demás. No existe una interpretación definitiva ni “magistral”; la música se crea de manera colectiva, y cada interpretación es única. Esta es la imagen que tiene Edelman del cerebro, como un artista, un conjunto, pero sin director, una orquesta que crea su propia música. (...)

A nivel neuronal, la individualidad está profundamente imbuida en nosotros desde el principio. Incluso a nivel motor, los investigadores han demostrado que un niño no sigue una pauta establecida para aprender a caminar o a la hora de coger algo. Cada bebé experimenta maneras distintas de coger un objeto, y en el curso de varios meses descubre o selecciona sus propias soluciones motoras. Cuando intentamos concebir la base neuronal de dicho aprendizaje individual, podemos imaginar una “población” de movimientos (y sus correlatos neuronales) reforzados o eliminados por la experiencia.
Surgen consideraciones parecidas en relación con la recuperación y rehabilitación de pacientes que han sufrido un ictus u otras lesiones. No hay reglas; no hay un camino prescrito para la recuperación; cada paciente tiene que descubrir o crear sus propias estructuras motoras y perceptivas, sus propias soluciones a los retos que se le presentan; y la función del terapeuta sensible es ayudarle en esa tarea.
Y, en su sentido más amplio, el darwinismo neural implica que estamos destinados, nos guste o no, a una vida de singularidad y autodesarrollo, a crear nuestros propios caminos individuales a través de la vida.

Pero eso no es todo. Hay investigaciones independientes (Benjamin Libet y otros) que apuntan a que nuestros cerebros también toman decisiones antes de que nuestra conciencia lo sepa: tanto nuestros movimientos (el proceso eferente) como la impresión de haberlos provocado mediante nuestro libre albedrío serían una consecuencia posterior de la actividad cerebral –lo que los psicólogos llaman un “epifenómeno”.

Si combinamos esta noción de la realidad como interpretación fluida del mundo hecha a nivel inconsciente y determinado por nuestra fisiología individual con la probabilidad de que las decisiones que tomamos también ocurran a un nivel inconsciente antes de que nos demos cuenta de ellas... ¿dónde queda entonces nuestra sensación de ser personas libres y responsables, sujetos con mérito y culpa?

Tanto el proceso aferente como el eferente están sometidos a ilusiones de la mente y los sentidos. Nuestra sensación subjetiva de ser “yo”, nuestra identidad, nuestra biografía... todo son cuentos que nos contamos para darle sentido a nuestra existencia. Preferimos casi cualquier ficción al vacío, incluso una ficción llena de sufrimiento, por mucho que los maestros afirmen que en ese aparente vacío está la liberación.

En definitiva, nacemos con una herencia genética que no elegimos; captamos el mundo mediante un equipamiento sensorial claramente limitado que elabora simulaciones aproximadas de lo que hay “ahí fuera”; respondemos al mundo sin tener conciencia de ello más que a posteriori; crecemos y nos desarrollamos moldeados por todo tipo de circunstancias externas y ajenas bajo la influencia de los padres, la familia, el sistema educativo, las amistades, la sociedad y la cultura del entorno... Es evidente que nosotros también somos un conglomerado de elementos dispares, incluso al nivel micro e inconsciente de nuestras operaciones sensoriales y motoras... ¡y aun así nos creemos agentes libres que eligen su destino, dotados de una esencia única, personal y permanente! ¿No es simplemente asombroso lo bien que Mara hace su trabajo?

No podemos evitar estar sujetos a las ilusiones de la mente y los sentidos, igual que tampoco podemos evitar ser únicos y originales –solo que a un nivel diferente del que imaginamos, más profundo y paradójicamente menos relacionado con nuestra identidad. Siempre vamos a tener que bailar al son que toquen estos seis instrumentistas. ¿Por qué tiene que ser una cantinela tragicómica entonada con instrumentos desafinados –la marcha fúnebre de dukkha? ¿No podemos probar músicas más vibrantes y alegres, en armonía con nuestra verdadera naturaleza humana?

Cuando pienso en lo que es nuestra vida diaria y lo que podría ser... Cada vez siento más que somos como turistas que han llegado por accidente a un escenario grandioso, de esos que quitan el hipo: ahí estamos, en medio de una inmensa maravilla que nos llama... cada uno, embebido en la pantallita de su teléfono móvil.

El Dharma natural no es una religión o una filosofía. Solo es una manera de levantar la vista de esa pantallita y contemplar de primeras el magnífico paisaje que nunca dejó de estar ahí.

jueves, 26 de febrero de 2015

La resolución y la perseverancia

El otro día vi un documental sobre osos polares. En él, la mamá osa intentaba cazar focas rompiendo el hielo bajo el que dormían, mientras su cría esperaba a su lado. Naturalmente, si no tenía suerte, los golpes de la osa para romper el hielo que les separaba despertaban y ahuyentaban a sus presas, con lo cual su tasa de éxito era de un exiguo 2%.

¿Qué hacía la osa? ¿Se lamentaba? ¿Se enfadaba? ¿Se rendía? No. Simplemente seguía adelante con su cachorro, en busca de esa foca que más o menos le correspondía CADA CINCUENTA INTENTOS.

(Y yo me pregunto: ¿cuántas veces he encadenado 49 fracasos consecutivos sin darme por vencido antes de conseguir lo que buscaba?).

Aquí hay un par de ejercicios diseñados por Shanjian para el mantra de la gran compasión. Nominalmente son para la resolución y la perseverancia, pero contienen semillas del verdadero Dharma que se pueden aplicar a cualquier cosa en la vida.

¡Buen provecho!



Ejercicio para la Resolución



El verdadero CELO se libera cuando se dejan de lado las IDENTIDADES y sus DEMANDAS. Ahí es donde debes empezar. No adoptes RESOLUCIONES y luego intentes usar ENERGÍA para forzar las cosas hasta terminarlas. Cada vez que quieres actuar para hacer algo que parece correcto y natural pero no pareces contar con la suficiente RESOLUCIÓN, recurre al concepto de que no quieres que NADIE en el mundo SUFRA, ni lo más mínimo. Después, empieza a hacer lo que quieres hacer.


Cada vez que la RESOLUCIÓN flojee, vuelve a traer el mismo pensamiento a la CONCIENCIA. Funciona, porque ninguna ACTITUD o INTENCIÓN de COMPASIÓN VERDADERA puede coexistir en la CONCIENCIA con la IDENTIDAD del EGO. Al desplazar la IDENTIDAD con tu intención de COMPASIÓN UNIVERSAL, te deshaces de la misma IDENTIDAD que se está oponiendo a tu RESOLUCIÓN.


No introduzcas conceptos verbales inútiles sobre gente que se muere de hambre en la India o víctimas de la guerra; eso no funciona en absoluto. Envía AFECTO BENEVOLENTE a todos los seres sintientes. Introduce INTENCIONES DE COMPASIÓN hacia toda la humanidad, todas las criaturas, todas las plantas, incluso hacia ti mismo, a quien tratas tan mal. Acepta esta COMPASIÓN con ALEGRÍA, pues es algo positivo, no algo triste. La COMPASIÓN que está cansada y agotada o la COMPASIÓN cargada de pesar no son COMPASIÓN en absoluto.


Así, todas tus ACTITUDES CORRECTAS e INTENCIONES CORRECTAS futuras tendrán la HUMILDAD unida a ellas como ESTADO MENTAL. La HUMILDAD se convierte entonces en un FACTOR DE REFUERZO, no en un [falso] ESTÍMULO para realizar ACCIONES HUMILDES.





Ejercicio para la Perseverancia



Cuandoquiera que te enfrentes a una ACCIÓN que realizar que requiere PERSEVERANCIA, imagínate que estás unido con el ESTÍMULO para la ACCIÓN y con la ACCIÓN misma.


Supón, por ejemplo, que la tarea que exige PERSEVERANCIA es la limpieza y abrillantado de una cazuela de latón. El ESTÍMULO es la oxidación que le quita al metal su atractivo brillo y destruye su lustre y encanto. La ACCIÓN es restaurar ese brillo.


No debes considerarte el AGENTE de ese cambio. En vez de eso, debes pensar que eres parte del proceso de cambio mismo. Debes tomarte no como una PERSONA que LIMPIA, sino como el CATALIZADOR que realiza el cambio, en este caso, LIMPIAR. Si TE CONVIERTES EN LIMPIAR, entonces eres parte auténtica del PROCESO y no tienes una IDENTIDAD aparte.


Bien, esto no es tan fácil hacer como parece, porque nos hemos acostumbrado a pensar que somos HACEDORES, pero en realidad este concepto de UNIDAD está mucho más cerca de la verdad que la manera que tenemos de hacer las cosas, que crea una IDENTIDAD aparte de todo lo demás.


Esto se parece a la disciplina que debes aprender en el TIRO CON ARCO, cuando se practica de forma no competitiva. Quienquiera que se convierta en ARQUERO, usando arco y flechas para dar en el blanco, está condenado a ser mediocre en su ejecución. Solo cuando el aparente ARQUERO se funde en unidad con el ARCO Y FLECHA, el proceso de DISPARAR, y la DIANA puede haber progreso de verdad para crear una síntesis que permita un fluir natural desde el principio hasta el fin. Date cuenta también de que el proceso sintetizado empieza antes incluso de agarrar el arco con las manos, y solo acaba una vez se ha soltado el arco otra vez. Esto recalca la síntesis total de los pasos, en la que no hay un ARQUERO ni una DIANA que estén aparte por sí mismos. La PERSEVERANCIA es exactamente igual.


Con la verdadera PERSEVERANCIA, no hay IDENTIDAD. El proceso de perder la INVERSIÓN DE IDENTIDAD se inició cuando practicaste la RESOLUCIÓN. El ajuste fino se ejecuta con la PERSEVERANCIA. Recuerda que es el CELO el que convierte la INTENCIÓN en ACCIÓN. Está claro que el CELO no es una persona; es un proceso. Intenta verte a ti mismo como si fueses un proceso, no una persona que despierta la PERSEVERANCIA. Este concepto no rebaja al ser humano; al contrario, le aporta gran mérito, porque alcanza la distinción de ser parte de todas las cosas y estar donde pertenece y realmente le corresponde, una vez se aparta la tonta noción de una IDENTIDAD separada real.