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sábado, 29 de febrero de 2020

Los demonios


El Dharma es el Disolvente Universal. Lo aplicas a cualquier cosa y estás en curso de que se deshaga entre tus dedos, que se evapore o se sublime y acabe por desaparecer. Cuidado: ¿es eso lo que de verdad queremos? Porque esa es la dirección y el impulso fundamental de la enseñanza del Buda. Todo lo “bueno” y todo lo “malo” de la vida… ¡puf! Adiós.

La leyenda dice que la noche antes de su Despertar, Mara lanzó un último ataque contra Shakyamuni en forma de sus tres seductoras hijas: Raga (la apetencia), Arati (la aversión) y Tanha (la codicia).

Buda le contestó: “Te voy a desmenuzar hasta convertirte en polvo que se lleva el viento”.

Bueno, en realidad no dijo eso; me lo he inventado. Pero lo que sí dijo en relación con el deseo y apego, que son la raíz del sufrimiento, fue esto:

“Imagínate, Ananda, que hubiese un gran árbol y un hombre llegara con un hacha y una cesta y cortase ese árbol de raíz. Después de cortarlo de raíz, que cavase una zanja y arrancase las raíces hasta sus radículas y fibras. Luego, que cortase el árbol en troncos y que después cortase los troncos y los convirtiese en astillas. Luego, que secara las astillas al viento y al sol, las quemara al fuego, las reuniese en un montón de ceniza, y que después aventase las cenizas a un viento fuerte o dejara que se las llevara la veloz corriente de un río.

“Con seguridad ese gran árbol cortado de raíz así se convertiría en algo como un tocón de palmera, se volvería improductivo, incapaz de volver a brotar en el futuro.

“Así mismo, Ananda, en aquel que mora contemplando la aflicción de todas las cosas que contribuyen al apego… toda la masa de sufrimiento cesa”.

Siglos más tarde, Milarepa recibió la visita inesperada de cinco demonios en su cueva de las montañas. Tras intentar contentarlos amablemente sin recibir más que amenazas y burlas como respuesta, probó a echarlos con rituales y luego a enseñarles el Dharma. Nada funcionó. Entonces Milarepa cayó en la cuenta:

A través de la compasión de Marpa [su maestro], ya me he dado cuenta de que todos los seres y todos los fenómenos son [inventos] de la propia mente de uno. La mente misma es una transparencia del Vacío. Entonces, ¿de qué vale todo esto? ¡Y qué bobo soy al intentar ahuyentar estas manifestaciones físicamente!
 
Entonces entonó uno de sus cantos y los demonios se retiraron, apesadumbrados y temblando de miedo al principio; luego, girando como un vórtice, se fundieron en uno y desaparecieron.

¡Intenta encontrar hoy un Dharma de ese calibre! Hay tanto maestrillo que ignora esta virtud básica del Dharma y acepta que las cosas son reales, jugando en el campo de Mara y con sus reglas. Sin saberlo, o bien movidos por intereses mundanos, estos falsos guías del budismo moderno ya han entregado la cuchara antes de empezar. Qué vergüenza y qué desastre. ¿De qué vale este Dharma eunuco? Es un parche nada más, en el mejor de los casos. Pero la vida y la muerte no necesitan parches; nos piden una transformación.  

Qué fieles somos a nuestra identidad, lo menos sano que llevamos dentro, y qué poco reparamos en nuestra capacidad de dejarla atrás y crecer, aunque sea en una dirección desconocida, sin la seguridad limitante de nuestros viejos caparazones… hacia lo abierto.

martes, 22 de diciembre de 2015

Un gran SÍ a la vida

Hay que saber algo de inglés y/o francés para seguirlo, pero ¿cómo dejar pasar esta joya?

https://drive.google.com/file/d/0B2-YLD_ShQYAck1TSkdIVDl5UnM/view

¿Cómo reconciliar que los que perpetraron la barbarie del Holocausto y los que la sufrieron eran miembros de la misma especie? ¿No parece inconcebible?

Buda dijo: "En este mismo cuerpo de una braza de largo junto con las percepciones y los pensamientos, proclamo el mundo, el origen del mundo, el fin del mundo y el camino que lleva al fin del mundo". En el teatro del cuerpo surgen tanto el sufrimiento como la liberación. Samsara y nirvana van de la mano.

Solo unos pocos, como Alice Herz-Sommer, son capaces de abrirse al cielo tras haber atravesado los abismos del infierno e incluso de reconocer algo de ese paraíso en medio del sufrimiento atroz de los campos de concentración.

Por suerte para nosotros, hay vías como el Dharma que nos ofrecen la oportunidad de acercarnos a esa experiencia de liberación sin tener que pagar el salvaje tributo de Mara en forma de sufrimiento y luego intentar recomponer las piezas de nuestra vida, cicatrizar las heridas y aprender a perdonar.

¿Cómo fue capaz Alice Herz-Sommer de sobrevivir al campo de concentración y, más aún, convertirlo en una vía para profundizar en su humanidad? Por la música.

He aquí lo que escribió Shanjian Dashi sobre la música. No creo que se pueda definir mejor:



¿Cuáles son las verdaderas raíces de la música? Extrañamente, están en la condición humana que se llama “unidad”. ¿Qué significa eso exactamente? Significa que el ser humano es un animal social, pero no social a la manera que se refleja en nuestra sociedad, sino social en el sentido de que realmente está unido con todos los demás seres. Está unido en espíritu y energía, pero por desgracia separado por su cuerpo y su mente, que insisten en el individualismo de la dualidad. Así pues, el ser humano está sumido en una extraña paradoja, insistiendo en su individualidad en una dimensión y buscando la unidad que ha perdido en otra.



La verdadera música, el arte y la danza son en realidad un intento de reunificar la mente y el cuerpo de todos los seres. En parte es un lamento y en parte, gran alegría y asombro. Es una voz del interior de los que sienten esta unidad pero lamentan su no universalidad. Es para el artista una afirmación de esta unidad, una afirmación de la gloria y el asombro de este potencial. Es una manera de comunicar la base de la vida, de la alegría, de la compasión, del amor benevolente y también de la ecuanimidad. Es sumamente budista. Es algo trascendental.



Vivida así, la música es expresión y fuerza catalizadora de la unidad con todo lo que existe; ése es su potencial. No hace falta ser budista para sentirla así. De hecho, aunque la protagonista de este documental no oyera nunca en su vida una palabra del Dharma, aquí ofrece una auténtica lección del Dharma natural, ése que no entiende de títulos o linajes sino que va directo al corazón de la experiencia humana. Y ante ese Dharma sin dueño me quito el sombrero y hago una profunda reverencia.

Namasté.


viernes, 18 de noviembre de 2011

¿Qué vida merece la pena vivir?


A veces, viendo la cantidad de personas que se acercan a la orilla del budismo, prueban el agua tímidamente con los dedos de los pies y luego retroceden y se van en busca de océanos menos bravíos, me he preguntado qué es lo que debe tener alguien para entrar en el Dharma con buen pie.

Me refiero, evidentemente, a experiencias mundanas y no a otros atributos…

Como no puedo entrar en la mente de todas las personas, solo puedo hacer introspección en mi propio caso, sin pretender que sea un modelo a seguir.

En relación con esto, me viene a la cabeza la conocida máxima de Sócrates, que dijo que la vida que no se examina no merece la pena vivirse: anexétastos bíos u biotós, una frase memorable que plantea con nobleza un dilema humano básico. ¿Cuál es la vida que merece la pena vivir?

Bien, es un principio, aunque el autoexamen no es necesariamente suficiente. ¿Qué pasa si uno analiza su vida y concluye que es estupenda? No parece muy probable que se quiera enfrentar a la gran tarea, a menudo ardua y áspera, de la transformación interna. Mientras uno siga encelado persiguiendo el éxito o la felicidad en los términos que ofrece el mundo y la sociedad sanciona, es poco verosímil que siente sus reales en un cojín de meditar y se dedique a la auto-indagación.

Por otra parte, no es ningún secreto que al budismo llega quizá más gente con experiencias de sufrimiento intenso que a otras vías, dado que el propio Shakyamuni eligió el sufrimiento (dukkha) como piedra angular de su enseñanza. Pero, ¿es imprescindible o siquiera necesario sufrir para emprender el sendero?

En mi caso, el principal acicate fue una sensación latente de estar desperdiciando mi vida en empresas que no iban a ninguna parte y vivir alejado de mi naturaleza humana más profunda. Eso seguramente no contará como sufrimiento a ojos de la mayoría, pero es la base misma de dukkha –la impresión de ser algo separado de todo lo demás y de estar irrevocablemente exiliado de la unidad primigenia. Luego, es verdad, vino un empujón en forma de achaque de salud que me hizo darme cuenta de que realmente este camino de volver a casa era lo más importante y lo mejor que podía hacer por mí mismo y por los demás mientras tuviera el privilegio de contar con tiempo y energía.

Meses después, cuando conocí de primera mano el Dharma de Shanjiàn, una enseñanza destacó por su capacidad de iluminar y explicar áreas enteras de mi vida interior que hasta entonces estaban en penumbra. Como limaduras de hierro en presencia de un imán, un montón de experiencias e intuiciones se ordenaron por sí solas, apuntando en una dirección unívoca: no estaba viviendo mi propia vida, sino la de otros.

Pero esos “otros” no eran quienes me rodeaban –familia, amigos, sociedad, etc. Estaban dentro de mí, como impulsos subconscientes no reconocidos, agrupados en tres formas que el Dharma llama confusión, codicia y aversión. En otras palabras, las manchas de los centros visceral, emocional y mental que Shanjiàn llama “identidades”, término más cercano, tangible y retador que gunas, “venenos” o “raíces malsanas”, como se las conoce en la tradición budista.

Así llegué con el tiempo a mi propia versión de la máxima socrática: “La vida en manos de las identidades no merece la pena vivirse”. La enseñanza del Dharma solo le puso nombre y forma a una intuición vaga que ya tenía de antes y que fue la clave para mí: vivir de pie, no arrodillado ante el poder insidioso de la alucinación interna y externa causada por las hijas de Mara.

La conclusión –nada heroica, sino por pura eliminación– de que no había alternativa fue lo que me decidió a emprender este camino que aún no ha terminado ni tiene visos de terminar, pero en el que claramente no hay vuelta atrás. La certeza de que uno ha agotado definitivamente sus recursos y escapatorias aleja el riesgo y la tentación de tirar la toalla y volver a lo malo conocido, al gran casino del mundo que reparte aleatoriamente bazas de sufrimiento y falsa felicidad, con el triste consuelo de que, al fin y al cabo, es lo que hace todo el mundo.

Frente a eso, una vez te embarcas en busca de la verdad de la vida no hay garantías de que vayas a encontrarla, pero ¿qué otra cosa puede haber que merezca la pena más que eso?

La vida que se integra en la unidad total de la vida es la que merece la pena vivir.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Gloria

Pensando en los que no dominan el inglés traduzco aquí la última entrada de Shanjiàn en SecretChan's Dharma Blog, que me ha resonado especialmente:


Esta es Gloria. Kuxinshan, nuestra maestra de Vipassana recientemente fallecida, siempre la llamaba “Licking Puppy” (cachorro lamedor), porque ese era y sigue siendo su primer saludo.

Vino, como Dunkel, con un serio problema de piel y con la cola siempre caída, lejos del gracioso rizo de los sharpeis. Afortunadamente, no tenía leishmaniosis y ahora goza de toda la salud que puede tener un sharpei. No posee la belleza externa que tanto se aprecia, pero es lo más que se puede acercar el ser humano a la fidelidad y el compañerismo.

Mientras que su medio-hermana Dunkel era noble, sin duda ella es espléndida, esto es, siempre menea la cola y es la primera que acude a saludar. Su rabo se alza ahora a modo de estandarte sharpei. También es la primera en dar la voz de alarma con increíble energía en cuanto hay una cara nueva en cien metros a la redonda.

Si tuviera rasgos humanos serían los del Dharma, la alegría y la compasión, sin duda. ¿De dónde viene eso? Es obviamente algo genético, porque nació y creció con Dunkel y Nantú. Cada uno tiene su propia herencia genética.

Muestra la típica independencia de los sharpeis, que muchos toman por tozudez, y se resiste a cualquier aprendizaje que le haga juego a la comodidad humana, aunque no tiene mucho que aprender… ¿Por qué iba a aprender algo que no sea natural? La mayoría de las cosas que los humanos les imponen a los animales responden a su capricho y no a los dictados de la naturaleza.

Sus rasgos de sharpei están dentro de ella y eso me hizo preguntarme qué características humanas hay en el ser humano, escondidas… Si los rasgos del sharpei son su verdadera pertenencia a su tribu y la guardia de su territorio, ¿cuáles son las características más importantes del ser humano?

Aparte de la capacidad única de tener verdadera compasión, alegría por los demás y vivir con afecto benevolente, las más importantes son la pareja de curiosidad y creatividad. Pero para despertarlas de las profundidades del samsara manchado hacen falta enseñanzas, meditación y una aplicación diaria consistente. Así pues, ¿cuál es el valor real de las enseñanzas y la meditación?

Muy elevado, claro, aunque en realidad no hay nada que aprender. Ese es el SECRETO, porque todo está ahí, dentro de cada ser humano, esperando a ser liberado. El maestro Yuanwu dijo:

Las palabras de los Budas y los maestros Chan no son más que instrumentos y métodos para alcanzar la Verdad. Cuando hay un Despertar y experimentas la verdad tú mismo, descubres que todas las enseñanzas están ahí en tu interior.

Por tanto puedes ver que todas las enseñanzas verbales del Buda y los maestros Chan no son más que ecos y reflejos, así que no te pongas a dar volteretas en tu cabeza.

Eso significa que debes escuchar, pero relajadamente y sin agitación del intelecto consciente. Simplemente empieza de verdad a abrir la Puerta del Bosque Chan a esa curiosidad y creatividad naturales y todo quedará claro.

Ahora bien, eso no es algo que puedas conseguir solo a base de sentarte con la mente vacía, buscando relajaciones o curas para tus problemas cotidianos. Tampoco tienes que seguir a los demás con sus hábitos y estilos. Ni tampoco tienes que bailar al son de tu propia identidad, no importa cómo suene de romántico.

Simplemente escucha los ecos de las enseñanzas, que se repiten una y otra vez en la naturaleza. Simplemente mira los reflejos de las montañas y arroyos, los bosques y praderas, los animales y las pequeñas criaturas que son nuestros acompañantes en esta vida.

Está todo ahí si tienes el coraje de desprenderte aquí y ahora de lo que no necesitas. Sé tenaz en la defensa de lo que es natural y correcto dentro de ti y no seas otro robot más de los que marchan al ritmo del Estado, las religiones, los sistemas educativos y las hijas de Mara.

Gracias, Gloria.

A Gloria simplemente le hacía falta una oportunidad de expresar su verdadera naturaleza… Es una lección importante, porque tú también puedes expresar tu propia naturaleza… Pero tienes que darte la oportunidad.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Khara-khoto, la ciudad negra


Cuando veo cómo el desierto del Dharma cognitivo e inane avanza por todas partes me vienen a la cabeza las imágenes de las ruinas de Kharakhoto, perdidas en el desierto del Gobi.

Kharakhoto fue una ciudad mongola de la Ruta de la Seda, visitada al parecer por Marco Polo en sus viajes, que albergó un inusitado florecimiento de la escuela budista Chan y Huayan de Zongmi entre los siglos xiii y xiv de nuestra era hasta que fue asediada y saqueada por las tropas chinas.

Hoy no quedan de ella más que cuatro pedruscos desperdigados entre el secarral, mientras el desierto, sometido a la dictadura inclemente del astro rey, extiende sus desolados dominios en todas direcciones hasta donde la vista se pierde.

¡Ay, Kharakhoto, qué terrible es tu mensaje!… Igual que el sol implacable no tolera la suave presencia de las estrellas, así la mente cognitiva agosta y calcina cualquier brizna de Dharma vivo en la vasta planicie deshabitada que controla. El suyo es un budismo yermo.

Sin embargo, también hay oasis en el desierto y de la noche más oscura puede brotar la llama de la esperanza. La misma “ciudad negra” que nos impone por su sombrío destino nos ha legado una imagen de Buda haciendo el mudra llamado bhumisparsa, justo antes de alcanzar el despertar bajo el árbol del bodhi, en memoria de su apelación a la madre Tierra como testigo de sus méritos frente al postrer desafío de Mara.
 

Por eso, ante el tenaz avance de las ardientes arenas del Dharma cognitivo, nosotros volvemos a los fundamentos y tomamos Refugio una y otra vez, no para huir de la realidad sino como afirmación de nuestro derecho como hijos virtuales del Buda a recuperar nuestra herencia natural y despertar a las ilusiones sanas y correctas de la mente, en beneficio de todos los seres.

Que Así Sea.

martes, 12 de abril de 2011

La mente-escorpión

Uno de los rasgos que hacen tan difícil y resbaladizo el camino del Dharma es que consiste en derrocar a la mente cognitiva, que se ha encaramado a un trono que no le corresponde, para hacerle sitio a la propia naturaleza.

El problema es que, para conseguirlo, solo disponemos de un arma… que es la misma mente que intentamos derrotar.

Y otro problema es que la mente no solo se tiene que emplear contra sí misma, sino que además no se “apaga” durante el proceso, como en la anestesia quirúrgica. Por eso, durante ese periodo es habitual que la mente se revuelva en todas direcciones, como un escorpión acorralado por el fuego.

Menudo chollo...

Parece imposible, ¿no?, como si hubiera que convencer a la mente de que se suicidara, más o menos.

(Por cierto, he investigado un poco y al parecer es falsa la idea de que los escorpiones se suicidan al notarse rodeados por el fuego; lo que ocurre es que interpretan el círculo de fuego como si fueran varios enemigos y se lanzan a atacarlos con su aguijón por doquier, con lo que pueden dar la impresión de que se lo quieren clavar a sí mismos).

De todas formas, la mente cognitiva sí es capaz de actuar como un escorpión al ver amenazada su supremacía, lanzando su aguijón y pinchando al aire, a ver qué encuentra... Casi cualquier cosa vale a la hora de descargar su miedo o su ira.

Buda mismo dijo que la mente del principiante es como un pez que acaban de pescar y se debate en la orilla:

Como un pez fuera del agua,
Arrojado a tierra seca,
La mente se retuerce
Intentando sustraerse al poder de Mara.

Lo cierto es que, mientras no despertemos a la “otra mente” de nuestra propia naturaleza, todos llevamos un escorpión metido dentro de la ropa. No lo notamos, pero nos sigue inyectando a diario un veneno sutil que nos deja acartonados y paralizados por dentro, insensibles a la voz sutil de la propia naturaleza… que siempre busca liberarse, como el genio de la botella.

Además, igual que en el ejemplo del escorpión, nosotros también estamos en un círculo de fuego: el que forman los tres venenos, las identidades, que nos sofocan con su codicia, confusión y hostilidad. Así lo enseñó Buda en su primer sermón después de despertar:

Bhikkhus, todo está ardiendo. ¿Qué es todo lo que está ardiendo? Bhikkhus, el ojo está ardiendo, las formas visuales están ardiendo, la conciencia visual está ardiendo, la sensación visual está ardiendo.  También está ardiendo toda sensación placentera o dolorosa, o ni dolorosa ni placentera que surja por motivo de la impresión visual.
            ¿Ardiendo con qué? Ardiendo con el fuego de la pasión [codicia], ardiendo con el fuego del odio [hostilidad], ardiendo con el fuego de la ignorancia [confusión].
            Yo digo que arde con el nacimiento, la vejez y la muerte; con el pesar, la lamentación,  el dolor,  la aflicción y la desesperación”.

Y lo mismo ocurre con los otros cuatro sentidos y con la mente. En resumen, estamos sumidos en un mar de interferencias con nuestra verdadera condición natural. Y, para coronarlo todo, nuestro escorpión particular se hincha de orgullo y lanza grandes risotadas de autosatisfacción entre picotazo y picotazo.

La solución, por supuesto, pasa por las prácticas que ponen en danza las facultades y potencias de la propia naturaleza; pero no es algo de lo que uno pueda hablar con sentido antes de haberlo llevado a cabo en sí mismo.

Hasta entonces, qué contradictorio es entrar en el budismo con la mente por delante... ¡Aunque es tan común…!

Es fácil entrar en el Dharma y aplicar la misma mente que antes con sus viejas maniobras… acumular datos, debatir y discutir para quedar por encima de los demás y sentirnos importantes, criticar a los que siguen otros caminos distintos del nuestro (sobre todo si son budistas).

Y ¿adónde nos lleva eso? Ni siquiera al mismo punto donde estábamos antes, sino más atrás… porque entonces habremos desperdiciado una bala de plata para acabar con el monstruo.

Cuidado con el escorpión de la mente. No conoce la piedad y no lleva más que a una muerte en vida.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Dharma y psicología evolutiva II: la tentación y los mecanismos de la adicción

¿Acaso es exagerada la precaución del Buda ante el hedonismo? En su descargo, Robert Wright viene a justificar en términos puramente científicos el lenguaje que acabamos de ver en el Dhammapada, por muy retrógrado que suene, cuando explica de esta manera un dilema inherente en la condición humana:

El concepto del “mal”, aunque menos primitivo filosóficamente que, por ejemplo, el de los “demonios”, no encaja fácilmente en una cosmovisión científica moderna. Aun así, parece que la gente lo encuentra útil y la razón es que es una metáfora apropiada. Es cierto que existe una fuerza dedicada a atraernos hacia placeres varios que actúan (o actuaron en su día) en pro de nuestro interés genético pero que no nos traen felicidad a largo plazo y que pueden traerle gran sufrimiento a otros. A esa fuerza la podríamos denominar el espectro de la selección natural. Más en concreto, podríamos decir que son nuestros genes (algunos de nuestros genes, por lo menos). Si funciona mejor usar la palabra “mal”, no hay ninguna razón para no hacerlo.

¿Qué luz arrojan estas reflexiones sobre la actitud del Buda ante el placer? Suficiente para desvelar algunas premisas implícitas en su análisis de los mecanismos inconscientes que operan en el proceso –algo que no detalló en sus enseñanzas, quizá porque lo consideró superfluo para una audiencia como la suya, educada en una cultura que había contemplado largamente estas cuestiones.

Más allá de la experiencia del placer en sí, el gran peligro que denuncia el Buda una y otra vez en el Dhammapada es la distracción negligente, debido a las consecuencias casi automáticas que comporta: los bucles fijos de estímulo-respuesta que repetimos en nuestra mente, dando origen a patrones de conducta compulsivos que nos suelen pasan inadvertidos.

Todos los seres humanos están sujetos al apego y la sed de placer. En su ansia de obtenerlo, se ven atrapados en el ciclo del nacimiento y la muerte [el ciclo de renacimiento constante en la mente de las “tres raíces malsanas” o identidades]. Impulsados por esta sed, corren de aquí para allá asustados como liebres acosadas, sufriendo más y más.

¿Cómo es eso posible? Porque a menudo hay que elegir entre dos alternativas, una de ellas con premio visible e inmediato, y la otra sin recompensa aparente; y es la seducción de ese premio, en forma de placer, la que nos inclina a menudo por el camino más fácil hasta que se convierte en un hábito. Tal es el análisis subyacente en las advertencias de Buda, en ocasiones tan comprimidas que parecen perogrulladas a menos que se haga un esfuerzo por descomprimirlas con criterio:

Las malas acciones, que le hacen daño a uno, son fáciles de hacer; las buenas acciones no son tan fáciles.

¿Cuál es el cuadro que pinta esta psicología budista? A riesgo de meternos de nuevo en terrenos cenagosos, estamos apuntando al concepto de tentación. Pero tampoco hay que tomarla en sentido religioso; “tentación” simplemente quiere decir que la experiencia humana a menudo asume la forma de una encrucijada, con una opción que promete gratificación instantánea pero resulta estéril o incluso dañina a largo plazo, y otra que es difícil y no ofrece ninguna recompensa evidente pero es correcta y sutilmente nutritiva para uno mismo y los demás. Más allá de cualquier matiz trascendental, ya estemos en un camino espiritual o no, estas situaciones conforman el tejido básico de gran parte de la experiencia humana en todas las culturas y épocas.

La dinámica psicológica en la que estamos inmersos, por tanto, es la del adicto y el gran peligro contra el que advierte Buda es vivir en la inopia y con el piloto automático conectado, porque ese piloto tiene ideas propias muy claras que rara vez promueven nuestro bienestar a la larga –y además cuenta con todo un arsenal de golosinas para irnos engatusando de camino a la perdición y luego mantenernos anestesiados en nuestro extravío. Ese piloto, que en realidad no es más que un proceso impersonal, es lo que el Dharma personifica en la figura llamada Mara; y el dominio de Mara en nuestras vidas tiene consecuencias nefastas:

Los impulsos compulsivos de los inconscientes crecen como las zarzas. Van saltando como un mono de una vida a otra, buscando fruta en la jungla. Cuando estos impulsos nos gobiernan, el sufrimiento se extiende como las malas hierbas.

Al contrario de lo que se sostiene a menudo, el problema para el Dharma no es el tanto el deseo en sí sino el ansia, por el elemento de compulsión que contiene; hay en ella algo externo que doblega y somete al ansioso a sus designios; no tolera bien que se le lleve la contraria y tampoco aguanta que se la cuestione o difiera. Más que algo constructivo, el ansia es una inercia malsana que nos arrastra hacia aquellos comportamientos que hemos reforzado mediante la práctica asidua, convirtiéndolos en surcos que se van haciendo cada vez más profundos, con lo cual es cada vez más difícil salir de ellos. Ya queramos llamarla “Mara” como los budistas o “el espectro de la selección natural” como los darwinistas, es un ejemplo típico del círculo vicioso en el que cada mal paso incrementa las probabilidades de que el siguiente paso también sea incorrecto:

El hombre agitado por pensamientos [sensuales], cuyas pasiones son fuertes, y que sigue viendo las cosas como placenteras en sí, incrementa su ansia cada vez más y hace más riguroso su cautiverio.

Como una araña atrapada en su propia red es la persona espoleada por ardientes ansias.

Así es que esto es lo que advierte el Buda, en resumidas cuentas y dicho en lenguaje actual: cuidado con la programación subconsciente que te impulsa a buscar el placer, porque en el fondo no defiende tus intereses sino otros que son ajenos a ti, perjudiciales para tu bienestar, y además inválidos en el esquema general de las cosas.

¿Resulta más aceptable dicho así? En realidad, la ventaja del enfoque evolutivo es que hace innecesario recurrir a giros moralizantes; basta con explicar la tentación como un conjunto de instrucciones reforzadas en la mente humana mediante la repetición (es decir, condicionadas) a lo largo de muchísimos milenios, pero ajustadas a unas circunstancias enormemente diferentes de las que tenemos hoy en día. Esa es, en gran medida, la tragedia del ser humano moderno: que las condiciones materiales y sociales en las que vivimos han dejado obsoleta nuestra programación genética pero que, a pesar de todo, ese programa sigue vigente. He ahí una fuente de fricción y sufrimiento inagotable para hombres y mujeres, ancianos y niños, ricos y pobres; en una palabra, para todo humano, por el mero hecho de serlo.

jueves, 10 de enero de 2008

Amnistía natural

Al final de esta entrada hay un enlace en el que se glosa la vida de Peter Benenson, el fundador de Amnistía Internacional, fallecido hace ya casi tres años.

En ese texto, Benenson alude a un proverbio chino, el sabio no grita a la oscuridad, sino que enciende una vela, para explicar el impulso de su vida.

Como se ve, mutatis mutandis y salvando las distancias, no hace falta mucho más que una voluntad firme para obtener resultados sorprendentes; pero tiene que ser nada menos que una voluntad firme.

Era el año 1961. Un abogado británico de unos cuarenta años lee el periódico en el metro de Londres. Le llama poderosamente la atención un artículo. En él se cuenta la tragedia de dos estudiantes portugueses encarcelados. Su delito: brindar por la libertad en un céntrico restaurante de Lisboa. Siete años de prisión fue su pena en el Portugal del dictador Salazar. Benenson no cabía en sí de cólera. Salió del metro y entró en la iglesia Saint Martin in the Fields. Allí rezó “a todos los dioses de todos los mundos”. Y llegó a una triste conclusión: “La lucha de un solo hombre no vale nada”. Meses después llegaba el artículo en The Observer. Fue la primera campaña de Amnistía Internacional. En palabras del propio Benenson, Amnistía era la iniciativa en Londres de un grupo de abogados, escritores y editores que compartía “la convicción expresada por Voltaire: Detesto tus ideas, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a expresarlas”. Fue entonces cuando se abrió la puerta al activismo de los derechos humanos.

Cuando se cumplía el 25º aniversario de AI, Benenson tuvo una idea. Encendió –de nuevo recurre a Saint Martin in the Fields– una vela con alambre de espino enroscado. Fue un símbolo que se convertiría en el logotipo de la organización. “La vela”, dijo entonces Benenson, “no arde para nosotros, sino para quienes no hemos podido rescatar de prisión, para quienes fueron tiroteados de camino a la cárcel, para quienes fueron torturados, para quienes fueron secuestrados, para quienes desaparecieron. Para ellos es esta vela”.

Amnistía Internacional ha combatido las violaciones de los derechos humanos en todos los rincones del mundo, tarea reconocida con la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1977. “La primera vez que encendí la vela”, relató Benenson, “tenía en mente el viejo proverbio chino: Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

La actitud de este hombre de hacer algo movido por sus convicciones más profundas y nobles en favor de la dignidad de los demás seres es la misma del bodhisattva que decide entrar en el Samsara y trabajar en beneficio de la unidad de toda la vida.

Y, bien visto, ¿no está el Dharma genuino implicado en un proyecto similar? Claro que sí. Se llama Amnistía Natural: la lucha por la libertad de la propia naturaleza de todos los seres respecto de las trampas y violaciones de Mara (la personificación budista de los tres venenos), cuidando de la luz que hay dentro de cada aparente individuo.

Si la vemos con ojos budistas, esa misma vela que figura en el logo rodeada del alambre de espino de las injusticias y abusos políticos representa para nosotros la luz de nuestra propia naturaleza, aprisionada por las garras de Mara en quienes aún no la hemos liberado; sólo que, en vez de ser un homenaje a los caídos y derrotados, esa vela arde con la esperanza de que, algún día, todos seremos libres.

Encendamos cada uno nuestra vela y ayudemos a los demás a encender la suya, pues en el fondo son una y la misma.

Ánimo, cachorros de bodhisattva.


Texto completo:

http://www.elpais.com/articulo/agenda/Peter/Benenson/fundador/
Amnistia/Internacional/elpepigen/
20050227elpepiage_2/Tes