domingo, 27 de noviembre de 2011

El eterno retorno de los brujos


Estaba pensando cómo explicar la apuesta radical del budismo frente a las innumerables seducciones que se ofrecen a los buscadores espirituales cuando me he cruzado con esto en la prensa de hoy:

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/11/26/espana/1322304818.html

Se trata de un ejemplo espectacular del género que llamo “psicogeneabobadas”, que tanto éxito parecen tener estos días. Por eso mismo, quizá sea útil para entender por contraste qué es lo que el aprendizaje del Dharma puede hacer por nosotros.

¿Qué son las “psicogeneabobadas”? Pues, literalmente, tonterías inventadas o generadas (genea-) por la mente (psico-), o lo que vulgarmente se denomina “pajas mentales”.

Sabemos que la mente está en el origen de toda experiencia. Es una gran herramienta, sin duda, pero una mente confiada y con pocos conocimientos es terreno fértil para que broten en ella todo tipo de creencias sin fundamento; conviene tener cuidado con las semillas que plantamos ahí. Como dice el Dhammapada: “Nuestra vida es moldeada por la mente: nos convertimos en lo que pensamos. El sufrimiento le sigue a un mal pensamiento igual que las ruedas de un carro siguen a los bueyes que tiran de él. Nuestra vida es moldeada por la mente: nos convertimos en lo que pensamos. El gozo le sigue a un pensamiento puro como una sombra que nunca se va”.

En este caso, la superchería toma como base una función propia del sistema aferente, la percepción, que como sabéis se encarga de darle nombre y forma a los estímulos que entran en la mente. Esa, y nada más que esa, es la función natural: un sistema de catalogación y clasificación que facilita el almacenamiento y la recuperación de los datos en la memoria. Como veis, algo normal, útil y sencillo.

Pero ¿en qué se convierte esto en manos de los brujos prestidigitadores? En una ciencia mágica y acechada por peligros ocultos, en donde las malas prácticas pueden convertirse en una enorme bola de nieve que acabe por arruinar tu vida y arrastrarte a la depresión y casi al suicidio.

No lo menciono solo para desacreditar esta superstición en particular, sino para mostrar el enorme potencial de la mente para inventarse cosas, creerse su existencia y luego sufrir por ello. ¿Absurdo? Sí, pero en absoluto trivial: el mismo mecanismo aparentemente inocente que puede operar sin consecuencias nefastas en un cursillo de fin de semana para gente simplemente curiosa es el que doblega la voluntad de muchas mujeres africanas que se prostituyen en nuestras calles bajo la amenaza del vudú, aplicado a ellas o a sus familias en su país de origen.

Trampas de este estilo –donde la mente cocina, come y luego se indigesta con sus propios inventos fantasiosos– son la mejor recomendación para averiguar cómo funciona esa mente, limpiarla de bagaje tóxico, sustraernos a su dominio y ahorrarnos sufrimiento innecesario.

Afortunadamente, hay remedio. Frente a las añagazas de la mente (la nuestra… y quizá la de otros interesados en nuestro tiempo, energía y dinero) no conozco mejor antídoto que las enseñanzas profundas del Dharma natural. Ese Dharma nos proporciona un punto de apoyo universal al enseñar no solo que la mente se lo inventa todo, sino cómo lo hace. Una vez cazamos a la mente “in flagranti”, nos asentamos en suelo firme y muchos de los castillos de sufrimiento que hemos construido en el aire se derrumban sin más.

El Dharma de Buda es un disolvente universal que es capaz de revelarnos la vacuidad de la mente, liberarnos de todos sus contenidos malsanos y descubrir su verdadera naturaleza como maestra de ilusiones del mundo. Pero, incluso si no queremos hacer el viaje completo, también puede valer para desembarazarnos de creencias y miedos irreflexivos, de cuentos de viejas y fantasmas autogenerados que, como poco, estrangulan nuestro desarrollo natural.

El Dharma no es algo que practicamos para darle una alegría a Buda o a nuestros maestros; es algo que hacemos en beneficio de nuestra propia naturaleza y la de todos los seres. La clave, en nuestra condición de partida, casi siempre implica liberarnos de todo el equipaje mental excesivo y a menudo ponzoñoso que arrastramos desde el inicio de nuestra vida. No es fácil, pero es posible.

Como dicen los notarios, doy fe.

viernes, 18 de noviembre de 2011

¿Qué vida merece la pena vivir?


A veces, viendo la cantidad de personas que se acercan a la orilla del budismo, prueban el agua tímidamente con los dedos de los pies y luego retroceden y se van en busca de océanos menos bravíos, me he preguntado qué es lo que debe tener alguien para entrar en el Dharma con buen pie.

Me refiero, evidentemente, a experiencias mundanas y no a otros atributos…

Como no puedo entrar en la mente de todas las personas, solo puedo hacer introspección en mi propio caso, sin pretender que sea un modelo a seguir.

En relación con esto, me viene a la cabeza la conocida máxima de Sócrates, que dijo que la vida que no se examina no merece la pena vivirse: anexétastos bíos u biotós, una frase memorable que plantea con nobleza un dilema humano básico. ¿Cuál es la vida que merece la pena vivir?

Bien, es un principio, aunque el autoexamen no es necesariamente suficiente. ¿Qué pasa si uno analiza su vida y concluye que es estupenda? No parece muy probable que se quiera enfrentar a la gran tarea, a menudo ardua y áspera, de la transformación interna. Mientras uno siga encelado persiguiendo el éxito o la felicidad en los términos que ofrece el mundo y la sociedad sanciona, es poco verosímil que siente sus reales en un cojín de meditar y se dedique a la auto-indagación.

Por otra parte, no es ningún secreto que al budismo llega quizá más gente con experiencias de sufrimiento intenso que a otras vías, dado que el propio Shakyamuni eligió el sufrimiento (dukkha) como piedra angular de su enseñanza. Pero, ¿es imprescindible o siquiera necesario sufrir para emprender el sendero?

En mi caso, el principal acicate fue una sensación latente de estar desperdiciando mi vida en empresas que no iban a ninguna parte y vivir alejado de mi naturaleza humana más profunda. Eso seguramente no contará como sufrimiento a ojos de la mayoría, pero es la base misma de dukkha –la impresión de ser algo separado de todo lo demás y de estar irrevocablemente exiliado de la unidad primigenia. Luego, es verdad, vino un empujón en forma de achaque de salud que me hizo darme cuenta de que realmente este camino de volver a casa era lo más importante y lo mejor que podía hacer por mí mismo y por los demás mientras tuviera el privilegio de contar con tiempo y energía.

Meses después, cuando conocí de primera mano el Dharma de Shanjiàn, una enseñanza destacó por su capacidad de iluminar y explicar áreas enteras de mi vida interior que hasta entonces estaban en penumbra. Como limaduras de hierro en presencia de un imán, un montón de experiencias e intuiciones se ordenaron por sí solas, apuntando en una dirección unívoca: no estaba viviendo mi propia vida, sino la de otros.

Pero esos “otros” no eran quienes me rodeaban –familia, amigos, sociedad, etc. Estaban dentro de mí, como impulsos subconscientes no reconocidos, agrupados en tres formas que el Dharma llama confusión, codicia y aversión. En otras palabras, las manchas de los centros visceral, emocional y mental que Shanjiàn llama “identidades”, término más cercano, tangible y retador que gunas, “venenos” o “raíces malsanas”, como se las conoce en la tradición budista.

Así llegué con el tiempo a mi propia versión de la máxima socrática: “La vida en manos de las identidades no merece la pena vivirse”. La enseñanza del Dharma solo le puso nombre y forma a una intuición vaga que ya tenía de antes y que fue la clave para mí: vivir de pie, no arrodillado ante el poder insidioso de la alucinación interna y externa causada por las hijas de Mara.

La conclusión –nada heroica, sino por pura eliminación– de que no había alternativa fue lo que me decidió a emprender este camino que aún no ha terminado ni tiene visos de terminar, pero en el que claramente no hay vuelta atrás. La certeza de que uno ha agotado definitivamente sus recursos y escapatorias aleja el riesgo y la tentación de tirar la toalla y volver a lo malo conocido, al gran casino del mundo que reparte aleatoriamente bazas de sufrimiento y falsa felicidad, con el triste consuelo de que, al fin y al cabo, es lo que hace todo el mundo.

Frente a eso, una vez te embarcas en busca de la verdad de la vida no hay garantías de que vayas a encontrarla, pero ¿qué otra cosa puede haber que merezca la pena más que eso?

La vida que se integra en la unidad total de la vida es la que merece la pena vivir.

martes, 8 de noviembre de 2011

Pasenadi y los minutos basura



En deporte, se llama “minutos basura” al tiempo que queda en un partido cuando todo está decidido, que se suele aprovechar para darles una oportunidad a los jugadores más jóvenes para que se vayan fogueando sin que sus posibles errores de novato salgan demasiado caros.

Pienso en eso cada vez que oigo en conversaciones o capto en escritos una actitud común sobre la práctica espiritual, que la representa como un subidón continuo, una serie de momentos culminantes, de encuentros con gente desarrolladísima, de gestos llenos de significado y trascendencia, de grandes revelaciones y avances… Todo parece ocurrir en una suerte de realidad paralela, limitada únicamente por la fantasía de su creador.

Recuerdo una ocasión hace años en que asistí, invitado por un amigo, al retiro de un reputado maestro: había un gran local urbano acondicionado para el evento (con mesa de mezclas, trono y alfombra roja incluida), cientos de gentes venidas de Europa y América, mercadillo de abalorios espirituales, etc. Las enseñanzas no me resonaron demasiado y la supuesta iniciación que dispensó a la masa casi me pareció una parodia. Pero hubo gente que literalmente alucinó con la experiencia y en especial con la sabiduría y perspicacia que el maestro les había mostrado en los escasos instantes que había pasado con ellos –un poco al estilo de los Reyes Magos en Navidad, cuando reciben a los niños que han aguantado largas colas para sentarse un momento en su regazo, entregarles sus cartas y contarles lo buenos que han sido.

Al día siguiente, el maestro cogió un vuelo internacional para ir a su siguiente destino, donde posiblemente le aguardaban más estudiantes igual de solícitos y, para él, anónimos. Como dicen en márketing, ¡el tiempo es oro!

¿Cómo se puede ser maestro o discípulo de alguien al que apenas se conoce? No hay alternativa a pasar tiempo de verdad al lado de alguien para saber cómo es. Entonces, el roce hace que afloren las verdades ocultas y esos “minutos basura” que parecía que no contaban para nada, y en los que no parecía ocurrir nada de importancia, se convierten por el contrario en una piedra de toque valiosísima a la hora de separar el grano de la paja.

La verdad a menudo está en los pequeños detalles. Por ejemplo, para vislumbrar cuál es el temperamento de un estudiante, el Visuddhimagga, el gran tratado de Buddhaghosa, recomienda fijarse en cómo barre una habitación o se hace la cama; no es algo muy fácil de hacer si uno enseña y luego sale enseguida de camino al siguiente aeropuerto. También los antiguos maestros Chan eran dados a derribar cualquier ensoñación mística de sus seguidores. Como decía Yunmen sobre el despertar, “Hermanos, si hay alguien que lo ha alcanzado, pasa sus días de conformidad con lo común y corriente”. Y el famoso Mente Zen, mente de principiante de Shunryu Suzuki recalca la misma idea: “Pero a fin de cuentas no es lo que el maestro tiene de extraordinario lo que deja perplejo, intriga y hace más profundo al discípulo; es lo que tiene de completamente corriente”.

Nos engañamos si creemos que el camino espiritual tiene que ser un romance ininterrumpido. La cercanía continuada con un ser realizado puede resultar una perspectiva incómoda, incluso formidable; pero no conozco nada que la pueda sustituir, ni siquiera en esta época de prisas y pseudo-soluciones instantáneas a las necesidades más hondas de nuestra naturaleza humana. Como tantas veces, Buda también tiene algo que decir al respecto, con palabras que reúnen sabiduría, compasión y sentido común a partes iguales:

Una tarde, el Buda se levantó de su meditación y se sentó a las afueras de la puerta este del parque donde residía. Entonces, el rey Pasenadi, que llegaba de visita, saludó al Buda y tomó asiento a su lado. Justo en ese momento, no lejos de ahí, un gran grupo de ascetas errantes pasaba de largo. Con sus cuencos de limosna, algunos de estos ascetas llevaban el pelo largo y sucio, algunos iban desnudos, otros llevaban una túnica nada más y algunos eran vagabundos. Una vez habían pasado, el rey le preguntó al Buda: “¿Se puede pensar que alguno de esos ascetas sean arahats o que estén en camino de convertirse en arahats?”

El Buda le contestó: “Es al vivir una vida en común con una persona como descubrimos el carácter moral de esa persona; y eso sólo si, siendo perspicaces nosotros mismos, le hemos observado a esa persona largo tiempo. Es sólo en conversación con una persona como descubrimos la sabiduría de la persona y la claridad de su corazón; y eso sólo si, siendo perspicaces, hemos prestado atención largo tiempo. Es durante los tiempos revueltos cuando descubrimos la fortaleza de otros; y eso sólo si, siendo perspicaces, hemos prestado atención largo tiempo”.

martes, 11 de octubre de 2011

Otra idea de Sangha


Este texto conjunto surgió de un reciente ejercicio y enseñanza de Shanjian. Creo que aporta una visión diferente y enriquecedora sobre la Sangha, entendida en sentido más amplio y profundo que la mera congregación de budistas “oficiales”:

Es cierto que en nuestras condiciones actuales la sangha no siempre es evidente, aunque siempre está ahí como potencial. Pero mira las cosas de otra manera: en vez de anhelar la sangha como algo acabado y tangible, siente que la sangha es algo que haces cada día mediante tu propio esfuerzo, entrega, determinación, perseverancia… y, muy importante, paciencia. No es un refugio ya construido donde puedas retirarte a buscar compañía en los momentos de soledad o desánimo; es una oportunidad, un ideal hacia el que puedes dirigir tus esfuerzos, porque en la tarea de construir la sangha para todos es donde puedes encontrar y desarrollar las herramientas necesarias para recorrer el camino del Dharma con integridad.

Entonces, piensa de otra manera diferente de la sangha completa. La sangha es un conjunto de huskies siberianos que tiran de un trineo con el Dharma a bordo, y el Dharma que hay a bordo de este trineo es de hecho su propia comida al final del viaje y para el resto de sus vidas. Entonces está muy claro que cuanta más eficacia haya al tirar del trineo, más rápido y eficaz puede ser el viaje y las consecuencias (una panzada de Dharma para todos).

Eso está bien, pero ahora viene el problema. Supón que tienes este grupo de huskies y cada uno de ellos es ciego y sin olfato. La única manera en que puede saber que de verdad puede llegar al final del viaje y llenarse la panza de Dharma es por el sentido de las correas que tiran de todos. Pero es difícil, porque no puede ver a los otros perros ni olerlos. Entonces tampoco sabe si hay muchos o pocos tirando, con qué fuerza tiran o si todos tiran en la misma dirección, porque por desgracia el conductor no habla el idioma de los perros y ellos no entienden su idioma.

Bien, ese es el problema. Como husky que eres, ¿qué puedes hacer?

La respuesta es que todos debéis entender completamente desde el principio el concepto de la unidad y la diversidad.

Si entendéis eso, entendéis que no hay diferencia entre huskies y que todos los huskies tienen el mismo problema: que se ocupan mucho de la posibilidad de errores en la diversidad y poco de la unidad.

La solución es darlo todo por la totalidad. Eso significa tirar lo más posible en la dirección correcta en beneficio de todos los otros huskies y de uno mismo, hacer lo más posible para permitir que los otros huskies sepan que lo estás haciendo y estar preparado para ayudarles si tienen frío o cojean.

Bien, en la práctica, ¿cómo hacer eso? Con comunicación total e intercambio de experiencias y de los problemas que se enfrentan. Es verdad que no podéis hacer el trabajo del maestro, pero saber que hay un perro al lado que está tirando de las riendas para todos, no para sí mismo, es una gran ayuda. Y a veces, cuando todos paráis para descansar (en un retiro), debéis tener un completo sentido de unidad en todo lo que estáis haciendo y eso significa estar lleno de alegría disponible y del bienestar que se puede compartir, incluso con cualquier dificultad que se encuentre.

Jesucristo dijo que donde dos se reunían en su nombre, ahí estaba él. Pero nosotros decimos que allí donde uno se reúne con su propia naturaleza de Buda, en armonía con el Dharma, ahí está también la semilla de la Sangha, que es la unidad de todos los seres aparentes y, en especial, la unidad potencial de todos los que dedican sus esfuerzos a abrir este camino para los demás.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Lo que el viento se llevó... y trajo de vuelta


Su Tung Po, el célebre poeta de la dinastía Sung, era un budista devoto. Tenía un amigo íntimo llamado Fo Ying, que era un maestro Chan muy brillante. El templo de Fo Ying estaba en la orilla izquierda del río Yangtsé, mientras que la casa de Su Tung Po estaba en la derecha.

Un día Su Tung Po le hizo una visita a Fo Ying y, al ver que no estaba, se sentó en su estudio para esperar a que volviera. Como se aburría esperando, pasado un tiempo se puso a hacer garabatos en una hoja de papel que encontró tirada en el escritorio, y sus últimos caracteres decían: “Su Tung Po, el gran budista al que no pueden mover ni siquiera las fuerzas combinadas de los ocho vientos mundanos”. Después de esperar un rato más, Su Tung Po se cansó y se marchó a su casa.

Cuando Fo Ying regresó y vio la composición de Su Tung Po en su escritorio, añadió la siguiente línea: “¡Vaya estupidez! ¡Lo que has dicho es como tirarse un pedo!” y se lo envió a Su Tung Po.

Cuando Su Tung Po leyó el indignante comentario, se puso tan furioso que enseguida se montó en una barca, cruzó el río y corrió al templo de nuevo. Agarrando a Fo Ying del brazo, le gritó: “¿Qué derecho tienes a denunciarme con ese lenguaje? ¿Acaso no soy un budista devoto que solo se preocupa por el Dharma? ¿Estás ciego, a pesar de que me conoces hace tanto tiempo?”

Fo Ying le miró en silencio unos segundos, luego sonrió y dijo: “Su Tung Po, el gran budista que afirma que las fuerzas combinadas de los ocho vientos mundanos no lo pueden mover ni siquiera un centímetro, ahora se ve arrastrado hasta la orilla opuesta del río Yangtsé por un mero soplo de viento del ano!”

(Chang Chen-Chi, The Practice of Zen, p. 17)

lunes, 26 de septiembre de 2011

¿Qué es y qué no es un río?


El otro día, viniendo hacia Can Catarí por la autopista, crucé un valle por un largo viaducto.

La señal anunciaba al “Río Grío”, pero me llamó la atención porque no parecía un río como cualquier otro.

Por ejemplo, era completamente diferente del famoso río de Heráclito, el filósofo griego que afirmaba que uno no podía bañarse dos veces en el mismo río.

Bien, pues en este río uno no podría bañarse ni siquiera una vez. Estaba tan seco que no era más que un pedregal. Se diría que ni está ni se le espera.

¿Tiene sentido seguir llamándole “río” a algo que durante varios meses al año no es más que un escabroso lecho de cantos resecos?

La anécdota no es más que una muestra de lo inadecuado que resulta nuestro lenguaje como descripción de este mundo de ilusiones en constante cambio.

Cuando los humanos inventamos los nombres, obtuvimos una gran arma evolutiva para manejar información, pero también le dimos fuerza al engaño de que los fenómenos que percibimos en el mundo son entidades sustanciales con existencia sólida e independiente, cuando en realidad no son sino configuraciones temporales de energía en perpetuo movimiento.

Cada vez que usamos las palabras estamos en riesgo de consolidar ese error; fosilizamos la experiencia como insectos prehistóricos encapsulados en ámbar. Pero, al mismo tiempo, si dejamos de hablar del todo, ¿cómo nos vamos a dar cuenta del peligro? Porque no basta con quedarse callado; hay que comprender, y para eso casi siempre hacen falta palabras.

En ese sentido, y aunque suene absurdo, sería más apropiado hablar básicamente con verbos y en vez de decir que el río lleva agua, decir por ejemplo que “está riando”. Así, sin más: aquí, en este momento, está montañeando, arbolando, soleando, etc. Y, claro, también podríamos decir que está Jueshaneando, y lo mismo para todos los aparentes individuos separados que pululan por el planeta. Tenemos nombres y formas diferenciadas pero somos olas del mismo océano de energía incognoscible.

¿Quiere eso decir que nuestros ingenieros deberían haber adecuado sus proyectos y obras a la ausencia del río Grío durante varios meses al año? Obviamente tampoco, so pena de provocar desastres como los de los campings y viviendas emplazadas en cauces secos de torrenteras, solo porque no tienen nombre ni se ha reconocido su potencial de acumular y canalizar agua, y por tanto expuestas a riadas devastadoras que se llevan por delante todo lo que encuentran a su paso cada vez que viene una lluvia torrencial.

Esas son las dos verdades del Dharma, que se compensan y completan mutuamente: reconocer y responder correctamente a la aparente existencia de las ilusiones del samsara, de manera que la vida siga adelante, pero no dejarse atrapar por la creencia de que son reales, permanentes y separadas, para así cortar la ignorancia (avidya) que está en la base de todo deseo, apego y sufrimiento.

Como tantas otras cosas, fácil de decir, no tanto de hacer.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Gloria

Pensando en los que no dominan el inglés traduzco aquí la última entrada de Shanjiàn en SecretChan's Dharma Blog, que me ha resonado especialmente:


Esta es Gloria. Kuxinshan, nuestra maestra de Vipassana recientemente fallecida, siempre la llamaba “Licking Puppy” (cachorro lamedor), porque ese era y sigue siendo su primer saludo.

Vino, como Dunkel, con un serio problema de piel y con la cola siempre caída, lejos del gracioso rizo de los sharpeis. Afortunadamente, no tenía leishmaniosis y ahora goza de toda la salud que puede tener un sharpei. No posee la belleza externa que tanto se aprecia, pero es lo más que se puede acercar el ser humano a la fidelidad y el compañerismo.

Mientras que su medio-hermana Dunkel era noble, sin duda ella es espléndida, esto es, siempre menea la cola y es la primera que acude a saludar. Su rabo se alza ahora a modo de estandarte sharpei. También es la primera en dar la voz de alarma con increíble energía en cuanto hay una cara nueva en cien metros a la redonda.

Si tuviera rasgos humanos serían los del Dharma, la alegría y la compasión, sin duda. ¿De dónde viene eso? Es obviamente algo genético, porque nació y creció con Dunkel y Nantú. Cada uno tiene su propia herencia genética.

Muestra la típica independencia de los sharpeis, que muchos toman por tozudez, y se resiste a cualquier aprendizaje que le haga juego a la comodidad humana, aunque no tiene mucho que aprender… ¿Por qué iba a aprender algo que no sea natural? La mayoría de las cosas que los humanos les imponen a los animales responden a su capricho y no a los dictados de la naturaleza.

Sus rasgos de sharpei están dentro de ella y eso me hizo preguntarme qué características humanas hay en el ser humano, escondidas… Si los rasgos del sharpei son su verdadera pertenencia a su tribu y la guardia de su territorio, ¿cuáles son las características más importantes del ser humano?

Aparte de la capacidad única de tener verdadera compasión, alegría por los demás y vivir con afecto benevolente, las más importantes son la pareja de curiosidad y creatividad. Pero para despertarlas de las profundidades del samsara manchado hacen falta enseñanzas, meditación y una aplicación diaria consistente. Así pues, ¿cuál es el valor real de las enseñanzas y la meditación?

Muy elevado, claro, aunque en realidad no hay nada que aprender. Ese es el SECRETO, porque todo está ahí, dentro de cada ser humano, esperando a ser liberado. El maestro Yuanwu dijo:

Las palabras de los Budas y los maestros Chan no son más que instrumentos y métodos para alcanzar la Verdad. Cuando hay un Despertar y experimentas la verdad tú mismo, descubres que todas las enseñanzas están ahí en tu interior.

Por tanto puedes ver que todas las enseñanzas verbales del Buda y los maestros Chan no son más que ecos y reflejos, así que no te pongas a dar volteretas en tu cabeza.

Eso significa que debes escuchar, pero relajadamente y sin agitación del intelecto consciente. Simplemente empieza de verdad a abrir la Puerta del Bosque Chan a esa curiosidad y creatividad naturales y todo quedará claro.

Ahora bien, eso no es algo que puedas conseguir solo a base de sentarte con la mente vacía, buscando relajaciones o curas para tus problemas cotidianos. Tampoco tienes que seguir a los demás con sus hábitos y estilos. Ni tampoco tienes que bailar al son de tu propia identidad, no importa cómo suene de romántico.

Simplemente escucha los ecos de las enseñanzas, que se repiten una y otra vez en la naturaleza. Simplemente mira los reflejos de las montañas y arroyos, los bosques y praderas, los animales y las pequeñas criaturas que son nuestros acompañantes en esta vida.

Está todo ahí si tienes el coraje de desprenderte aquí y ahora de lo que no necesitas. Sé tenaz en la defensa de lo que es natural y correcto dentro de ti y no seas otro robot más de los que marchan al ritmo del Estado, las religiones, los sistemas educativos y las hijas de Mara.

Gracias, Gloria.

A Gloria simplemente le hacía falta una oportunidad de expresar su verdadera naturaleza… Es una lección importante, porque tú también puedes expresar tu propia naturaleza… Pero tienes que darte la oportunidad.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Esos puntitos rojos...


A veces me pregunto qué valor tienen esos puntitos rojos que aparecen en el mapa-contador de visitas al blog.

Lo cierto es que nadie sabe qué significan realmente, más allá del dato escueto de que alguien ha pasado por ahí.

¿Cómo saber si la visita ha significado algo realmente para el visitante? Porque puede haber pasado exactamente igual que la luz por el cristal, sin dejar ni llevarse nada de nada.

Entonces, ¿aportan algo, aparte de motivos para que el ego se hinche o se desinfle según el volumen del ciber-tráfico?

Pero, pero, pero…

Imagínate –me digo a mí mismo– que cada punto rojo no representa solo a alguien que entra y sale de la página sino a alguien que se queda y lee algo.

Imagínate que esa persona no solo lee algo sino que entiende lo que se dice, mira más allá de las palabras y capta un aroma.

Imagínate que esa persona no solo entiende lo que se dice, mira más allá de las palabras y capta un aroma sino que va más allá de mi particular idiosincrasia y busca en mis fuentes, en el posible origen de ese aroma.

Imagínate que esa persona no solo va más allá de mi particular idiosincrasia y busca en mis fuentes sino que las encuentra –en mi caso, probablemente alguna página web del maestro Shānjiàn Dáshī.

Y ahí empieza de nuevo el ciclo: entrar en la página > quedarse y leer la página > entender lo que se dice, mirar más allá de las palabras y captar un aroma > ir más allá del autor y buscar en sus fuentes, pero ahora ya con posibilidades serias de que esa persona encuentre algo que le haga click y empiece a practicar el Dharma… y con dedicación, paciencia y perseverancia consiga una mayor apertura y florecimiento de su propia naturaleza humana.

Es una posibilidad remota, sí… remotísima incluso… pero potencialmente tan magnífica como para no bajar los brazos y resignarme a que este enorme caudal de sabiduría y compasión del que bebo se desparrame en el desierto y acabe por evaporarse sin beneficiar a nadie más.

Desde ahora, y al menos en este blog, el rojo es el color de la esperanza.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Khara-khoto, la ciudad negra


Cuando veo cómo el desierto del Dharma cognitivo e inane avanza por todas partes me vienen a la cabeza las imágenes de las ruinas de Kharakhoto, perdidas en el desierto del Gobi.

Kharakhoto fue una ciudad mongola de la Ruta de la Seda, visitada al parecer por Marco Polo en sus viajes, que albergó un inusitado florecimiento de la escuela budista Chan y Huayan de Zongmi entre los siglos xiii y xiv de nuestra era hasta que fue asediada y saqueada por las tropas chinas.

Hoy no quedan de ella más que cuatro pedruscos desperdigados entre el secarral, mientras el desierto, sometido a la dictadura inclemente del astro rey, extiende sus desolados dominios en todas direcciones hasta donde la vista se pierde.

¡Ay, Kharakhoto, qué terrible es tu mensaje!… Igual que el sol implacable no tolera la suave presencia de las estrellas, así la mente cognitiva agosta y calcina cualquier brizna de Dharma vivo en la vasta planicie deshabitada que controla. El suyo es un budismo yermo.

Sin embargo, también hay oasis en el desierto y de la noche más oscura puede brotar la llama de la esperanza. La misma “ciudad negra” que nos impone por su sombrío destino nos ha legado una imagen de Buda haciendo el mudra llamado bhumisparsa, justo antes de alcanzar el despertar bajo el árbol del bodhi, en memoria de su apelación a la madre Tierra como testigo de sus méritos frente al postrer desafío de Mara.
 

Por eso, ante el tenaz avance de las ardientes arenas del Dharma cognitivo, nosotros volvemos a los fundamentos y tomamos Refugio una y otra vez, no para huir de la realidad sino como afirmación de nuestro derecho como hijos virtuales del Buda a recuperar nuestra herencia natural y despertar a las ilusiones sanas y correctas de la mente, en beneficio de todos los seres.

Que Así Sea.

Esperando la lluvia

“Una persona experta no se vuelve arrogante debido a perspectivas filosóficas o pensamientos, porque no es de ese tipo; no se deja guiar por las obras religiosas o por la tradición, no se deja llevar a ninguno de los lugares de descanso de la mente”.

Cuando Buda habla de estos lugares de descanso de la mente, ¿a qué se refiere?

Suena como si la mente tuviera que mantenerse en movimiento perpetuo, como algunos tipos de tiburón que nunca se detienen, ni siquiera para dormir; pero en realidad habla de esas ocasiones en que la mente se “desconecta” y pone el piloto automático, abdicando momentáneamente de su responsabilidad investigadora para abandonarse a una autoridad ajena, sea una creencia, una tradición o un hábito. Es algo que hacemos todo el tiempo, en cuanto nos despistamos.

Parece como si Buda nos estuviera diciendo: “Cuidado, no os caséis con ningún concepto fijo –¡ni siquiera con el budismo! Cualquier apego a patrones rígidos no es vuestra propia naturaleza sino una forma de fosilización mental”. Eso significa que no podemos definirnos ni adherirnos a ninguna posición fija, a ningún “-ismo”: ni creencias, ni ideologías, ni gustos, ni una identidad sólida. Somos agua que corre; si nos paramos a descansar en esos lugares de la mente, nos congelamos; estamos muertos. La calidad de la atención y presencia que eso exige es algo tremendo.

Quizá sorprenda ver aquí a Buda como adalid de la fluidez, como si eso fuese una virtud exclusiva de los sabios daoístas y los maestros de artes marciales; pero también el sufí Rumi, en un contexto muy diferente, se hizo eco del mismo sentimiento: 

Quienquiera que ame Tu actividad creadora está lleno de gloria.
Quienquiera que ame lo que has creado no es un verdadero creyente.

Solo que Buda le imprime a esa advertencia un giro idiosincrático y espectacular, que para mí lo aleja definitivamente de la esfera religiosa: no se trata de adorar la actividad de un Dios creador, por magnífica que sea, sino de evitar caer en la trampa de tomar por reales las “creaciones” del único “dios” que existe –la mente (no el cerebro, sino la hidra de treinta cabezas en llamas que Buda presentó en el Sutra del fuego).  

Ahora que lo pienso, las palabras de Buda tienen además una aplicación colectiva que nos atañe a todos los que seguimos su guía. Si nos miramos al espejo, siendo sinceros, ¿hay alguna escuela budista que no se considere superior a las demás de forma abierta o velada? Unas destacan su autenticidad y fidelidad a los orígenes, otras elogian su enfoque directo y súbito, otras se consideran reservadas para los de mayor capacidad… pero es una cantinela que se repite por igual entre gentes de casi todos los caminos, ya sean Mahayana, Vajrayana, o Dzogchen. Prácticamente nadie se da cuenta de que hay distintas vías porque hay temperamentos diferentes o reconoce que no todas las vías son aptas para todo el mundo. Curiosamente, todos ellos se sienten aristócratas del espíritu; se diría que en el Dharma se desató desde el inicio una carrera de armamentos de tecnología meditativa que, mira tú por dónde, ha acabado por dejarles a la cabeza del pelotón. Lo cómico es que se parezcan tanto precisamente en sentirse especiales y mejores que las demás. Más les valdría olvidarse de competiciones y recordar las enseñanzas del Tathagata:

“No te formes perspectivas en el mundo ya sea mediante el conocimiento, la conducta virtuosa o las prácticas religiosas; igualmente, evita pensar de ti mismo como superior, inferior o igual a los demás.

“Los sabios se desprenden del ‘yo’ y al estar libres de apegos no dependen del conocimiento. Tampoco disputan sobre opiniones ni se asientan en ninguna perspectiva.

“Para los que no tienen deseos de cualquiera de los extremos del devenir o el no-devenir, aquí o en otra existencia, no hay conflicto con las perspectivas que mantengan los demás.

“Ellos no se forman la más mínima noción con respecto a perspectivas que hayan visto, oído, o elucubrado. ¿Cómo se les podría influir a esos sabios que no se agarran a ninguna perspectiva?”

Los antiguos sutras y shastras budistas son un tesoro de sabiduría y compasión, aunque siempre hay que mirar más allá de lo que dicen literalmente. Es una pena que tantos budistas –a excepción quizá de los Theravada– los pasen por alto. En vez de disputar sobre los méritos y excelencias de cada camino del Budadharma, ¿no sería mejor reconocer nuestra raíz común y cultivarla como lugar de encuentro? 

 
访, cháng cháng fǎng běn yuán
Vuelve a menudo a la fuente

Una liberación a mano


A veces cuando me abruma la sensación de desierto, como ahora con mis lecturas, vuelvo a los orígenes, a las palabras de Buda, que para mí son fuente de sabiduría intemporal.

Releyendo sus enseñanzas, hoy me he encontrado con una de sus habituales andanadas a la línea de flotación de la identidad:

“Ahora declaro esto: tras investigar, no hay nada entre todas las doctrinas que alguien como yo abrazaría. Al ver la penuria de las perspectivas filosóficas, sin adoptar ninguna de ellas, buscando la verdad descubrí la paz interior.

“Ni por cualquier opinión filosófica, ni por tradición, ni por conocimiento, ni por la virtud y las obras religiosas puede nadie decir que la pureza existe; ni por la ausencia de opinión filosófica, ni por la ausencia de tradición, ni por la ausencia de conocimiento, ni por la ausencia de virtud y buenas obras tampoco; abandonándolas sin adoptar ninguna otra cosa, que uno, sereno e independiente, no desee ningún lugar de descanso.

“El que se cree igual a los demás, o superior, o inferior, disputa por esa misma razón; pero el que se mantiene impávido bajo esas tres condiciones, para esa persona las nociones de ‘igual’, ‘superior’ o ‘inferior’ no existen.

“El Sabio para el que no existen las nociones de ‘igual’ o ‘desigual’, ¿acaso diría ‘Esto es verdad’? ¿O con quién disputaría, diciendo ‘Eso es falso’? ¿Con quién iba a entrar en disputa?

“La persona experta no se vuelve arrogante debido a perspectivas filosóficas o pensamientos, porque no es de ese tipo; no se deja guiar por las obras religiosas o por la tradición, no se deja llevar a ninguno de los lugares de descanso de la mente.

“Para el que está libre de puntos de vista no hay ataduras, para el que se ha liberado mediante la comprensión no hay locuras; pero los que se agarran a los puntos de vista y las opiniones filosóficas, esos deambulan por el mundo irritando a la gente”.

Me encanta Buda, siempre tan frontal y directo.

¿Qué entiendo de sus palabras?

Que hay una verdad que se puede experimentar más allá de las disputas y las dicotomías mentales de “x” o “no-x”. Esa verdad es suprema y superior a toda disquisición filosófica.

Que solo los que la han experimentado pueden hablar legítimamente de esa verdad. Por tanto, hacer cábalas sobre lo que es o deja de ser no me va a acercar a ella. El mapa no es el territorio.

Que cualquier operación mental que haga para acceder a ella mediante atajos es una trampa; solo vale ir a su encuentro desnudo, sin aceptar ninguno de los sucedáneos que la mente, siempre tan perra, me ofrece sin cesar. No hay sustituto posible para la experiencia directa.

Que compararme con los demás refuerza la identidad (la creencia en mi propia existencia y la de los demás como entes separados) y es fuente de ansiedad, riñas y estrategias absurdas.

Que las discriminaciones mentales me separan de la experiencia de la verdad, que está al alcance de la mano.

Que tengo que estar constantemente vigilante para no dejarme llevar por la fuerza de la costumbre a esos rincones mentales donde me acomodo y descuido, dejándome llevar por la corriente de mis hábitos malsanos más inveterados.

Que la liberación pasa por librarme primero de mis propias ideas y opiniones, que son las cañas y barro con los que he construido mi endeble identidad intelectual, que tiene que desmoronarse por completo para dar paso a más luz. Afortunadamente, como reza el dicho, torres más altas han caído.

Claro que Buda tenía razón. Con este “programa de actividades” por delante… ¿a quién se le ocurriría ponerse a discutir con otros?

miércoles, 31 de agosto de 2011

Hastío libresco


Lo he oído toda la vida, pero ahora lo siento de la manera más visceral: leer nunca me va a dar la experiencia plena de la profundidad del Dharma. Y escribir, tampoco.

Sé que las palabras sí pueden dar una impresión de esa profundidad que está más allá de las palabras; por eso tantos maestros han recurrido a ellas, aun advirtiendo una y otra vez de sus trampas. Pero esas impresiones son como moras minúsculas escondidas entre una maraña de zarzas que crecen y se multiplican sin cesar.

En mi caso, algunos libros que leí en su día sobre la transformación interior me acompañaron durante un trecho del camino, pero a medida que sigo en él se van desprendiendo como hojas de otoño… y nada de lo poco que leo ahora viene a llenar el hueco. Son contados los libros que no se me caen de las manos. Simplemente, no los encuentro nutritivos. Ahora busco otro tipo de alimento más sutil.

No son lamentos de lector encallecido y cínico; miro con el mismo escepticismo, ni más ni menos, lo que yo mismo escribo. En muy pocas ocasiones diviso el fulgor de la verdadera compasión escondido entre tanta montaña de letras.

Y aun así, la cuestión se mantiene: ¿cómo conseguir que eso que anuncian los maestros pase a formar parte de nuestra sangre, nuestro aliento, nuestra mismísima médula? Parece una alquimia imposible, un salto cuántico más allá de cualquier pirueta mental.

(En realidad, la impresión de que lo que anuncian los maestros no está ya dentro de nosotros es en sí una gran pirueta mental, la ilusión que genera toda la masa de sufrimiento; pero estamos tan imbuidos de ella que primero tenemos que desaprenderla).

Pues hay una manera, y es precisamente la misma en la que se integran nuestro cuerpo el aire que respiramos y los alimentos que ingerimos: de forma orgánica, involuntaria e inconsciente, sin alharacas ni disquisiciones, gobernados por una inteligencia invisible pero eficaz y elegante, infinitamente superior a la que escribe estas líneas.

Mientras tanto, sigo envuelto en las enseñanzas y la práctica del Dharma, dejándome guiar por el aroma del Dharma eterno y entrando de vez en cuando en las zarzas en busca de alguna mora que pueda participar a otros algo del sabor del camino y, con suerte, animarles a emprenderlo.

Pero solo son moras… dulces, delicadas, e insustanciales.

La verdadera transformación interior exige una dieta más robusta.

jueves, 11 de agosto de 2011

Un reproche común... y equivocado


“Yo al budismo le reprocho su pasividad”, declaró con aplomo y, tras soltar ese dictamen lapidario, le pegó otro trago a su gin-tonic, quedándose más ancho que largo.

Habíamos cenado juntos con otro amigo y después habíamos recalado los tres en un bar cercano. Tras algunos vericuetos, la conversación había girado hacia el budismo, sin grandes pretensiones ni expectativas dadas las circunstancias.

En la penumbra del bar, entre ráfagas de música y brumas rezongonas de alcohol, mi amigo reprochante mostró simpatía por lo que entiende que hago pero se reivindicó decididamente como judeo-cristiano.

No es que sea mala gente –al contrario; es sensible, se ocupa de los demás con buenas intenciones y es muy querido entre sus allegados. Pero ¿cómo hacer ver a alguien que mira desde fuera lo que tú ves desde dentro, aun sin llegar a ver del todo?

Afortunadamente, tengo suficiente experiencia como para no meterme a discutir sobre el Dharma, y menos de madrugada en la barra de un bar de copas. ¡Bastante difícil es ya en condiciones normales y sin bebidas por medio!

¿Cómo hacer ver que el Dharma no acepta como real la realidad consensuada que todos toman como base?

¿Cómo mostrar que el problema está dentro de cada uno, y que la locura que experimentamos en el mundo de fuera no es más que el reflejo colectivo del sufrimiento que hay dentro de cada cual? Mientras no nos arreglemos por dentro, ¿qué esperanza hay de cambiar de verdad lo que hay fuera?

Me pregunto cuántos enfermeros de ambulatorio le estarían echando en cara a esa misma hora su “pasividad” a los científicos que investigan en los laboratorios en busca de curas para la malaria o el SIDA, solo porque no están a pie de calle, poniendo vendas y tiritas… sin darse cuenta de que ambos están en el mismo bando y de que, sin la labor aparentemente “pasiva” de los investigadores, aún estaríamos tratando el cáncer con aspirinas.

El problema para la mente mundana es que la cura del budismo no se puede aplicar a otros como una vacuna. Cada uno tiene que desarrollar la inmunidad en sí mismo y luego, con suerte, les puede enseñar a otros cómo hacerse inmunes ellos también. Ni una cosa ni otra son fáciles, superficiales o instantáneas.

Si no vemos con claridad las cosas como son, cualquier acción que emprendamos tiene grandes probabilidades de ser equivocada e, incluso si no lo es, consolidará aún más nuestra impresión de ser entes separados que actúan sobre una realidad objetiva e irremediablemente ajena. Como dicen los maestros Chan, mientras vivamos así seguiremos flotando en el océano de la vida y la muerte.

Quizá algún día pueda tomar un té con mi amigo y oírle decir “Yo al gin-tonic (o, mejor aún, “a mi identidad”) le reprocho su ofuscación”. Pero, por si acaso, no voy a dejar de practicar hasta que llegue esa hora… sin bata blanca, sin sentirme superior a nadie, sin dejar de ayudar en lo que pueda siempre que sea correcto, y sin perder de vista las pistas que nos han dejado los maestros antiguos y actuales.

Baizhang le preguntó al maestro Mazu: “¿Qué es esencial en el budismo?”. Mazu contestó: “Simplemente que te desprendas de ti mismo y de tu vida”.

lunes, 4 de julio de 2011

Una muerte... todas las muertes


Ayer me anunciaron por teléfono la muerte súbita de un chico (llamémosle Mikel) que había conocido hace poco. Era joven, deportista, aparentemente en la plenitud de su vida y estaba empezando su propia búsqueda.

Nos presentó un amigo común, con la idea de que yo le orientara. Cuando nos conocimos, hablamos un rato y me contó que estaba a punto de hacer su primer retiro Zen. Me pareció que sentía una sana curiosidad y esperanza, sin grandes expectativas.

Por casualidad, unos días más tarde me lo encontré en el andén de la estación del Cercanías, cuando yo ya iba de camino a Tarragona. Al principio no me reconoció pero yo sí a él, de manera que compartimos viaje hasta la siguiente parada y charlamos algo más sobre el Zen y otras vías.

Mi extrañeza es mayor aún de lo habitual porque el miércoles pasado lo volví a ver en el andén de la misma estación, cuando yo me venía una vez más a Tarragona. Esta vez tampoco me reconoció; quizá por la extraña sensación de déja vu no reaccioné a tiempo y él pasó de largo. Me sorprendió un poco mi propia indecisión pero no le di mayor importancia.

Ahora, esta noticia tan inesperada e irreversible aumenta mi sensación de irrealidad de todo. Me oigo pensar: no es que Mikel existiera antes y ahora ya no exista más; es que todo lo que experimento es un continuo, una ilusión total que ahora simplemente se ha “des-Mikel-izado”, por así decirlo, en su flujo incesante, caleidoscópico e impredecible. ¿Será una maniobra de la mente para reconciliarse con otro adiós definitivo?

Eso puede minimizar la sensación de pérdida personal, pero ¿es legítimo o solo un truco conveniente? Si lo doy por bueno, entonces también tendría que tomar a todas las demás aparentes personas que me rodean por meras ilusiones en un océano de ilusión; esa es al menos la enseñanza del Dharma. Eso no quiere decir que las desprecie o maltrate; solo me recuerda que siempre debo verlas sobre el fondo de la unidad no separada de la que nunca han salido realmente, sin negar o camuflar las reacciones primarias que la impermanencia provoca en mi mente.

Mikel ya no podrá explorar el Zen ni otros caminos. Eso me hace darme cuenta de la suerte que tengo –quién sabe por cuánto tiempo– porque para mí no hay otra cosa mejor que hacer sobre este viejo planeta Tierra. Por eso, desde ahora mi camino también es el de Mikel, y mis aprendizajes y experiencias son suyas también, como si él también lo estuviera viviendo a través de mis ojos y manos… y lo mismo para todos los que quisieron pero no pudieron emprenderlo por los motivos que fuesen… y para todos, en definitiva, los que antes o después acabaremos regresando a la unidad primordial, porque este camino es unificador y no hay nadie separado que lo esté recorriendo: cada vez que un aparente individuo lo hace con sinceridad, a cada paso que da lleva a todos en su corazón.

Transformarse uno mismo es transformar el mundo entero. El sol brilla, sin más. No le transforma a nadie. Como brilla, el mundo entero está lleno de luz. Transformarse uno mismo es una manera de dar luz al mundo entero. Tu propia transformación es el mayor servicio que le puedes hacer al mundo.