Hace tiempo ya que me refreno cuando siento la tentación de hablar de Shanjian Dashi como "mi maestro". Me sentía raro cuando lo hacía, como si hubiese algo ahí que no encajaba.
Ahora me doy cuenta de que cuando oigo o leo que otros se refieren a sus guías con esa expresión, experimento la misma reacción, como si mordiese un limón... Se me dirá que soy un exagerado, pero siento que hay algo incorrecto, casi sucio en potencia, en ese uso.
Si digo que Fulano fue mi maestro, ¿puede ser que sutilmente me lo esté apropiando y de paso tomando prestado algo de su lustre para aplicármelo a mí mismo? Esa al menos es la impresión que dan algunos, que mentan a sus maestros como tarjeta de presentación que les da prestigio.
Shanjian, por ejemplo, era un maestro del Dharma, sí, pero también el
hombre más libre que he conocido; no era "mío" ni de nadie en ningún
sentido imaginable. Tuve la suerte de que me enseñara durante unos años,
pero en realidad él no me enseñaba a mí ni a ningún otro individuo...
simplemente enseñaba, como una flor que esparce su perfume sin propósito consciente y sin poder evitarlo. Fue una enorme fortuna para mí estar en el
lugar y momento apropiados para recibir ese regalo. Y por lo que yo sé, fue puro azar.
En realidad, si presumo de que X o Y fue mi maestro y luego me comporto como un idiota en mi vida diaria, ¿qué favor le estoy haciendo a esos maestros al pregonar mi relación con ellos? Solo si un día hago correctamente alguna de las cosas que el maestro enseñó, y alguien me pregunta cómo es que lo hice así, podría echar la mirada atrás y decir con comprensión y gratitud: "Ah, esto lo aprendí de Shanjian". Será mi acción, no mi identidad, la que lo convierta en "mi maestro".
No es el maestro el que debe honrar al discípulo con su jerarquía, es exactamente al revés: es el discípulo el que honra al maestro cuando lleva a la práctica lo que ha aprendido de él o ella y además desaparece en la acción. Entonces no hay honra ni no-honra, porque no queda nadie a quien honrar o deshonrar... pero el Dharma sigue en flor.
Y eso, como enseñan los maestros (sean de quien sean, ja ja), es lo que de verdad importa.
jueves, 22 de enero de 2015
jueves, 15 de enero de 2015
Un Dharma ambulante
Si tuviera que condensar lo que he aprendido del Dharma para
alguien que estuviese empezando en el camino, ¿qué le diría? Hay muchas
opciones, pero entre ellas sobresalen dos.
La primera, que el cómo importa tanto como el qué, si no más.
No se trata de hacer cosas que antes no hacías sino de vivir la vida de otra forma.
Por usar un símil, no es cuestión de añadir una aplicación más; la idea es
cambiar el sistema operativo completo. Eso explica, por ejemplo, por qué los
preceptos budistas no son mandamientos al estilo judeocristiano, sino
recomendaciones de abstenerse de hacer ciertas cosas de cierta manera –dañando
a los demás y con la propia identidad por delante.
La segunda, e íntimamente ligada a la anterior, es que el gran
secreto, hagas lo que hagas, está en quitarse de enmedio. Eso vale tanto para
las meditaciones en teoría más avanzadas como para los quehaceres más mundanos
que te puedas imaginar.
Anoche, sin ir más lejos, volví de casa de mi hermano dando
un paseo mientras recitaba para mis adentros el mantra de la gran compasión.
Entonces, mientras caminaba, me abrí sin querer a todas las
experiencias de mis sentidos y me acordé de todas esas personas que, por
enfermedad, vejez o muerte, ya no pueden hacer algo tan sencillo como pasear. Y
de verdad les dediqué ese paseo, llevando en mi corazón a todos los que no
pueden dar ni un paso, sintiendo por ellos el frío de la noche de enero en mis
mejillas, el ritmo regular de mis pulsaciones, mi respiración, mis zancadas, y
oyendo cómo crujía suavemente bajo mis botas la escarcha recién formada en las
aceras, bajo la pálida luz de las farolas. Mi cuerpo y mente se convirtió en su
cuerpo y mente.
Solo esa dedicatoria transformó el paseo en algo
maravilloso, porque desaparecí en el caminar y en nuestra energía compartida;
por esas calles, en apariencia vacías, iba todo un universo paseando. Una pura
maravilla.
En este mundo de deseo, acumulación y alarde de objetos, honores
y conocimientos cognitivos, no hay placer comparable a desaparecer en la acción,
compartiendo y unificando nuestra energía sin identidad con lo que es, incluso
si no está al alcance nuestros sentidos.
Pruébalo. Te podría cambiar la vida.
martes, 6 de enero de 2015
Palabras como ascuas
A veces hay quien denuncia la aparente contradicción de la idea budista de que las palabras no valen porque, obviamente, en el Dharma se valoran y respetan las palabras de los maestros de la tradición. ¿Hay algo más ahí, aparte de lo que se capta a simple vista?
En realidad, la vida y las experiencias de los maestros del Dharma son algo intangible para nosotros, como una danza que tuvo lugar y se desvaneció hace tiempo. Afortundamente, no todo se perdió; atrás han quedado algunas huellas, como los rescoldos de una hoguera moribunda.
Muchos de los que tuvieron experiencias como el despertar recurrieron a las palabras para comunicar lo que es, aunque todos afirman que no se puede poner en palabras. Es un dilema ineludible, que cada uno afronta y resuelve lo mejor posible.
Esas palabras no son valiosas en sí, como reliquias de un fuego apagado que debemos venerar como algo grandioso pero irrepetible; sería absurdo adorarlas con devoción ciega mientras van perdiendo calor hasta quedar convertidas en carbón inerte en nuestras manos. Son preciosas porque son como ascuas que conservan algo del fuego de la experiencia con el que ardieron; y ese fuego a su vez tampoco debe ser adorado en sí, porque lo que importa es la luz y el calor que irradia: la sabiduría y la compasión que se pueden despertar en nosotros, cada uno a nuestra manera, si hacemos buen uso de las ascuas-palabras de los maestros que han sobrevivido al paso de los siglos.
Así, lo que está más allá de las palabras es una puerta a lo que está más allá de las ascuas, ahí donde las experiencias de los maestros nos pueden tocar y encender con el mismo fuego que encendieron ellos, en beneficio de todos los seres.
Por eso enciendo una vela dentro de mí y rezo fervientemente por que se produzca este santo contagio que reviva en todos nuestra propia naturaleza de compasión y sabiduría.
viernes, 19 de diciembre de 2014
Los antagonistas
Igual que los organismos vivos, el Dharma budista también tiene su
integridad y su carácter. Se aleja de toda violencia, pero eso no lo convierte
en una sarta de buenos propósitos mojigatos. Al contrario, reconoce que este es
un mundo de conflictos, ante los que despliega sus herramientas defensivas
internas –un elenco de figuras protectoras simbólicas, como los cuatro
guardianes y los dharmapalas, dedicados
a mantener intacta su virtud inherente y su potencia. Además, cualquiera que
haya leído historias de maestros como el Buda Shakyamuni, Yunmen o Milarepa,
por ejemplo, sabe que eran cualquier cosa menos mosquitas muertas.
Escribo esto porque acabo de realizar un pequeño descubrimiento que es
relevante al caso. La cuestión que me intrigaba era por qué sentía tanto rechazo
ante el mestizaje de Dharma y ciertas terapias modernas. Esto, que durante un
tiempo fue una inquietud sorda, se había convertido últimamente en una irritación
más acuciante.
La respuesta, tal como lo entiendo ahora, tiene que ver con lo que en
el Dharma se llaman los cuatro estados inconmensurables o brahmaviharas. Todos
aprendemos la lista de amor benevolente (metta)
+ compasión (karuna) + alegría (mudita) + ecuanimidad (upekkha) bastante pronto en el camino
budista, y con suerte practicamos las meditaciones correspondientes.
Lo que no todos saben es que cada uno de esos cuatro estados tiene un
antagonista. Así, el antagonista del amor benevolente es el odio o la ira (dosa); el enemigo de la compasión es la
crueldad (himsa, que a alguno os
sonará por la no-violencia de Gandhi, ahimsa);
el enemigo de la alegría son los celos (issa);
y el de la ecuanimidad, la inquietud (vicikiccha).
Hasta ahí, pocas sorpresas, porque son experiencias contrapuestas que se niegan
mutuamente.
Pero lo que aún menos personas saben es que cada estado
inconmensurable no tiene un solo enemigo en realidad, sino dos: el directo, que
acabamos de ver, y el indirecto.
Vaya, ¡esto se pone interesante...!
El enemigo indirecto del amor benevolente es el afecto personal (pema); el enemigo indirecto de la
compasión es la conmiseración o la pena personal (domanassa); el enemigo indirecto de la alegría es la exultación (pahasa); y el enemigo indirecto de la
ecuanimidad es la indiferencia.
¿Por qué se les considera enemigos? Porque cada uno presenta un
sucedáneo de la experiencia auténtica, y genera el efecto contrario al que
pretende el brahmavihara. Así, si por
ejemplo sentimos pena por el sufrimiento ajeno y nos identificamos con el afligido,
estamos reforzando sutilmente su identidad sufriente y dándole carta de
naturaleza, cuando en realidad la compasión budista se orienta a la naturaleza
pura de la aparente persona y le transmite la intención noble de que se libere
del sufrimiento y sus causas mediante su propia transformación interna. Por
eso, la compasión budista nunca es un sentimiento triste o compungido, sino una
energía positiva que se proyecta con alegría.
Si miráis la lista otra vez, veréis que todos estos enemigos tienen un
elemento en común, que es la creencia en la persona como realidad absoluta.
¿Por qué, aun siendo indirectos, se les sigue considerando perniciosos?
Porque son engañosos en potencia, en la medida en que se parecen al original y
por tanto son más insidiosos y difíciles de detectar. Nadie confundiría la
crueldad con la compasión, pero muchos sí que creen que conmiserarse con el que
sufre es lo correcto, incluso desde el punto de vista budista.
Así pues, cuando se intenta combinar el Dharma con terapias modernas suele
ocurrir lo mismo: que en realidad no se está ofreciendo el Dharma difícil y
profundo que enseñó Buda sino un sucedáneo que, bajo una aparente afinidad con
el Dharma –porque pisa terrenos similares–, de hecho lo desdibuja o incluso lo
socava.
Las terapias que usan el lenguaje y la mente cognitiva como
herramienta primaria quedan muy lejos de la sabiduría budista sobre la
naturaleza de la mente.
Las terapias que fortalecen la autoestima y el sentido de
individualidad, permanencia y sustancialidad del “yo” se oponen al camino del
Despertar que enseñó Buda, que muchos otros han seguido y corroborado por su
propia experiencia directa después de él.
Las terapias que ignoran o niegan la existencia de una propia
naturaleza pura de todos los seres son una vía segura para perpetuar el
sufrimiento y su fiel escudero, la falsa felicidad, cuya búsqueda y evitación
impulsan sin cesar la rueda del samsara.
Las terapias que simplemente buscan reinsertar al aparente individuo
en los engranajes de una sociedad enferma le dan la espalda a la Fuerza de la
Vida.
Entonces, estas terapias híbridas, a menudo presentadas como “lo
último” en talleres y retiros, ¿también son enemigas indirectas del Dharma?
La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento...
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Carnaval budista
Hay un rezo tradicional del bodhisattva Avalokiteshvara que dice:
Mientras el espacio
perdure
Y mientras los seres
sintientes sigan existiendo,
Que yo también pueda
seguir existiendo
Para disipar el sufrimiento
del mundo.
¿Te imaginas algo más remoto que la extinción de todos los
seres vivos, o más inconcebible que la desaparición del espacio-tiempo? ¿Puede
haber voto más generoso que retrasar la propia liberación hasta que todos, incluidos
los pederastas más repugnantes y los genocidas más abominables, se hayan
liberado?
Los maestros afirman que mientras practiquemos para nosotros
mismos, nuestra práctica será en vano. Tenemos que hacerlo en beneficio de los
demás; solo entonces la práctica también será eficaz para nosotros mismos. Esta
pescadilla que se muerde la cola, en la que hay “yo” y “otros” en un mundo de cosas
separadas por el espacio y el tiempo, responde a la comprensión más rudimentaria de
la bodhicitta, que en Occidente suele
asimilarse a la compasión cristiana.
Pero en realidad la bodhicitta
es otra cosa: es, literalmente, la “mente del despertar”. Y esa mente del
despertar apunta a que la separación entre uno mismo y el mundo que creamos y
nos creemos es artificial: tú eres el mundo, no un fragmento aislado en busca del
cordón umbilical perdido que te conecte de nuevo al universo.
Por eso, en cuanto te pones a practicar con el beneficio de
los demás en mente, ya has cambiado el mundo. Ayudar a los demás no es distinto de
ayudarse uno mismo; la pescadilla que se muerde la cola se disuelve entonces en
un círculo sin principio ni fin, sin “yo” ni “otros” más que como ilusión útil.
Esta es la comprensión más profunda de la bodhicitta budista, la que ve que uno
mismo y el mundo no somos dos. Todo es una misma vida, y nuestras actitudes, intenciones y acciones repercuten en sus miles de millones de terminales, que se nos presentan a los sentidos como esos “demás seres”. Los sabios de la tradición Huayan le llamaron a esa relación de interdependencia “la red de joyas de Indra”.
Los demás somos nosotros, disfrazados por la mente.
jueves, 4 de diciembre de 2014
Maestros urbanos
Esta entrada es tan antigua que ni siquiera estoy seguro de haberla escrito yo... ¡parece de alguien más sabio! No veo que haya pasado al blog, así que ahí va.
Caminaba por la calle,
hablando por el móvil, cuando de repente me adelantaron dos mujeres que
paseaban a una perra con una correa.
La perra, una especie de
pastor alemán de color pardo, pasó junto a mí. En ese momento pisé, levanté el
pie y algo se movió debajo de mi bota. La perra giró levemente la cabeza para
fijarse en lo que había ahí –un cartón de color que parecía una seta aplastada–
y luego siguió su camino sin detenerse ni mirar hacia atrás.
Solo en ese gesto de mirar y desechar
noté una cercanía con esa perra que me hizo sonreír, como si me hubiera
mostrado sin querer lo que explican las enseñanzas –en este caso, la clara
comprensión en acción, como un fogonazo que se va tan rápido como viene.
Limpio. Sin residuos. Abierto a lo siguiente que provoque su reacción.
Para mí es indudable que en
nuestras ciudades, y a pesar de las locuras de sus amos, estos animales aportan
con su conducta el ejemplo más cercano al Dharma en acción.
Algunos conocidos míos se
sorprenden o incluso se molestan conmigo cuando insisto, a veces con ánimo de sacarlos
de su complacencia, en que son seres superiores.
Aquí, en la jungla de
asfalto, son maestros involuntarios del Dharma. Y sin decir una sola palabra de
más.
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