lunes, 4 de julio de 2011

Una muerte... todas las muertes


Ayer me anunciaron por teléfono la muerte súbita de un chico (llamémosle Mikel) que había conocido hace poco. Era joven, deportista, aparentemente en la plenitud de su vida y estaba empezando su propia búsqueda.

Nos presentó un amigo común, con la idea de que yo le orientara. Cuando nos conocimos, hablamos un rato y me contó que estaba a punto de hacer su primer retiro Zen. Me pareció que sentía una sana curiosidad y esperanza, sin grandes expectativas.

Por casualidad, unos días más tarde me lo encontré en el andén de la estación del Cercanías, cuando yo ya iba de camino a Tarragona. Al principio no me reconoció pero yo sí a él, de manera que compartimos viaje hasta la siguiente parada y charlamos algo más sobre el Zen y otras vías.

Mi extrañeza es mayor aún de lo habitual porque el miércoles pasado lo volví a ver en el andén de la misma estación, cuando yo me venía una vez más a Tarragona. Esta vez tampoco me reconoció; quizá por la extraña sensación de déja vu no reaccioné a tiempo y él pasó de largo. Me sorprendió un poco mi propia indecisión pero no le di mayor importancia.

Ahora, esta noticia tan inesperada e irreversible aumenta mi sensación de irrealidad de todo. Me oigo pensar: no es que Mikel existiera antes y ahora ya no exista más; es que todo lo que experimento es un continuo, una ilusión total que ahora simplemente se ha “des-Mikel-izado”, por así decirlo, en su flujo incesante, caleidoscópico e impredecible. ¿Será una maniobra de la mente para reconciliarse con otro adiós definitivo?

Eso puede minimizar la sensación de pérdida personal, pero ¿es legítimo o solo un truco conveniente? Si lo doy por bueno, entonces también tendría que tomar a todas las demás aparentes personas que me rodean por meras ilusiones en un océano de ilusión; esa es al menos la enseñanza del Dharma. Eso no quiere decir que las desprecie o maltrate; solo me recuerda que siempre debo verlas sobre el fondo de la unidad no separada de la que nunca han salido realmente, sin negar o camuflar las reacciones primarias que la impermanencia provoca en mi mente.

Mikel ya no podrá explorar el Zen ni otros caminos. Eso me hace darme cuenta de la suerte que tengo –quién sabe por cuánto tiempo– porque para mí no hay otra cosa mejor que hacer sobre este viejo planeta Tierra. Por eso, desde ahora mi camino también es el de Mikel, y mis aprendizajes y experiencias son suyas también, como si él también lo estuviera viviendo a través de mis ojos y manos… y lo mismo para todos los que quisieron pero no pudieron emprenderlo por los motivos que fuesen… y para todos, en definitiva, los que antes o después acabaremos regresando a la unidad primordial, porque este camino es unificador y no hay nadie separado que lo esté recorriendo: cada vez que un aparente individuo lo hace con sinceridad, a cada paso que da lleva a todos en su corazón.

Transformarse uno mismo es transformar el mundo entero. El sol brilla, sin más. No le transforma a nadie. Como brilla, el mundo entero está lleno de luz. Transformarse uno mismo es una manera de dar luz al mundo entero. Tu propia transformación es el mayor servicio que le puedes hacer al mundo.

martes, 21 de junio de 2011

Palabras prestadas


Recuerdo un día de mi infancia en que, paseando por una playa del Atlántico, cogí una concha que el océano había arrojado sobre la arena. Mi padre me dijo: “Póntela sobre el oído”. Para mi asombro, oí algo inesperado: el océano entero, majestuoso en fuerza y dimensión, parecía latir ahí dentro. ¡Qué portento! Por supuesto que me llevé la caracola “maravillosa” a casa.

¿Era verdad o ilusión? En ese momento, me pareció que había encontrado un vínculo permanente con el mar, como si solo hiciera falta llevarme la concha al oído para oírle susurrar estuviera donde estuviera, recordándome que seguía ahí, siempre a mi lado aunque no lo viese con mis ojos. Solo más tarde me di cuenta de que lo único que había escuchado era el fluir rítmico de mi propia sangre, amplificado por las volutas de la concha de tal manera que recordaba las olas rompiendo en la playa.

Me acuerdo ahora porque, hace poco, una persona le escribió a Shanjian con una petición poco realista que reflejaba una actitud veladamente engreída. Al recibir una respuesta que frustraba sus esperanzas, reaccionó con un aluvión de argumentos, explicaciones no solicitadas y citas de antiguos maestros como Linji y Laozi.

Nunca deja de sorprenderme cuando la gente usa palabras de sabiduría ancestral humana como armas arrojadizas para justificar posturas miopes que tienen mucho de capricho personal. Y no deja de ser irónico que alguien que apenas está aprendiendo a balbucear en el camino de encontrar su propia naturaleza use como proyectiles las palabras elocuentes de quienes recorrieron ese camino antes que él para hacerle reproches a quien también ha cumplido con su parte y lo ha completado.

Estoy seguro de que ni Linji ni Laozi (ni seguramente cualquier maestro real) apoyaría esa táctica, pero ellos ya no están para velar por su ejemplo y en cambio sus palabras sí que quedan muy a mano, inertes e indefensas ante cualquier abuso que se quiera perpetrar con ellas. Con razón dice el refrán que uno es señor de sus silencios y esclavo de sus palabras.

Las palabras de los maestros son apoyos que nos ayudan en nuestro camino; gracias a ellas podemos tener una idea más clara de cómo es, adónde se dirige y qué obstáculos contiene. Pero no son el camino mismo ni un sustituto para nuestra propia experiencia. Alguien que las presente bien siempre será, en el mejor de los casos, como la luna, que refleja una luz prestada.

Por el contrario, la verdadera magia del Dharma es su potencial para generar una combustión interna y convertirnos así en soles que proyectan su propia luz y calor en todas direcciones, cada uno a su manera de acuerdo con su naturaleza interna. Y eso pasa por la práctica, que va más allá de las palabras, incluso las más excelsas.

¿Quién prefiere oír el eco de su propia ignorancia aumentado y devuelto por una caracola antes que el rugido tonificante del océano?

¿Quién prefiere la luz pálida y fría de la luna al regalo generoso del sol, que fomenta y nutre toda la vida del planeta?

domingo, 12 de junio de 2011

Bolongo o muerte


Cuando pienso en esta moda moderna de añadirle elementos de ganancia y promoción personal a cualquier iniciativa, incluidas las que tradicionalmente han sido más altruistas, me viene a la mente un viejo chiste de calibre bastante grueso, muy a la antigua usanza:

Van un inglés, un francés y un español de expedición por la jungla. De repente, cae sobre ellos una horda de nativos, los aprisiona y los lleva a su poblado, donde los arroja en un explanada rodeada de antorchas delante de una gran choza. De la choza sale un hombretón impresionante, les mira con severidad y proclama:

“Yo gran jefe Kabunga… este pueblo mío… esta jungla mía… ¡vosotros enemigos! Pero yo bueno… vosotros elegir… ¡bolongo o muerte!”.

Todos los nativos elevan sus brazos entonces y gritan al unísono: “¡Bolongo, bolongo!”
                                                 
El jefe señala al inglés: “Tú: ¿bolongo o muerte?”

El inglés piensa, “Joder, no sé qué es esto del bolongo, pero no quiero morir aquí”, así que responde sin mucha convicción: “Bolongo”.

Inmediatamente, decenas de hombres del poblado, incluido el jefe, saltan sobre él y lo sodomizan salvajemente entre grandes risas y celebraciones. Luego lo sacan del pueblo y lo dejan tirado, medio muerto, para que se las componga como pueda.

Entonces el jefe señala al francés y le pregunta: “Tú: ¿bolongo o muerte?”

El francés piensa, “¡Putain, qué chungo!”, pero el miedo a morir puede más que su sentido del honor y tras unos instantes de debate interno lo admite con resignación… “Bolongo”.

Inmediatamente, decenas de hombres, incluido el jefe, saltan sobre él y lo sodomizan salvajemente con igual jolgorio y entusiasmo. Al acabar, lo arrastran fuera de la empalizada y lo tiran junto al inglés.

Por último, el jefe señala al español: “Tú: ¿bolongo o muerte?”

El español, lleno de orgullo y dignidad, grita y forcejea: “¡A mí no me toca ni su puta madre! ¡¡Matadme ya, cabrones!!”

Sorprendido, el gran jefe Kabunga se queda parado un momento. “Hmm… Bien, tú morir…”, dice, visiblemente contrariado…

… “Pero antes…”, matiza, al tiempo que una sonrisa ilumina su rostro y se frota las manos, “¡un poquito de bolongo!”

Podemos estar dispuestos a hacer casi cualquier cosa honorable… dar dinero para los haitianos, por ejemplo, o renunciar a nuestro comportamiento egoísta… pero la identidad siempre salta y quiere su parte del botín primero: un poquito de bolongo... un gazpacho de cerezas con nieve de queso fresco, anchoas y albahaca... o cualquier cosa que nos haga sentir que nosotros también salimos ganando.

De eso van estos juegos sociales, también en el mundo de las ONGs. Y los que marcan las reglas del partido saben que todos llevamos a un gran jefe Kabunga dentro.

jueves, 9 de junio de 2011

Solidaridad a las finas hierbas

Hay un impulso humano básico de ayudar a nuestros semejantes que no está implantado mentalmente por el adoctrinamiento social o religioso ni responde al cálculo de intereses egoísta. Su base está en nuestra raíz tribal, que a su vez refleja el hecho de que los seres humanos somos poca cosa cuando nos enfrentamos a solas con la naturaleza, sobre todo en las condiciones primitivas en las que ha transcurrido la mayor parte de nuestra evolución como especie; nuestra fuerza y esperanza está en el grupo. Aunque prácticamente no queda ningún espacio en la vida moderna para esa solidaridad natural, aún hay vestigios aquí y allá que afloran de vez en cuando.

Es verdad que hoy en día se convocan multitud de iniciativas solidarias por varios motivos, algunos más nobles que otros. Hay quienes atienden su llamada por un sentimiento de decencia humana básica, hay quienes encuentran en ellas un lavado de cara (o de conciencia) para su estatus privilegiado, y también hay quienes trafican con esos sentimientos. La solidaridad se vende bien, incluso cuando no es muy distinta de la falsa caridad cristiana que se predicaba en tiempos y que no ataca el problema sino que parchea los síntomas. El problema es que su difusión pública la hace apta para todo tipo de motivaciones espurias.

Recuerda lo que dijo Jesús respecto de la oración: “Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar de pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa”. Algo similar se podría decir de las donaciones; solo la donación anónima es legítima, porque no hay un “yo” que done nada ni que por tanto pueda recibir ninguna compensación a cambio. De lo contrario, entramos en el cálculo y el comercio.

Además, al llamar “ayuda humanitaria” a estas iniciativas, nos colgamos una medalla que no estoy seguro de que nos merezcamos. Se trata casi siempre de una ayuda básica de subsistencia; sería más apropiado llamarla “ayuda para que no se nos caiga la cara de vergüenza”. Me parece que sería más justo considerar ayuda humanitaria la que podrían prestarnos, si vinieran como misioneros, muchas gentes del llamado tercer mundo que no tienen casi nada… más que la humanidad que nosotros parecemos haber perdido entre tanta montaña de bienes materiales.

Pero los mercaderes están por todas partes, y la solidaridad organizada y pública no es una excepción. No contentos con estas incongruencias, hay quienes se esfuerzan en rizar el rizo con nuevas locuras, como combinar la exhibición de solidaridad con un hedonismo difícil de encajar en estas emergencias. ¿Se trata del viejo anhelo de estar en misa y repicando o es que no se confía en atraer suficientes donantes (y repercusión mediática) a menos que los “solidarios” se lleven algo a cambio?

Confieso que, viendo cómo pintaban las cosas, ya me había imaginado que cualquier día a alguien se le iba a ocurrir organizar una mariscada de protesta contra el hambre en el mundo: ponernos ciegos a cigalas y centollas mientras nos sentimos virtuosos por nuestros buenos sentimientos ("¿Cómo es posible que haya dos mil millones de personas que sufren hambre en el mundo? Eso está muy mal, hombre, no puede ser... ¡Eh, pásame los langostinos, que están que se salen!").

Ese día ya ha llegado –de hecho, llegó hace meses. Era una iniciativa patrocinada por una ONG presidida por un ex-ministro del gobierno español (¿se tratará entonces de una Oex-G?) y se llamaba “Alta cocina por Haití”. La idea era hacer una donación para las víctimas del terremoto a cambio de pegarse un homenaje con recetas de un sibaritismo dignas de las crónicas de la decadencia del Imperio Romano. No quedaba claro cuánto del “donativo” era en pago por la cena, ni si a los haitianos les llegaría algo más que las sobras del Gazpacho de cerezas con nieve de queso fresco, anchoas y albahaca, el Cóctel crujiente de callos con menta deshidratada, el Solomillo txerritxaldeo-pectina errezil… o simplemente el sonoro regüeldo de satisfacción de sus benefactores.

¿Cuál será el siguiente disparate? ¿Un atasco de tráfico solidario contra el calentamiento global?

La verdadera catástrofe humanitaria ya ha golpeado… pero ha sido aquí también, entre nosotros, en el primer mundo, donde campa por sus respetos disfrazada con las máscaras de la falsa benevolencia y el falso humanitarismo, entre otras.

martes, 7 de junio de 2011

La sonrisa del Dharma

Cuando era niño y miraba a la gente, pensaba que Dios debía de ser tremendamente inteligente para inventarse tantas caras distintas sin repetirse.

Más adelante, cuando miraba a la gente mayor un poco más de cerca veía las huellas de la infelicidad en sus caras y pensaba “¡Qué raros son estos adultos!”.

Ahora, cuando la gente me conoce de primeras, a veces me dicen que tengo cara de médico o ingeniero. Debe de ser porque transmito algo de seriedad y competencia, porque ni una cosa ni otra es cierta…

Lo malo es que no me extrañaría que algún niño me mirase uno de estos días y pensara a su vez “¡Qué raro es este señor!”.

Cuando me atrajo el Dharma por primera vez, no fue por su aura de seriedad y competencia. Creo que fue más bien por su aire risueño. Veía imágenes de Budas de sonrisa serena y oía historias que afirmaban que nadie se reía igual que los auténticos maestros budistas.

Ahora me sería muy fácil instalarme en el budismo devorando datos y argumentos con gran seriedad y competencia para luego soltárselos a quien se me ponga por delante, como si el Dharma fuera eso. Parece absurdo, pero es a lo que nos lleva nuestra educación y no falta quien lo hace. Los eruditos triunfan a su manera, aunque sean tristes sus victorias.

Me da que el Dharma es mucho más parecido a un arte que a una técnica que se pueda dominar solo con la parte cognitiva de la mente. No consiste en manipular una materia externa –hierro, sonidos, arcilla, palabras, imágenes, el propio cuerpo– como en las artes conocidas, sino en descubrir la fuente de toda esa creatividad y curiosidad naturales, que es también la fuente del humor.

Por eso, quien entra en el Dharma entra en un camino parecido a convertirse en artista de su propia vida, no en sentido biográfico sino abriendo y modulando su propia energía vital como quien hace música. Así, el artista no está separado de la obra de arte ni del proceso de crearla; los tres son una misma cosa.

Creo que si avanzo aunque sea unos pasos en esa dirección, habré dado un paso de gigante hacia una mayor humanidad, que es de lo que se trata al fin y al cabo.

Y si no, a ver si para el final de mis días al menos consigo dejar atrás esta máscara tan seria y tener por fin cara de pillo –¡que al menos los niños de entonces me reconozcan como uno más!

sábado, 28 de mayo de 2011

El lecho de Procrustes

¿Quién era Procrustes (o Procusto)?

[Según la mitología griega] Procusto tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta, Procusto la acostaba en una cama corta y procedía a serrar las partes de su cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza. Si por el contrario era más baja, la invitaba a acostarse en una cama larga, donde también la maniataba y descoyuntaba a martillazos hasta estirarla (de aquí viene su nombre). Según otras versiones, nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque ésta era secretamente regulable: Procusto la alargaba o acortaba a voluntad antes de la llegada de sus víctimas.

¿Por qué aparece esto aquí?

Porque, igual que los huéspedes del bestia de Procrustes, también el Dharma de Buda es una unidad orgánica en la que cada parte guarda relación con las demás.

Igual que el salvaje Procrustes, nosotros también tenemos una "cama" en la que queremos encajar las enseñanzas y prácticas que recibimos. Se trata de nuestra vida tal como nos hemos acostumbrado a vivirla hasta ahora, con todas nuestras demandas, exigencias, expectativas, con todo nuestro condicionamiento social y personal... y el sufrimiento que acarrea, que nos resistimos a soltar como si nos fuese la vida en ello.

Y de la misma manera que el abominable Procrustes estaba más que dispuesto a despedazar a quien cayera en sus manos y su lecho, también nosotros tenemos nuestras propias identidades, que están encantadas de ajustar el Dharma a las pacatas dimensiones de nuestra mente y la falsa vida que nos hemos montado con ella como amo y señor.

Cuidado con hacer paquetitos de consumo conveniente o fácil con el Dharma, quitando lo que no nos gusta y exagerando lo que creemos que nos favorece. No es una posesión nuestra ni un objeto de consumo. Si lo recortas como Procrustes, lo matas -no en realidad, pero sí para tu vida. Si no lo quieres, déjalo pasar, como un ciervo en el bosque.

Como decía Eduardo Chillida alterando el refrán, "mejor un pájaro volando que ciento en la mano".

viernes, 22 de abril de 2011

Inmersión total

Recuerdo que cuando estudiaba el COU en Madrid compartíamos edificio con estudiantes de universidades norteamericanas que venían a pasar un semestre o dos para aprender el idioma y conocer mejor la cultura española.

Era curioso oírles hablar cuando te los cruzabas por los pasillos o la escalera. En el mismo mes de octubre, apenas empezado el curso y con ellos casi recién desembarcados del avión, se empeñaban en hablar español no sólo con cualquier lugareño (lo cual podría parecer hasta normal), sino sobre todo entre ellos mismos.

A varios de mis compañeros de clase les entraba la risa al oírles dialogar entre sí con gruesos acentos de Ohio o Nebraska, cometiendo errores de todo tipo, totalmente desubicados en cuanto al idioma y la cultura circundantes… pero inasequibles al desaliento.

Cuando llegaba el mes de mayo ya nadie se reía de ellos, porque los progresos que habían realizado eran asombrosos. Había chicos y chicas de unos veinte años de edad que en cuestión de meses ya hablaban mejor español –desde luego, con más riqueza de vocabulario– que muchos de mis colegas con los que había compartido todo el bachillerato.

¿Cómo lo habían conseguido? ¿Eran superhombres y supermujeres en posesión de una misteriosa kriptonita lingüística? Nada de eso: es solo que desde que llegaban le hacían honor al compromiso que se habían marcado a sí mismos de no hablar inglés durante toda su estancia más que en caso de emergencia. La consigna era inmersión total.

Ahora me vienen a la mente cada vez que entro en algún foro budista y compruebo cómo la gente se enzarza en debates interminables con oleadas de palabras y conceptos que van y vienen… importando en su camino la misma mente llena de distingos y precisiones que deberían dejar atrás. Es tan mareante como mirar una catarata que se precipita al vacío con gran estruendo... sin fin.

Este camino nuestro exige aparcar la mente cognitiva lo más posible durante la vida diaria, y con ella las palabras que son su santo y seña. Aquí lo que cuenta es la inmersión no-cognitiva. Por algo se dice que es un camino de no-mente. Aunque por fuera también parezca estar lleno de palabras, su corazón no es verbal: está hecho de experiencias... crudas, primarias, pre-verbales.

Por eso tiene tanto sentido entrar en el budismo cabalgando a lomos de palabras y conceptos como si esos estudiantes americanos hubiesen intentado aprender español simplemente discutiendo entre sí y en inglés sobre sus reglas gramaticales. Uno se puede imaginar fácilmente adónde habrían llegado, y adónde no. Ellos lo sabían e hicieron lo correcto.

¿Sabremos hacerlo nosotros también?

martes, 12 de abril de 2011

La mente-escorpión

Uno de los rasgos que hacen tan difícil y resbaladizo el camino del Dharma es que consiste en derrocar a la mente cognitiva, que se ha encaramado a un trono que no le corresponde, para hacerle sitio a la propia naturaleza.

El problema es que, para conseguirlo, solo disponemos de un arma… que es la misma mente que intentamos derrotar.

Y otro problema es que la mente no solo se tiene que emplear contra sí misma, sino que además no se “apaga” durante el proceso, como en la anestesia quirúrgica. Por eso, durante ese periodo es habitual que la mente se revuelva en todas direcciones, como un escorpión acorralado por el fuego.

Menudo chollo...

Parece imposible, ¿no?, como si hubiera que convencer a la mente de que se suicidara, más o menos.

(Por cierto, he investigado un poco y al parecer es falsa la idea de que los escorpiones se suicidan al notarse rodeados por el fuego; lo que ocurre es que interpretan el círculo de fuego como si fueran varios enemigos y se lanzan a atacarlos con su aguijón por doquier, con lo que pueden dar la impresión de que se lo quieren clavar a sí mismos).

De todas formas, la mente cognitiva sí es capaz de actuar como un escorpión al ver amenazada su supremacía, lanzando su aguijón y pinchando al aire, a ver qué encuentra... Casi cualquier cosa vale a la hora de descargar su miedo o su ira.

Buda mismo dijo que la mente del principiante es como un pez que acaban de pescar y se debate en la orilla:

Como un pez fuera del agua,
Arrojado a tierra seca,
La mente se retuerce
Intentando sustraerse al poder de Mara.

Lo cierto es que, mientras no despertemos a la “otra mente” de nuestra propia naturaleza, todos llevamos un escorpión metido dentro de la ropa. No lo notamos, pero nos sigue inyectando a diario un veneno sutil que nos deja acartonados y paralizados por dentro, insensibles a la voz sutil de la propia naturaleza… que siempre busca liberarse, como el genio de la botella.

Además, igual que en el ejemplo del escorpión, nosotros también estamos en un círculo de fuego: el que forman los tres venenos, las identidades, que nos sofocan con su codicia, confusión y hostilidad. Así lo enseñó Buda en su primer sermón después de despertar:

“Bhikkhus, todo está ardiendo. ¿Qué es todo lo que está ardiendo? Bhikkhus, el ojo está ardiendo, las formas visuales están ardiendo, la conciencia visual está ardiendo, la sensación visual está ardiendo.  También está ardiendo toda sensación placentera o dolorosa, o ni dolorosa ni placentera que surja por motivo de la impresión visual.
            ¿Ardiendo con qué? Ardiendo con el fuego de la pasión [codicia], ardiendo con el fuego del odio [hostilidad], ardiendo con el fuego de la ignorancia [confusión].
            Yo digo que arde con el nacimiento, la vejez y la muerte; con el pesar, la lamentación,  el dolor,  la aflicción y la desesperación”.

Y lo mismo ocurre con los otros cuatro sentidos y con la mente. En resumen, estamos sumidos en un mar de interferencias con nuestra verdadera condición natural. Y, para coronarlo todo, nuestro escorpión particular se hincha de orgullo y lanza grandes risotadas de autosatisfacción entre picotazo y picotazo.

La solución, por supuesto, pasa por las prácticas que ponen en danza las facultades y potencias de la propia naturaleza; pero no es algo de lo que uno pueda hablar con sentido antes de haberlo llevado a cabo en sí mismo.

Hasta entonces, qué contradictorio es entrar en el budismo con la mente por delante... ¡Aunque es tan común…!

Es fácil entrar en el Dharma y aplicar la misma mente que antes con sus viejas maniobras… acumular datos, debatir y discutir para quedar por encima de los demás y sentirnos importantes, criticar a los que siguen otros caminos distintos del nuestro (sobre todo si son budistas).

Y ¿adónde nos lleva eso? Ni siquiera al mismo punto donde estábamos antes, sino más atrás… porque entonces habremos desperdiciado una bala de plata para acabar con el monstruo.

Cuidado con el escorpión de la mente. No conoce la piedad y no lleva más que a una muerte en vida.

lunes, 28 de febrero de 2011

Un poema que viene a cuento

Una extraña coincidencia, de las que dejan huella: recién recibida la noticia de una pérdida muy íntima, esa misma tarde escucho en concierto una obra en la que se canta la versión moderna de un antiguo poema chino sobre una despedida entre amigos. Al día siguiente, buscando las fuentes originales, encuentro que se trata del poema de Meng Haoran, En el retiro montañés del monje budista Ye, esperando a mi amigo Ding, que transcribo aquí en sus caracteres chinos, con una traducción literal y luego otra más idiomática:

ocaso sol borde oeste cordillera
grupo valle rápidamente entonces oscuro
pino luna empezar noche fresco
viento arroyo llenar claro oír
leñadores volver casi terminar
niebla pájaros posar primero estable
esta persona esperar visita venir
solo qín esperar hiedra camino

El sol se pone tras las colinas al oeste,
y enseguida los valles se llenan todos de sombras.
Entre pinos, la luna trae el fresco de la noche,
el rumor del viento y del arroyo es pleno y claro.
Ahora casi todos los leñadores han regresado ya,
los pájaros se posan en algún lugar entre la niebla.
Esperando que vengas y te quedes,
a solas con mi laúd aguardo en el camino de la hiedra.

¿Melancolía o desesperanza? Según quién lo traduzca, cobra más fuerza una interpretación o la otra. Desde luego, Mahler lo transformó en algo muy distinto de lo que era en origen; ¿por qué no hacerlo nosotros también?

La caída de la tarde y el frío de la noche, los movimientos de una naturaleza ajena, la suerte de los demás, hombres y animales, que se recogen y reúnen con los suyos después de las labores del día… todo eso parece reforzar un trasfondo triste a la espera del poeta solitario. Pero nada de ello es necesariamente así: las cosas en la naturaleza son lo que son, sin sufrimiento añadido.

La muerte de alguien cercano produce un estupor parecido al síndrome del miembro fantasma que sufren los amputados: hay una ausencia evidente a la vista, pero también una presencia que se queda ahí como flotando mientras la mente reorganiza su mapa de la realidad. Aunque es un fenómeno natural, también es una muestra más de cómo la mente es capaz de inventarse cosas que no están ahí –en el caso del síndrome, las sensaciones propias de terminaciones nerviosas que ya no forman parte del cuerpo, al haberse perdido con la amputación.

¿Es lo mismo perder algo que tenía que no alcanzar algo que esperaba? En la medida en que produzcan sufrimiento, sí. Pero si vivo la pérdida con atención plena, puede ser una ocasión para darme cuenta de la vacuidad última de cualquier “pérdida”, de lo efímeras que son todas las cosas, de la unidad que subyace bajo las apariencias… y, en definitiva, de la inmensa oportunidad que tengo de emplear el tiempo que me queda, sea el que sea, para tocar mi verdadera naturaleza como ser humano y descubrir la compasión y sabiduría que la acompañan.

Al leer el poema otra vez, me doy cuenta de que el amigo al que espero no es otro que mi propia naturaleza, que aún no percibo del todo (aunque a veces creo que oigo pasos que se acercan en la espesura). No es una invitación a sentirme desgraciado por la pérdida ni a consolarme con distracciones. Es un mensaje de esperanza, que me hace volver al cojín de meditación para desbrozarle el camino a ese amigo que espera, él también, una oportunidad para salir de las sombras.

Estoy seguro de que eso es lo que Kuxinshan quería para todos, tanto los conocidos como los que nunca llegó a conocer: que todos los seres encuentren su propia naturaleza y vivan con bienestar duradero.

Esperando que vengas y te quedes,
meditamos en compañía en el camino del Dharma.

martes, 1 de febrero de 2011

Montaña vacía

Recupero para el blog un texto de 1996 del escultor Eduardo Chillida sobre un proyecto suyo que nunca se llevó a cabo:

Hace años tuve una intuición que, sinceramente, creí utópica. Dentro de una montaña, crear un espacio interior que pudiera ofrecerse a los hombres de todas las razas y colores, una gran escultura para la tolerancia.

Un día surgió la posibilidad de realizar la escultura en Tindaya, en Fuerteventura, la montaña donde la utopía podía ser realidad. La escultura ayudaba a proteger la montaña sagrada. El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente...

El apoyo dado por el Gobierno de Canarias a la idea escultórica reforzó mi ilusión. Creí que la obra no suscitaría controversia en el pueblo canario, al que pensé donar la escultura y mi trabajo en ella. Pero he comprobado que el proyecto escultórico despierta en muchos resquemores y suspicacias imprevistos, una oposición difícil de evaluar ahora en su verdadera importancia, pero suficiente para mermar mi entusiasmo hasta desistir de la realización de la obra. Sin embargo, creo que sería muy positivo mostrar al pueblo canario y al mundo en una exposición de maquetas y dibujos lo que se pretendía hacer en Tindaya.

La escultura está concebida como un monumento a la tolerancia y es una obra para el pueblo canario. No deseo, pues, que sirva como elemento de división, y menos aún como piedra de escándalo arrojada en luchas políticas, que no comprendo y en las que no deseo verme envuelto.

Solo me interesa el debate artístico, que, lamentablemente, no se ha producido. No he oído ni leído ninguna crítica desfavorable de la escultura que haya sido realizada por alguien que verdaderamente conozca el proyecto. Pero sé que algunas personas que lo desconocen han afirmado que la obra destrozaría la montaña, cuando mi obra lo que quería era salvarla.

Quizá la utopía no pueda ser nunca realidad. Quizá otros lo consigan en otro lugar. O quizá la escultura, ese espacio amplio y profundo, accesible a la luz del Sol y de la Luna, lugar de encuentro de los hombres, pueda llegar al corazón de la montaña sagrada de Tindaya.

¿Por qué lo traigo a colación aquí, en un blog budista? No porque ahora parezca cobrar fuerza la posibilidad de reemprender el proyecto; es más bien porque la idea-semilla que lo inspiró, el vaciamiento interno, guarda una asombrosa semejanza con el camino del Dharma.

A partir de ahora, a quien me pregunte a qué **** nos dedicamos en el Dharma, le contestaré con otra pregunta: “¿Conoces el proyecto de Chillida en Tindaya? Pues eso”.

Así es, con una diferencia importante: que, en nuestra práctica, somos cada uno de nosotros los que nos vaciamos. En cierto sentido, cada uno es una montaña que se va excavando a sí misma para liberar un espacio interior.

¿Y de qué nos vaciamos? Primero, de piedras sueltas –esto es, las identidades, esos complejos de impulsos subliminales que han estado parasitando desde que nacimos nuestros procesos viscerales, emocionales y mentales, mediante los que nos relacionamos con el mundo y con los demás. Hay que sacar todos esos trastos viejos y ese equipaje radioactivo. Luego, nos ocupamos de la roca más firme y recalcitrante: la creencia subconsciente en la realidad separada y permanente de todas las cosas que los budistas llaman ignorancia (avidya) y nosotros, dualidad.

Nuestras herramientas para ese trabajo de minería interna son las enseñanzas, la meditación y la observación aplicada en el día a día. No es fácil, pero es fascinante a su manera.

Igual que en Tindaya, si conseguimos “excavarnos” a nosotros mismos, crearemos en nosotros un espacio libre y liberador donde acoger limpiamente y sin distorsiones al mundo y a los demás. Así, en virtud de nuestro vaciamiento, ese espacio podría ser una auténtica casa para todos, desde el más humilde hasta el más poderoso en apariencia… un lugar donde todos puedan sentirse bienvenidos por igual y reconciliarse con su dimensión humana común. ¡Qué bien se estaría ahí!

Pero hay más, porque esta conexión con el concepto de espacio compartido nos lleva, dando un rodeo inesperado, a la antigua China. Hay un vínculo muy interesante entre estas ideas de Chillida y el idioma chino –un ejemplo quizá del tipo de encuentro intuitivo, aunque virtual, que él quería ofrecer a sus hermanos humanos.

Me pregunto si Chillida tenía conocimiento del carácter chino 宅, zhái, “residencia”, que muestra paralelismos insospechados con su proyecto de Tindaya.

Para empezar, según el estilo caligráfico que se use para escribirlo, zhái puede recordar algunos grabados del artista vasco, como en el segundo de estos ejemplos:
Aunque no hay consenso sobre su etimología, parece que el carácter zhái se compone a su vez de los caracteres “tejado” y “brote”. Es una hermosa interpretación del concepto de hogar: un tejado bajo el que se pueden echar raíces y crecer hacia la luz.

El espacio de Tindaya estaría abierto a la luz del Sol y de la Luna, símbolos ancestrales de los principios masculino y femenino que operan en la naturaleza humana liberada. Por otra parte, en el Dao, esos principios masculino y femenino se simbolizan con el Cielo y la Tierra. Así pues, la Tierra en la que hunde sus raíces la planta de 宅, zhái, y el Cielo hacia el que se eleva son esos mismos Sol y Luna cuya luz Chillida quería que iluminara su hueco dentro de la montaña: El gran espacio creado dentro de ella no sería visible desde fuera, pero los hombres que penetraran en su corazón verían la luz del Sol, de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente... La montaña vacía de Tindaya sería por tanto una casa donde la naturaleza humana podría crecer y unificar los principios masculino y femenino, en unidad con todo lo que existe.

Pero es que además hay otros sentidos de zhái encajan perfectamente con la intención de Chillida de crear un “lugar de encuentro de los hombres”: además de “residencia”, zhái significa “vivienda”, “casa”… y “tumba”.

¿Tumba…? ¡Pues claro! Volviendo al Dharma, para ser una residencia abierta a todos, uno primero tiene que convertirse en tumba de las identidades y la dualidad. Hay que hacerle sitio al mundo y desprenderse de lo viejo que estorba antes de abrirse a lo nuevo.

Además, este mismo carácter 宅 aparece en 缀宅, zhuì zhè, que denota el cuerpo humano en sentido físico. Y, como dijo el Buda, “dentro de este cuerpo mismo, mortal como es y de apenas seis pies de largo, os declaro que están el mundo y el origen del mundo, la cesación del mundo y asimismo el camino que lleva a su cesación”. Hay liberación (o vaciamiento) porque hay cuerpo; y por esa misma razón hay encuentro con los demás.

Al final, se haga o no el proyecto de Tindaya según lo soñó Chillida, personalmente lo adopto como otra guía más en el camino del Dharma. Suena raro, y quizá mental, pero desde hoy aspiro a ser una Tindaya ambulante. Y animo a todos a convertirnos en montañas huecas para crear una gran cordillera de la verdadera naturaleza humana recuperada –un espacio abierto, libre e imparcial donde respire sin trabas este magnífico mundo de ilusiones y toda la vida que contiene.

viernes, 28 de enero de 2011

Una fantasía (sin sexo, lo siento)

A veces fantaseo con que las letras impresas de los libros no están fijas y yertas, esperando pacientemente su turno para salir a la luz en bloque.

En mi ficción, las únicas que guardan las apariencias son las de la página que esté abierta en cada momento; las demás, en la prieta clandestinidad de las hojas ya leídas o aún por leer, se sueltan la melena y se desplazan de un lado a otro, entremezclándose con sus semejantes, cuchicheando y bailoteando a oscuras en una algarabía promiscua, gozosa y anárquica… sólo para volver corriendo a su sitio y encajarse al instante en sus debidos renglones para dar una apariencia de normalidad si al lector se le ocurre inopinadamente volver atrás o adelantarse en su lectura… no vaya a ser que sospeche que las cosas no son tan ordenadas como parecen.

Es una fantasía, como digo, pero ¿cómo sabemos que no es así? En el fondo, es lo mismo que sostienen algunas escuelas de pensamiento: que el acto mismo de observar contribuye a crear esa “realidad” que creemos que estamos observando imparcialmente. No es posible observar algo sin influir en ello. Hasta que no abrimos el libro no vemos las letras, y en cada momento sólo son relevantes las letras de las páginas por las que está abierto el libro. Mientras no sean “llamadas a filas” por la mirada del lector, daría absolutamente igual que las demás no estuvieran en su puesto sino de vacaciones todo el tiempo que quisieran.

Ahondando en la idea de la entrada anterior, también los humanos somos en cierto sentido como letras que descansan en las páginas –o, más bien, dado lo incompletos que parecemos, somos trazos de las letras que forman parte de las palabras que forman parte de las frases que forman parte de los párrafos que forman parte de los capítulos que forman parte del libro completo, cuyo sentido último (en el caso de que exista) se nos escapa.

En realidad, no importa tanto qué es lo que somos exactamente, ni tampoco las dos inmensidades desconocidas que se nos abren a ambos lados como montones de páginas que, suponemos, estarán llenas de otros garabatos como nosotros: esas vastas regiones que se imaginamos al otro lado de nuestro nacimiento y de nuestra muerte.

Lo que verdaderamente importa es que ahora el libro está abierto por nuestra página. Mañana dormiremos el sueño de las letras en una página prensada contra otras páginas… sea como sea.

Ahora es nuestro momento. La vida nos está leyendo.

martes, 25 de enero de 2011

A modo de conjetura

Poco a poco, una hipótesis va tomando cuerpo en mi mente. Que nadie se moleste, alarme o escandalice, porque sólo es una hipótesis. Es más o menos así:

No hay Dios. No hay alma. No hay “vida después de la muerte”, con sus premios y castigos.

Hay un aquí y ahora, que experimentamos con nuestros cinco sentidos y nuestra mente. Eso es todo. Lo que haya “después” de esto, por decirlo de alguna manera, probablemente es lo mismo que había “antes”. ¿Quién se acuerda? ¿A quién le importa? Éste es el verdadero nudo de la cuestión, el miedo a desaparecer de nuestra identidad personal, que se aferra a la existencia aparente.

Aunque nuestra experiencia sugiera lo contrario, los humanos no somos el centro de nada, ni individual ni colectivamente. Somos una de las últimas especies que han aparecido en este planeta, donde la vida se ha estado desplegando durante eones antes de que hubiera el más mínimo rastro de los primeros homínidos.

Esa vida ha ido evolucionando formas, desde las más sencillas a las más complejas, entre las que estamos nosotros; pero esa vida también ha ido perdiendo formas, sin que eso haya puesto en peligro su capacidad de seguir generando vida –hasta ahora.

Parece por tanto como si lo importante fuese la continuidad de la vida, con independencia del destino individual de cada espécimen, o incluso de cada especie. En el curso del tiempo, todo lo que aparece está llamado a desaparecer. Como dijo Buda, “yam kinci samudaya dhammam sabbam tam nirodha dhammam”, cualquier cosa que tiene la naturaleza de surgir tiene la naturaleza de cesar.

Entonces, ¿qué hacemos aquí? ¿Para qué “sirve” un ser humano? Si miramos la evolución, vemos que la complejidad en el desarrollo de los seres ha ido de la mano con un instinto de supervivencia cada vez más amplio. Todos los seres tienen el impulso de proteger y preservar su propia vida; muchos, también el de proteger a sus crías; sólo algunos cuentan además con una fuerza para proteger al grupo; y, entre todos, únicamente el ser humano tiene la visión y la capacidad (por mucho que se haya atrofiado) de proteger además al medio ambiente que sustenta toda la vida.

Si contemplamos este proceso de creciente complejidad de la vida y eliminamos la noción de un dios creador personal, no es difícil ver entonces al ser humano como un “órgano interno” de la fuerza de la vida, un hallazgo evolutivo que le permite cuidar de sí misma y promover su propia supervivencia –un órgano afectado ahora por una ilusión óptica que le hace sentirse el centro del universo, pero con su potencial intacto (aunque quizá no para siempre, visto el rumbo que llevamos).

La función del ser humano no sería otra que usar su cuerpo y mente con recta atención y recta energía, permitir su integración con el mundo natural, y actuar en favor de la supervivencia de todo tipo de vida, preservando la mayor diversidad posible para aumentar así las opciones de supervivencia en caso de que haya una catástrofe imprevista.

Esto supondría, en efecto, ser todos como Noé, cada uno a su manera; en esencia, ser vida que se consuma perpetuándose a sí misma. Parece un destino sublime, imbatible… ¿Qué más hace falta?

Ahora que tantos andan con sus buenos propósitos para el año nuevo, este es mi manifiesto de esperanza paralelo, con el deseo de que la práctica y la experiencia confirmen esta hipótesis en beneficio de todos los seres, o bien la refuten y sustituyan por otra mejor.

miércoles, 12 de enero de 2011

Las Dos Verdades


Traducido de la web www.mahabodhisunyata.us:

¿Recuerdas la historia del rey Midas?

“Midas, rey de Lidia, se hinchó de orgullo al principio cuando se dio cuenta de que podía transformar todo lo que tocaba en oro; pero cuando vio que su comida se quedaba rígida y su bebida se solidificaba en forma de hielo dorado, comprendió que su don era una ruina y, lleno de aversión al oro, maldijo su plegaria”.

Ahora imagina que tú (y todos los demás, excepto los que han despertado) sufres de una condición similar –solo que en tu caso no conviertes en oro las cosas de “ahí fuera” al tocarlas… Conviertes las ilusiones que hay en tu mente en delusiones al darles Nombre y Forma y creer que son reales. Estas delusiones quizá no parezcan tan amenazadoras para la vida como el don del rey Midas, pero son la raíz del sufrimiento y de todas las calamidades que salen de ahí.

Ahora bien, es importante tener presente que, con independencia de lo que ocurra dentro de tu cabeza, lo que está “ahí fuera” no cambia en respuesta a tus pensamientos. Sigue siendo la misma masa vacía, unitaria y cambiante (la podemos llamar energía, si quieres), ya sea que la tomes por ilusión o, por el contrario, creas que es sustancial, separada y duradera.

El problema con cualquier enseñanza es que, al usar Nombre y Forma para explicar cómo funcionan las cosas, corremos el riesgo de “contaminarlas” con la delusión de la existencia separada que a menudo va asociada con los nombres y las formas. No obstante, una vez más, esta “contaminación” solo ocurre dentro de nuestras mentes, no “ahí fuera”, en el mundo del samsara, que permanece básicamente igual, sin verse afectado.

¿Qué hizo el Buda (y Nagarjuna* también) para sortear este dilema, que es un obstáculo común en el camino espiritual? Emplear una expresión como “ni existencia ni no-existencia”. Ambos reconocían dos niveles de verdad (es decir, dos niveles de experiencia humana): el provisional y el definitivo. Sin embargo, eso no quiere decir que reconocieran dos niveles de realidad o existencia. No hay tal cosa como una existencia convencional por un lado y una existencia definitiva por otro; sólo hay algo que se puede llamar “ni existencia ni no-existencia”. De hecho, incluso llamarlo “algo” puede que sea excesivo, pero si no usamos palabras la comunicación se viene abajo, así que tenemos que apañarnos con la mínima cognición y verbalización posibles.

Ten cuidado de no confundir las dos verdades (que no son más que una herramienta para que entiendas lo que sucede dentro de tu mente) con dos realidades separadas. Si lo haces, caes sin darte cuenta en la trampa de la dualidad al exportar las delusiones de tu mente y proyectarlas sobre el mundo de “ahí fuera”.

Recuerda: solo hay “lo que hay”, llámalo como quieras, pero la mente humana puede experimentarlo como una ilusión natural y correcta (el samsara) o bien como una delusión contaminada (el samsara manchado). La elección es nuestra.

Todo es una ilusión, incluso la mente que aparentemente percibe la ilusión, y lo más que podemos acercarnos a experimentar su verdadera naturaleza, por así decir, es a través del despertar –que, si recuerdas las enseñanzas, ocurre de forma subliminal en el hemisferio derecho del cerebro y luego también se contamina en cuanto se convierte en objeto de la conciencia en el izquierdo.

Así pues, una vez más, no le concedas una realidad artificial a las explicaciones verbales que uso sólo para ayudarte a entender mejor cómo funcionan las ilusiones del samsara, que son naturales y correctas. No podemos escapar de la ilusión mientras vivamos en este cuerpo-mente humano, con su limitado aparato sensorial; pero podemos experimentar esta ilusión como algo correcto y natural, que promueve la vida en armonía y equilibrio, o bien como algo manchado y torcido, que daña la fuerza de vida natural dentro de uno mismo y de todos los seres vivos.

Por favor, esfuérzate en entenderlo; no es ninguna tontería. Todo es ilusión, desde luego, pero puede ser una ilusión magnífica y grandiosa, en unión con todos los aparentes seres vivos del universo. La elección está en tus manos… y en tu mente.

*A Nāgārjuna (c. 150–250 d.C.) se le puede considerar el pensador budista indio más influyente después de Gautama Buda. Fundó la escuela del Madhyamaka (camino medio) del budismo Mahāyāna (gran vehículo). Fue el primero en proponer la doctrina de las dos verdades, ejerció como abad de la famosa universidad budista de Nalanda y se le atribuyen las exposiciones más elocuentes de la doctrina de la vacuidad (śūnyatāvada). Los escritos de Nāgārjuna ejercieron gran influencia no solo en el desarrollo del pensamiento Mahāyāna sino también a la hora de impulsar ciertas respuestas hindúes al budismo (en particular, desde la escuela Advaita). Además, las ideas de Nāgārjuna dieron pie al nacimiento en China de la escuela de los tres tratados (Sanlun).

jueves, 6 de enero de 2011

Siete Flechas (y 5)


Los Nombres


Habéis aprendido que los Nombres siempre tenían un significado simbólico entre el Pueblo, y que eran los Reflejos de las Medicinas individuales del Pueblo. En Siete Flechas conoceréis a muchas Personas diferentes. Sus nombres os dirán mucho sobre ellos. Os hablarán de sus Medicinas, y de sus Maneras de Percibir.
            Uno de estos Reflejos que os encontraréis es Mujer de Día. Traducido a la lengua del Pueblo, Mujer de Día quiere decir Mujer del Sol, o de la Verdad. Este Nombre también es el Signo de la Danza del Sol, o la Búsqueda de la Armonía.
            Os encontraréis también con una persona que se llama Halcón. El Halcón es el Hermano Pequeño del Águila. El Signo de Medicina de esta persona indica que nació con el Regalo de Ver tanto a Distancia como de Cerca. Por supuesto, esto hay que entenderlo de forma simbólica más que literalmente. El Regalo de Halcón era la habilidad de percibir con claridad y amplitud las cosas de la Mente, el Corazón y del Camino del Pueblo, el Camino de la Danza del Sol. Halcón Rojo era el Color de este hombre. El Rojo simboliza el Fuego. El Fuego representa el Espíritu Vivo del Pueblo, y también revela que Halcón Percibe con la Iluminación del Este Dorado.
            Dentro de la historia de Siete Flechas también se explica el Nombre y la Manera de Percibir de Oso de Noche. A medida que vayáis aprendiendo estas cosas, quizás podáis encontrar vuestros propios nombres.


Las Historias


Hay muchas historias antiguas que se relatan en Siete Flechas. Estas historias se usaban entre el Pueblo para Enseñar el significado del Camino de la Danza del Sol. Eran en sí mismas una Manera de Comprensión entre el Pueblo, y también entre Pueblos distintos. Como el Pueblo no tenía una lengua escrita, estas Historias se memorizaban y se transmitían de generación en generación.
            Las Historias tratan de animales y de personas. Encontraréis Historias de Ratones, Lobos, Mapaches, Nutrias y Búfalos. Estas historias son alegóricas casi por entero, y todo su contenido debería leerse de forma simbólica. Cada historia puede desplegarse para vosotros mediante vuestras propias Medicinas, Reflexiones y Búsquedas. A medida que hagáis esto, aprenderéis a ver a través de los Ojos de vuestros Hermanos y Hermanas, y a compartir sus Percepciones.
            Preguntar es uno de los métodos más importantes para comprender estas Historias, que os Enseñarán sobre el Camino de la Danza del Sol. Cuando preguntáis, la Rueda de la Medicina gira por vosotros. De esta manera, estas Historias son Maestros mágicos. Son Flores de Verdad cuyos pétalos el Buscador puede desplegar sin fin.
            Estas Historias están pensadas para ser contadas, no escritas. De esa forma, los Maestros, ya hablaran con palabras o con lenguaje de signos, podían impartir sus inflexiones a palabras especiales para reflejar su contenido simbólico. Por ejemplo, la palabra “año” contiene muchos sentidos distintos. Refleja el concepto de un ciclo, que se representa simbólicamente mediante un círculo, que a su vez representa la Rueda de la Medicina y el Universo. De igual manera, la palabra “camino” puede significar sendero o dirección, pero también puede designar una filosofía de vida completa, una religión o una Manera de Percibir.
            En Siete Flechas, y en especial en las Historias antiguas, las palabras que el Narrador habría recalcado van en mayúscula. Estas palabras son Maestros simbólicos, y es muy importante que os acerquéis a ellas de manera simbólica más que literal. Estas palabras en mayúscula pueden parecer inconsistentes a veces, pero que esto no os confunda. Al Coyote se le conoce entre el Pueblo como un tramposo amable, y su Camino es parte del Aprendizaje de la Danza del Sol.
            Quiero que vosotros, mis Hermanos y Hermanas, sepáis que yo también estoy aún aprendiendo sobre el Camino del Pueblo. La Comprensión de este Camino no se encuentra sólo mediante la memorización de Historias y Símbolos. Es Algo Vivo y Creciente que proviene del Tocar y Experimentar dentro de cada una de las Cuatro Grandes Direcciones.
            La misma Danza del Sol es Algo Vivo. Siempre está Creciendo y Girando dentro del Pueblo. No se ha de aprender estudiando rituales o tradiciones arcaicas, sino mediante la Búsqueda del Entendimiento y dejando luego que Crezca dentro de vuestro propio Corazón y Mente. Dentro de Siete Flechas hay muchas Historias antiguas que me enseñaron mis Padres y Abuelos. Pero también hay Historias nuevas que he escrito a partir de mi propia Comprensión y Experiencia. Están ahí como Enseñanzas de las que podéis Aprender, y sobre las que podéis Construir a vuestra propia Manera. A este Girar y Crecer se le llama la Construcción del Arco del Trueno.
            El mismo Siete Flechas, desde el principio hasta el fin es una Historia de Enseñanza. Es una Historia del Camino de la Danza del Sol, construida de la misma manera en que me enseñaron mis Padres a contar Historias. Es una Rueda de la Medicina completa en sí misma. Leed el libro con un amigo, una esposa o alguien a quien queráis o, aún mejor, con niños. Tú también eres una Rueda de la Medicina, y la magia de tu Percibir se desplegará.